CARTA ENCÍCLICA
EVANGELIUM VITAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
A LOS FIELES LAICOS
Y A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL VALOR Y EL CARÁCTER INVIOLABLE
DE LA VIDA HUMANA
EVANGELIUM VITAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
A LOS FIELES LAICOS
Y A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL VALOR Y EL CARÁCTER INVIOLABLE
DE LA VIDA HUMANA
INTRODUCCIÓN
1. El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús.
Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad
como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.
En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado
como gozosa noticia: « Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el
pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo
Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce
ciertamente esta « gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto
el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica
constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace
(cf. Jn 16, 21).
Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: « Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10,
10). Se refiere a aquella vida « nueva » y « eterna », que consiste en la
comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el
Hijo por obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa « vida »
donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del
hombre.
Valor incomparable de la persona humana
2. El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las
dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la
vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta
la grandeza y el valor de la vida humana
incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición
básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la
vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la
promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena
realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3, 1-2). Al mismo
tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter
relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa
no es realidad « última », sino « penúltima »; es realidad
sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de
responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros
mismos a Dios y a los hermanos.
La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido
de su Señor1, tiene
un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso
no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella
de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien,
aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el
influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural
escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la
vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser
humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento
de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad
política.
Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover
este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio
Vaticano II: « El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto
modo, con todo hombre ».2 En
efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el
amor infinito de Dios que « tanto amó al mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3,
16), sino también el valor incomparable de cada persona humana.
La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, descubre
con renovado asombro este valor 3 y
se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos este «
evangelio », fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para
cada época de la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el
Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e
indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y
fundamental de la Iglesia.4
Nuevas amenazas a la vida humana
3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios
hecho carne (cf. Jn 1, 14), es confiada a la solicitud materna
de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre
repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la
encarnación redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar
el Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura
(cf. Mc 16, 15).
Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante
multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los
pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y
dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las
guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.
Ya el Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad,
denunció con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. A
treinta años de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar,
una vez más y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera,
con la certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia
recta: « Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier
género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario;
todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones,
las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción
psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones
infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la
esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las
condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros
instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas
cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la
civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes
padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador ».5
4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va
más bien agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso
científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad
del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva
situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto
inédito y —podría decirse— aún más inicuo ocasionando ulteriores y
graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican
algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual,
y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la
autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta
libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias.
En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de
entender la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las
legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios
fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso
reconocer la plena legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo
tiempo, un síntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral.
Opciones, antes consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común
sentido moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma
medicina, que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida
humana, se presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos
actos contra la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma
y degradando la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y
legal, incluso los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que
pesan sobre numerosos pueblos del mundo y exigen una atención responsable y
activa por parte de las comunidades nacionales y de las internacionales, se
encuentran expuestos a soluciones falsas e ilusorias, en contraste con la
verdad y el bien de las personas y de las naciones.
El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante
el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a
su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia
misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez
más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor
fundamental mismo de la vida humana.
En comunión con todos los Obispos del mundo
5. El Consistorio extraordinario de Cardenales,
celebrado en Roma del 4 al 7 de abril de 1991, se dedicó al problema de las
amenazas a la vida humana en nuestro tiempo. Después de un amplio y profundo
debate sobre el tema y sobre los desafíos presentados a toda la familia humana
y, en particular, a la comunidad cristiana, los Cardenales, con voto unánime,
me pidieron ratificar, con la autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la
vida humana y su carácter inviolable, con relación a las circunstancias
actuales y a los atentados que hoy la amenazan.
Acogiendo esta petición, escribí en Pentecostés de 1991 una carta
personal a cada Hermano en el Episcopado para que, en el espíritu de
colegialidad episcopal, me ofreciera su colaboración para redactar un documento
al respecto. 6 Estoy
profundamente agradecido a todos los Obispos que contestaron, enviándome
valiosas informaciones, sugerencias y propuestas. Ellos testimoniaron así su
unánime y convencida participación en la misión doctrinal y pastoral de la
Iglesia sobre el Evangelio de la vida.
En la misma carta, a pocos días de la celebración del centenario de la
Encíclica Rerum novarum, llamaba la atención de todos sobre
esta singular analogía: « Así como hace un siglo la clase obrera estaba
oprimida en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó su defensa con gran
valentía, proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, así
ahora, cuando otra categoría de personas está oprimida en su derecho
fundamental a la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma
valentía, a quien no tiene voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa de
los pobres del mundo y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en
sus derechos humanos ». 7
Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son,
concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho
fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía
callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando
a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se
añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves,
consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un
nuevo orden mundial.
La presente Encíclica, fruto de la colaboración del Episcopado de todos
los Países del mundo, quiere ser pues una confirmación precisa y firme
del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo
tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta,
defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo
este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y
felicidad!
¡Que estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia!
¡Que lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesadas por el bien de
cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad!
6. En comunión profunda con cada uno de los hermanos y hermanas en la
fe, y animado por una amistad sincera hacia todos, quiero meditar de
nuevo y anunciar el Evangelio de la vida, esplendor de la verdad que
ilumina las conciencias, luz diáfana que sana la mirada oscurecida, fuente
inagotable de constancia y valor para afrontar los desafíos siempre nuevos que
encontramos en nuestro camino.
Al recordar la rica experiencia vivida durante el Año de la Familia,
como completando idealmente la Carta dirigida por mí « a cada
familia de
cualquier región de la tierra »,8 miro
con confianza renovada a todas las comunidades domésticas, y deseo que resurja
o se refuerce a cada nivel el compromiso de todos por sostener la familia, para
que también hoy —aun en medio de numerosas dificultades y de graves amenazas—
ella se mantenga siempre, según el designio de Dios, como « santuario de la
vida ».9
A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida y para la
vida, dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos
ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que
aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida
humana, para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del
amor.
CAPÍTULO I
LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MÍ
DESDE EL SUELO
ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA
ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA
«Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató» (Gn 4, 8):
raíz de la violencia contra la vida
raíz de la violencia contra la vida
7. « No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de
los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó
al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma
naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el
mundo, y la experimentan los que le pertenecen » (Sb 1,
13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida, proclamado al principio con la
creación del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta
(cf. Gn 2, 7; Sb 9, 2-3), está como en
contradicción con la experiencia lacerante de la muerte que entra en el
mundo y oscurece el sentido de toda la existencia humana. La muerte
entra por la envidia del diablo (cf. Gn 3, 1.4-5) y por el
pecado de los primeros padres (cf. Gn 2, 17; 3, 17-19). Y
entra de un modo violento, a través de la muerte de Abel causada por su
hermano Caín: « Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su
hermano Abel y lo mató » (Gn 4, 8).
Esta primera muerte es presentada con una singular elocuencia en una
página emblemática del libro del Génesis. Una página que cada día se vuelve a
escribir, sin tregua y con degradante repetición, en el libro de la historia de
los pueblos.
Releamos juntos esta página bíblica, que, a pesar de su carácter arcaico
y de su extrema simplicidad, se presenta muy rica de enseñanzas.
« Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo, y Caín
hizo al Señor una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo una
oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. El
Señor miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su
oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro. El Señor
dijo a Caín: "¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu rostro?
¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien, a la
puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que
dominar".
Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando estaban
en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín: "¿Dónde está tu hermano Abel?".
Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?". Replicó el
Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde
el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para
recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará
más fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra".
Entonces dijo Caín al Señor: "Mi culpa es demasiado grande para
soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu
presencia, convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me
encuentre me matará".
El Señor le respondió: "Al contrario, quienquiera que matare a
Caín, lo pagará siete veces". Y el Señor puso una señal a Caín para que
nadie que lo encontrase le atacara. Caín salió de la presencia del Señor, y se
estableció en el país de Nod, al oriente de Edén » (Gn 4, 2-16).
8. Caín se « irritó en gran manera » y su rostro se « abatió » porque el
Señor « miró propicio a Abel y su oblación » (Gn 4, 4). El texto
bíblico no dice el motivo por el que Dios prefirió el sacrificio de Abel al de
Caín; sin embargo, indica con claridad que, aun prefiriendo la oblación de
Abel, no interrumpió su diálogo con Caín. Le reprende recordándole
su libertad frente al mal: el hombre no está predestinado al mal.
Ciertamente, igual que Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado que,
como bestia feroz, está acechando a la puerta de su corazón, esperando lanzarse
sobre la presa. Pero Caín es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe
dominar: « Como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar » (Gn 4,
7).
Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia del Señor, y así Caín se lanza
contra su hermano y lo mata. Como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica, « la Escritura, en el relato de la muerte
de Abel a manos de su hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia
humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencia del
pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes
». 10
El hermano mata a su hermano. Como en el primer fratricidio, en cada homicidio se
viola el parentesco « espiritual » que agrupa a los hombres en una única gran
familia 11 donde
todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal. Además,
no pocas veces se viola también el parentesco « de carne y sangre
», por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la
relación entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un
contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la
eutanasia.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la
lógica del maligno, es decir, de aquél que « era homicida desde el
principio » (Jn 8, 44), como nos recuerda el apóstol Juan: « Pues
este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a
otros. No como Caín, que, siendo del maligno, mató a su hermano » (1
Jn 3, 11-12). Así, esta muerte del hermano al comienzo de la historia
es el triste testimonio de cómo el mal avanza con rapidez impresionante: a la
rebelión del hombre contra Dios en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal
del hombre contra el hombre.
Después del delito, Dios interviene para vengar al asesinado. Caín,
frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse
avergonzado y excusarse, elude la pregunta con arrogancia: « No sé. ¿Soy yo
acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). « No sé ».
Con la mentira Caín trata de ocultar su delito. Así ha sucedido con frecuencia
y sigue sucediendo cuando las ideologías más diversas sirven para justificar y
encubrir los atentados más atroces contra la persona. « ¿Soy yo acaso el
guarda de mi hermano? »: Caín no quiere pensar en su hermano y rechaza
asumir aquella responsabilidad que cada hombre tiene en relación con los demás.
Esto hace pensar espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de
responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son, entre
otros, la falta de solidaridad con los miembros más débiles de la sociedad —es
decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños— y la indiferencia que con
frecuencia se observa en la relación entre los pueblos, incluso cuando están en
juego valores fundamentales como la supervivencia, la libertad y la paz.
9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el suelo
sobre el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia a Dios
(cf. Gn 37, 26; Is 26, 21; Ez 24,
7-8). De este texto la Iglesia ha sacado la denominación de « pecados que
claman venganza ante la presencia de Dios » y entre ellos ha incluido, en
primer lugar, el homicidio voluntario. 12 Para
los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antigüedad, en la sangre se
encuentra la vida, mejor aún, « la sangre es la vida » (Dt 12, 23)
y la vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios: por eso quien
atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo.
Caín es maldecido por Dios y también por la tierra, que le negará sus frutos
(cf. Gn 4, 11-12). Y es castigado: tendrá que
habitar en la estepa y en el desierto. La violencia homicida cambia
profundamente el ambiente de vida del hombre. La tierra de « jardín de Edén » (Gn 2,
15), lugar de abundancia, de serenas relaciones interpersonales y de amistad
con Dios, pasa a ser « país de Nod » (Gn 4, 16), lugar de « miseria
», de soledad y de lejanía de Dios. Caín será « vagabundo errante por la tierra
» (Gn 4, 14): la inseguridad y la falta de estabilidad lo
acompañarán siempre.
Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, « puso
una señal a Caín para que nadie que le encontrase le atacara » (Gn 4,
15). Le da, por tanto, una señal de reconocimiento, que tiene como objetivo no
condenarlo a la execración de los demás hombres, sino protegerlo y defenderlo
frente a quienes querrán matarlo para vengar así la muerte de Abel. Ni
siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace
su garante. Es justamente aquí donde se manifiesta el misterio
paradójico de la justicia misericordiosa de Dios, como escribió san
Ambrosio: « Porque se había cometido un fratricidio, esto es, el más grande de
los crímenes, en el momento mismo en que se introdujo el pecado, se debió desplegar
la ley de la misericordia divina; ya que, si el castigo hubiera golpeado
inmediatamente al culpable, no sucedería que los hombres, al castigar, usen
cierta tolerancia o suavidad, sino que entregarían inmediatamente al castigo a
los culpables. (...) Dios expulsó a Caín de su presencia y, renegado por sus
padres, lo desterró como al exilio de una habitación separada, por el hecho de
que había pasado de la humana benignidad a la ferocidad bestial. Sin embargo,
Dios no quiso castigar al homicida con el homicidio, ya que quiere el
arrepentimiento del pecador y no su muerte ».13
« ¿Qué has hecho? » (Gn 4, 10): eclipse del valor
de la vida
10. El Señor dice a Caín: « ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu
hermano clamar a mí desde el suelo » (Gn 4, 10). La voz de
la sangre derramada por los hombres no cesa de clamar, de generación
en generación, adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.
La pregunta del Señor « ¿Qué has hecho? », que Caín no puede esquivar,
se dirige también al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la
amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la
historia de la humanidad; para que busque las múltiples causas que los generan
y alimentan; reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias que
derivan de estos mismos atentados para la vida de las personas y de los
pueblos.
Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan por
la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas veces,
podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de violencia,
odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse entre sí
con homicidios, guerras, matanzas y genocidios.
¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones de
seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición, y
al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos
y las clases sociales? ¿o en la violencia derivada, incluso antes que de las
guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos
conflictos armados que ensangrientan el mundo? ¿o en la siembra de muerte que
se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos, con la
criminal difusión de la droga, o con el fomento de modelos de práctica de la
sexualidad que, además de ser moralmente inaceptables, son también portadores
de graves riesgos para la vida? Es imposible enumerar completamente la vasta
gama de amenazas contra la vida humana, ¡son tantas sus formas, manifiestas o
encubiertas, en nuestro tiempo!
11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular, en otro
género de atentados, relativos a la vida naciente y terminal, que
presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de
gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la
conciencia colectiva, el carácter de « delito » y a asumir paradójicamente el
de « derecho », hasta el punto de pretender con ello un verdadero y
propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva
ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos agentes
sanitarios. Estos atentados golpean la vida humana en situaciones de
máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad de defensa. Más grave
aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por
obra de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin embargo, «
santuario de la vida ».
¿Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se deben tomar en
consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis de la
cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética,
haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus
derechos y deberes. A esto se añaden las más diversas dificultades
existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad
compleja, en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con
frecuencia solas con sus problemas. No faltan además situaciones de particular
pobreza, angustia o exasperación, en las que la prueba de la supervivencia, el
dolor hasta el límite de lo soportable, y las violencias sufridas,
especialmente aquellas contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y
promoción de la vida sean exigentes, a veces incluso hasta el heroísmo.
Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de la vida pueda hoy
sufrir una especie de « eclipse », aun cuando la conciencia no deje de
señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo de que
se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal con
expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de estar en
juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta.
12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual problemática
social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral
y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos
cierto que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar
como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada
por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos
se configura como verdadera « cultura de muerte ». Esta estructura está
activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y
políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia.
Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en cierto
sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles. La
vida que exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida por inútil, o
considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos
modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su
misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más
aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a
quien eliminar. Se desencadena así una especie de « conjura contra la
vida », que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones
individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar
y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados.
13. Para facilitar la difusión del aborto, se han
invertido y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención de
productos farmacéuticos, que hacen posible la muerte del feto en el seno
materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda del médico. La misma
investigación científica sobre este punto parece preocupada casi exclusivamente
por obtener productos cada vez más simples y eficaces contra la vida y, al
mismo tiempo, capaces de sustraer el aborto a toda forma de control y
responsabilidad social.
Se afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura
y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el aborto. Se acusa además
a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente
enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción. La objeción, mirándolo bien,
se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los
anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del aborto. Pero los
contravalores inherentes a la « mentalidad anticonceptiva » —bien diversa del
ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el significado
pleno del acto conyugal— son tales que hacen precisamente más fuerte esta
tentación, ante la eventual concepción de una vida no deseada. De hecho, la
cultura abortista está particularmente desarrollada justo en los ambientes que
rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que
anticoncepción y aborto, desde el punto de vista moral, son males
específicamente distintos: la primera contradice la verdad plena del
acto sexual como expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye la
vida de un ser humano; la anticoncepción se opone a la virtud de la castidad
matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la justicia y viola directamente
el precepto divino « no matarás ».
A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están
íntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que no
faltan casos en los que se llega a la anticoncepción y al mismo aborto bajo la
presión de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden
eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos
otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e
irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de
libertad que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia
personalidad. Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte
en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible
frente a una anticoncepción frustrada.
Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad, existe entre
la práctica de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada vez más y
lo demuestra de modo alarmante también la preparación de productos químicos,
dispositivos intrauterinos y « vacunas » que, distribuidos con la misma
facilidad que los anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las
primerísimas fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.
14. También las distintas técnicas de reproducción artificial, que
parecerían puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas veces
con esta intención, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida. Más
allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento en que
separan la procreación del contexto integralmente humano del acto
conyugal, 14 estas
técnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la
fecundación como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo de
muerte por lo general en brevísimo tiempo. Además, se producen con frecuencia
embriones en número superior al necesario para su implantación en el seno de la
mujer, y estos así llamados « embriones supernumerarios » son posteriormente
suprimidos o utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso
científico o médico, reducen en realidad la vida humana a simple « material
biológico » del que se puede disponer libremente.
Los diagnósticos prenatales, que no presentan
dificultades morales si se realizan para determinar eventuales cuidados
necesarios para el niño aún no nacido, con mucha frecuencia son ocasión para
proponer o practicar el aborto. Es el aborto eugenésico, cuya legitimación en
la opinión pública procede de una mentalidad —equivocadamente considerada
acorde con las exigencias de la « terapéutica »— que acoge la vida sólo en
determinadas condiciones, rechazando la limitación, la minusvalidez, la
enfermedad.
Siguiendo esta misma lógica, se ha llegado a negar los cuidados
ordinarios más elementales, y hasta la alimentación, a niños nacidos con graves
deficiencias o enfermedades. Además, el panorama actual resulta aún más
desconcertante debido a las propuestas, hechas en varios lugares, de legitimar,
en la misma línea del derecho al aborto, incluso el infanticidio, retornando
así a una época de barbarie que se creía superada para siempre.
15. Amenazas no menos graves afectan también a los enfermos
incurables y a los terminales, en un contexto social
y cultural que, haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento,
agudiza la tentación de resolver el problema del sufrimiento
eliminándolo en su raíz, anticipando la muerte al momento considerado
como más oportuno.
En una decisión así confluyen con frecuencia elementos diversos,
lamentablemente convergentes en este terrible final. Puede ser decisivo, en el
enfermo, el sentimiento de angustia, exasperación, e incluso desesperación,
provocado por una experiencia de dolor intenso y prolongado. Esto supone una
dura prueba para el equilibrio a veces ya inestable de la vida familiar y
personal, de modo que, por una parte, el enfermo —no obstante la ayuda cada vez
más eficaz de la asistencia médica y social—, corre el riesgo de sentirse
abatido por la propia fragilidad; por otra, en las personas vinculadas
afectivamente con el enfermo, puede surgir un sentimiento de comprensible
aunque equivocada piedad. Todo esto se ve agravado por un ambiente cultural que
no ve en el sufrimiento ningún significado o valor, es más, lo considera el mal
por excelencia, que debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente
cuando no se tiene una visión religiosa que ayude a comprender positivamente el
misterio del dolor.
Además, en el conjunto del horizonte cultural no deja de influir también
una especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo, se cree señor
de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es
derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva
de sentido y esperanza. Encontramos una trágica expresión de todo esto en la
difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada
abiertamente o incluso legalizada. Esta, más que por una presunta piedad ante
el dolor del paciente, es justificada a veces por razones utilitarias, de cara
a evitar gastos innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Se propone
así la eliminación de los recién nacidos malformados, de los minusválidos
graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no son
autosuficientes, y de los enfermos terminales. No nos es lícito callar ante
otras formas más engañosas, pero no menos graves o reales, de eutanasia. Estas
podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar la disponibilidad de
órganos para trasplante, se procede a la extracción de los órganos sin respetar
los criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del donante.
16. Otro fenómeno actual, en el que confluyen
frecuentemente amenazas y atentados contra la vida, es el demográfico. Este
presenta modalidades diversas en las diferentes partes del mundo: en los Países
ricos y desarrollados se registra una preocupante reducción o caída de los
nacimientos; los Países pobres, por el contrario, presentan en general una
elevada tasa de aumento de la población, difícilmente soportable en un contexto
de menor desarrollo económico y social, o incluso de grave subdesarrollo. Ante
la superpoblación de los Países pobres faltan, a nivel internacional, medidas
globales —serias políticas familiares y sociales, programas de desarrollo
cultural y de justa producción y distribución de los recursos— mientras se
continúan realizando políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la esterilización y el aborto están ciertamente entre
las causas que contribuyen a crear situaciones de fuerte descenso de la
natalidad. Puede ser fácil la tentación de recurrir también a los mismos
métodos y atentados contra la vida en las situaciones de « explosión
demográfica ».
El antiguo Faraón, viendo como una pesadilla la presencia y aumento de
los hijos de Israel, los sometió a toda forma de opresión y ordenó que fueran
asesinados todos los recién nacidos varones de las mujeres hebreas (cf. Ex 1,
7-22). Del mismo modo se comportan hoy no pocos poderosos de la tierra. Estos
consideran también como una pesadilla el crecimiento demográfico actual y temen
que los pueblos más prolíficos y más pobres representen una amenaza para el
bienestar y la tranquilidad de sus Países. Por consiguiente, antes que querer
afrontar y resolver estos graves problemas respetando la dignidad de las
personas y de las familias, y el derecho inviolable de todo hombre a la vida,
prefieren promover e imponer por cualquier medio una masiva planificación de
los nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que estarían dispuestos a dar,
se condicionan injustamente a la aceptación de una política antinatalista.
17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo verdaderamente
alarmante, si consideramos no sólo los diversos ámbitos en los que se producen
los atentados contra la vida, sino también su singular proporción numérica,
junto con el múltiple y poderoso apoyo que reciben de una vasta opinión
pública, de un frecuente reconocimiento legal y de la implicación de una parte
del personal sanitario.
Como afirmé con fuerza en Denver, con ocasión de la VIII Jornada Mundial
de la Juventud: « Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al
contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas
procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los
"Caínes" que asesinan a los "Abeles"; no, se trata de amenazas
programadas de manera científica y sistemática. El siglo XX será
considerado una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable
de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos
profetas y los falsos maestros han logrado el mayor éxito posible ».15 Más
allá de las intenciones, que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos
convincentes incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante una
objetiva « conjura contra la vida », que ve implicadas incluso
a Instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas
campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización y el aborto.
Finalmente, no se puede negar que los medios de comunicación social son con
frecuencia cómplices de esta conjura, creando en la opinión pública una cultura
que presenta el recurso a la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la
misma eutanasia como un signo de progreso y conquista de libertad, mientras
muestran como enemigas de la libertad y del progreso las posiciones
incondicionales a favor de la vida.
« ¿Soy acaso yo el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9): una idea
perversa de libertad
18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo no sólo a los
fenómenos de muerte que lo caracterizan, sino también a las múltiples
causas que lo determinan. La pregunta del Señor: « ¿Qué has hecho? » (Gn 4,
10) parece como una invitación a Caín para ir más allá de la materialidad de su
gesto homicida, y comprender toda su gravedad en las motivaciones que
estaban en su origen y en las consecuencias que se derivan.
Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones difíciles
o incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total de
perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro. Estas
circunstancias pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva
y la consiguiente culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas
moralmente malas. Sin embargo, hoy el problema va bastante más allá del
obligado reconocimiento de estas situaciones personales. Está también en el
plano cultural, social y político, donde presenta su aspecto más subversivo e
inquietante en la tendencia, cada vez más frecuente, a interpretar estos
delitos contra la vida como legítimas expresiones de la libertad
individual, que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios
derechos.
De este modo se produce un cambio de trágicas consecuencias en el largo
proceso histórico, que después de descubrir la idea de los « derechos humanos »
—como derechos inherentes a cada persona y previos a toda Constitución y
legislación de los Estados— incurre hoy en una sorprendente
contradicción: justo en una época en la que se proclaman solemnemente
los derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente el valor de la
vida, el derecho mismo a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en
particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como son el
nacimiento y la muerte.
Por una parte, las varias declaraciones universales de los derechos del
hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran en ellas, afirman a nivel
mundial una sensibilidad moral más atenta a reconocer el valor y la dignidad de
todo ser humano en cuanto tal, sin distinción de raza, nacionalidad, religión,
opinión política o clase social.
Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone
lamentablemente en la realidad su trágica negación. Esta es aún más
desconcertante y hasta escandalosa, precisamente por producirse en una sociedad
que hace de la afirmación y de la tutela de los derechos humanos su objetivo
principal y al mismo tiempo su motivo de orgullo. ¿Cómo poner de acuerdo estas
repetidas afirmaciones de principios con la multiplicación continua y la
difundida legitimación de los atentados contra la vida humana? ¿Cómo conciliar
estas declaraciones con el rechazo del más débil, del más necesitado, del
anciano y del recién concebido? Estos atentados van en una dirección
exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan una amenaza
frontal a toda la cultura de los derechos del hombre. Es una amenaza
capaz, al límite, de poner en peligro el significado mismo de la convivencia
democrática: nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser
sociedades de « con-vivientes » a sociedades de excluidos, marginados,
rechazados y eliminados. Si además se dirige la mirada al horizonte mundial,
¿cómo no pensar que la afirmación misma de los derechos de las personas y de
los pueblos se reduce a un ejercicio retórico estéril, como sucede en las altas
reuniones internacionales, si no se desenmascara el egoísmo de los Países ricos
que cierran el acceso al desarrollo de los Países pobres, o lo condicionan a
absurdas prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo al hombre? ¿No
convendría quizá revisar los mismos modelos económicos, adoptados a menudo por
los Estados incluso por influencias y condicionamientos de carácter
internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia y violencia
en las que se degrada y vulnera la vida humana de poblaciones enteras?
19. ¿Dónde están las raíces de una contradicción tan
sorprendente?
Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden cultural o
moral, comenzando por aquella mentalidad que, tergiversando e incluso
deformando el concepto de subjetividad, sólo reconoce como titular de
derechos a quien se presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía y sale
de situaciones de total dependencia de los demás. Pero, ¿cómo conciliar esta
postura con la exaltación del hombre como ser « indisponible »? La
teoría de los derechos humanos se fundamenta precisamente en la consideración
del hecho que el hombre, a diferencia de los animales y de las cosas, no puede
ser sometido al dominio de nadie. También se debe señalar aquella lógica que
tiende a identificar la dignidad personal con la capacidad de
comunicación verbal y explícita y, en todo caso, experimentable. Está
claro que, con estos presupuestos, no hay espacio en el mundo para quien, como
el que ha de nacer o el moribundo, es un sujeto constitutivamente débil, que
parece sometido en todo al cuidado de otras personas, dependiendo radicalmente
de ellas, y que sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de una profunda
simbiosis de afectos. Es, por tanto, la fuerza que se hace criterio de opción y
acción en las relaciones interpersonales y en la convivencia social. Pero esto
es exactamente lo contrario de cuanto ha querido afirmar históricamente el
Estado de derecho, como comunidad en la que a las « razones de la fuerza »
sustituye la « fuerza de la razón ».
A otro nivel, el origen de la contradicción entre la solemne afirmación
de los derechos del hombre y su trágica negación en la práctica, está en
un concepto de libertad que exalta de modo absoluto al
individuo, y no lo dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio
del otro. Si es cierto que, a veces, la eliminación de la vida naciente o
terminal se enmascara también bajo una forma malentendida de altruismo y piedad
humana, no se puede negar que semejante cultura de muerte, en su conjunto,
manifiesta una visión de la libertad muy individualista, que acaba por ser la
libertad de los « más fuertes » contra los débiles destinados a sucumbir.
Precisamente en este sentido se puede interpretar la respuesta de Caín a
la pregunta del Señor « ¿Dónde está tu hermano Abel? »: « No sé. ¿Soy yo
acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). Sí, cada
hombre es « guarda de su hermano », porque Dios confía el hombre al hombre. Y
es también en vista de este encargo que Dios da a cada hombre la libertad, que
posee una esencial dimensión relacional. Es un gran don del
Creador, puesta al servicio de la persona y de su realización mediante el don
de sí misma y la acogida del otro. Sin embargo, cuando la libertad es
absolutizada en clave individualista, se vacía de su contenido original y se
contradice en su misma vocación y dignidad.
Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la libertad reniega de sí
misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no
reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad. Cada
vez que la libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición y autoridad,
se cierra a las evidencias primarias de una verdad objetiva y común, fundamento
de la vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e
indiscutible referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el
bien o el mal, sino sólo su opinión subjetiva y mudable o, incluso, su interés
egoísta y su capricho.
20. Con esta concepción de la libertad, la convivencia social se
deteriora profundamente. Si la promoción del propio yo se entiende en
términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del
otro, considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se
convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin
vínculos recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los
demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los
intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de
compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en
la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores comunes y a una verdad
absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas movedizas de un
relativismo absoluto. Entonces todo es pactable, todo es negociable: incluso
el primero de los derechos fundamentales, el de la vida.
Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente político
o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en discusión o
se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una parte
—aunque sea mayoritaria— de la población. Es el resultado nefasto de un
relativismo que predomina incontrovertible: el « derecho » deja de ser tal
porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de la
persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo la
democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo
fundamental. El Estado deja de ser la « casa común » donde todos pueden vivir
según los principios de igualdad fundamental, y se transforma en Estado
tirano, que presume de poder disponer de la vida de los más débiles e
indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una
utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que el interés de algunos.
Parece que todo acontece en el más firme respeto de la legalidad, al menos
cuando las leyes que permiten el aborto o la eutanasia son votadas según las,
así llamadas, reglas democráticas. Pero en realidad estamos sólo ante una trágica
apariencia de legalidad, donde el ideal democrático, que es verdaderamente tal
cuando reconoce y tutela la dignidad de toda persona humana, es
traicionado en sus mismas bases: « ¿Cómo es posible hablar todavía de
dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar a la más débil e
inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de las
discriminaciones entre las personas, declarando a algunas dignas de ser
defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? ».16 Cuando
se verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan
a la disolución de una auténtica convivencia humana y a la disgregación de la
misma realidad establecida.
Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y
reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado
perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y
contra los demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: «
En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo » (Jn 8,
34).
« He de esconderme de tu presencia » (Gn 4, 14): eclipse
del sentido de Dios y del hombre
21. En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre la «
cultura de la vida » y la « cultura de la muerte », no basta detenerse en la
idea perversa de libertad anteriormente señalada. Es necesario llegar al centro
del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido de
Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural
dominado por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de
poner a prueba, a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja
contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible
círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder
también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez,
la violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del
respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva
ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de
Dios.
Una vez más podemos inspirarnos en el relato del asesinato de Abel por
parte de su hermano. Después de la maldición impuesta por Dios, Caín se dirige
así al Señor: « Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy
me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido
en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará » (Gn 4,
13-14). Caín considera que su pecado no podrá ser perdonado por el Señor y que
su destino inevitable será tener que « esconderse de su presencia ». Si Caín
confiesa que su culpa es « demasiado grande », es porque sabe que se encuentra
ante Dios y su justo juicio. En realidad, sólo delante del Señor el hombre
puede reconocer su pecado y percibir toda su gravedad. Esta es la experiencia
de David, que después de « haber pecado contra el Señor », reprendido por el
profeta Natán (cf. 2 Sam 11-12), exclama: « Mi delito yo lo
reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti sólo he
pecado, lo malo a tus ojos cometí » (Sal 51 50, 5-6).
22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios, también el sentido
del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente el
Concilio Vaticano II: « La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por
el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».17 El
hombre no puede ya entenderse como « misteriosamente otro » respecto a las
demás criaturas terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como
un organismo que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado.
Encerrado en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este
modo a « una cosa », y ya no percibe el carácter trascendente de su « existir
como hombre ». No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una
realidad « sagrada » confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia
amorosa, a su « veneración ». La vida llega a ser simplemente « una cosa », que
el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y
manipulable.
Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre ya no es capaz
de dejarse interrogar sobre el sentido más auténtico de su existencia,
asumiendo con verdadera libertad estos momentos cruciales de su propio «
existir ». Se preocupa sólo del « hacer » y, recurriendo a cualquier forma de
tecnología, se afana por programar, controlar y dominar el nacimiento y la
muerte. Estas, de experiencias originarias que requieren ser « vividas », pasan
a ser cosas que simplemente se pretenden « poseer » o « rechazar ».
Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que
el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado, y la misma
naturaleza, que ya no es « mater », quede reducida a « material » disponible a
todas las manipulaciones. A esto parece conducir una cierta racionalidad
técnico-científica, dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea
misma de una verdad de la creación que hay que reconocer o de un designio de Dios
sobre la vida que hay que respetar. Esto no es menos verdad, cuando la angustia
por los resultados de esta « libertad sin ley » lleva a algunos a la postura
opuesta de una « ley sin libertad », como sucede, por ejemplo, en ideologías
que contestan la legitimidad de cualquier intervención sobre la naturaleza,
como en nombre de una « divinización » suya, que una vez más desconoce su
dependencia del designio del Creador.
En realidad, viviendo « como si Dios no existiera », el hombre pierde no
sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser.
23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente
al materialismo práctico, en el que proliferan el
individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la
perenne validez de lo que escribió el Apóstol: « Como no tuvieron a bien
guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su mente
insensata, para que hicieran lo que no conviene » (Rm 1, 28). Así,
los valores del ser son sustituidos por los del tener. El
único fin que cuenta es la consecución del propio bienestar material. La
llamada « calidad de vida » se interpreta principal o exclusivamente como
eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física,
olvidando las dimensiones más profundas —relacionales, espirituales y
religiosas— de la existencia.
En semejante contexto el sufrimiento, elemento
inevitable de la existencia humana, aunque también factor de posible
crecimiento personal, es « censurado », rechazado como inútil, más aún,
combatido como mal que debe evitarse siempre y de cualquier modo. Cuando no es
posible evitarlo y la perspectiva de un bienestar al menos futuro se desvanece,
entonces parece que la vida ha perdido ya todo sentido y aumenta en el hombre
la tentación de reivindicar el derecho a su supresión.
Siempre en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya no
se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de las
relaciones con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura materialidad:
está simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que hay que usar
según criterios de mero goce y eficiencia. Por consiguiente, también la sexualidad se
despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor, es
decir, del don de sí mismo y de la acogida del otro según toda la riqueza de la
persona, pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio
yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos. Así se deforma
y falsifica el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos
significados, unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto
conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona la unión y
la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La procreación se
convierte entonces en el « enemigo » a evitar en la práctica de la sexualidad.
Cuando se acepta, es sólo porque manifiesta el propio deseo, o incluso la
propia voluntad, de tener un hijo « a toda costa », y no, en cambio, por expresar
la total acogida del otro y, por tanto, la apertura a la riqueza de vida de la
que el hijo es portador.
En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí, las
relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los
primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el
enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal
—el del respeto, la gratuidad y el servicio— se sustituye por el criterio de la
eficiencia, la funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que «
es », sino por lo que « tiene, hace o produce ». Es la supremacía del más
fuerte sobre el más débil.
24. En lo íntimo de la conciencia moral se produce el
eclipse del sentido de Dios y del hombre, con todas sus múltiples y funestas
consecuencias para la vida. Se pone en duda, sobre todo, la conciencia de
cada persona, que en su unicidad e irrepetibilidad se encuentra sola
ante Dios. 18 Pero
también se cuestiona, en cierto sentido, la « conciencia moral » de la
sociedad. Esta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o
favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la
« cultura de la muerte », llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas
« estructuras de pecado » contra la vida. La conciencia moral, tanto individual
como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos
medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y mortal, el
de la confusión entre el bien y el mal en relación con el
mismo derecho fundamental a la vida. Lamentablemente, una gran parte de la
sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la Carta a los Romanos.
Está formada « de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia » (1, 18):
habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad terrena sin
necesidad de El, « se ofuscaron en sus razonamientos » de modo que « su
insensato corazón se entenebreció » (1, 21); « jactándose de sabios se
volvieron estúpidos » (1, 22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y
« no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen » (1,
32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6,
22-23), llama « al mal bien y al bien mal » (Is 5, 20), camina ya
hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral.
Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer el
silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena en la conciencia de
cada hombre. De este íntimo santuario de la conciencia puede empezar un nuevo
camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana.
« Os habéis acercado a la sangre de la aspersión » (cf. Hb 12,
22.24):
signos de esperanza y llamada al compromiso
signos de esperanza y llamada al compromiso
25. « Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo » (Gn 4,
10). No es sólo la sangre de Abel, el primer inocente asesinado, que clama a
Dios, fuente y defensor de la vida. También la sangre de todo hombre asesinado
después de Abel es un clamor que se eleva al Señor. De una forma absolutamente
única, clama a Dios la sangre de Cristo, de quien Abel en su
inocencia es figura profética, como nos recuerda el autor de la Carta a los
Hebreos: « Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad
del Dios vivo... al mediador de una Nueva Alianza, y a la aspersión
purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel » (12, 22.24).
Es la sangre de la aspersión. De ella había sido
símbolo y signo anticipador la sangre de los sacrificios de la Antigua Alianza,
con los que Dios manifestaba la voluntad de comunicar su vida a los hombres,
purificándolos y consagrándolos (cf. Ex 24, 8; Lv 17,
11). Ahora, todo esto se cumple y verifica en Cristo: la suya es la sangre de
la aspersión que redime, purifica y salva; es la sangre del mediador de la
Nueva Alianza « derramada por muchos para perdón de los pecados » (Mt 26,
28). Esta sangre, que brota del costado abierto de Cristo en la cruz (cf. Jn 19,
34), « habla mejor que la de Abel »; en efecto, expresa y exige una « justicia
» más profunda, pero sobre todo implora misericordia, 19 se
hace ante el Padre intercesora por los hermanos (cf. Hb 7,
25), es fuente de redención perfecta y don de vida nueva.
La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del
Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué
inestimable es el valor de su vida. Nos lo recuerda el apóstol Pedro:
« Sabéis que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros
padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de
cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo » (1 Pe 1, 18-19).
Precisamente contemplando la sangre preciosa de Cristo, signo de su entrega de
amor (cf. Jn 13, 1), el creyente aprende a reconocer y
apreciar la dignidad casi divina de todo hombre y puede exclamar con nuevo y
grato estupor: « ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha
"merecido tener tan gran Redentor" (Himno Exsultet de
la Vigilia pascual), si "Dios ha dado a su Hijo", a fin de que él, el
hombre, "no muera sino que tenga la vida eterna" (cf. Jn 3,
16)! ».20
Además, la sangre de Cristo manifiesta al hombre que su grandeza, y por
tanto su vocación, consiste en el don sincero de sí mismo. Precisamente
porque se derrama como don de vida, la sangre de Cristo ya no es signo de
muerte, de separación definitiva de los hermanos, sino instrumento de una
comunión que es riqueza de vida para todos. Quien bebe esta sangre en el
sacramento de la Eucaristía y permanece en Jesús (cf. Jn 6,
56) queda comprometido en su mismo dinamismo de amor y de entrega de la vida,
para llevar a plenitud la vocación originaria al amor, propia de todo hombre
(cf. Jn 1, 27; 2, 18-24).
Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran la
fuerza para comprometerse en favor de la vida. Esta sangre es
justamente el motivo más grande de esperanza, más aún, es el fundamento
de la absoluta certeza de que según el designio divino la vida vencerá. «
No habrá ya muerte », exclama la voz potente que sale del trono de Dios en la
Jerusalén celestial (Ap 21, 4). Y san Pablo nos asegura que la
victoria actual sobre el pecado es signo y anticipo de la victoria definitiva
sobre la muerte, cuando « se cumplirá la palabra que está escrita: "La
muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" » (1 Cor 15, 54-55).
26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria en
nuestras sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente marcadas por la «
cultura de la muerte ». Se daría, por tanto, una imagen unilateral, que podría
inducir a un estéril desánimo, si junto con la denuncia de las amenazas contra
la vida no se presentan los signos positivos que se dan en la
situación actual de la humanidad.
Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo dificultad
para manifestarse y ser reconocidos, tal vez también porque no encuentran una
adecuada atención en los medios de comunicación social. Pero, ¡cuántas
iniciativas de ayuda y apoyo a las personas más débiles e indefensas han
surgido y continúan surgiendo en la comunidad cristiana y en la sociedad civil,
a nivel local, nacional e internacional, promovidas por individuos, grupos,
movimientos y organizaciones diversas!
Son todavía muchos los esposos que, con generosa
responsabilidad, saben acoger a los hijos como « el don más excelente del
matrimonio ».21 No
faltan familias que, además de su servicio cotidiano a la
vida, acogen a niños abandonados, a muchachos y jóvenes en dificultad, a
personas minusválidas, a ancianos solos. No pocos centros de ayuda a la
vida, o instituciones análogas, están promovidos por personas y grupos
que, con admirable dedicación y sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a
madres en dificultad, tentadas de recurrir al aborto. También surgen y se
difunden grupos de voluntarios dedicados a dar hospitalidad a
quienes no tienen familia, se encuentran en condiciones de particular penuria o
tienen necesidad de hallar un ambiente educativo que les ayude a superar
comportamientos destructivos y a recuperar el sentido de la vida.
La medicina, impulsada con gran dedicación por
investigadores y profesionales, persiste en su empeño por encontrar remedios
cada vez más eficaces: resultados que hace un tiempo eran del todo impensables
y capaces de abrir prometedoras perspectivas se obtienen hoy para la vida
naciente, para las personas que sufren y los enfermos en fase aguda o terminal.
Distintos entes y organizaciones se movilizan para llevar, incluso a los países
más afectados por la miseria y las enfermedades endémicas, los beneficios de la
medicina más avanzada. Así, asociaciones nacionales e internacionales de
médicos se mueven oportunamente para socorrer a las poblaciones probadas por
calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque una verdadera justicia
internacional en la distribución de los recursos médicos está aún lejos de su
plena realización, ¿cómo no reconocer en los pasos dados hasta ahora el signo
de una creciente solidaridad entre los pueblos, de una apreciable sensibilidad
humana y moral y de un mayor respeto por la vida?
27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a tentativas,
surgidas aquí y allá, de legalizar la eutanasia, han aparecido en todo el mundo movimientos
e iniciativas de sensibilización social en favor de la vida. Cuando,
conforme a su auténtica inspiración, actúan con determinada firmeza pero sin
recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una toma de conciencia más
difundida y profunda del valor de la vida, solicitando y realizando un
compromiso más decisivo por su defensa.
¿Cómo no recordar, además, todos estos gestos cotidianos de
acogida, sacrificio y cuidado desinteresado que un número incalculable
de personas realiza con amor en las familias, hospitales, orfanatos,
residencias de ancianos y en otros centros o comunidades, en defensa de la
vida? La Iglesia, dejándose guiar por el ejemplo de Jesús « buen samaritano »
(cf. Lc 10, 29-37) y sostenida por su fuerza, siempre ha estado
en la primera línea de la caridad: tantos de sus hijos e hijas, especialmente
religiosas y religiosos, con formas antiguas y siempre nuevas, han consagrado y
continúan consagrando su vida a Dios ofreciéndola por amor al prójimo más débil
y necesitado. Estos gestos construyen en lo profundo la « civilización del amor
y de la vida », sin la cual la existencia de las personas y de la sociedad
pierde su significado más auténticamente humano. Aunque nadie los advierta y
permanezcan escondidos a la mayoría, la fe asegura que el Padre, « que ve en lo
secreto » (Mt 6, 4), no sólo sabrá recompensarlos, sino que ya
desde ahora los hace fecundos con frutos duraderos para todos.
Entre los signos de esperanza se da también el incremento, en muchos
estratos de la opinión pública, de una nueva sensibilidad cada vez más
contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos
entre los pueblos, y orientada cada vez más a la búsqueda de medios eficaces,
pero « no violentos », para frenar la agresión armada. Además, en este mismo
horizonte se da la aversión cada vez más difundida en la opinión
pública a la pena de muerte, incluso como instrumento de « legítima
defensa » social, al considerar las posibilidades con las que cuenta una
sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando
a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad de
redimirse.
También se debe considerar positivamente una mayor atención a la calidad
de vida y a la ecología, que se registra sobre todo
en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas de las
personas no se centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto más
bien en la búsqueda de una mejora global de las condiciones de vida.
Particularmente significativo es el despertar de una reflexión ética sobre la
vida. Con el nacimiento y desarrollo cada vez más extendido de la bioética se
favorece la reflexión y el diálogo —entre creyentes y no creyentes, así como
entre creyentes de diversas religiones— sobre problemas éticos, incluso
fundamentales, que afectan a la vida del hombre.
28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos plenamente
conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el
mal, la muerte y la vida, la « cultura de la muerte » y la « cultura de la vida
». Estamos no sólo « ante », sino necesariamente « en medio » de este
conflicto: todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la
responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la
vida.
También para nosotros resuena clara y fuerte la invitación a Moisés: «
Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia...; te pongo
delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que
vivas, tú y tu descendencia » (Dt 30, 15.19). Es una
invitación válida también para nosotros, llamados cada día a tener que decidir
entre la « cultura de la vida » y la « cultura de la muerte ». Pero la llamada
del Deuteronomio es aún más profunda, porque nos apremia a una opción propiamente
religiosa y moral. Se trata de dar a la propia existencia una orientación
fundamental y vivir en fidelidad y coherencia con la Ley del Señor: « Yo te
prescribo hoy que ames al Señor tu Dios, que sigas sus
caminos y guardes sus mandamientos, preceptos y normas...
Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios,
escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así
como la prolongación de tus días » (30, 16.19-20).
La opción incondicional en favor de la vida alcanza plenamente su
significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada y es alimentada por
la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a afrontar positivamente el
conflicto entre la muerte y la vida, en el que estamos inmersos, como la fe en
el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha venido entre los hombres « para que
tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10): es la fe
en el Resucitado, que ha vencido la muerte; es la fe en la sangre de
Cristo « que habla mejor que la de Abel » (Hb 12, 24).
Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y ante los desafíos de
la situación actual, la Iglesia toma más viva conciencia de la gracia y de la
responsabilidad que recibe de su Señor para anunciar, celebrar y servir
al Evangelio de la vida.
CAPÍTULO II
HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA
MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA
MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA
« La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto » (1 Jn 1, 2): la
mirada dirigida a Cristo, « Palabra de vida »
29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en el mundo
contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por una sensación de
impotencia insuperable: ¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente para
vencer el mal!
Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada creyente, está
llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo, «
Palabra de vida » (1 Jn 1, 1). En realidad, el Evangelio de
la vida no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la
vida humana; ni sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar
cambios significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un
futuro mejor. El Evangelio de la vida es una realidad concreta
y personal, porque consiste en el anuncio dela persona misma de Jesús, el
cual se presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: «
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Es la misma
identidad manifestada a Marta, la hermana de Lázaro: « Yo soy la resurrección y
la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en
mí, no morirá jamás » (Jn 11, 25-26). Jesús es el Hijo que desde la
eternidad recibe la vida del Padre (cf. Jn 5, 26) y que ha
venido a los hombres para hacerles partícipes de este don: « Yo he venido para
que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10).
Así, por la palabra, la acción y la persona misma de Jesús se da al
hombre la posibilidad de « conocer » toda la verdad sobre el
valor de la vida humana. De esa « fuente » recibe, en particular, la capacidad
de « obrar » perfectamente esa verdad (cf. Jn 3, 21), es
decir, asumir y realizar en plenitud la responsabilidad de amar y servir,
defender y promover la vida humana.
En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente
aquel Evangelio de la vida que, anticipado ya en la Revelación
del Antiguo Testamento y, más aún, escrito de algún modo en el corazón mismo de
cada hombre y mujer, resuena en cada conciencia « desde el principio », o sea,
desde la misma creación, de modo que, a pesar de los condicionamientos
negativos del pecado, también puede ser conocido por la razón humana en
sus aspectos esenciales. Como dice el Concilio Vaticano II, Cristo «
con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros,
sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de
la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio
divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del
pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna ».22
30. Por tanto, con la mirada fija en el Señor Jesús queremos volver a
escuchar de El « las palabras de Dios » (Jn 3, 34) y meditar de
nuevo el Evangelio de la vida. El sentido más profundo y
original de esta meditación del mensaje revelado sobre la vida humana ha sido
expuesto por el apóstol Juan, al comienzo de su Primera Carta: « Lo que existía
desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo
que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida —pues la
Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos
la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó— lo que
hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en
comunión con nosotros » (1, 1-3).
En Jesús, « Palabra de vida », se anuncia y comunica la vida divina y
eterna. Gracias a este anuncio y a este don, la vida física y espiritual del
hombre, incluida su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y significado:
en efecto, la vida divina y eterna es el fin al que está orientado y llamado el
hombre que vive en este mundo. El Evangelio de la vida abarca
así todo lo que la misma experiencia y la razón humana dicen sobre el valor de
la vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a término.
« Mi fortaleza y mi canción es el Señor. El es mi salvación » (Ex 15, 2): la
vida es siempre un bien
31. En realidad, la plenitud evangélica del mensaje sobre la vida fue ya
preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo en las vicisitudes del Exodo,
fundamento de la experiencia de fe del Antiguo Testamento, donde Israel
descubre el valor de la vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya abocado al
exterminio, porque la amenaza de muerte se extiende a todos sus recién nacidos
varones (cf. Ex 1, 15-22), el Señor se le revela como
salvador, capaz de asegurar un futuro a quien está sin esperanza. Nace así en
Israel una clara conciencia: su vida no está a merced de un
faraón que puede usarla con arbitrio despótico; al contrario, es objeto
de un tierno y fuerte amor por parte de Dios.
La liberación de la esclavitud es el don de una identidad, el
reconocimiento de una dignidad indeleble y el inicio de una historia
nueva, en la que van unidos el descubrimiento de Dios y de sí mismo.
La experiencia del Exodo es original y ejemplar. Israel aprende de ella que,
cada vez que es amenazado en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con
confianza renovada para encontrar en él asistencia eficaz: « Eres mi siervo,
Israel. ¡Yo te he formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido! » (Is 44,
21).
De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su propia existencia
como pueblo, avanza también en la percepción del sentido y valor de la
vida en cuanto tal. Es una reflexión que se desarrolla de modo
particular en los libros sapienciales, partiendo de la experiencia cotidiana de
la precariedad de la vida y de la conciencia de las amenazas
que la acechan. Ante las contradicciones de la existencia, la fe está llamada a
ofrecer una respuesta.
El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba. ¿Cómo
no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro de Job? El
inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: « ¿Para
qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a
los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro?
» (3, 20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia el
reconocimiento confiado y adorador del « misterio »: « Sé que eres
todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable » (Jb 42, 2).
Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor claridad el
germen de vida inmortal puesto por el Creador en el corazón de los hombres: «
El ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo
en sus corazones » (Ecl 3, 11). Este germen de totalidad y
plenitud espera manifestarse en el amor, y realizarse, por don
gratuito de Dios, en la participación en su vida eterna.
« El nombre de Jesús ha restablecido a este hombre » (cf. Hch 3, 16): en
la precariedad de la existencia humana Jesús lleva a término el sentido de la
vida
32. La experiencia del pueblo de la Alianza se repite en la de todos los
« pobres » que encuentran a Jesús de Nazaret. Así como el Dios « amante de la
vida » (cf. Sb 11, 26) había confortado a Israel en medio de
los peligros, así ahora el Hijo de Dios anuncia, a cuantos se sienten
amenazados e impedidos en su existencia, que sus vidas también son un bien al
cual el amor del Padre da sentido y valor.
« Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los
sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva » (Lc 7,
22). Con estas palabras del profeta Isaías (35, 5-6; 61, 1), Jesús presenta el
significado de su propia misión. Así, quienes sufren a causa de una existencia
de algún modo « disminuida », escuchan de El la buena nueva de
que Dios se interesa por ellos, y tienen la certeza de que también su vida es
un don celosamente custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6,
25-34).
Los « pobres » son interpelados particularmente por la predicación y las
obras de Jesús. La multitud de enfermos y marginados, que lo siguen y lo buscan
(cf. Mt 4, 23-25), encuentran en su palabra y en sus gestos la
revelación del gran valor que tiene su vida y del fundamento de sus esperanzas
de salvación.
Lo mismo sucede en la misión de la Iglesia desde sus comienzos. Ella,
que anuncia a Jesús como aquél que « pasó haciendo el bien y curando a todos
los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él » (Hch 10,
38), es portadora de un mensaje de salvación que resuena con toda su novedad
precisamente en las situaciones de miseria y pobreza de la vida del hombre. Así
hace Pedro en la curación del tullido, al que ponían todos los días junto a la
puerta « Hermosa » del templo de Jerusalén para pedir limosna: « No tengo plata
ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte
a andar » (Hch 3, 6). Por la fe en Jesús, « autor de la vida »
(cf. Hch 3, 15), la vida que yace abandonada y suplicante
vuelve a ser consciente de sí misma y de su plena dignidad.
La palabra y las acciones de Jesús y de su Iglesia no se dirigen sólo a
quienes padecen enfermedad, sufrimiento o diversas formas de marginación
social, sino que conciernen más profundamente al sentido mismo de la
vida de cada hombre en sus dimensiones morales y espirituales. Sólo
quien reconoce que su propia vida está marcada por la enfermedad del pecado,
puede redescubrir, en el encuentro con Jesús Salvador, la verdad y autenticidad
de su existencia, según sus mismas palabras: « No necesitan médico los que
están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a
justos, sino a pecadores » (Lc 5, 31-32).
En cambio, quien cree que puede asegurar su vida mediante la acumulación
de bienes materiales, como el rico agricultor de la parábola evangélica, en
realidad se engaña. La vida se le está escapando, y muy pronto se verá privado
de ella sin haber logrado percibir su verdadero significado: « ¡Necio! Esta
misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?
» (Lc 12, 20).
33. En la vida misma de Jesús, desde el principio al fin, se da esta
singular « dialéctica » entre la experiencia de la precariedad de la vida
humana y la afirmación de su valor. En efecto, la precariedad marca la vida de
Jesús desde su nacimiento. Ciertamente encuentra acogida en
los justos, que se unieron al « sí » decidido y gozoso de María (cf. Lc 1,
38). Pero también siente, en seguida, el rechazo de un mundo
que se hace hostil y busca al niño « para matarle » (Mt 2, 13), o
que permanece indiferente y distraído ante el cumplimiento del misterio de esta
vida que entra en el mundo: « no tenían sitio en el alojamiento » (Lc 2,
7). Del contraste entre las amenazas y las inseguridades, por una parte, y la
fuerza del don de Dios, por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se
irradia desde la casa de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida que nace es
salvación para toda la humanidad (cf. Lc 2, 11).
Jesús asume plenamente las contradicciones y los riesgos de la vida: «
siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su
pobreza » (2 Cor 8, 9). La pobreza de la que habla Pablo no es sólo
despojarse de privilegios divinos, sino también compartir las condiciones más
humildes y precarias de la vida humana (cf. Flp 2, 6-7). Jesús
vive esta pobreza durante toda su vida, hasta el momento culminante de la cruz:
« se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo
cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre » (Flp 2,
8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús revela
toda la grandeza y el valor de la vida, ya que su entrega en la cruz
es fuente de vida nueva para todos los hombres (cf. Jn 12,
32). En este peregrinar en medio de las contradicciones y en la misma pérdida
de la vida, Jesús es guiado por la certeza de que está en las manos del Padre.
Por eso puede decirle en la cruz: « Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23,
46), esto es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana si el Hijo de
Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación
para toda la humanidad!
« Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo » (Rm 8, 28-29): la
gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre
34. La vida es siempre un bien. Esta es una intuición o, más bien, un
dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender.
¿Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre toda la Biblia, y ya desde sus
primeras páginas encuentra una respuesta eficaz y admirable. La vida que Dios
da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas vivientes, ya
que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra (cf. Gn 2,
7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal 103 102, 14; 104
103, 29), es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia,
resplandor de su gloria (cf. Gn 1, 26-27; Sal 8,
6). Es lo que quiso acentuar también san Ireneo de Lyon con su célebre
definición: « el hombre que vive es la gloria de Dios ».23 Al
hombre se le ha dado una altísima dignidad, que tiene sus
raíces en el vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja la
realidad misma de Dios.
Lo afirma el libro del Génesis en el primer relato de la creación,
poniendo al hombre en el vértice de la actividad creadora de Dios, como su
culmen, al término de un proceso que va desde el caos informe hasta la criatura
más perfecta. Toda la creación está ordenada al hombre y todo se somete
a él: « Henchid la tierra y sometedla; mandad... en todo animal que
serpea sobre la tierra » (1, 28), ordena Dios al hombre y a la mujer. Un
mensaje semejante aparece también en el otro relato de la creación: « Tomó,
pues, el Señor Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo
labrase y cuidase » (Gn 2, 15). Así se reafirma la primacía del
hombre sobre las cosas, las cuales están destinadas a él y confiadas a su
responsabilidad, mientras que por ningún motivo el hombre puede ser sometido a
sus semejantes y reducido al rango de cosa.
En el relato bíblico, la distinción entre el hombre y las demás
criaturas se manifiesta sobre todo en el hecho de que sólo su creación se
presenta como fruto de una especial decisión por parte de Dios, de una
deliberación que establece un vínculo particular y específico con el
Creador: « Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza
nuestra » (Gn 1, 26). La vida que Dios ofrece al
hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la
criatura.
Israel se peguntará durante mucho tiempo sobre el sentido de este
vínculo particular y específico del hombre con Dios. También el libro del
Eclesiástico reconoce que Dios al crear a los hombres « los revistió de una
fuerza como la suya, y los hizo a su imagen » (17, 3). Con esto el autor
sagrado manifiesta no sólo su dominio sobre el mundo, sino también las
facultades espirituales más características del hombre, como la razón,
el discernimiento del bien y del mal, la voluntad libre: « De saber e
inteligencia los llenó, les enseñó el bien y el mal » (Si 17,
6). La capacidad de conocer la verdad y la libertad son prerrogativas
del hombre en cuanto creado a imagen de su Creador, el Dios verdadero
y justo (cf. Dt 32, 4). Sólo el hombre, entre todas las
criaturas visibles, tiene « capacidad para conocer y amar a su Creador ».24 La
vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo. Es tensión
hacia una plenitud de vida, es germen de un existencia que supera los
mismos límites del tiempo: « Porque Dios creó al hombre para la
incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza » (Sb 2,
23).
35. El relato yahvista de la creación expresa también la misma
convicción. En efecto, esta antigua narración habla de un soplo
divino que es infundido en el hombre para que tenga
vida: « El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, sopló en sus narices
un aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente » (Gn 2,
7).
El origen divino de este espíritu de vida explica la perenne
insatisfacción que acompaña al hombre durante su existencia. Creado por Dios,
llevando en sí mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende
naturalmente a El. Al experimentar la aspiración profunda de su corazón, todo
hombre hace suya la verdad expresada por san Agustín: « Nos hiciste, Señor,
para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti ».25
Qué elocuente es la insatisfacción de la que es víctima la vida del
hombre en el Edén, cuando su única referencia es el mundo vegetal y animal
(cf. Gn 2, 20). Sólo la aparición de la mujer, es decir, de un
ser que es hueso de sus huesos y carne de su carne (cf. Gn 2,
23), y en quien vive igualmente el espíritu de Dios creador, puede satisfacer
la exigencia de diálogo interpersonal que es vital para la existencia humana.
En el otro, hombre o mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y
satisfactoria de toda persona.
« ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que
de él te cuides? », se pregunta el Salmista (Sal 8, 5). Ante la
inmensidad del universo es muy poca cosa, pero precisamente este contraste
descubre su grandeza: « Apenas inferior a los ángeles le hiciste (también se
podría traducir: « apenas inferior a Dios »), coronándole de gloria y de
esplendor » (Sal 8, 6). La gloria de Dios resplandece en el
rostro del hombre. En él encuentra el Creador su descanso, como
comenta asombrado y conmovido san Ambrosio: « Finalizó el sexto día y se
concluyó la creación del mundo con la formación de aquella obra maestra que es
el hombre, el cual ejerce su dominio sobre todos los seres vivientes y es como
el culmen del universo y la belleza suprema de todo ser creado. Verdaderamente
deberíamos mantener un reverente silencio, porque el Señor descansó de toda
obra en el mundo. Descansó al final en lo íntimo del hombre, descansó en su
mente y en su pensamiento; en efecto, había creado al hombre dotado de razón,
capaz de imitarle, émulo de sus virtudes, anhelante de las gracias celestes. En
estas dotes suyas descansa el Dios que dijo: "¿En quién encontraré reposo,
si no es en el humilde y contrito, que tiembla a mi palabra" (cf. Is 66,
1-2). Doy gracias al Señor nuestro Dios por haber creado una obra tan
maravillosa donde encontrar su descanso ».26
36. Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se oscurece por la
irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se rebela contra
el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas: «
Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la
criatura en vez del Creador » (Rm 1, 25). De este modo, el ser
humano no sólo desfigura en sí mismo la imagen de Dios, sino que está tentado
de ofenderla también en los demás, sustituyendo las relaciones de comunión por
actitudes de desconfianza, indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida.
Cuando no se reconoce a Dios como Dios, se traiciona el
sentido profundo del hombre y se perjudica la comunión entre los hombres.
En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer y se
manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne humana:
« El es Imagen de Dios invisible » (Col 1, 15), « resplandor de su
gloria e impronta de su sustancia » (Hb 1, 3). El es la imagen
perfecta del Padre.
El proyecto de vida confiado al primer Adán encuentra finalmente su
cumplimiento en Cristo. Mientras la desobediencia de Adán deteriora y desfigura
el designio de Dios sobre la vida del hombre, introduciendo la muerte en el
mundo, la obediencia redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama
sobre los hombres abriendo de par en par a todos las puertas del reino de la
vida (cf. Rm 5, 12-21). Afirma el apóstol Pablo: « Fue hecho
el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida » (1
Cor 15, 45).
La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo. En ellos
la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a perfección. Este es el
designio de Dios sobre los seres humanos: que « reproduzcan la imagen de su
Hijo » (Rm 8, 29). Sólo así, con el esplendor de esta imagen, el
hombre puede ser liberado de la esclavitud de la idolatría, puede reconstruir
la fraternidad rota y reencontrar su propia identidad.
« Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 26): el don
de la vida eterna
37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se
reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está « en
él » y es « la luz de los hombres » (Jn 1, 4), consiste en
ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: « A
todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que
creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de
deseo de hombre, sino que nació de Dios » (Jn 1, 12-13).
A veces Jesús llama esta vida, que El ha venido a dar, simplemente así:
« la vida »; y presenta la generación por parte de Dios como condición
necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre: «
El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios » (Jn 3,
3). El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: él «
es el que baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6, 33), de
modo que puede afirmar con toda verdad: « El que me siga... tendrá la luz de la
vida » (Jn 8, 12).
Otras veces Jesús habla de « vida eterna », donde el adjetivo no se
refiere sólo a una perspectiva supratemporal. « Eterna » es la vida que Jesús
promete y da, porque es participación plena de la vida del « Eterno ». Todo el
que cree en Jesús y entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf. Jn 3,
15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que revelan e infunden
plenitud de vida en su existencia; son las « palabras de vida eterna » que
Pedro reconoce en su confesión de fe: « Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes
palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de
Dios » (Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste
la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: « Esta es
la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has
enviado, Jesucristo » (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es
acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida
eterna por la participación en la vida divina.
38. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez
la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud
sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e
inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las
palabras del apóstol Juan: « Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios
y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es » (1 Jn 3,
1-2).
Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su
dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino
también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor.
A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre:
« el hombre que vive » es « gloria de Dios », pero « la vida del hombre
consiste en la visión de Dios ».27
De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para la vida humana en su
misma condición terrena, en la que ya ha germinado y está
creciendo la vida eterna. Si el hombre ama instintivamente la vida porque es un
bien, este amor encuentra ulterior motivación y fuerza, nueva extensión y
profundidad en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva, el
amor que todo ser humano tiene por la vida no se reduce a la simple búsqueda de
un espacio donde pueda realizarse a sí mismo y entrar en relación con los
demás, sino que se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la
propia existencia el « lugar » de la manifestación de Dios, del encuentro y de
la comunión con El. La vida que Jesús nos da no disminuye nuestra existencia en
el tiempo, sino que la asume y conduce a su destino último: « Yo soy la
resurrección y la vida...; todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11,
25.26).
« A cada uno pediré cuentas de la vida de su hermano » (Gn 9, 5): veneración
y amor por la vida de todos
39. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e
impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único
señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo
afirma a Noé después del diluvio: « Os prometo reclamar vuestra propia sangre:
la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma
humana » (Gn 9, 5). El texto bíblico se preocupa de subrayar cómo
la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora: «
Porque a imagen de Dios hizo El al hombre » (Gn 9, 6).
La vida y la muerte del hombre están, pues, en las manos de Dios, en su
poder: « El, que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de
toda carne de hombre », exclama Job (12, 10). « El Señor da muerte y vida, hace
bajar al Seol y retornar » (1 S 2, 6). Sólo El puede decir: « Yo
doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39).
Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, sino
como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Si es
cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios, no lo es menos que sus
manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su
niño: « Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de
su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí! » (Sal 131 130,
2; cf. Is 49, 15; 66, 12-13; Os 11, 4). Así
Israel ve en las vicisitudes de los pueblos y en la suerte de los individuos no
el fruto de una mera casualidad o de un destino ciego, sino el resultado de un
designio de amor con el que Dios concentra todas las potencialidades de vida y
se opone a las fuerzas de muerte que nacen del pecado: « No fue Dios quien hizo
la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó
para que subsistiera » (Sb 1, 13-14).
40. De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable,
inscrito desde el principio en el corazón del hombre, en su
conciencia. La pregunta « ¿Qué has hecho? » (Gn 4, 10), con la que
Dios se dirige a Caín después de que éste hubiera matado a su hermano Abel,
presenta la experiencia de cada hombre: en lo profundo de su conciencia siempre
es llamado a respetar el carácter inviolable de la vida —la suya y la de los
demás—, como realidad que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios
Creador y Padre.
El mandamiento relativo al carácter inviolable de la vida humana
ocupa el centro de las « diez palabras » de la alianza del Sinaí (cf. Ex 34,
28). Prohíbe, ante todo, el homicidio: « No matarás » (Ex 20, 13);
« No quites la vida al inocente y justo » (Ex 23, 7); pero también
condena —como se explicita en la legislación posterior de Israel— cualquier
daño causado a otro (cf. Ex 21, 12-27). Ciertamente, se debe
reconocer que en el Antiguo Testamento esta sensibilidad por el valor de la
vida, aunque ya muy marcada, no alcanza todavía la delicadeza del Sermón de la
Montaña, como se puede ver en algunos aspectos de la legislación entonces
vigente, que establecía penas corporales no leves e incluso la pena de muerte.
Pero el mensaje global, que corresponde al Nuevo Testamento llevar a
perfección, es una fuerte llamada a respetar el carácter inviolable de la vida
física y la integridad personal, y tiene su culmen en el mandamiento positivo
que obliga a hacerse cargo del prójimo como de sí mismo: « Amarás a tu prójimo
como a ti mismo » (Lv 19, 18).
41. El mandamiento « no matarás », incluido y profundizado en el
precepto positivo del amor al prójimo, es confirmado por el Señor Jesús
en toda su validez. Al joven rico que le pregunta: « Maestro, ¿qué he
de hacer de bueno para conseguir vida eterna? », responde: « Si quieres entrar
en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19, 16.17). Y cita, como
primero, el « no matarás » (v. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige de
los discípulos una justicia superior a la de los escribas y
fariseos también en el campo del respeto a la vida: « Habéis oído que se dijo a
los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues
yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el
tribunal » (Mt 5, 21-22).
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus obras las exigencias
positivas del mandamiento sobre el carácter inviolable de la vida. Estas
estaban ya presentes en el Antiguo Testamento, cuya legislación se preocupaba
de garantizar y salvaguardar a las personas en situaciones de vida débil y
amenazada: el extranjero, la viuda, el huérfano, el enfermo, el pobre en
general, la vida misma antes del nacimiento (cf. Ex 21, 22;
22, 20-26). Con Jesús estas exigencias positivas adquieren vigor e impulso
nuevos y se manifiestan en toda su amplitud y profundidad: van desde cuidar la
vida del hermano (familiar, perteneciente al mismo pueblo,
extranjero que vive en la tierra de Israel), a hacerse cargo del forastero, hasta
amar al enemigo.
No existe el forastero para quien debe hacerse prójimo del
necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como enseña de
modo elocuente e incisivo la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,
25-37). También el enemigo deja de serlo para quien está obligado a amarlo (cf. Mt 5,
38-48; Lc 6, 27-35) y « hacerle el bien » (cf. Lc 6,
27.33.35), socorriendo las necesidades de su vida con prontitud y sentido de
gratuidad (cf. Lc 6, 34-35). Culmen de este amor es la oración
por el enemigo, mediante la cual sintonizamos con el amor providente de Dios: «
Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para
que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos » (Mt 5, 44-45; cf. Lc 6,
28.35).
De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida del
hombre tiene su aspecto más profundo en la exigencia de veneración y
amor hacia cada persona y su vida. Esta es la enseñanza que el apóstol
Pablo, haciéndose eco de la palabra de Jesús (cf. Mt 19,
17-18), dirige a los cristianos de Roma: « En efecto, lo de: No adulterarás, no
matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en
esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad
no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud » (Rm 13,
9-10).
« Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla » (Gn 1, 28): responsabilidades
del hombre ante la vida
42. Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea que Dios
confía a cada hombre, llamándolo, como imagen palpitante suya, a participar de
la soberanía que El tiene sobre el mundo: « Y Dios los bendijo, y les dijo
Dios: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla;
mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que
serpea sobre la tierra" » (Gn 1, 28).
El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad de la soberanía que
Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del dominio sobre la tierra y
sobre cada ser vivo, como recuerda el libro de la Sabiduría: « Dios de
los Padres, Señor de la misericordia... con tu Sabiduría formaste al hombre
para que dominase sobre los seres por ti creados, y administrase el mundo con
santidad y justicia » (9, 1.2-3). También el Salmista exalta el dominio del
hombre como signo de la gloria y del honor recibidos del Creador: « Le hiciste
señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies: ovejas y
bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves del cielo, y los
peces del mar, que surcan las sendas de las aguas » (Sal 8, 7-9).
El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo (cf. Gn 2,
15), tiene una responsabilidad específica sobre el ambiente de
vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su
dignidad personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las
generaciones futuras. Es la cuestión ecológica —desde la
preservación del « habitat » natural de las diversas especies animales y formas
de vida, hasta la « ecología humana » propiamente dicha28— que
encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación ética para una solución
respetuosa del gran bien de la vida, de toda vida. En realidad, « el dominio
confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar
de libertad de "usar y abusar", o de disponer de las cosas como mejor
parezca. La limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y
expresada simbólicamente con la prohibición de "comer del fruto del
árbol" (cf. Gn 2, 16-17), muestra claramente que, ante la
naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no sólo biológicas sino
también morales, cuya transgresión no queda impune ».29
43. Una cierta participación del hombre en la soberanía de Dios se
manifiesta también en la responsabilidad específica que le es
confiada en relación con la vida propiamente humana. Es una
responsabilidad que alcanza su vértice en el don de la vida mediante la
procreación por parte del hombre y la mujer en el matrimonio, como nos
recuerda el Concilio Vaticano II: « El mismo Dios, que dijo « no es bueno que
el hombre esté solo » (Gn 2, 18) y que « hizo desde el principio al
hombre, varón y mujer » (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta
participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la
mujer diciendo: « Creced y multiplicaos » (Gn 1, 28) ».30
Hablando de una « cierta participación especial » del hombre y de la
mujer en la « obra creadora » de Dios, el Concilio quiere destacar cómo la
generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente
religioso, en cuanto implica a los cónyuges que forman « una sola carne » (Gn 2,
24) y también a Dios mismo que se hace presente. Como he escrito en la Carta a las Familias, « cuando de la unión conyugal de los
dos nace un nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y
semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita
la genealogía de la persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto
padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un
nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar
más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está
presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra
generación "sobre la tierra". En efecto, solamente de Dios puede
provenir aquella "imagen y semejanza", propia del ser humano, como
sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de
la creación ».31
Esto lo enseña, con lenguaje inmediato y elocuente, el texto sagrado
refiriendo la exclamación gozosa de la primera mujer, « la madre de todos los
vivientes » (Gn 3, 20). Consciente de la intervención de Dios, Eva
dice: « He adquirido un varón con el favor del Señor » (Gn 4, 1).
Por tanto, en la procreación, al comunicar los padres la vida al hijo, se
transmite la imagen y la semejanza de Dios mismo, por la creación del alma
inmortal. 32 En
este sentido se expresa el comienzo del « libro de la genealogía de Adán »: «
El día en que Dios creó a Adán, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y
hembra, los bendijo, y los llamó "Hombre" en el día de su creación.
Tenía Adán ciento treinta años cuando engendró un hijo a su semejanza, según su
imagen, a quien puso por nombre Set » (Gn 5, 1-3). Precisamente en
esta función suya como colaboradores de Dios que transmiten su imagen a
la nueva criatura, está la grandeza de los esposos dispuestos « a
cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y
enriquece su propia familia cada día más ».33 En
este sentido el obispo Anfiloquio exaltaba el « matrimonio santo, elegido y
elevado por encima de todos los dones terrenos » como « generador de la
humanidad, artífice de imágenes de Dios ».34
Así, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a una obra
divina: mediante el acto de la procreación, se acoge el don de Dios y se abre
al futuro una nueva vida.
Sin embargo, más allá de la misión específica de los padres, el
deber de acoger y servir la vida incumbe a todos y ha de manifestarse
principalmente con la vida que se encuentra en condiciones de mayor
debilidad. Es el mismo Cristo quien nos lo recuerda, pidiendo ser
amado y servido en los hermanos probados por cualquier tipo de sufrimiento:
hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados... Todo lo
que se hace a uno de ellos se hace a Cristo mismo (cf. Mt 25,
31-46).
« Porque tú mis vísceras has formado » (Sal 139 138, 13): la
dignidad del niño aún no nacido
44. La vida humana se encuentra en una situación muy precaria cuando
viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad. Están muy
presentes en la Palabra de Dios —sobre todo en relación con la existencia
marcada por la enfermedad y la vejez— las exhortaciones al cuidado y al
respeto. Si faltan llamadas directas y explícitas a salvaguardar la vida humana
en sus orígenes, especialmente la vida aún no nacida, como también la que está
cercana a su fin, ello se explica fácilmente por el hecho de que la sola
posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas condiciones
se sale del horizonte religioso y cultural del pueblo de Dios.
En el Antiguo Testamento la esterilidad es temida como una maldición,
mientras que la prole numerosa es considerada como una bendición: « La herencia
del Señor son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas » (Sal 127
126, 3; cf. Sal 128 127, 3-4). Influye también en esta
convicción la conciencia que tiene Israel de ser el pueblo de la Alianza,
llamado a multiplicarse según la promesa hecha a Abraham: « Mira al cielo, y
cuenta las estrellas, si puedes contarlas... así será tu descendencia » (Gn 5,
15). Pero es sobre todo palpable la certeza de que la vida transmitida por los
padres tiene su origen en Dios, como atestiguan tantas páginas bíblicas que con
respeto y amor hablan de la concepción, de la formación de la vida en el seno
materno, del nacimiento y del estrecho vínculo que hay entre el momento inicial
de la existencia y la acción del Dios Creador.
« Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes
que nacieses, te tenía consagrado » (Jr 1, 5): la
existencia de cada individuo, desde su origen, está en el designio
divino. Job, desde lo profundo de su dolor, se detiene a contemplar la
obra de Dios en la formación milagrosa de su cuerpo en el seno materno,
encontrando en ello un motivo de confianza y manifestando la certeza de la
existencia de un proyecto divino sobre su vida: « Tus manos me formaron, me
plasmaron, ¡y luego, en arrebato, me quieres destruir! Recuerda que me hiciste
como se amasa el barro, y que al polvo has de devolverme. ¿No me vertiste como
leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de
huesos y de nervios. Luego con la vida me agraciaste y tu solicitud cuidó mi
aliento » (10, 8-12). Acentos de reverente estupor ante la intervención de Dios
sobre la vida en formación resuenan también en los Salmos. 35
¿Cómo se puede pensar que uno solo de los momentos de este maravilloso
proceso de formación de la vida pueda ser sustraído de la sabia y amorosa
acción del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre? Ciertamente no lo
pensó así la madre de los siete hermanos, que profesó su fe en Dios, principio
y garantía de la vida desde su concepción, y al mismo tiempo fundamento de la
esperanza en la nueva vida más allá de la muerte: « Yo no sé cómo aparecisteis
en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco
organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que
modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os
devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por
vosotros mismos a causa de sus leyes » (2 M 7, 22-23).
45. La revelación del Nuevo Testamento confirma el reconocimiento
indiscutible del valor de la vida desde sus comienzos. La exaltación
de la fecundidad y la espera diligente de la vida resuenan en las palabras con
las que Isabel se alegra por su embarazo: « El Señor... se dignó quitar mi
oprobio entre los hombres » (Lc 1, 25). El valor de la persona
desde su concepción es celebrado más vivamente aún en el encuentro entre la
Virgen María e Isabel, y entre los dos niños que llevan en su seno. Son
precisamente ellos, los niños, quienes revelan la llegada de la era mesiánica:
en su encuentro comienza a actuar la fuerza redentora de la presencia del Hijo
de Dios entre los hombres. « Bien pronto —escribe san Ambrosio— se manifiestan
los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor... Isabel fue
la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia,
porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en
cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María,
Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la
presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente,
logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un
doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios
hijos. El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo, pero no
fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto
el hijo, quedó también colmada la madre ».36
« ¡Tengo fe, aún cuando digo: "Muy desdichado soy"! » (Sal 116 115, 10): la
vida en la vejez y en el sufrimiento
46. También en lo relativo a los últimos momentos de la existencia,
sería anacrónico esperar de la revelación bíblica una referencia expresa a la
problemática actual del respeto de las personas ancianas y enfermas, y una
condena explícita de los intentos de anticipar violentamente su fin. En efecto,
estamos en un contexto cultural y religioso que no está afectado por estas
tentaciones, sino que, en lo concerniente al anciano, reconoce en su sabiduría
y experiencia una riqueza insustituible para la familia y la sociedad.
La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de veneración (cf. 2 M 6, 23).
El justo no pide ser privado de la ancianidad y de su peso, al contrario, reza
así: « Pues tú eres mi esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud... Y
ahora que llega la vejez y las canas, ¡oh Dios, no me abandones!, para que
anuncie yo tu brazo a todas las edades venideras » (Sal 71 70,
5.18). El tiempo mesiánico ideal es presentado como aquél en el que « no habrá
jamás... viejo que no llene sus días » (Is 65, 20).
Sin embargo, ¿cómo afrontar en la vejez el declive inevitable de la
vida? ¿Qué actitud tomar ante la muerte? El creyente sabe que su vida está
en las manos de Dios: « Señor, en tus manos está mi vida » (cf. Sal 16
15, 5), y que de El acepta también el morir: « Esta sentencia viene del Señor
sobre toda carne, ¿por qué desaprobar el agrado del Altísimo? » (Si 41,
4). El hombre, que no es dueño de la vida, tampoco lo es de la muerte; en su
vida, como en su muerte, debe confiarse totalmente al « agrado del Altísimo »,
a su designio de amor.
Incluso en el momento de la enfermedad, el hombre está
llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a renovar su confianza
fundamental en El, que « cura todas las enfermedades » (cf. Sal 103
102, 3). Cuando parece que toda expectativa de curación se cierra ante el
hombre —hasta moverlo a gritar: « Mis días son como la sombra que declina, y yo
me seco como el heno » (Sal 102 101, 12)—, también entonces el
creyente está animado por la fe inquebrantable en el poder vivificante de Dios.
La enfermedad no lo empuja a la desesperación y a la búsqueda de la muerte,
sino a la invocación llena de esperanza: « ¡Tengo fe, aún cuando digo:
"Muy desdichado soy"! » (Sal 116 115, 10); « Señor, Dios
mío, clamé a ti y me sanaste. Tú has sacado, Señor, mi alma del Seol, me has
recobrado de entre los que bajan a la fosa » (Sal 30 29, 3-4).
47. La misión de Jesús, con las numerosas curaciones realizadas,
manifiesta cómo Dios se preocupa también de la vida corporal del
hombre. « Médico de la carne y del espíritu »,37 Jesús
fue enviado por el Padre a anunciar la buena nueva a los pobres y a sanar los
corazones quebrantados (cf. Lc 4, 18; Is 61,
1). Al enviar después a sus discípulos por el mundo, les confía una misión en
la que la curación de los enfermos acompaña al anuncio del Evangelio: « Id
proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad
muertos, purificad leprosos, expulsad demonios » (Mt 10, 7-8;
cf. Mc 6, 13; 16, 18).
Ciertamente, la vida del cuerpo en su condición terrena no es un
valor absoluto para el creyente, sino que se le puede pedir que la
ofrezca por un bien superior; como dice Jesús, « quien quiera salvar su vida,
la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará » (Mc 8,
35). A este propósito, los testimonios del Nuevo Testamento son diversos. Jesús
no vacila en sacrificarse a sí mismo y, libremente, hace de su vida una ofrenda
al Padre (cf. Jn 10, 17) y a los suyos (cf. Jn 10,
15). También la muerte de Juan el Bautista, precursor del Salvador, manifiesta
que la existencia terrena no es un bien absoluto; es más importante la
fidelidad a la palabra del Señor, aunque pueda poner en peligro la vida
(cf. Mc 6, 17-29). Y Esteban, mientras era privado de la vida
temporal por testimoniar fielmente la resurrección del Señor, sigue las huellas
del Maestro y responde a quienes le apedrean con palabras de perdón (cf. Hch 7,
59-60), abriendo el camino a innumerables mártires, venerados por la Iglesia
desde su comienzo.
Sin embargo, ningún hombre puede decidir arbitrariamente entre vivir o
morir. En efecto, sólo es dueño absoluto de esta decisión el Creador, en quien
« vivimos, nos movemos y existimos » (Hch 17, 28).
« Todos los que la guardan alcanzarán la vida » (Ba 4, 1): de la
Ley del Sinaí al don del Espíritu
48. La vida lleva escrita en sí misma de un modo indeleble su
verdad. El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse
a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial.
Distanciarse de ella equivale a condenarse a sí mismo a la falta de sentido y a
la infelicidad, con la consecuencia de poder ser también una amenaza para la
existencia de los demás, una vez rotas las barreras que garantizan el respeto y
la defensa de la vida en cada situación.
La verdad de la vida es revelada por el mandamiento de Dios. La palabra del Señor indica
concretamente qué dirección debe seguir la vida para poder respetar su propia
verdad y salvaguardar su propia dignidad. No sólo el específico mandamiento «
no matarás » (Ex 20, 13; Dt 5, 17) asegura la
protección de la vida, sino que toda la Ley del Señor está al
servicio de esta protección, porque revela aquella verdad en la que la vida
encuentra su pleno significado.
Por tanto, no sorprende que la Alianza de Dios con su pueblo esté tan
fuertemente ligada a la perspectiva de la vida, incluso en su dimensión
corpórea. El mandamiento se presenta en ella como camino
de vida: « Yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia.
Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas
al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y
normas, vivirás y te multiplicarás; el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra
a la que vas a entrar para tomarla en posesión » (Dt 30, 15-16).
Está en juego no sólo la tierra de Canaán y la existencia del pueblo de Israel,
sino el mundo de hoy y del futuro, así como la existencia de toda la humanidad.
En efecto, es absolutamente imposible que la vida se conserve auténtica y plena
alejándose del bien; y, a su vez, el bien está esencialmente vinculado a los
mandamientos del Señor, es decir, a la « ley de vida » (Si 17, 9).
El bien que hay que cumplir no se superpone a la vida como un peso que carga
sobre ella, ya que la razón misma de la vida es precisamente el bien, y la vida
se realiza sólo mediante el cumplimiento del bien.
El conjunto de la Ley es, pues, lo que salvaguarda plenamente la vida del hombre. Esto explica
lo difícil que es mantenerse fiel al « no matarás » cuando no se observan las otras
« palabras de vida » (Hch 7, 38), relacionadas con este
mandamiento. Fuera de este horizonte, el mandamiento acaba por convertirse en
una simple obligación extrínseca, de la que muy pronto se querrán ver límites y
se buscarán atenuaciones o excepciones. Sólo si nos abrimos a la plenitud de la
verdad sobre Dios, el hombre y la historia, la palabra « no matarás » volverá a
brillar como un bien para el hombre en todas sus dimensiones y relaciones. En
este sentido podemos comprender la plenitud de la verdad contenida en el pasaje
del libro del Deuteronomio, citado por Jesús en su respuesta a la primera
tentación: « No sólo de pan vive el hombre, sino... de todo lo que sale de la
boca del Señor » (8, 3; cf. Mt 4, 4).
Sólo escuchando la palabra del Señor el hombre puede vivir con dignidad
y justicia; observando la Ley de Dios el hombre puede dar frutos de vida y
felicidad: « todos los que la guardan alcanzarán la vida, mas los que la
abandonan morirán » (Ba 4, 1).
49. La historia de Israel muestra lo difícil que es mantener la
fidelidad a la ley de la vida, que Dios ha inscrito en el corazón de
los hombres y ha entregado en el Sinaí al pueblo de la Alianza. Ante la
búsqueda de proyectos de vida alternativos al plan de Dios, los Profetas
reivindican con fuerza que sólo el Señor es la fuente auténtica de la vida. Así
escribe Jeremías: « Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de
aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no
retienen » (2, 13). Los Profetas señalan con el dedo acusador a quienes
desprecian la vida y violan los derechos de las personas: « Pisan contra el
polvo de la tierra la cabeza de los débiles » (Am 2, 7); « Han
llenado este lugar de sangre de inocentes » (Jr 19, 4). Entre ellos
el profeta Ezequiel censura varias veces a la ciudad de Jerusalén, llamándola «
la ciudad sanguinaria » (22, 2; 24, 6.9), « ciudad que derramas sangre en medio
de ti » (22, 3).
Pero los Profetas, mientras denuncian las ofensas contra la vida, se
preocupan sobre todo de suscitar la espera de un nuevo principio de
vida, capaz de fundar una nueva relación con Dios y con los hermanos
abriendo posibilidades inéditas y extraordinarias para comprender y realizar
todas las exigencias propias del Evangelio de la vida. Esto
será posible únicamente gracias al don de Dios, que purifica y renueva: « Os
rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de
todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en
vosotros un espíritu nuevo » (Ez 36, 25-26; cf. Jr 31,
31-34). Gracias a este « corazón nuevo » se puede comprender y llevar a cabo el
sentido más verdadero y profundo de la vida: ser un don que se realiza
al darse. Este es el mensaje esclarecedor que sobre el valor de la
vida nos da la figura del Siervo del Señor: « Si se da a sí mismo en expiación,
verá descendencia, alargará sus días... Por las fatigas de su alma, verá luz »
(Is 53, 10.11).
En Jesús de Nazaret se cumple la Ley y se da un corazón nuevo mediante
su Espíritu. En efecto, Jesús no reniega de la Ley, sino que la lleva a su
cumplimiento (cf. Mt 5, 17): la Ley y los Profetas se resumen
en la regla de oro del amor recíproco (cf. Mt 7, 12). En El la
Ley se hace definitivamente « evangelio », buena noticia de la soberanía de
Dios sobre el mundo, que reconduce toda la existencia a sus raíces y a sus
perspectivas originarias. Es la Ley Nueva, « la ley del
espíritu que da la vida en Cristo Jesús » (Rm 8, 2), cuya expresión
fundamental, a semejanza del Señor que da la vida por sus amigos (cf. Jn 15,
13), es el don de sí mismo en el amor a los hermanos: «
Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte al vida, porque amamos a los
hermanos » (1 Jn 3, 14). Es ley de libertad, de alegría y de
bienaventuranza.
« Mirarán al que atravesaron » (Jn 19, 37): en el
árbol de la Cruz se cumple el Evangelio de la vida
50. Al final de este capítulo, en el que hemos meditado el mensaje
cristiano sobre la vida, quisiera detenerme con cada uno de vosotros a contemplar
a Aquél que atravesaron y que atrae a todos hacia sí (cf. Jn 19,
37; 12, 32). Mirando « el espectáculo » de la cruz (cf. Lc 23,
48) podremos descubrir en este árbol glorioso el cumplimiento y la plena
revelación de todo el Evangelio de la vida.
En las primeras horas de la tarde del viernes santo, « al eclipsarse el
sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra... El velo del Santuario se rasgó por
medio » (Lc 23, 44.45). Es símbolo de una gran alteración cósmica y
de una inmensa lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, entre la
vida y la muerte. Hoy nosotros nos encontramos también en medio de una lucha
dramática entre la « cultura de la muerte » y la « cultura de la vida ». Sin
embargo, esta oscuridad no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario,
resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de
toda la historia y de cada vida humana.
Jesús es clavado en la cruz y elevado sobre la tierra. Vive el momento
de su máxima « impotencia », y su vida parece abandonada totalmente al escarnio
de sus adversarios y en manos de sus asesinos: es ridiculizado, insultado,
ultrajado (cf. Mc 15, 24-36). Sin embargo, ante todo esto el
centurión romano, viendo « que había expirado de esa manera », exclama: «
Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios » (Mc 15, 39). Así, en
el momento de su debilidad extrema se revela la identidad del Hijo de Dios: ¡en
la Cruz se manifiesta su gloria!
Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte de
todo ser humano. Antes de morir, Jesús ora al Padre implorando el perdón para
sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y dice al malhechor que le
pide que se acuerde de él en su reino: « Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en
el paraíso » (Lc 23, 43). Después de su muerte « se abrieron los
sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron » (Mt 27,
52). La salvación realizada por Jesús es don de vida y de resurrección. A lo
largo de su existencia, Jesús había dado también la salvación sanando y
haciendo el bien a todos (cf. Hch 10, 38). Pero los milagros,
las curaciones y las mismas resurrecciones eran signo de otra salvación,
consistente en el perdón de los pecados, es decir, en liberar al hombre de su
enfermedad más profunda, elevándolo a la vida misma de Dios.
En la Cruz se renueva y realiza en su plena y definitiva perfección el
prodigio de la serpiente levantada por Moisés en el desierto (cf. Jn 3,
14-15; Nm 21, 8-9). También hoy, dirigiendo la mirada a Aquél
que atravesaron, todo hombre amenazado en su existencia encuentra la esperanza
segura de liberación y redención.
51. Existe todavía otro hecho concreto que llama mi atención y me hace
meditar con emoción: « Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: "Todo está
cumplido". E inclinando la cabeza entregó el espíritu ». (Jn 19,
30). Y el soldado romano « le atravesó el costado con una lanza y al instante
salió sangre y agua » (Jn 19, 34).
Todo ha alcanzado ya su pleno cumplimiento. La « entrega del espíritu »
presenta la muerte de Jesús semejante a la de cualquier otro ser humano, pero
parece aludir también al « don del Espíritu », con el que nos rescata de la
muerte y nos abre a una vida nueva.
El hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que, mediante
los sacramentos de la Iglesia —de los que son símbolo la sangre y el agua
manados del costado de Cristo—, se comunica continuamente a los hijos de Dios,
constituidos así como pueblo de la nueva alianza. De la Cruz, fuente de
vida, nace y se propaga el « pueblo de la vida ».
La contemplación de la Cruz nos lleva, de este modo, a las raíces más
profundas de cuanto ha sucedido. Jesús, que entrando en el mundo había dicho: «
He aquí que vengo, Señor, a hacer tu voluntad » (cf. Hb 10,
9), se hizo en todo obediente al Padre y, « habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo » (Jn 13, 1), se
entregó a sí mismo por ellos.
El, que no había « venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida
como rescate por muchos » (Mc 10, 45), alcanza en la Cruz la
plenitud del amor. « Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos
» (Jn 15, 13). Y El murió por nosotros siendo todavía nosotros
pecadores (cf. Rm 5, 8).
De este modo proclama que la vida encuentra su centro, su
sentido y su plenitud cuando se entrega.
En este punto la meditación se hace alabanza y agradecimiento y, al
mismo tiempo, nos invita a imitar a Jesús y a seguir sus huellas (cf. 1
P 2, 21).
También nosotros estamos llamados a dar nuestra vida por los hermanos,
realizando de este modo en plenitud de verdad el sentido y el destino de
nuestra existencia.
Lo podremos hacer porque Tú, Señor, nos has dado ejemplo y nos has
comunicado la fuerza de tu Espíritu. Lo podremos hacer si cada día, contigo y
como Tú, somos obedientes al Padre y cumplimos su voluntad.
Por ello, concédenos escuchar con corazón dócil y generoso toda palabra
que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos no sólo a « no matar » la vida
del hombre, sino a venerarla, amarla y promoverla.
CAPÍTULO III
NO MATARÁS
LA LEY SANTA DE DIOS
LA LEY SANTA DE DIOS
« Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19, 17): Evangelio
y mandamiento
52. « En esto se le acercó uno y le dijo: "Maestro, ¿qué he de
hacer de bueno para conseguir vida eterna?" » (Mt 19, 16).
Jesús responde: « Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19,
17). El Maestro habla de la vida eterna, es decir, de la participación en la
vida misma de Dios. A esta vida se llega por la observancia de los mandamientos
del Señor, incluido también el mandamiento « no matarás ». Precisamente éste es
el primer precepto del Decálogo que Jesús recuerda al joven que pregunta qué
mandamientos debe observar: « Jesús dijo: "No matarás, no cometerás
adulterio, no robarás..." » (Mt 19, 18).
El mandamiento de Dios no está nunca separado de su amor; es siempre un don para el crecimiento y
la alegría del hombre. Como tal, constituye un aspecto esencial y un elemento
irrenunciable del Evangelio, más aún, es presentado como « evangelio », esto
es, buena y gozosa noticia. También el Evangelio de la vida es
un gran don de Dios y, al mismo tiempo, una tarea que compromete al hombre.
Suscita asombro y gratitud en la persona libre, y requiere ser aceptado,
observado y estimado con gran responsabilidad: al darle la vida, Dios exige al
hombre que la ame, la respete y la promueva. De este modo, el don se
hace mandamiento, y el mandamiento mismo es un don.
El hombre, imagen viva de Dios, es querido por su Creador como rey y
señor. « Dios creó al hombre —escribe san Gregorio de Nisa— de modo tal que
pudiera desempeñar su función de rey de la tierra... El hombre fue creado a
imagen de Aquél que gobierna el universo. Todo demuestra que, desde el
principio, su naturaleza está marcada por la realeza... También el hombre es
rey. Creado para dominar el mundo, recibió la semejanza con el rey universal,
es la imagen viva que participa con su dignidad en la perfección del modelo
divino ».38 Llamado
a ser fecundo y a multiplicarse, a someter la tierra y a dominar sobre todos
los seres inferiores a él (cf. Gn 1, 28), el hombre es rey y
señor no sólo de las cosas, sino también y sobre todo de sí mismo 39 y,
en cierto sentido, de la vida que le ha sido dada y que puede transmitir por
medio de la generación, realizada en el amor y respeto del designio divino. Sin
embargo, no se trata de un señorío absoluto, sino ministerial, reflejo
real del señorío único e infinito de Dios. Por eso, el hombre debe vivirlo
con sabiduría y amor, participando de la sabiduría y del amor
inconmensurables de Dios. Esto se lleva a cabo mediante la obediencia a su
santa Ley: una obediencia libre y gozosa (cf. Sal 119 118),
que nace y crece siendo conscientes de que los preceptos del Señor son un don
gratuito confiado al hombre siempre y sólo para su bien, para la tutela de su
dignidad personal y para la consecución de su felicidad.
Como sucede con las cosas, y más aún con la vida, el hombre no es dueño
absoluto y árbitro incensurable, sino —y aquí radica su grandeza sin par— que
es « administrador del plan establecido por el Creador ».40
La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar,
como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor
(cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27).
« Pediré cuentas de la vida del hombre al hombre » (cf. Gn 9, 5): la
vida humana es sagrada e inviolable
53. « La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta "la
acción creadora de Dios" y permanece siempre en una especial relación con
el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta
su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de
matar de modo directo a un ser humano inocente ».41 Con
estas palabras la Instrucción Donum vitae expone el contenido central de la
revelación de Dios sobre el carácter sagrado e inviolable de la vida humana.
En efecto, la Sagrada Escritura impone al hombre el
precepto « no matarás » como mandamiento divino (Ex 20, 13; Dt 5,
17). Este precepto —como ya he indicado— se encuentra en el Decálogo, en el
núcleo de la Alianza que el Señor establece con el pueblo elegido; pero estaba
ya incluido en la alianza originaria de Dios con la humanidad después del
castigo purificador del diluvio, provocado por la propagación del pecado y de
la violencia (cf. Gn 9, 5-6).
Dios se proclama Señor absoluto de la vida del hombre, creado a su
imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-28). Por tanto, la vida
humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se refleja la
inviolabilidad misma del Creador. Precisamente por esto, Dios se hace juez
severo de toda violación del mandamiento « no matarás », que está en la base de
la convivencia social. Dios es el defensor del inocente (cf. Gn 4,
9-15; Is 41, 14; Jr 50, 34; Sal 19
18, 15). También de este modo, Dios demuestra que « no se recrea en la
destrucción de los vivientes » (Sb 1, 13). Sólo Satanás puede gozar
con ella: por su envidia la muerte entró en el mundo (cf. Sb 2,
24). Satanás, que es « homicida desde el principio », y también « mentiroso y
padre de la mentira » (Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a
los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de
vida.
54. Explícitamente, el precepto « no matarás » tiene un fuerte contenido
negativo: indica el límite que nunca puede ser transgredido. Implícitamente,
sin embargo, conduce a una actitud positiva de respeto absoluto por la vida,
ayudando a promoverla y a progresar por el camino del amor que se da, acoge y
sirve. El pueblo de la Alianza, aun con lentitud y contradicciones, fue
madurando progresivamente en esta dirección, preparándose así al gran anuncio
de Jesús: el amor al prójimo es un mandamiento semejante al del amor a Dios; «
de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas » (cf. Mt 22,
36-40). « Lo de... no matarás... y todos los demás preceptos —señala san Pablo—
se resumen en esta fórmula: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" » (Rm 13,
9; cf. Ga 5, 14). El precepto « no matarás », asumido y llevado
a plenitud en la Nueva Ley, es condición irrenunciable para poder « entrar en
la vida » (cf. Mt 19, 16-19). En esta misma perspectiva, son
apremiantes también las palabras del apóstol Juan: « Todo el que aborrece a su
hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente
en él » (1 Jn 3, 15).
Desde sus inicios, la Tradición viva de la Iglesia —como
atestigua la Didaché, el más antiguo escrito cristiano no
bíblico— repite de forma categórica el mandamiento « no matarás »: « Dos
caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia
que hay entre estos caminos... Segundo mandamiento de la doctrina: No
matarás... no matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la vida al
recién nacido... Mas el camino de la muerte es éste:... que no se compadecen
del pobre, no sufren por el atribulado, no conocen a su Criador, matadores de
sus hijos, corruptores de la imagen de Dios; los que rechazan al necesitado,
oprimen al atribulado, abogados de los ricos, jueces injustos de los pobres,
pecadores en todo. ¡Ojalá os veáis libres, hijos, de todos estos pecados! ».42
A lo largo del tiempo, la Tradición de la Iglesia siempre ha enseñado
unánimemente el valor absoluto y permanente del mandamiento « no matarás ». Es
sabido que en los primeros siglos el homicidio se consideraba entre los tres
pecados más graves —junto con la apostasía y el adulterio— y se exigía una
penitencia pública particularmente dura y larga antes que al homicida
arrepentido se le concediese el perdón y la readmisión en la comunión eclesial.
55. No debe sorprendernos: matar un ser humano, en el que está presente la
imagen de Dios, es un pecado particularmente grave. ¡Sólo Dios es dueño
de la vida! Desde siempre, sin embargo, ante las múltiples y a menudo
dramáticas situaciones que la vida individual y social presenta, la reflexión
de los creyentes ha tratado de conocer de forma más completa y profunda lo que
prohíbe y prescribe el mandamiento de Dios. 43 En
efecto, hay situaciones en las que aparecen como una verdadera paradoja los
valores propuestos por la Ley de Dios. Es el caso, por ejemplo, de la legítima
defensa, en que el derecho a proteger la propia vida y el deber de no
dañar la del otro resultan, en concreto, difícilmente conciliables. Sin duda
alguna, el valor intrínseco de la vida y el deber de amarse a sí mismo no menos
que a los demás son la base de un verdadero derecho a la propia
defensa. El mismo precepto exigente del amor al prójimo, formulado en
el Antiguo Testamento y confirmado por Jesús, supone el amor por uno mismo como
uno de los términos de la comparación: « Amarás a tu prójimo como a ti
mismo » (Mc 12, 31). Por tanto, nadie podría renunciar al
derecho a defenderse por amar poco la vida o a sí mismo, sino sólo movido por
un amor heroico, que profundiza y transforma el amor por uno mismo, según el
espíritu de las bienaventuranzas evangélicas (cf. Mt 5, 38-48)
en la radicalidad oblativa cuyo ejemplo sublime es el mismo Señor Jesús.
Por otra parte, « la legítima defensa puede ser no solamente un derecho,
sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien
común de la familia o de la sociedad ».44 Por
desgracia sucede que la necesidad de evitar que el agresor cause daño conlleva
a veces su eliminación. En esta hipótesis el resultado mortal se ha de atribuir
al mismo agresor que se ha expuesto con su acción, incluso en el caso que no
fuese moralmente responsable por falta del uso de razón. 45
56. En este horizonte se sitúa también el problema de la pena de
muerte, respecto a la cual hay, tanto en la Iglesia como en la
sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada e,
incluso, su total abolición. El problema se enmarca en la óptica de una justicia
penal que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en
último término, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En
efecto, la pena que la sociedad impone « tiene como primer efecto el de
compensar el desorden introducido por la falta ».46 La
autoridad pública debe reparar la violación de los derechos personales y
sociales mediante la imposición al reo de una adecuada expiación del crimen,
como condición para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este
modo la autoridad alcanza también el objetivo de preservar el orden público y
la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un estímulo y una
ayuda para corregirse y enmendarse. 47
Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas
finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser
valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema
de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir,
cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo,
gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos
casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes.
De todos modos, permanece válido el principio indicado por el nuevo Catecismo
de la Iglesia Católica, según el cual « si los medios incruentos
bastan para defender las vidas humanas contra el agresor y para proteger de él
el orden público y la seguridad de las personas, en tal caso la autoridad se
limitará a emplear sólo esos medios, porque ellos corresponden mejor a las
condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la
persona humana ».48
57. Si se pone tan gran atención al respeto de toda vida, incluida la
del reo y la del agresor injusto, el mandamiento « no matarás » tiene un valor
absoluto cuando se refiere a la persona inocente. Tanto más si
se trata de un ser humano débil e indefenso, que sólo en la fuerza absoluta del
mandamiento de Dios encuentra su defensa radical frente al arbitrio y a la
prepotencia ajena.
En efecto, el absoluto carácter inviolable de la vida humana inocente es
una verdad moral explícitamente enseñada en la Sagrada Escritura, mantenida
constantemente en la Tradición de la Iglesia y propuesta de forma unánime por
su Magisterio. Esta unanimidad es fruto evidente de aquel « sentido
sobrenatural de la fe » que, suscitado y sostenido por el Espíritu Santo,
preserva de error al pueblo de Dios, cuando « muestra estar totalmente de
acuerdo en cuestiones de fe y de moral ».49
Ante la progresiva pérdida de conciencia en los individuos y en la
sociedad sobre la absoluta y grave ilicitud moral de la eliminación directa de
toda vida humana inocente, especialmente en su inicio y en su término, el
Magisterio de la Iglesia ha intensificado sus intervenciones en
defensa del carácter sagrado e inviolable de la vida humana. Al Magisterio
pontificio, especialmente insistente, se ha unido siempre el episcopal, por
medio de numerosos y amplios documentos doctrinales y pastorales, tanto de
Conferencias Episcopales como de Obispos en particular. Tampoco ha faltado,
fuerte e incisiva en su brevedad, la intervención del Concilio Vaticano
II. 50
Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus
Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo
que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre
gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no
escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón
(cf. Rm 2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura,
transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio
ordinario y universal. 51
La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es
siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como
fin, ni como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia grave a
la ley moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante; y contradice las
virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. « Nada ni nadie puede
autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o
adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este
gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni
puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede
legítimamente imponerlo ni permitirlo ».52
Cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los demás en el
derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social
que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo
y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la
que se puede disponer. Ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa
de un ser humano inocente « no hay privilegios ni excepciones para
nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el
último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos
absolutamente iguales ».53
« Mi embrión tus ojos lo veían » (Sal 139 138, 16): el
delito abominable del aborto
58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida,
el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave
e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio,
como « crímenes nefandos ».54
Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando
progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la
mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una
peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de
distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho
fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca
el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su
nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de
autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del Profeta: « ¡Ay,
los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz
por oscuridad » (Is 5, 20). Precisamente en el caso del aborto se
percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de « interrupción del
embarazo », que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su
gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea
síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar
la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación
deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase
inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento.
La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad
si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran
las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser
humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en
absoluto que se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y
menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto
de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la
fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente
confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su
seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide
su eliminación, e incluso la procura.
Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la
madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse
del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de
conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes,
como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la
familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de
existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo,
estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás
pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente.
59. En la decisión sobre la muerte del niño aún no nacido, además de la
madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser culpable
el padre del niño, no sólo cuando induce expresamente a la mujer al aborto,
sino también cuando favorece de modo indirecto esta decisión suya al dejarla sola
ante los problemas del embarazo: 55 de
esta forma se hiere mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de
comunidad de amor y su vocación de ser « santuario de la vida ». No se pueden
olvidar las presiones que a veces provienen de un contexto más amplio de
familiares y amigos. No raramente la mujer está sometida a presiones tan
fuertes que se siente psicológicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda
de que en este caso la responsabilidad moral afecta particularmente a quienes
directa o indirectamente la han forzado a abortar. También son responsables los
médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la
competencia adquirida para promover la vida.
Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han
promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya
dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias
utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave
afecta tanto a los que han favorecido la difusión de una mentalidad de
permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber
asegurado —y no lo han hecho— políticas familiares y sociales válidas en apoyo
de las familias, especialmente de las numerosas o con particulares dificultades
económicas y educativas. Finalmente, no se puede minimizar el entramado de
complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales,
fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la legalización y la
difusión del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto va más allá de la
responsabilidad de las personas concretas y del daño que se les provoca,
asumiendo una dimensión fuertemente social: es una herida gravísima
causada a la sociedad y a su cultura por quienes deberían ser sus constructores
y defensores. Como he escrito en mi Carta a las Familias, « nos encontramos ante una enorme
amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda
la civilización ».56 Estamos
ante lo que puede definirse como una « estructura de pecado » contra la
vida humana aún no nacida.
60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la
concepción, al menos hasta un cierto número de días, no puede ser todavía
considerado una vida humana personal. En realidad, « desde el momento en que el
óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de
la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás
llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de
siempre... la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que
desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese
viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien
determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas
principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar
».57 Aunque
la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún
dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión
humano ofrecen « una indicación preciosa para discernir racionalmente una
presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un
individuo humano podría no ser persona humana? ».58
Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde el punto de
vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante
una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier
intervención destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más
allá de los debates científicos y de las mismas afirmaciones filosóficas en las
que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha
enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el
primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional
que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y
espiritual: « El ser humano debe ser respetado y tratado como persona
desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo
momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el
derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida ».59
61. Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca
hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y
específicas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno
materno, que exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento
divino « no matarás ».
La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia,
también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno
materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma
con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que
en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación
está ya escrita en el « libro de la vida » (cf. Sal 139 138,
1. 13-16). Incluso cuando está todavía en el seno materno, —como testimonian
numerosos textos bíblicos 60— el
hombre es término personalísimo de la amorosa y paterna providencia divina.
La Tradición cristiana —como bien señala la Declaración emitida
al respecto por la Congregación para la Doctrina de la Fe 61— es
clara y unánime, desde los orígenes hasta nuestros días, en considerar el
aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entró en contacto
con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y
del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su
doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como bien
demuestra la ya citada Didaché. 62 Entre
los escritores eclesiásticos del área griega, Atenágoras recuerda que los
cristianos consideran como homicidas a las mujeres que recurren a medicinas
abortivas, porque los niños, aun estando en el seno de la madre, son ya «
objeto, por ende, de la providencia de Dios ».63 Entre
los latinos, Tertuliano afirma: « Es un homicidio anticipado impedir el
nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga
desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aquél que lo será ».64
A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha sido
enseñada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y
Doctores. Incluso las discusiones de carácter científico y filosófico sobre el
momento preciso de la infusión del alma espiritual, nunca han provocado la
mínima duda sobre la condena moral del aborto.
62. El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado
con gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti connubii rechazó las pretendidas justificaciones
del aborto; 65 Pío
XII excluyó todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a
destruir la vida humana aún no nacida, « tanto si tal destrucción se entiende
como fin o sólo como medio para el fin »; 66 Juan
XXIII reafirmó que la vida humana es sagrada, porque « desde que aflora, ella
implica directamente la acción creadora de Dios ».67 El
Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran severidad el
aborto: « se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción;
tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos ».68
La disciplina canónica de la Iglesia, desde los
primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con
la culpa del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido
ratificada en los diversos períodos históricos. El Código de Derecho
Canónico de 1917 establecía para el aborto la pena de
excomunión. 69 También
la nueva legislación canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que «
quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae
sententiae »,70 es
decir, automática. La excomunión afecta a todos los que cometen este delito
conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación
el delito no se hubiera producido: 71 con
esta reiterada sanción, la Iglesia señala este delito como uno de los más graves
y peligrosos, alentando así a quien lo comete a buscar solícitamente el camino
de la conversión. En efecto, en la Iglesia la pena de excomunión tiene como fin
hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer,
por tanto, una adecuada conversión y penitencia.
Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar de la
Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y que era
inmutable. 72 Por
tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en
comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto
y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han
concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto
directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral
grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente.
Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita;
es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio
ordinario y universal. 73
Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá
jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a
la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma
razón, y proclamada por la Iglesia.
63. La valoración moral del aborto se debe aplicar también a las
recientes formas de intervención sobre los embriones humanos que,
aun buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su
destrucción. Es el caso de los experimentos con embriones, en
creciente expansión en el campo de la investigación biomédica y legalmente
admitida por algunos Estados. Si « son lícitas las intervenciones sobre el
embrión humano siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no
lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la
mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual »,74 se
debe afirmar, sin embargo, que el uso de embriones o fetos humanos como objeto
de experimentación constituye un delito en consideración a su dignidad de seres
humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda
persona. 75
La misma condena moral concierne también al procedimiento que utiliza
los embriones y fetos humanos todavía vivos —a veces « producidos »
expresamente para este fin mediante la fecundación in vitro— sea como «
material biológico » para ser utilizado, sea como abastecedores de
órganos o tejidos para trasplantar en el tratamiento de algunas
enfermedades. En verdad, la eliminación de criaturas humanas inocentes, aun
cuando beneficie a otras, constituye un acto absolutamente inaceptable.
Una atención especial merece la valoración moral de las técnicas
de diagnóstico prenatal, que permiten identificar precozmente
eventuales anomalías del niño por nacer. En efecto, por la complejidad de estas
técnicas, esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas
técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos
desproporcionados para el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar una
terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación del
niño por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curación antes del
nacimiento son hoy todavía escasas, sucede no pocas veces que estas técnicas se
ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo
para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías.
Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende
medir el valor de una vida humana siguiendo sólo parámetros de « normalidad » y
de bienestar físico, abriendo así el camino a la legitimación incluso del
infanticidio y de la eutanasia.
En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que tantos
hermanos nuestros, afectados por graves formas de minusvalidez, viven su
existencia cuando son aceptados y amados por nosotros, constituyen un
testimonio particularmente eficaz de los auténticos valores que caracterizan la
vida y que la hacen, incluso en condiciones difíciles, preciosa para sí y para
los demás. La Iglesia está cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y
sufrimiento, acogen a sus hijos gravemente afectados de incapacidades, así como
agradece a todas las familias que, por medio de la adopción, amparan a quienes
han sido abandonados por sus padres, debido a formas de minusvalidez o
enfermedades.
« Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39): el
drama de la eutanasia
64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra ante el
misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y en un
contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia de
la muerte se presenta con algunas características nuevas. En efecto, cuando
prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que da placer y
bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que es
preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada « absurda » cuando
interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles
experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una « liberación
reivindicada » cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar
sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior
más agudo.
Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con
Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir
incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre
la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el hombre que
vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente también movido a
ello por los continuos progresos de la medicina y por sus técnicas cada vez más
avanzadas. Mediante sistemas y aparatos extremadamente sofisticados, la ciencia
y la práctica médica son hoy capaces no sólo de resolver casos antes sin
solución y de mitigar o eliminar el dolor, sino también de sostener y prolongar
la vida incluso en situaciones de extrema debilidad, de reanimar
artificialmente a personas que perdieron de modo repentino sus funciones
biológicas elementales, de intervenir para disponer de órganos para
trasplantes.
En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la eutanasia, esto
es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y
poniendo así fin « dulcemente » a la propia vida o a la de otros. En realidad,
lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en profundidad se
presenta absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los
síntomas más alarmantes de la « cultura de la muerte », que avanza sobre todo
en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista
que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo
demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la
familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de
criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente
inhábil no tiene ya valor alguno.
65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante
todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y
propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza
y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La
eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos
usados ».76
De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado « ensañamiento
terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a
la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que
se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En
estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede
en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una
prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo
las curas normales debidas al enfermo en casos similares ».77 Ciertamente
existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se
debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los
medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las
perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o
desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la
aceptación de la condición humana ante al muerte. 78
En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados
paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la
fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un
acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el
problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y
sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de
acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta
voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para
conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente
en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse
obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por
medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y
abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello
no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ».79 En
efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos
razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de
manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la
medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia
propia sin grave motivo »: 80 acercándose
a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus
obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con
plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.
Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis
Predecesores 81 y
en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la
eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto
eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta
doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es
transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio
ordinario y universal. 82
Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia
del suicidio o del homicidio.
66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual
que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como
decisión gravemente mala. 83 Aunque
determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan
llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación
innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad
subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un
acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la
renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con
las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en
general. 84 En
su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de
Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo
sabio de Israel: « Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces
bajar a las puertas del Hades y de allí subir » (Sb 16, 13;
cf. Tb 13, 2).
Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante
el llamado « suicidio asistido » significa hacerse colaborador, y algunas veces
autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni
siquiera cuando es solicitada. « No es lícito —escribe con sorprendente
actualidad san Agustín— matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no
pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que
luchaba con las ligaduras del cuerpo y quería desasirse ».85 La
eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de
la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa
piedad, más aún, como una preocupante « perversión » de la misma. En
efecto, la verdadera « compasión » hace solidarios con el dolor de los demás, y
no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la
eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los
familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos
—como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo
incluso en las condiciones terminales más penosas.
La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que
otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio
su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando
algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién
debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como
Dios « conocedores del bien y del mal » (Gn 3, 5). Sin embargo,
sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: « Yo doy la muerte y doy la
vida » (Dt 32, 39; cf. 2 R 5, 7; 1 S 2,
6). El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor.
Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de
egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la
vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la
justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca,
fundamento de toda relación auténtica entre las personas.
67. Bien diverso es, en cambio, el camino del amor y de la
verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana y
que la fe en Cristo Redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido.
El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el
sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la
desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía,
de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir
esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen. Como recuerda el
Concilio Vaticano II, « ante la muerte, el enigma de la condición humana
alcanza su culmen » para el hombre; y sin embargo « juzga certeramente por
instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la
desaparición definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí,
al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte ».86
Esta repugnancia natural a la muerte es iluminada por la fe cristiana y
este germen de esperanza en la inmortalidad alcanza su realización por la misma
fe, que promete y ofrece la participación en la victoria de Cristo Resucitado:
es la victoria de Aquél que, mediante su muerte redentora, ha liberado al
hombre de la muerte, « salario del pecado » (Rm 6, 23), y le ha
dado el Espíritu, prenda de resurrección y de vida (cf. Rm 8,
11). La certeza de la inmortalidad futura y la esperanza en la
resurrección prometida proyectan una nueva luz sobre el misterio del
sufrimiento y de la muerte, e infunden en el creyente una fuerza extraordinaria
para abandonarse al plan de Dios.
El apóstol Pablo expresó esta novedad como una pertenencia total al
Señor que abarca cualquier condición humana: « Ninguno de nosotros vive para sí
mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor
vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos,
del Señor somos » (Rm 14, 7-8). Morir para el Señor significa
vivir la propia muerte como acto supremo de obediencia al Padre (cf. Flp 2,
8), aceptando encontrarla en la « hora » querida y escogida por El (cf. Jn 13,
1), que es el único que puede decir cuándo el camino terreno se ha
concluido. Vivir para el Señor significa también reconocer que
el sufrimiento, aun siendo en sí mismo un mal y una prueba, puede siempre
llegar a ser fuente de bien. Llega a serlo si se vive con amor y por amor,
participando, por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el
sufrimiento mismo de Cristo crucificado. De este modo, quien vive su
sufrimiento en el Señor se configura más plenamente a El (cf. Flp 3,
10; 1 P 2, 21) y se asocia más íntimamente a su obra redentora
en favor de la Iglesia y de la humanidad. 87 Esta
es la experiencia del Apóstol, que toda persona que sufre está también llamada
a revivir: « Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y
completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su
Cuerpo, que es la Iglesia » (Col 1, 24).
« Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29): ley
civil y ley moral
68. Una de las características propias de los atentados actuales contra
la vida humana —como ya se ha dicho— consiste en la tendencia a exigir su legitimación
jurídica, como si fuesen derechos que el Estado, al menos en ciertas
condiciones, debe reconocer a los ciudadanos y, por consiguiente, la tendencia
a pretender su realización con la asistencia segura y gratuita de médicos y
agentes sanitarios.
No pocas veces se considera que la vida de quien aún no ha nacido o está
gravemente debilitado es un bien sólo relativo: según una lógica
proporcionalista o de puro cálculo, deberá ser cotejada y sopesada con otros
bienes. Y se piensa también que solamente quien se encuentra en esa situación
concreta y está personalmente afectado puede hacer una ponderación justa de los
bienes en juego; en consecuencia, sólo él podría juzgar la moralidad de su
decisión. El Estado, por tanto, en interés de la convivencia civil y de la armonía
social, debería respetar esta decisión, llegando incluso a admitir el aborto y
la eutanasia.
Otras veces se cree que la ley civil no puede exigir que todos los
ciudadanos vivan de acuerdo con un nivel de moralidad más elevado que el que
ellos mismos aceptan y comparten. Por esto, la ley debería siempre manifestar
la opinión y la voluntad de la mayoría de los ciudadanos y reconcerles también,
al menos en ciertos casos extremos, el derecho al aborto y a la eutanasia. Por
otra parte, la prohibición y el castigo del aborto y de la eutanasia en estos
casos llevaría inevitablemente —así se dice— a un aumento de prácticas
ilegales, que, sin embargo, no estarían sujetas al necesario control social y
se efectuarían sin la debida seguridad médica. Se plantea, además, si sostener
una ley no aplicable concretamente no significaría, al final, minar también la
autoridad de las demás leyes.
Finalmente, las opiniones más radicales llegan a sostener que, en una
sociedad moderna y pluralista, se debería reconocer a cada persona una plena
autonomía para disponer de su propia vida y de la vida de quien aún no ha
nacido. En efecto, no correspondería a la ley elegir entre las diversas
opciones morales y, menos aún, pretender imponer una opción particular en
detrimento de las demás.
69. De todos modos, en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha
difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una
sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría
y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como
moral. Si además se considera incluso que una verdad común y objetiva es
inaccesible de hecho, el respeto de la libertad de los ciudadanos —que en un
régimen democrático son considerados como los verdaderos soberanos— exigiría
que, a nivel legislativo, se reconozca la autonomía de cada conciencia
individual y que, por tanto, al establecer las normas que en cada caso son
necesarias para la convivencia social, éstas se adecuen exclusivamente a la
voluntad de la mayoría, cualquiera que sea. De este modo, todo político, en su
actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia
privada y el del comportamiento público.
Por consiguiente, se perciben dos tendencias diametralmente opuestas en
apariencia. Por un lado, los individuos reivindican para sí la autonomía moral
más completa de elección y piden que el Estado no asuma ni imponga ninguna
concepción ética, sino que trate de garantizar el espacio más amplio posible
para la libertad de cada uno, con el único límite externo de no restringir el
espacio de autonomía al que los demás ciudadanos también tienen derecho. Por
otro lado, se considera que, en el ejercicio de las funciones públicas y
profesionales, el respeto de la libertad de elección de los demás obliga a cada
uno a prescindir de sus propias convicciones para ponerse al servicio de
cualquier petición de los ciudadanos, que las leyes reconocen y tutelan,
aceptando como único criterio moral para el ejercicio de las propias funciones
lo establecido por las mismas leyes. De este modo, la responsabilidad de la
persona se delega a la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral al
menos en el ámbito de la acción pública.
70. La raíz común de todas estas tendencias es el relativismo
ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea. No
falta quien considera este relativismo como una condición de la democracia, ya
que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas
y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales,
consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la
intolerancia.
Sin embargo, es precisamente la problemática del respeto de la vida la
que muestra los equívocos y contradicciones, con sus terribles resultados
prácticos, que se encubren en esta postura.
Es cierto que en la historia ha habido casos en los que se han cometido
crímenes en nombre de la « verdad ». Pero crímenes no menos graves y radicales
negaciones de la libertad se han cometido y se siguen cometiendo también en
nombre del « relativismo ético ». Cuando una mayoría parlamentaria o social
decreta la legitimidad de la eliminación de la vida humana aún no nacida,
inclusive con ciertas condiciones, ¿acaso no adopta una decisión « tiránica »
respecto al ser humano más débil e indefenso? La conciencia universal reacciona
justamente ante los crímenes contra la humanidad, de los que nuestro siglo ha
tenido tristes experiencias. ¿Acaso estos crímenes dejarían de serlo si, en vez
de haber sido cometidos por tiranos sin escrúpulo, hubieran estado legitimados
por el consenso popular?
En realidad, la democracia no puede mitificarse convirtiéndola en un
sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad.
Fundamentalmente, es un « ordenamiento » y, como tal, un instrumento y no un
fin. Su carácter « moral » no es automático, sino que depende de su conformidad
con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe
someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los
medios de que se sirve. Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el
valor de la democracia, esto se considera un positivo « signo de los tiempos »,
como también el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces. 88 Pero
el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y
promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada
persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como
considerar el « bien común » como fin y criterio regulador de la vida política.
En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles «
mayorías » de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva
que, en cuanto « ley natural » inscrita en el corazón del hombre, es punto de
referencia normativa de la misma ley civil. Si, por una trágica ofuscación de
la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los
principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se
tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación
empírica de intereses diversos y contrapuestos. 89
Alguien podría pensar que semejante función, a falta de algo mejor, es
también válida para los fines de la paz social. Aun reconociendo un cierto
aspecto de verdad en esta valoración, es difícil no ver cómo, sin una base
moral objetiva, ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable, tanto
más que la paz no fundamentada sobre los valores de la dignidad humana y de la
solidaridad entre todos los hombres, es a menudo ilusoria. En efecto, en los
mismos regímenes participativos la regulación de los intereses se produce con
frecuencia en beneficio de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para
maniobrar no sólo las palancas del poder, sino incluso la formación del
consenso. En un situación así, la democracia se convierte fácilmente en una
palabra vacía.
71. Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana
democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y
morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano
y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que
ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar
o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover.
En este sentido, es necesario tener en cuenta los elementos
fundamentales del conjunto de las relaciones entre ley civil y ley moral, tal
como son propuestos por la Iglesia, pero que forman parte también del
patrimonio de las grandes tradiciones jurídicas de la humanidad.
Ciertamente, el cometido de la ley civil es diverso y
de ámbito más limitado que el de la ley moral. Sin embargo, « en ningún ámbito
de la vida la ley civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas que
excedan la propia competencia »,90 que
es la de asegurar el bien común de las personas, mediante el reconocimiento y
la defensa de sus derechos fundamentales, la promoción de la paz y de la
moralidad pública. 91 En
efecto, la función de la ley civil consiste en garantizar una ordenada
convivencia social en la verdadera justicia, para que todos « podamos vivir una
vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad » (1 Tm 2, 2).
Precisamente por esto, la ley civil debe asegurar a todos los miembros de la
sociedad el respeto de algunos derechos fundamentales, que pertenecen
originariamente a la persona y que toda ley positiva debe reconocer y
garantizar. Entre ellos el primero y fundamental es el derecho inviolable de
cada ser humano inocente a la vida. Si la autoridad pública puede, a veces,
renunciar a reprimir aquello que provocaría, de estar prohibido, un daño más
grave, 92 sin
embargo, nunca puede aceptar legitimar, como derecho de los individuos —aunque
éstos fueran la mayoría de los miembros de la sociedad—, la ofensa infligida a
otras personas mediante la negación de un derecho suyo tan fundamental como el
de la vida. La tolerancia legal del aborto o de la eutanasia no puede de ningún
modo invocar el respeto de la conciencia de los demás, precisamente porque la
sociedad tiene el derecho y el deber de protegerse de los abusos que se pueden
dar en nombre de la conciencia y bajo el pretexto de la libertad. 93
A este propósito, Juan XXIII recordó en la Encíclica Pacem in terris: « En la época moderna se considera
realizado el bien común cuando se han salvado los derechos y los deberes de la
persona humana. De ahí que los deberes fundamentales de los poderes públicos
consisten sobre todo en reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover
aquellos derechos, y en contribuir por consiguiente a hacer más fácil el
cumplimiento de los respectivos deberes. "Tutelar el intangible campo de
los derechos de la persona humana y hacer fácil el cumplimiento de sus
obligaciones, tal es el deber esencial de los poderes públicos". Por esta
razón, aquellos magistrados que no reconozcan los derechos del hombre o los
atropellen, no sólo faltan ellos mismos a su deber, sino que carece de
obligatoriedad lo que ellos prescriban ».94
72. En continuidad con toda la tradición de la Iglesia se encuentra
también la doctrina sobre la necesaria conformidad de la ley civil con
la ley moral, tal y como se recoge, una vez más, en la citada
encíclica de Juan XXIII: « La autoridad es postulada por el orden moral y
deriva de Dios. Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes
estuvieran en contradicción con aquel orden y, consiguientemente, en
contradicción con la voluntad de Dios, no tendrían fuerza para obligar en
conciencia...; más aún, en tal caso, la autoridad dejaría de ser tal y
degeneraría en abuso ».95 Esta
es una clara enseñanza de santo Tomás de Aquino, que entre otras cosas escribe:
« La ley humana es tal en cuanto está conforme con la recta razón y, por tanto,
deriva de la ley eterna. En cambio, cuando una ley está en contraste con la
razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y
se convierte más bien en un acto de violencia ».96 Y
añade: « Toda ley puesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto deriva de
la ley natural. Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley
natural, entonces no será ley sino corrupción de la ley ».97
La primera y más inmediata aplicación de esta doctrina hace referencia a
la ley humana que niega el derecho fundamental y originario a la vida, derecho
propio de todo hombre. Así, las leyes que, como el aborto y la eutanasia,
legitiman la eliminación directa de seres humanos inocentes están en total e
insuperable contradicción con el derecho inviolable a la vida inherente a todos
los hombres, y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la ley. Se podría
objetar que éste no es el caso de la eutanasia, cuando es pedida por el sujeto
interesado con plena conciencia. Pero un Estado que legitimase una petición de
este tipo y autorizase a llevarla a cabo, estaría legalizando un caso de
suicidio-homicidio, contra los principios fundamentales de que no se puede
disponer de la vida y de la tutela de toda vida inocente. De este modo se
favorece una disminución del respeto a la vida y se abre camino a
comportamientos destructivos de la confianza en las relaciones sociales.
Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia
se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien
común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez
jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente porque
lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón de
existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la
posibilidad de realizar el bien común. De esto se sigue que, cuando una ley
civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una
verdadera ley civil moralmente vinculante.
73. Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley
humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna
obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave
y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de
conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación
apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades
públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13, 1-7, 1
P 2, 13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que « hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29). Ya en el
Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida,
encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la
autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había
ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas « no hicieron lo que les había
mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños » (Ex 1,
17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: « Las
parteras temían a Dios » (ivi). Es precisamente de la
obediencia a Dios —a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su
absoluta soberanía— de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las
leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto
incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que « aquí se
requiere la paciencia y la fe de los santos » (Ap 13, 10).
En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que
admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, « ni
participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el
sufragio del propio voto ».98
Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un
voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más
restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados,
como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No
son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en
algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a
favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos
internacionales, en otras Naciones —particularmente aquéllas que han tenido ya
la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas— van apareciendo
señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o
abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta
oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente
ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de
esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de
la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una
colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento
legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.
74. La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los
hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia de
colaboración, debido a la obligatoria afirmación del propio derecho a no ser
forzados a participar en acciones moralmente malas. A veces las opciones que se
imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales
consolidadas o la renuncia a perspectivas legítimas de avance en la carrera. En
otros casos, puede suceder que el cumplimiento de algunas acciones en sí mismas
indiferentes, o incluso positivas, previstas en el articulado de legislaciones
globalmente injustas, permita la salvaguarda de vidas humanas amenazadas. Por
otra parte, sin embargo, se puede temer justamente que la disponibilidad a
cumplir tales acciones no sólo conlleve escándalo y favorezca el debilitamiento
de la necesaria oposición a los atentados contra la vida, sino que lleve
insensiblemente a ir cediendo cada vez más a una lógica permisiva.
Para iluminar esta difícil cuestión moral es necesario tener en cuenta
los principios generales sobre la cooperación en acciones moralmente
malas. Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad, están
llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboración formal
a aquellas prácticas que, aun permitidas por la legislación civil, se oponen a
la Ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito
cooperar formalmente en el mal. Esta cooperación se produce cuando la acción
realizada, o por su misma naturaleza o por la configuración que asume en un
contexto concreto, se califica como colaboración directa en un acto contra la
vida humana inocente o como participación en la intención inmoral del agente
principal. Esta cooperación nunca puede justificarse invocando el respeto de la
libertad de los demás, ni apoyarse en el hecho de que la ley civil la prevea y
exija. En efecto, los actos que cada uno realiza personalmente tienen una
responsabilidad moral, a la que nadie puede nunca substraerse y sobre la cual
cada uno será juzgado por Dios mismo (cf. Rm 2, 6; 14, 12).
El rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no sólo es un
deber moral, sino también un derecho humano fundamental. Si no fuera así, se
obligaría a la persona humana a realizar una acción intrínsecamente
incompatible con su dignidad y, de este modo, su misma libertad, cuyo sentido y
fin auténticos residen en su orientación a la verdad y al bien, quedaría
radicalmente comprometida. Se trata, por tanto, de un derecho esencial que,
como tal, debería estar previsto y protegido por la misma ley civil. En este
sentido, la posibilidad de rechazar la participación en la fase consultiva,
preparatoria y ejecutiva de semejantes actos contra la vida debería asegurarse
a los médicos, a los agentes sanitarios y a los responsables de las
instituciones hospitalarias, de las clínicas y casas de salud. Quien recurre a
la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de sanciones penales, sino
también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar, económico y
profesional.
« Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lc 10, 27): «
promueve » la vida
75. Los mandamientos de Dios nos enseñan el camino de la vida. Los preceptos
morales negativos, es decir, los que declaran moralmente inaceptable
la elección de una determinada acción, tienen un valor absoluto para la
libertad humana: obligan siempre y en toda circunstancia, sin excepción.
Indican que la elección de determinados comportamientos es radicalmente
incompatible con el amor a Dios y la dignidad de la persona, creada a su
imagen. Por eso, esta elección no puede justificarse por la bondad de ninguna
intención o consecuencia, está en contraste insalvable con la comunión entre
las personas, contradice la decisión fundamental de orientar la propia vida a
Dios. 99
Ya en este sentido los preceptos morales negativos tienen una
importantísima función positiva: el « no » que exigen incondicionalmente marca
el límite infranqueable más allá del cual el hombre libre no puede pasar y, al
mismo tiempo, indica el mínimo que debe respetar y del que debe partir para
pronunciar innumerables « sí », capaces de abarcar progresivamente el horizonte
completo del bien (cf. Mt 5, 48). Los mandamientos,
en particular los preceptos morales negativos, son el inicio y la primera etapa
necesaria del camino hacia la libertad: « La primera libertad —escribe san
Agustín— es no tener delitos... como homicidio, adulterio, alguna inmundicia de
fornicación, hurto, fraude, sacrilegio y otros parecidos. Cuando el hombre
empieza a no tener tales delitos (el cristiano no debe tenerlos), comienza a
levantar la cabeza hacia la libertad; pero ésta es una libertad incoada, no es
perfecta ».100
76. El mandamiento « no matarás » establece, por tanto, el punto de
partida de un camino de verdadera libertad, que nos lleva a promover
activamente la vida y a desarrollar determinadas actitudes y comportamientos a
su servicio. Obrando así, ejercitamos nuestra responsabilidad hacia las
personas que nos han sido confiadas y manifestamos, con las obras y según la
verdad, nuestro reconocimiento a Dios por el gran don de la vida (cf. Sal 139
138, 13-14).
El Creador ha confiado la vida del hombre a su cuidado responsable, no
para que disponga de ella de modo arbitrario, sino para que la custodie con
sabiduría y la administre con amorosa fidelidad. El Dios de la Alianza ha
confiado la vida de cada hombre a otro hombre hermano suyo, según la ley de la
reciprocidad del dar y del recibir, del don de sí mismo y de la acogida del
otro. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, encarnándose y dando su
vida por el hombre, ha demostrado a qué altura y profundidad puede llegar esta
ley de la reciprocidad. Cristo, con el don de su Espíritu, da contenidos y
significados nuevos a la ley de la reciprocidad, a la entrega del hombre al
hombre. El Espíritu, que es artífice de comunión en el amor, crea entre los
hombres una nueva fraternidad y solidaridad, reflejo verdadero del misterio de
recíproca entrega y acogida propio de la Santísima Trinidad. El mismo Espíritu
llega a ser la ley nueva, que da la fuerza a los creyentes y apela a su
responsabilidad para vivir con reciprocidad el don de sí mismos y la acogida
del otro, participando del amor mismo de Jesucristo según su medida.
77. En esta ley nueva se inspira y plasma el mandamiento « no matarás ».
Por tanto, para el cristiano implica en definitiva el imperativo de respetar,
amar y promover la vida de cada hermano, según las exigencias y las dimensiones
del amor de Dios en Jesucristo. « El dio su vida por nosotros. También nosotros
debemos dar la vida por los hermanos » (1 Jn 3, 16).
El mandamiento « no matarás », incluso en sus contenidos más positivos
de respeto, amor y promoción de la vida humana, obliga a todo hombre. En
efecto, resuena en la conciencia moral de cada uno como un eco permanente de la
alianza original de Dios creador con el hombre; puede ser conocido por todos a
la luz de la razón y puede ser observado gracias a la acción misteriosa del
Espíritu que, soplando donde quiere (cf. Jn 3, 8), alcanza y
compromete a cada hombre que vive en este mundo.
Por tanto, lo que todos debemos asegurar a nuestro prójimo es un
servicio de amor, para que siempre se defienda y promueva su vida,
especialmente cuando es más débil o está amenazada. Es una exigencia no sólo
personal sino también social, que todos debemos cultivar, poniendo el respeto
incondicional de la vida humana como fundamento de una sociedad renovada.
Se nos pide amar y respetar la vida de cada hombre y de cada mujer y
trabajar con constancia y valor, para que se instaure finalmente en nuestro
tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la vida,
fruto de la cultura de la verdad y del amor.
CAPÍTULO IV
A MÍ ME LO HICISTEIS
POR UNA NUEVA CULTURA DE LA VIDA HUMANA
« Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas
» (cf. 1 P 2, 9): el pueblo de la vida y para la
vida
78. La Iglesia ha recibido el Evangelio como anuncio y fuente de gozo y
salvación. Lo ha recibido como don de Jesús, enviado del Padre « para anunciar
a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). Lo ha recibido a través
de los Apóstoles, enviados por El a todo el mundo (cf. Mc 16,
15; Mt 28, 19-20). La Iglesia, nacida de esta acción
evangelizadora, siente resonar en sí misma cada día la exclamación del Apóstol:
« ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! » (1 Cor 9, 16). En
efecto, « evangelizar —como escribía Pablo VI— constituye
la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella
existe para evangelizar ».101
La evangelización es una acción global y dinámica, que compromete a la
Iglesia a participar en la misión profética, sacerdotal y real del Señor Jesús.
Por tanto, conlleva inseparablemente las dimensiones del anuncio, de la
celebración y del servicio de la caridad. Es un acto
profundamente eclesial, que exige la cooperación de todos los
operarios del Evangelio, cada uno según su propio carisma y ministerio.
Así sucede también cuando se trata de anunciar el Evangelio de
la vida, parte integrante del Evangelio que es Jesucristo. Nosotros
estamos al servicio de este Evangelio, apoyados por la certeza de haberlo
recibido como don y de haber sido enviados a proclamarlo a toda la humanidad «
hasta los confines de la tierra » (Hch 1, 8). Mantengamos, por
ello, la conciencia humilde y agradecida de ser el pueblo de la vida y
para la vida y presentémonos de este modo ante todos.
79. Somos el pueblo de la vida porque Dios, en su amor
gratuito, nos ha dado el Evangelio de la vida y hemos sido
transformados y salvados por este mismo Evangelio. Hemos sido redimidos por el
« autor de la vida » (Hch 3, 15) a precio de su preciosa sangre
(cf. 1 Cor 6, 20; 7, 23; 1 P 1, 19) y
mediante el baño bautismal hemos sido injertados en El (cf. Rm 6,
4-5; Col 2, 12), como ramas que reciben savia y fecundidad del
árbol único (cf. Jn 15, 5). Renovados interiormente por la
gracia del Espíritu, « que es Señor y da la vida », hemos llegado a ser un pueblo
para la vida y estamos llamados a comportarnos como tal.
Somos enviados: estar al servicio de la vida no es para nosotros una vanagloria, sino un
deber, que nace de la conciencia de ser el pueblo adquirido por Dios para
anunciar sus alabanzas (cf. 1 P 2, 9). En nuestro camino nos
guía y sostiene la ley del amor: el amor cuya fuente y modelo es el
Hijo de Dios hecho hombre, que « muriendo ha dado la vida al mundo ».102
Somos enviados como pueblo. El compromiso al servicio de la vida obliga a todos
y cada uno. Es una responsabilidad propiamente « eclesial », que exige la
acción concertada y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras
de la comunidad cristiana. Sin embargo, la misión comunitaria no elimina ni
disminuye la responsabilidad de cada persona, a la cual se
dirige el mandato del Señor de « hacerse prójimo » de cada hombre: « Vete y haz
tú lo mismo » (Lc 10, 37).
Todos juntos sentimos el deber de anunciar el Evangelio de la
vida, de celebrarlo en la liturgia y en toda la
existencia, de servirlo con las diversas iniciativas y
estructuras de apoyo y promoción.
« Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos » (1 Jn 1, 3): anunciar
el Evangelio de la vida
80. « Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de
la Palabra de la vida... os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en
comunión con nosotros » (1 Jn 1, 1. 3). Jesús es el único
Evangelio: no tenemos otra cosa que decir y testimoniar.
Precisamente el anuncio de Jesús es anuncio de la vida. En efecto, El es « la Palabra de vida »
(1 Jn 1, 1). En El « la vida se manifestó » (1 Jn 1,
2); más aún, él mismo es « la vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y
que se nos manifestó » (ivi). Esta misma vida, gracias al don del
Espíritu, ha sido comunicada al hombre. La vida terrena de cada uno, ordenada a
la vida en plenitud, a la « vida eterna », adquiere también pleno sentido.
Iluminados por este Evangelio de la vida, sentimos la
necesidad de proclamarlo y testimoniarlo por la novedad
sorprendente que lo caracteriza. Este Evangelio, al identificarse con
el mismo Jesús, portador de toda novedad 103 y
vencedor de la « vejez » causada por el pecado y que lleva a la muerte, 104 supera
toda expectativa del hombre y descubre la sublime altura a la que, por gracia,
es elevada la dignidad de la persona. Así la contempla san Gregorio de Nisa: «
El hombre que, entre los seres, no cuenta nada, que es polvo, hierba, vanidad,
cuando es adoptado por el Dios del universo como hijo, llega a ser familiar de
este Ser, cuya excelencia y grandeza nadie puede ver, escuchar y comprender.
¿Con qué palabra, pensamiento o impulso del espíritu se podrá exaltar la
sobreabundancia de esta gracia? El hombre sobrepasa su naturaleza: de mortal se
hace inmortal, de perecedero imperecedero, de efímero eterno, de hombre se hace
dios ».105
El agradecimiento y la alegría por la dignidad inconmensurable del
hombre nos mueve a hacer a todos partícipes de este mensaje: « Lo que hemos
visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión
con nosotros » (1 Jn 1, 3). Es necesario hacer llegar el Evangelio
de la vida al corazón de cada hombre y mujer e introducirlo en lo más
recóndito de toda la sociedad.
81. Ante todo se trata de anunciar el núcleo de este
Evangelio. Es anuncio de un Dios vivo y cercano, que nos llama a una profunda
comunión con El y nos abre a la esperanza segura de la vida eterna; es
afirmación del vínculo indivisible que fluye entre la persona, su vida y su
corporeidad; es presentación de la vida humana como vida de relación, don de
Dios, fruto y signo de su amor; es proclamación de la extraordinaria relación
de Jesús con cada hombre, que permite reconocer en cada rostro humano el rostro
de Cristo; es manifestación del « don sincero de sí mismo » como tarea y lugar
de realización plena de la propia libertad.
Al mismo tiempo, se trata se señalar todas las consecuencias de
este mismo Evangelio, que se pueden resumir así: la vida humana, don precioso
de Dios, es sagrada e inviolable, y por esto, en particular, son absolutamente
inaceptables el aborto procurado y la eutanasia; la vida del hombre no sólo no
debe ser suprimida, sino que debe ser protegida con todo cuidado amoroso; la
vida encuentra su sentido en el amor recibido y dado, en cuyo horizonte hallan
su plena verdad la sexualidad y la procreación humana; en este amor incluso el
sufrimiento y la muerte tienen un sentido y, aun permaneciendo el misterio que
los envuelve, pueden llegar a ser acontecimientos de salvación; el respeto de
la vida exige que la ciencia y la técnica estén siempre ordenadas al hombre y a
su desarrollo integral; toda la sociedad debe respetar, defender y promover la
dignidad de cada persona humana, en todo momento y condición de su vida.
82. Para ser verdaderamente un pueblo al servicio de la vida debemos,
con constancia y valentía, proponer estos contenidos desde el primer anuncio
del Evangelio y, posteriormente, en la catequesis y en las diversas
formas de predicación, en el diálogo personal y en cada actividad
educativa. A los educadores, profesores, catequistas y teólogos
corresponde la tarea de poner de relieve las razones
antropológicas que fundamentan y sostienen el respeto de cada vida
humana. De este modo, haciendo resplandecer la novedad original del Evangelio
de la vida, podremos ayudar a todos a descubrir, también a la luz de
la razón y de la experiencia, cómo el mensaje cristiano ilumina plenamente el
hombre y el significado de su ser y de su existencia; hallaremos preciosos
puntos de encuentro y de diálogo incluso con los no creyentes, comprometidos
todos juntos en hacer surgir una nueva cultura de la vida.
En medio de las voces más dispares, cuando muchos rechazan la sana
doctrina sobre la vida del hombre, sentimos como dirigida también a nosotros la
exhortación de Pablo a Timoteo: « Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a
destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina » (2
Tm 4, 2). Esta exhortación debe encontrar un fuerte eco en el corazón
de cuantos, en la Iglesia, participan más directamente, con diverso título, en
su misión de « maestra » de la verdad. Que resuene ante todo para
nosotros Obispos: somos los primeros a quienes se pide ser
anunciadores incansables del Evangelio de la vida; a nosotros
se nos confía también la misión de vigilar sobre la trasmisión íntegra y fiel
de la enseñanza propuesta en esta Encíclica y adoptar las medidas más oportunas
para que los fieles sean preservados de toda doctrina contraria a la misma.
Debemos poner una atención especial para que en las facultades teológicas, en
los seminarios y en las diversas instituciones católicas se difunda, se ilustre
y se profundice el conocimiento de la sana doctrina. 106 Que
la exhortación de Pablo resuene para todos los teólogos, para
los pastores y para todos los que desarrollan tareas de enseñanza,
catequesis y formación de las conciencias: conscientes del papel que
les pertenece, no asuman nunca la grave responsabilidad de traicionar la verdad
y su misma misión exponiendo ideas personales contrarias al Evangelio
de la vida como lo propone e interpreta fielmente el Magisterio.
Al anunciar este Evangelio, no debemos temer la hostilidad y la
impopularidad, rechazando todo compromiso y ambigüedad que nos conformaría a la
mentalidad de este mundo (cf. Rm 12, 2). Debemos estar en
el mundo, pero no ser del mundo (cf. Jn 15,
19; 17, 16), con la fuerza que nos viene de Cristo, que con su muerte y
resurrección ha vencido el mundo (cf. Jn 16, 33).
« Te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy » (Sal 139 138, 14): celebrar
el Evangelio de la vida
83. Enviados al mundo como « pueblo para la vida », nuestro anuncio debe
ser también una celebración verdadera y genuina del Evangelio de la
vida. Más aún, esta celebración, con la fuerza evocadora de sus
gestos, símbolos y ritos, debe convertirse en lugar precioso y significativo
para transmitir la belleza y grandeza de este Evangelio.
Con este fin, urge ante todo cultivar, en nosotros y en
los demás, una mirada contemplativa. 107 Esta
nace de la fe en el Dios de la vida, que ha creado a cada hombre haciéndolo
como un prodigio (cf. Sal 139 138, 14). Es la mirada de quien
ve la vida en su profundidad, percibiendo sus dimensiones de gratuidad,
belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad. Es la mirada de quien
no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don,
descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen
viviente (cf. Gn 1, 27; Sal 8, 6). Esta
mirada no se rinde desconfiada ante quien está enfermo, sufriendo, marginado o
a las puertas de la muerte; sino que se deja interpelar por todas estas
situaciones para buscar un sentido y, precisamente en estas circunstancias,
encuentra en el rostro de cada persona una llamada a la mutua consideración, al
diálogo y a la solidaridad.
Es el momento de asumir todos esta mirada, volviendo a ser capaces, con
el ánimo lleno de religiosa admiración, de venerar y respetar a todo
hombre, como nos invitaba a hacer Pablo VI en uno de sus primeros
mensajes de Navidad. 108 El
pueblo nuevo de los redimidos, animado por esta mirada contemplativa, prorrumpe
en himnos de alegría, alabanza y agradecimiento por el don inestimable
de la vida, por el misterio de la llamada de todo hombre a participar
en Cristo de la vida de gracia, y a una existencia de comunión sin fin con Dios
Creador y Padre.
84. Celebrar el Evangelio de la vida significa celebrar el Dios
de la vida, el Dios que da la vida: « Celebremos ahora la Vida eterna,
fuente de toda vida. Desde ella y por ella se extiende a todos los seres que de
algún modo participan de la vida, y de modo conveniente a cada uno de ellos. La
Vida divina es por sí vivificadora y creadora de la vida. Toda vida y toda
moción vital proceden de la Vida, que está sobre toda vida y sobre el principio
de ella. De esta Vida les viene a las almas el ser inmortales, y gracias a ella
vive todo ser viviente, plantas y animales hasta el grado ínfimo de vida.
Además, da a los hombres, a pesar de ser compuestos, una vida similar, en lo
posible, a la de los ángeles. Por la abundancia de su bondad, a nosotros, que
estamos separados, nos atrae y dirige. Y lo que es todavía más maravilloso:
promete que nos trasladará íntegramente, es decir, en alma y cuerpo, a la vida
perfecta e inmortal. No basta decir que esta Vida está viviente, que es
Principio de vida, Causa y Fundamento único de la vida. Conviene, pues, a toda
vida el contemplarla y alabarla: es Vida que vivifica toda vida ».109
Como el Salmista también nosotros, en la oración cotidiana, individual
y comunitaria, alabamos y bendecimos a Dios nuestro Padre, que nos ha tejido en
el seno materno y nos ha visto y amado cuando todavía éramos informes
(cf. Sal 139 138, 13. 15-16), y exclamamos con incontenible
alegría: « Yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son
tus obras. Mi alma conocías cabalmente » (Sal 139 138, 14). Sí, «
esta vida mortal, a pesar de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, sus
sufrimientos, su fatal caducidad, es un hecho bellísimo, un prodigio siempre
original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con júbilo y
gloria ».110 Más
aún, el hombre y su vida no se nos presentan sólo como uno de los prodigios más
grandes de la creación: Dios ha dado al hombre una dignidad casi divina
(cf. Sal 8, 6-7). En cada niño que nace y en cada hombre que
vive y que muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que
celebramos en cada hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo.
Estamos llamados a expresar admiración y gratitud por la vida recibida
como don, y a acoger, gustar y comunicar el Evangelio de la vida no
sólo con la oración personal y comunitaria, sino sobre todo con las celebraciones
del año litúrgico. Se deben recordar aquí particularmente los Sacramentos, signos
eficaces de la presencia y de la acción salvífica del Señor Jesús en la
existencia cristiana. Ellos hacen a los hombres partícipes de la vida divina,
asegurándoles la energía espiritual necesaria para realizar verdaderamente el
significado de vivir, sufrir y morir. Gracias a un nuevo y genuino
descubrimiento del significado de los ritos y a su adecuada valoración, las
celebraciones litúrgicas, sobre todo las sacramentales, serán cada vez más
capaces de expresar la verdad plena sobre el nacimiento, la vida, el
sufrimiento y la muerte, ayudando a vivir estas realidades como participación
en el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado.
85. En la celebración del Evangelio de la vida es
preciso saber apreciar y valorar también los gestos y los símbolos, de los
que son ricas las diversas tradiciones y costumbres culturales y
populares. Son momentos y formas de encuentro con las que, en los
diversos Países y culturas, se manifiestan el gozo por una vida que nace, el
respeto y la defensa de toda existencia humana, el cuidado del que sufre o está
necesitado, la cercanía al anciano o al moribundo, la participación del dolor
de quien está de luto, la esperanza y el deseo de inmortalidad.
En esta perspectiva, acogiendo también la sugerencia de los Cardenales
en el Consistorio de 1991, propongo que se celebre cada año en las distintas
Naciones una Jornada por la Vida, como ya tiene lugar por
iniciativa de algunas Conferencias Episcopales. Es necesario que esta Jornada
se prepare y se celebre con la participación activa de todos los miembros de la
Iglesia local. Su fin fundamental es suscitar en las conciencias, en las
familias, en la Iglesia y en la sociedad civil, el reconocimiento del sentido y
del valor de la vida humana en todos sus momentos y condiciones, centrando
particularmente la atención sobre la gravedad del aborto y de la eutanasia, sin
olvidar tampoco los demás momentos y aspectos de la vida, que merecen ser
objeto de atenta consideración, según sugiera la evolución de la situación
histórica.
86. Respecto al culto espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12,
1), la celebración del Evangelio de la vida debe realizarse
sobre todo en la existencia cotidiana, vivida en el amor por
los demás y en la entrega de uno mismo. Así, toda nuestra existencia se hará
acogida auténtica y responsable del don de la vida y alabanza sincera y
reconocida a Dios que nos ha hecho este don. Es lo que ya sucede en tantísimos
gestos de entrega, con frecuencia humilde y escondida, realizados por hombres y
mujeres, niños y adultos, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos.
En este contexto, rico en humanidad y amor, es donde surgen también
los gestos heroicos. Estos son la celebración más
solemne del Evangelio de la vida, porque lo proclaman con la
entrega total de sí mismos; son la elocuente manifestación del grado
más elevado del amor, que es dar la vida por la persona amada (cf. Jn 15,
13); son la participación en el misterio de la Cruz, en la que Jesús revela
cuánto vale para El la vida de cada hombre y cómo ésta se realiza plenamente en
la entrega sincera de sí mismo. Más allá de casos clamorosos, está el heroísmo
cotidiano, hecho de pequeños o grandes gestos de solidaridad que alimentan una
auténtica cultura de la vida. Entre ellos merece especial reconocimiento la
donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables, para
ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin
esperanzas.
A este heroísmo cotidiano pertenece el testimonio silencioso, pero a la
vez fecundo y elocuente, de « todas las madres valientes, que se dedican sin
reservas a su familia, que sufren al dar a luz a sus hijos, y luego están
dispuestas a soportar cualquier esfuerzo, a afrontar cualquier sacrificio, para
transmitirles lo mejor de sí mismas ».111 Al
desarrollar su misión « no siempre estas madres heroicas encuentran apoyo en su
ambiente. Es más, los modelos de civilización, a menudo promovidos y propagados
por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad. En nombre del
progreso y la modernidad, se presentan como superados ya los valores de la
fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se han distinguido y siguen
distinguiéndose innumerables esposas y madres cristianas... Os damos las
gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible. Os damos las gracias por
la intrépida confianza en Dios y en su amor. Os damos las gracias por el
sacrificio de vuestra vida... Cristo, en el misterio pascual, os devuelve el
don que le habéis hecho, pues tiene el poder de devolveros la vida que le
habéis dado como ofrenda ».112 «
¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo fe", si no
tiene obras? » (St 2, 14): servir el Evangelio de
la vida
87. En virtud de la participación en la misión real de Cristo, el apoyo
y la promoción de la vida humana deben realizarse mediante el servicio
de la caridad, que se manifiesta en el testimonio personal, en las
diversas formas de voluntariado, en la animación social y en el compromiso
político. Esta es una exigencia particularmente apremiante en el
momento actual, en que la « cultura de la muerte » se contrapone tan
fuertemente a la « cultura de la vida » y con frecuencia parece que la supera.
Sin embargo, es ante todo una exigencia que nace de la « fe que actúa por la
caridad » (Gal 5, 6), como nos exhorta la Carta de Santiago: « ¿De
qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo fe", si no tiene
obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos
y carecen del sustento diario, y algunos de vosotros les dice: "Idos en
paz, calentaos y hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo,
¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta »
(2, 14-17).
En el servicio de la caridad, hay una actitud que debe animarnos
y distinguirnos: hemos de hacernos cargo del otro como persona
confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Como discípulos de Jesús, estamos
llamados a hacernos prójimos de cada hombre (cf. Lc 10,
29-37), teniendo una preferencia especial por quien es más pobre, está sólo y
necesitado. Precisamente mediante la ayuda al hambriento, al sediento, al
forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado —como también al niño aún no
nacido, al anciano que sufre o cercano a la muerte— tenemos la posibilidad de
servir a Jesús, como El mismo dijo: « Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos
míos más pequeños, a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40). Por eso, nos
sentimos interpelados y juzgados por las palabras siempre actuales de san Juan
Crisóstomo: « ¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que
esté desnudo. No le honréis aquí en el templo con vestidos de seda y fuera le
dejéis perecer de frío y desnudez ».113
El servicio de la caridad a la vida debe ser profundamente
unitario: no se pueden tolerar unilateralismos y discriminaciones, porque la vida
humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones. Es un bien
indivisible. Por tanto, se trata de « hacerse cargo » de toda la vida y
de la vida de todos. Más aún, se trata de llegar a las raíces mismas
de la vida y del amor.
Partiendo precisamente de un amor profundo por cada hombre y mujer, se
ha desarrollado a lo largo de los siglos una extraordinaria historia de
caridad, que ha introducido en la vida eclesial y civil numerosas
estructuras de servicio a la vida, que suscitan la admiración de todo
observador sin prejuicios. Es una historia que cada comunidad cristiana, con
nuevo sentido de responsabilidad, debe continuar escribiendo a través de una
acción pastoral y social múltiple. En este sentido, se deben poner en práctica
formas discretas y eficaces de acompañamiento de la vida
naciente, con una especial cercanía a aquellas madres que, incluso sin
el apoyo del padre, no tienen miedo de traer al mundo su hijo y educarlo. Una
atención análoga debe prestarse a la vida que se encuentra en la marginación o
en el sufrimiento, especialmente en sus fases finales.
88. Todo esto supone una paciente y valiente obra educativa que
apremie a todos y cada uno a hacerse cargo del peso de los demás (cf. Gal 6,
2); exige una continua promoción de vocaciones al servicio, particularmente
entre los jóvenes; implica la realización de proyectos e
iniciativas concretas, estables e inspiradas en el Evangelio.
Múltiples son los medios para valorar con competencia y
serio propósito. Respecto a los inicios de la vida, los centros de
métodos naturales de regulación de la fertilidad han de ser promovidos
como una valiosa ayuda para la paternidad y maternidad responsables, en la que
cada persona, comenzando por el hijo, es reconocida y respetada por sí misma, y
cada decisión es animada y guiada por el criterio de la entrega sincera de sí.
También los consultorios matrimoniales y familiares, mediante
su acción específica de consulta y prevención, desarrollada a la luz de una
antropología coherente con la visión cristiana de la persona, de la pareja y de
la sexualidad, constituyen un servicio precioso para profundizar en el sentido del
amor y de la vida y para sostener y acompañar cada familia en su misión como «
santuario de la vida ». Al servicio de la vida naciente están también los
centros de ayuda a la vida y las casas o centros de acogida de la vida. Gracias
a su labor muchas madres solteras y parejas en dificultad hallan razones y
convicciones, y encuentran asistencia y apoyo para superar las molestias y
miedos de acoger una vida naciente o recién dada a luz.
Ante condiciones de dificultad, extravío, enfermedad y marginación en la
vida, otros medios —como las comunidades de recuperación de
drogadictos, las residencias para menores o enfermos mentales, los centros de
atención y acogida para enfermos de SIDA, y las cooperativas de solidaridad
sobre todo para incapacitados— son expresiones elocuentes de lo que la
caridad sabe inventar para dar a cada uno razones nuevas de esperanza y
posibilidades concretas de vida.
Cuando la existencia terrena llega a su fin, de nuevo la caridad
encuentra los medios más oportunos para que los ancianos, especialmente
si no son autosuficientes, y los llamados enfermos terminales puedan
gozar de una asistencia verdaderamente humana y recibir cuidados adecuados a
sus exigencias, en particular a su angustia y soledad. En estos casos es
insustituible el papel de las familias; pero pueden encontrar gran ayuda en las
estructuras sociales de asistencia y, si es necesario, recurriendo a los cuidados
paliativos, utilizando los adecuados servicios sanitarios y sociales,
presentes tanto en los centros de hospitalización y tratamiento públicos como a
domicilio.
En particular, se debe revisar la función de los hospitales, de
las clínicas y de las casas de salud: su
verdadera identidad no es sólo la de estructuras en las que se atiende a los
enfermos y moribundos, sino ante todo la de ambientes en los que el
sufrimiento, el dolor y la muerte son considerados e interpretados en su
significado humano y específicamente cristiano. De modo especial esta identidad
debe ser clara y eficaz en los institutos regidos por religiosos o
relacionados de alguna manera con la Iglesia.
89. Estas estructuras y centros de servicio a la vida, y todas las demás
iniciativas de apoyo y solidaridad que las circunstancias puedan aconsejar
según los casos, tienen necesidad de ser animadas por personas
generosamente disponibles y profundamente conscientes de lo
fundamental que es el Evangelio de la vida para el bien del
individuo y de la sociedad.
Es peculiar la responsabilidad confiada a todo el personal sanitario:
médicos, farmacéuticos, enfermeros, capellanes, religiosos y religiosas,
personal administrativo y voluntarios. Su profesión les exige ser custodios y servidores de la vida
humana. En el contexto cultural y social actual, en que la ciencia y la
medicina corren el riesgo de perder su dimensión ética original, ellos pueden
estar a veces fuertemente tentados de convertirse en manipuladores de la vida o
incluso en agentes de muerte. Ante esta tentación, su responsabilidad ha
crecido hoy enormemente y encuentra su inspiración más profunda y su apoyo más
fuerte precisamente en la intrínseca e imprescindible dimensión ética de la
profesión sanitaria, como ya reconocía el antiguo y siempre actual juramento
de Hipócrates, según el cual se exige a cada médico el compromiso de
respetar absolutamente la vida humana y su carácter sagrado.
El respeto absoluto de toda vida humana inocente exige tambiénejercer
la objeción de conciencia ante el aborto procurado y la eutanasia. El
« hacer morir » nunca puede considerarse un tratamiento médico, ni siquiera
cuando la intención fuera sólo la de secundar una petición del paciente: es más
bien la negación de la profesión sanitaria que debe ser un apasionado y tenaz «
sí » a la vida. También la investigación biomédica, campo fascinante y
prometedor de nuevos y grandes beneficios para la humanidad, debe rechazar
siempre los experimentos, descubrimientos o aplicaciones que, al ignorar la
dignidad inviolable del ser humano, dejan de estar al servicio de los hombres y
se transforman en realidades que, aparentando socorrerlos, los oprimen.
90. Un papel específico están llamadas a desempeñar las personas
comprometidas en el voluntariado: ofrecen una aportación preciosa al
servicio de la vida, cuando saben conjugar la capacidad profesional con el amor
generoso y gratuito. El Evangelio de la vida las mueve a
elevar los sentimientos de simple filantropía a la altura de la caridad de
Cristo; a reconquistar cada día, entre fatigas y cansancios, la conciencia de
la dignidad de cada hombre; a salir al encuentro de las necesidades de las
personas iniciando —si es preciso— nuevos caminos allí donde más urgentes son
las necesidades y más escasas las atenciones y el apoyo.
El realismo tenaz de la caridad exige que al Evangelio de la
vida se le sirva también mediante formas de animación social y
de compromiso político, defendiendo y proponiendo el valor de la vida
en nuestras sociedades cada vez más complejas y pluralistas. Los
individuos, las familias, los grupos y las asociaciones tienen una
responsabilidad, aunque a título y en modos diversos, en la animación social y
en la elaboración de proyectos culturales, económicos, políticos y legislativos
que, respetando a todos y según la lógica de la convivencia democrática,
contribuyan a edificar una sociedad en la que se reconozca y tutele la dignidad
de cada persona, y se defienda y promueva la vida de todos.
Esta tarea corresponde en particular a los responsables de la
vida pública. Llamados a servir al hombre y al bien común, tienen el
deber de tomar decisiones valientes en favor de la vida, especialmente en el
campo de las disposiciones legislativas. En un régimen
democrático, donde las leyes y decisiones se adoptan sobre la base del consenso
de muchos, puede atenuarse el sentido de la responsabilidad personal en la
conciencia de los individuos investidos de autoridad. Pero nadie puede abdicar
jamás de esta responsabilidad, sobre todo cuando se tiene un mandato
legislativo o ejecutivo, que llama a responder ante Dios, ante la propia
conciencia y ante la sociedad entera de decisiones eventualmente contrarias al
verdadero bien común. Si las leyes no son el único instrumento para defender la
vida humana, sin embargo desempeñan un papel muy importante y a veces
determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres. Repito una
vez más que una norma que viola el derecho natural a la vida de un inocente es
injusta y, como tal, no puede tener valor de ley. Por eso renuevo con fuerza mi
llamada a todos los políticos para que no promulguen leyes que, ignorando la
dignidad de la persona, minen las raíces de la misma convivencia ciudadana.
La Iglesia sabe que, en el contexto de las democracias pluralistas, es
difícil realizar una eficaz defensa legal de la vida por la presencia de
fuertes corrientes culturales de diversa orientación. Sin embargo, movida por
la certeza de que la verdad moral encuentra un eco en la intimidad de cada
conciencia, anima a los políticos, comenzando por los cristianos, a no
resignarse y a adoptar aquellas decisiones que, teniendo en cuenta las
posibilidades concretas, lleven a restablecer un orden justo en la afirmación y
promoción del valor de la vida. En esta perspectiva, es necesario poner de
relieve que no basta con eliminar las leyes inicuas. Hay que eliminar las
causas que favorecen los atentados contra la vida, asegurando sobre todo el
apoyo debido a la familia y a la maternidad: la política familiar debe
ser eje y motor de todas las políticas sociales. Por tanto, es
necesario promover iniciativas sociales y legislativas capaces de garantizar
condiciones de auténtica libertad en la decisión sobre la paternidad y la
maternidad; además, es necesario replantear las políticas laborales,
urbanísticas, de vivienda y de servicios para que se puedan conciliar entre sí
los horarios de trabajo y los de la familia, y sea efectivamente posible la
atención a los niños y a los ancianos.
91. La problemática demográfica constituye hoy un
capítulo importante de la política sobre la vida. Las autoridades públicas
tienen ciertamente la responsabilidad de « intervenir para orientar la
demografía de la población »; 114 pero
estas iniciativas deben siempre presuponer y respetar la responsabilidad
primaria e inalienable de los esposos y de las familias, y no pueden recurrir a
métodos no respetuosos de la persona y de sus derechos fundamentales,
comenzando por el derecho a la vida de todo ser humano inocente. Por tanto, es
moralmente inaceptable que, para regular la natalidad, se favorezca o se
imponga el uso de medios como la anticoncepción, la esterilización y el aborto.
Los caminos para resolver el problema demográfico son otros: los
Gobiernos y las distintas instituciones internacionales deben mirar ante todo a
la creación de las condiciones económicas, sociales, médico-sanitarias y
culturales que permitan a los esposos tomar sus opciones procreativas con plena
libertad y con verdadera responsabilidad; deben además esforzarse en « aumentar
los medios y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos puedan
participar equitativamente de los bienes de la creación. Hay que buscar
soluciones a nivel mundial, instaurando una verdadera economía de
comunión y de participación de bienes, tanto en el orden internacional
como nacional ».115 Este
es el único camino que respeta la dignidad de las personas y de las familias,
además de ser el auténtico patrimonio cultural de los pueblos.
El servicio al Evangelio de la vida es, pues, vasto y
complejo. Se nos presenta cada vez más como un ámbito privilegiado y favorable
para una colaboración activa con los hermanos de las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales, en la línea de aquel ecumenismo de las
obras que el Concilio Vaticano II autorizadamente impulsó. 116 Además,
se presenta como espacio providencial para el diálogo y la colaboración con los
fieles de otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad: la
defensa y la promoción de la vida no son monopolio de nadie, sino deber y
responsabilidad de todos. El desafío que tenemos ante nosotros, a las
puertas del tercer milenio, es arduo. Sólo la cooperación concorde de cuantos
creen en el valor de la vida podrá evitar una derrota de la civilización de
consecuencias imprevisibles.
« La herencia del Señor son los hijos, recompensa el fruto de las
entrañas » (Sal 127 126, 3): la familia « santuario de la vida
»
92. Dentro del « pueblo de la vida y para la vida », es decisiva
la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad que brota de
su propia naturaleza —la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el
matrimonio— y de su misión de « custodiar, revelar y comunicar el amor ».117 Se
trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como intérpretes en la
transmisión de la vida y en su educación según el designio del Padre son los
padres. 118 Es,
pues, el amor que se hace gratuidad, acogida, entrega: en la familia cada uno
es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno más
necesitado, la atención hacia él es más intensa y viva.
La familia está llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros,
desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente « el santuario
de la vida..., el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida
y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está
expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico
crecimiento humano ».119 Por
esto, el papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida
es determinante e insustituible.
Como iglesia doméstica, la familia está llamada a
anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una
tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la
vida, siendo cada vez más conscientes del significado de la
procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta
que la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado. En
la procreación de una nueva vida los padres descubren que el hijo, « si es
fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un don para ambos: un don
que brota del don ».120
Es principalmente mediante la educación de los hijos como
la familia cumple su misión de anunciar el Evangelio de la vida. Con
la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante
gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la auténtica
libertad, que se realiza en la entrega sincera de sí, y cultivan en ellos el
respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el
servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la
vida como un don. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un
servicio a la fe de los hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación
recibida de Dios. Pertenece a la misión educativa de los padres enseñar y
testimoniar a los hijos el sentido verdadero del sufrimiento y de la muerte. Lo
podrán hacer si saben estar atentos a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor
y, principalmente, si saben desarrollar actitudes de cercanía, asistencia y
participación hacia los enfermos y ancianos dentro del ámbito familiar.
93. Además, la familia celebra el Evangelio de la vida con la
oración cotidiana, individual y familiar: con ella alaba y da gracias
al Señor por el don de la vida e implora luz y fuerza para afrontar los
momentos de dificultad y de sufrimiento, sin perder nunca la esperanza. Pero la
celebración que da significado a cualquier otra forma de oración y de culto es
la que se expresa en la vida cotidiana de la familia, si es
una vida hecha de amor y entrega.
De este modo la celebración se transforma en un servicio al
Evangelio de la vida, que se expresa por medio de la solidaridad, experimentada
dentro y alrededor de la familia como atención solícita, vigilante y cordial en
las pequeñas y humildes cosas de cada día. Una expresión particularmente
significativa de solidaridad entre las familias es la disponibilidad a la adopción o
a la acogida temporal de niños abandonados por sus padres o en
situaciones de grave dificultad. El verdadero amor paterno y materno va más
allá de los vínculos de carne y sangre acogiendo incluso a niños de otras
familias, ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo.
Entre las formas de adopción, merece ser considerada también la adopción
a distancia, preferible en los casos en los que el abandono tiene como
único motivo las condiciones de grave pobreza de una familia. En efecto, con
esta forma de adopción se ofrecen a los padres las ayudas necesarias para
mantener y educar a los propios hijos, sin tener que desarraigarlos de su
ambiente natural.
La solidaridad, entendida como « determinación firme y perseverante de
empeñarse por el bien común »,121 requiere
también ser llevada a cabo mediante formas de participación social y
política. En consecuencia, servir el Evangelio de la
vida supone que las familias, participando especialmente en
asociaciones familiares, trabajen para que las leyes e instituciones del Estado
no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde la concepción hasta la
muerte natural, sino que la defiendan y promuevan.
94. Una atención particular debe prestarse a los ancianos. Mientras
en algunas culturas las personas de edad más avanzada permanecen dentro de la
familia con un papel activo importante, por el contrario, en otras culturas el
viejo es considerado como un peso inútil y es abandonado a su propia suerte. En
semejante situación puede surgir con mayor facilidad la tentación de recurrir a
la eutanasia.
La marginación o incluso el rechazo de los ancianos son intolerables. Su
presencia en la familia o al menos la cercanía de la misma a ellos, cuando no
sea posible por la estrechez de la vivienda u otros motivos, son de importancia
fundamental para crear un clima de intercambio recíproco y de comunicación
enriquecedora entre las distintas generaciones. Por ello, es importante que se
conserve, o se restablezca donde se ha perdido, una especie de « pacto » entre
las generaciones, de modo que los padres ancianos, llegados al término de su
camino, puedan encontrar en sus hijos la acogida y la solidaridad que ellos les
dieron cuando nacieron: lo exige la obediencia al mandamiento divino de honrar
al padre y a la madre (cf. Ex 20, 12; Lv 19,
3). Pero hay algo más. El anciano no se debe considerar sólo como objeto de
atención, cercanía y servicio. También él tiene que ofrecer una valiosa
aportación al Evangelio de la vida. Gracias al rico patrimonio
de experiencias adquirido a lo largo de los años, puede y debe ser transmisor
de sabiduría, testigo de esperanza y de caridad.
Si es cierto que « el futuro de la humanidad se fragua en la familia »,122 se
debe reconocer que las actuales condiciones sociales, económicas y culturales
hacen con frecuencia más ardua y difícil la misión de la familia al servicio de
la vida. Para que pueda realizar su vocación de « santuario de la vida », como
célula de una sociedad que ama y acoge la vida, es necesario y urgente
que la familia misma sea ayudada y apoyada. Las sociedades y
los Estados deben asegurarle todo el apoyo, incluso económico, que es necesario
para que las familias puedan responder de un modo más humano a sus propios
problemas. Por su parte, la Iglesia debe promover incansablemente una pastoral
familiar que ayude a cada familia a redescubrir y vivir con alegría y valor su
misión en relación con el Evangelio de la vida.
« Vivid como hijos de la luz » (Ef 5, 8): para
realizar un cambio cultural
95. « Vivid como hijos de la luz... Examinad qué es lo que agrada al
Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas » (Ef 5,
8.10-11). En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre
la « cultura de la vida » y la « cultura de la muerte », debe madurar
un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y
las auténticas exigencias.
Es urgente una movilización general de las conciencias y
uncomún esfuerzo ético, para poner en práctica una gran
estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva
cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver
los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea
asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva,
para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos. La
urgencia de este cambio cultural está relacionada con la situación histórica
que estamos atravesando, pero tiene su raíz en la misma misión evangelizadora,
propia de la Iglesia. En efecto, el Evangelio pretende « transformar desde
dentro, renovar la misma humanidad »; 123 es
como la levadura que fermenta toda la masa (cf. Mt 13, 33) y,
como tal, está destinado a impregnar todas las culturas y a animarlas desde
dentro, 124 para
que expresen la verdad plena sobre el hombre y sobre su vida.
Se debe comenzar por la renovación de la cultura de la vida
dentro de las mismas comunidades cristianas. Muy a menudo los
creyentes, incluso quienes participan activamente en la vida eclesial, caen en
una especie de separación entre la fe cristiana y sus exigencias éticas con
respecto a la vida, llegando así al subjetivismo moral y a ciertos
comportamientos inaceptables. Ante esto debemos preguntarnos, con gran lucidez
y valentía, qué cultura de la vida se difunde hoy entre los cristianos, las
familias, los grupos y las comunidades de nuestras Diócesis. Con la misma
claridad y decisión, debemos determinar qué pasos hemos de dar para servir a la
vida según la plenitud de su verdad. Al mismo tiempo, debemos promover un
diálogo serio y profundo con todos, incluidos los no creyentes, sobre los
problemas fundamentales de la vida humana, tanto en los lugares de elaboración
del pensamiento, como en los diversos ámbitos profesionales y allí donde se
desenvuelve cotidianamente la existencia de cada uno.
96. El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural
consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor
inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir
el nexo inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables:
donde se viola uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad
verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la
libertad. Ambas realidades guardan además una relación innata y peculiar, que
las vincula indisolublemente: la vocación al amor. Este amor, como don sincero
de sí, 125 es
el sentido más verdadero de la vida y de la libertad de la persona.
No menos decisivo en la formación de la conciencia es eldescubrimiento
del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he
repetido otras veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible
fundamentar los derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone
las premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los
individuos y el totalitarismo del poder público causante de la muerte. 126
Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original de su
condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea.
Sólo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar
plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la
vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante todo que « el
punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el
misterio más grande: el misterio de Dios ».127Cuando
se niega a Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus
mandamientos, se acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad
de la persona humana y el carácter inviolable de su vida.
97. A la formación de la conciencia está vinculada estrechamente
la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más
hombre, lo introduce siempre más profundamente en la verdad, lo orienta hacia
un respeto creciente por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las
personas.
En particular, es necesario educar en el valor de la vida comenzando
por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir
una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a
comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su
verdadero significado y en su íntima correlación. La sexualidad, riqueza de
toda la persona, « manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona
hacia el don de sí misma en el amor ».128 La
banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en
la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe
custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer sobre todo a
los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la
sexualidad y del amor, una educación que implica la formación
de la castidad, como virtud que favorece la madurez de la persona y la
capacita para respetar el significado « esponsal » del cuerpo.
La labor de educación para la vida requiere la formación de los
esposos para la procreación responsable. Esta exige, en su verdadero
significado, que los esposos sean dóciles a la llamada del Señor y actúen como
fieles intérpretes de su designio: esto se realiza abriendo generosamente la
familia a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura y
servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando la ley
moral, los esposos optan por evitar temporalmente o a tiempo indeterminado un
nuevo nacimiento. La ley moral les obliga de todos modos a encauzar las
tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas
inscritas en sus personas. Precisamente este respeto legitima, al servicio de
la responsabilidad en la procreación, el recurso a los métodos
naturales de regulación de la fertilidad: éstos han sido precisados
cada vez mejor desde el punto de vista científico y ofrecen posibilidades
concretas para adoptar decisiones en armonía con los valores morales. Una
consideración honesta de los resultados alcanzados debería eliminar prejuicios
todavía muy difundidos y convencer a los esposos, y también a los agentes
sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada formación al respecto.
La Iglesia está agradecida a quienes con sacrificio personal y dedicación con
frecuencia ignorada trabajan en la investigación y difusión de estos métodos,
promoviendo al mismo tiempo una educación en los valores morales que su uso
supone.
La labor educativa debe tener en cuenta también el sufrimiento y la
muerte. En realidad forman parte de la experiencia humana, y es vano, además de
equivocado, tratar de ocultarlos o descartarlos. Al contrario, se debe ayudar a
cada uno a comprender, en la realidad concreta y difícil, su misterio profundo.
El dolor y el sufrimiento tienen también un sentido y un valor, cuando se viven
en estrecha relación con el amor recibido y entregado. En este sentido he
querido que se celebre cada año la Jornada Mundial del Enfermo, destacando
« el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comunión
con Cristo, pertenece a la esencia misma de la redención ».129 Por
otra parte, incluso la muerte es algo más que una aventura sin esperanza: es la
puerta de la existencia que se proyecta hacia la eternidad y, para quienes la
viven en Cristo, es experiencia de participación en su misterio de muerte y
resurrección.
98. En síntesis, podemos decir que el cambio cultural deseado aquí exige
a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste
en poner como fundamento de las decisiones concretas —a nivel personal,
familiar, social e internacional— la justa escala de valores: la
primacía del ser sobre el tener, 130 de
la persona sobre las cosas.
131 Este nuevo estilo de vida implica también pasar de la
indiferencia al interés por el otro y del rechazo a su
acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay que defenderse,
sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos
por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia.
En la movilización por una nueva cultura de la vida nadie se debe sentir
excluido: todos tienen un papel importante que desempeñar. La
misión de los profesores y de los educadores es,
junto con la de las familias, particularmente importante. De ellos dependerá
mucho que los jóvenes, formados en una auténtica libertad, sepan custodiar
interiormente y difundir a su alrededor ideales verdaderos de vida, y que sepan
crecer en el respeto y servicio a cada persona, en la familia y en la sociedad.
También los intelectuales pueden hacer mucho en la
construcción de una nueva cultura de la vida humana. Una tarea particular
corresponde a los intelectuales católicos, llamados a estar
presentes activamente en los círculos privilegiados de elaboración cultural, en
el mundo de la escuela y de la universidad, en los ambientes de investigación
científica y técnica, en los puntos de creación artística y de la reflexión
humanística. Alimentando su ingenio y su acción en las claras fuentes del
Evangelio, deben entregarse al servicio de una nueva cultura de la vida con
aportaciones serias, documentadas, capaces de ganarse por su valor el respeto e
interés de todos. Precisamente en esta perspectiva he instituido la Pontificia
Academia para la Vida con el fin de « estudiar, informar y formar en
lo que atañe a las principales cuestiones de biomedicina y derecho, relativas a
la promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en las que guardan mayor
relación con la moral cristiana y las directrices del Magisterio de la Iglesia
».132 Una
aportación específica deben dar también las Universidades, particularmente
las católicas, y los Centros, Institutos y Comités de
bioética.
Grande y grave es la responsabilidad de los responsables de los
medios de comunicación social, llamados a trabajar para que la transmisión
eficaz de los mensajes contribuya a la cultura de la vida. Deben, por tanto,
presentar ejemplos de vida elevados y nobles, dando espacio a testimonios
positivos y a veces heroicos de amor al hombre; proponiendo con gran respeto
los valores de la sexualidad y del amor, sin enmascarar lo que deshonra y envilece
la dignidad del hombre. En la lectura de la realidad, deben negarse a poner de
relieve lo que pueda insinuar o acrecentar sentimientos o actitudes de
indiferencia, desprecio o rechazo ante la vida. En la escrupulosa fidelidad a
la verdad de los hechos, están llamados a conjugar al mismo tiempo la libertad
de información, el respeto a cada persona y un sentido profundo de humanidad.
99. En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen
un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les
corresponde ser promotoras de un « nuevo feminismo » que, sin caer en la
tentación de seguir modelos « machistas », sepa reconocer y expresar el
verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia
ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de
violencia y de explotación.
Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio Vaticano II,
dirijo también yo a las mujeres una llamada apremiante: « Reconciliad a
los hombres con la vida ».133 Vosotras
estáis llamadas a testimoniar el significado del amor auténtico, de
aquel don de uno mismo y de la acogida del otro que se realizan de modo
específico en la relación conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier
relación interpersonal. La experiencia de la maternidad favorece en vosotras
una aguda sensibilidad hacia las demás personas y, al mismo tiempo, os confiere
una misión particular: « La maternidad conlleva una comunión especial con el
misterio de la vida que madura en el seno de la mujer... Este modo único de
contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud
hacia el hombre —no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en
general—, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer ».134 En
efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le permite crecer en su
seno, le ofrece el espacio necesario, respetándolo en su alteridad. Así, la
mujer percibe y enseña que las relaciones humanas son auténticas si se abren a
la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad que tiene por
el hecho de ser persona y no de otros factores, como la utilidad, la fuerza, la
inteligencia, la belleza o la salud. Esta es la aportación fundamental que la
Iglesia y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la premisa insustituible
para un auténtico cambio cultural.
Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que
habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos
pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se
ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la
herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue
y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el
desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e
interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y
confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros
su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con
esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia. Ayudadas por
el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con
vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de
todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado
eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida
y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de
un nuevo modo de mirar la vida del hombre.
100. En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida
estamos sostenidos y animados por la confianza de quien sabe
que el Evangelio de la vida, como el Reino de Dios, crece y
produce frutos abundantes (cf. Mc 4, 26-29). Es ciertamente
enorme la desproporción que existe entre los medios, numerosos y potentes, con
que cuentan quienes trabajan al servicio de la « cultura de la muerte » y los
de que disponen los promotores de una « cultura de la vida y del amor ». Pero
nosotros sabemos que podemos confiar en la ayuda de Dios, para quien nada es
imposible (cf. Mt 19, 26).
Con esta profunda certeza, y movido por la firme solicitud por cada
hombre y mujer, repito hoy a todos cuanto he dicho a las familias comprometidas
en sus difíciles tareas en medio de las insidias que las amenazan: 135 es
urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que
desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada
familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y
con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y
amante de la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la oración y
el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal
(cf. Mt 4, 1-11) y ha enseñado a sus discípulos que algunos
demonios sólo se expulsan de este modo (cf. Mc 9, 29). Por
tanto, tengamos la humildad y la valentía de orar y ayunar para
conseguir que la fuerza que viene de lo alto haga caer los muros del engaño y
de la mentira, que esconden a los ojos de tantos hermanos y hermanas nuestros
la naturaleza perversa de comportamientos y de leyes hostiles a la vida, y abra
sus corazones a propósitos e intenciones inspirados en la civilización de la
vida y del amor.
« Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo » (1 Jn 1, 4): el
Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres
101. « Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo » (1
Jn 1, 4). La revelación del Evangelio de la vida se
nos da como un bien que hay que comunicar a todos: para que todos los hombres
estén en comunión con nosotros y con la Trinidad (cf. 1 Jn 1,
3). No podremos tener alegría plena si no comunicamos este Evangelio a los
demás, si sólo lo guardamos para nosotros mismos.
El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos. El
tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los
cristianos. Aunque de la fe recibe luz y fuerza extraordinarias, pertenece a
toda conciencia humana que aspira a la verdad y está atenta y preocupada por la
suerte de la humanidad. En la vida hay seguramente un valor sagrado y
religioso, pero de ningún modo interpela sólo a los creyentes: en efecto, se
trata de un valor que cada ser humano puede comprender también a la luz de la
razón y que, por tanto, afecta necesariamente a todos.
Por esto, nuestra acción de « pueblo de la vida y para la vida » debe
ser interpretada de modo justo y acogida con simpatía. Cuando la Iglesia
declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona
inocente —desde la concepción a su muerte natural— es uno de los pilares sobre
los que se basa toda sociedad civil, « quiere simplemente promover un
Estado humano. Un Estado que reconozca, como su deber primario, la
defensa de los derechos fundamentales de la persona humana, especialmente de la
más débil ».136
El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres. Trabajar en favor de la vida es
contribuir a la renovación de la sociedad mediante la
edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el bien común
sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y
desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Ni puede
tener bases sólidas una sociedad que —mientras afirma valores como la dignidad
de la persona, la justicia y la paz— se contradice radicalmente aceptando o
tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la vida humana
sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto de la vida puede
fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad,
como la democracia y la paz.
En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no
se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.
No puede haber siquiera verdadera paz, si no se
defiende y promueve la vida, como recordaba Pablo VI: « Todo delito
contra la vida es un atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la
conducta del pueblo..., por el contrario, donde los derechos del hombre son
profesados realmente y reconocidos y defendidos públicamente, la paz se
convierte en la atmósfera alegre y operante de la convivencia social ».137
El « pueblo de la vida » se alegra de poder compartir con otros muchos
su tarea, de modo que sea cada vez más numeroso el « pueblo para la vida » y la
nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien
de la ciudad de los hombres.
CONCLUSIÓN
102. Al final de esta Encíclica, la mirada vuelve espontáneamente al
Señor Jesús, « el Niño nacido para nosotros » (cf. Is 9, 5),
para contemplar en El « la Vida » que « se manifestó » (1 Jn 1, 2).
En el misterio de este nacimiento se realiza el encuentro de Dios con el hombre
y comienza el camino del Hijo de Dios sobre la tierra, camino que culminará con
la entrega de su vida en la Cruz: con su muerte vencerá la muerte y será para
la humanidad entera principio de vida nueva.
Quien acogió « la Vida » en nombre de todos y para bien de todos fue
María, la Virgen Madre, la cual tiene por tanto una relación personal
estrechísima con el Evangelio de la vida. El consentimiento de
María en la Anunciación y su maternidad son el origen mismo del misterio de la
vida que Cristo vino a dar a los hombres (cf. Jn 10, 10). A
través de su acogida y cuidado solícito de la vida del Verbo hecho carne, la
vida del hombre ha sido liberada de la condena de la muerte definitiva y
eterna.
Por esto María, « como la Iglesia de la que es figura, es madre de todos
los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida por la que
todos viven, pues, al dar a luz esta Vida, regeneró, en cierto modo, a todos
los que debían vivir por ella ».138
Al contemplar la maternidad de María, la Iglesia descubre el sentido de
su propia maternidad y el modo con que está llamada a manifestarla. Al mismo
tiempo, la experiencia maternal de la Iglesia muestra la perspectiva más
profunda para comprender la experiencia de María como modelo incomparable
de acogida y cuidado de la vida.
« Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol » (Ap 12, 1): la
maternidad de María y de la Iglesia
103. La relación recíproca entre el misterio de la Iglesia y María se
manifiesta con claridad en la « gran señal » descrita en el Apocalipsis: « Una
gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo
sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza » (12, 1). En esta
señal la Iglesia ve una imagen de su propio misterio: inmersa en la historia,
es consciente de que la transciende, ya que es en la tierra el « germen y el
comienzo » del Reino de Dios. 139 La
Iglesia ve este misterio realizado de modo pleno y ejemplar en María. Ella es
la mujer gloriosa, en la que el designio de Dios se pudo llevar a cabo con
total perfección.
La « Mujer vestida del sol » —pone de relieve el Libro del Apocalipsis—
« está encinta » (12, 2). La Iglesia es plenamente consciente de llevar consigo
al Salvador del mundo, Cristo el Señor, y de estar llamada a darlo al mundo,
regenerando a los hombres a la vida misma de Dios. Pero no puede olvidar que
esta misión ha sido posible gracias a la maternidad de María, que concibió y
dio a luz al que es « Dios de Dios », « Dios verdadero de Dios verdadero ».
María es verdaderamente Madre de Dios, la Theotokos, en cuya
maternidad viene exaltada al máximo la vocación a la maternidad inscrita por
Dios en cada mujer. Así María se pone como modelo para la Iglesia, llamada a
ser la « nueva Eva », madre de los creyentes, madre de los « vivientes »
(cf. Gn 3, 20).
La maternidad espiritual de la Iglesia sólo se realiza —también de esto
la Iglesia es consciente— en medio de « los dolores y del tormento de dar a luz
» (Ap 12, 2), es decir, en la perenne tensión con las fuerzas del
mal, que continúan atravesando el mundo y marcando el corazón de los hombres,
haciendo resistencia a Cristo: « En El estaba la vida y la vida era la luz de
los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron
» (Jn 1, 4-5).
Como la Iglesia, también María tuvo que vivir su maternidad bajo el
signo del sufrimiento: « Este está puesto... para ser señal de contradicción
—¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al
descubierto las intenciones de muchos corazones » (Lc 2, 34-35). En
las palabras que, al inicio de la vida terrena del Salvador, Simeón dirige a
María está sintéticamente representado el rechazo hacia Jesús, y con El hacia
María, que alcanzará su culmen en el Calvario. « Junto a la cruz de Jesús » (Jn 19,
25), María participa de la entrega que el Hijo hace de sí mismo: ofrece a
Jesús, lo da, lo engendra definitivamente para nosotros. El « sí » de la
Anunciación madura plenamente en la Cruz, cuando llega para María el tiempo de
acoger y engendrar como hijo a cada hombre que se hace discípulo, derramando
sobre él el amor redentor del Hijo: « Jesús, viendo a su madre y junto a ella
al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu
hijo" » (Jn 19, 26).
« El Dragón se detuvo delante de la Mujer... para devorar a su Hijo en
cuanto lo diera a luz » (Ap 12, 4): la vida amenazada por las fuerzas del
mal
104. En el Libro del Apocalipsis la « gran señal » de la « Mujer » (12,
1) es acompañada por « otra señal en el cielo » : se trata de « un gran Dragón
rojo » (12, 3), que simboliza a Satanás, potencia personal maléfica, y al mismo
tiempo a todas las fuerzas del mal que intervienen en la historia y dificultan
la misión de la Iglesia.
También en esto María ilumina a la Comunidad de los creyentes. En
efecto, la hostilidad de las fuerzas del mal es una oposición encubierta que,
antes de afectar a los discípulos de Jesús, va contra su Madre. Para salvar la
vida del Hijo de cuantos lo temen como una amenaza peligrosa, María debe huir
con José y el Niño a Egipto (cf. Mt 2, 13-15).
María ayuda así a la Iglesia a tomar conciencia de que la vida
está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal,
entre la luz y las tinieblas. El Dragón quiere devorar al niño recién nacido
(cf. Ap 12, 4), figura de Cristo, al que María engendra en la
« plenitud de los tiempos » (Gal 4, 4) y que la Iglesia debe
presentar continuamente a los hombres de las diversas épocas de la historia.
Pero en cierto modo es también figura de cada hombre, de cada niño,
especialmente de cada criatura débil y amenazada, porque —como recuerda el
Concilio— « el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo,
con todo hombre ».140Precisamente
en la « carne » de cada hombre, Cristo continúa revelándose y entrando en
comunión con nosotros, de modo que el rechazo de la vida del
hombre, en sus diversas formas, es realmente rechazo de
Cristo. Esta es la verdad fascinante, y al mismo tiempo exigente, que
Cristo nos descubre y que su Iglesia continúa presentando incansablemente: « El
que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe » (Mt 18,
5); « En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40).
« No habrá ya muerte » (Ap 21, 4): esplendor de la
resurrección
105. La anunciación del ángel a María se encuentra entre estas
confortadoras palabras: « No temas, María » y « Ninguna cosa es imposible para
Dios » (Lc 1, 30.37). En verdad, toda la existencia de la Virgen
Madre está marcada por la certeza de que Dios está a su lado y la acompaña con
su providencia benévola. Esta es también la existencia de la Iglesia, que
encuentra « un lugar » (Ap 12, 6) en el desierto, lugar de la
prueba, pero también de la manifestación del amor de Dios hacia su pueblo (cf. Os 2,
16). María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la
muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han
sido ya derrotadas en El: « Lucharon vida y muerte en singular batalla, y,
muerto el que es la Vida, triunfante se levanta ».141
El Cordero inmolado vive con las señales de la pasión en el esplendor de la resurrección.
Sólo El domina todos los acontecimientos de la historia: desata sus « sellos »
(cf. Ap 5, 1-10) y afirma, en el tiempo y más allá del
tiempo, el poder de la vida sobre la muerte. En la « nueva
Jerusalén », es decir, en el mundo nuevo, hacia el que tiende la historia de
los hombres, « no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos
ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado » (Ap 21, 4).
Y mientras, como pueblo peregrino, pueblo de la vida y para la vida,
caminamos confiados hacia « un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap 21,
1), dirigimos la mirada a aquélla que es para nosotros « señal de esperanza
cierta y de consuelo ».142
Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la
Anunciación del Señor, del año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.
IOANNES PAULUS PP. II
1. En realidad, la expresión « Evangelio de la vida » no se encuentra
como tal en la Sagrada Escritura. Sin embargo, expresa bien un aspecto esencial
del mensaje bíblico.
6. Cf. Carta a todos los Obispos de la Iglesia
sobre la intangibilidad de la vida humana inocente (19 mayo 1991): Insegnamenti XIV,
1 (1991), 1293-1296.
14. Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana
naciente y la dignidad de la procreación: AAS 80 (1988),
70-102.
15. Discurso durante la Vigilia de oración
en la VIII Jornada Mundial de la Juventud (14 agosto 1993), II, 3: AAS 86
(1994), 419.
16. Discurso a los participantes en el Convenio de estudio sobre «El
derecho a la vida y Europa» (18 diciembre 1987): Insegnamenti X,
3 (1987), 1446-1447.
31. Carta a las Familias Gratissimam
sane (2 febrero
1994), 9: AAS 86 ( 1994), 878; cf. Pío XII, Carta enc. Humani generis (12 agosto 1950): AAS 42
(1950), 574.
32. « Animas enim a Deo immediate creari catholica fides nos retinere
iubet »: Pío XII, Carta enc. Humani generis (12 agosto 1950): AAS 42
( 1950), 575.
33. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
50; cf. Exhort, ap, Familiaris consortio (22 noviembre 1981 ), 28: AAS 74
(1982), 114.
39. Cf. S. Juan Damasceno, La fe recta, 2, 12: PG 94,
920.922, citado en S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II,
Prol.
41. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana
naciente y la dignidad de la procreación (22 febrero 1987), Introd., 5: AAS 80
(1988), 76-77; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2258.
42. Didaché, I, 1; II, 1-2; V, 1 y 3: Patres
Apostolici, ed. F.X. Funk, I, 2-3, 6-9, 14-17; cf. Carta del
Pseudo-Bernabé, XIX, 5: l.c., 90-93.
43. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2263-2269; cf, Catecismo del
Concilio de Trento III, 327-332.
45. Cf. S. 'I'omás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 6-1,
a. 7; S. Alfonso de Ligorio, Theologia moralis, I. III, tr. 4, C. 1
dub. 3.
52. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980),
II: AAS 72 ( 1980), 546.
54. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
51: « Abortus necnon infanticidium nefanda sunt crimina ».
57. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre el aborto procurado (18 noviembre 1974), 12-13: AAS 66
(1974), 738.
58. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana
naciente y la dignidad de la procreación (22 febrero 1987), I, 1: AAS 80
(1988), 78-79.
60. Así el profeta Jeremías: « Me fue dirigida la palabra del Señor en
estos términos: "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te
conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones
te constituí" » (1, 4-5). El Salmista, por su parte, se dirige de este
modo al Señor: « En ti tengo mi apoyo desde el seno, tú mi porción desde las
entrañas de mi madre » (Sal 71/70, 6; cf. Is 46,
3; Jb 10, 8-12; Sal 22/21, 10-11). También el
evangelista Lucas -en el magnífico episodio del encuentro de las dos madres,
Isabel y María, y de los hijos, Juan el Bautista y Jesús, ocultos todavía en el
seno materno (cf. 1, 39-45)- señala cómo el niño advierte la venida del Niño y
exulta de alegría.
62. « No matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la vida al
recién nacido »: V, 2, Patres Apostolici, ed. F.X. Funk, I, 17.
66. Discurso a la Unión médico-biológica «S. Lucas» (12 noviembre
1944): Discorsi e radiomessaggi, VI, (1944-1945),191;
cf, Discurso a la Unión Católica Italiana
de Comadronas (29 octubre 1951), 2: AAS 43 (1951), 838.
70. Código de Derecho Canónico, can. 1398; cf. Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 1450 ~ 2.
72. Cf. Discurso al Congreso de la Asociación de Juristas Católicos
Italianos (9 diciembre 1972): AAS 64 (1972), 777; Carta
enc. Humanae vitae (25 julio 1968), 14: AAS 60
( 1968), 490.
74. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana
naciente y la dignidad de la procreación (22 febrero 1987), I, 3: AAS 80
(1988), 80.
75. Cf. Carta de los derechos de la familia (22 octubre 1983), art. 4b,
Tipografía Políglota Vaticana, 1983,
76. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS 72
(1980), 546.
79. Discurso a un grupo internacional de
médicos (24 febrero
1957), III; AAS 49 (1957), 147; Cf.. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona, sobre la eutanasia, III: AAS 72
(1980), 547-548.
80. Pío XII, Discurso a un grupo internacional de
médicos (24 febrero
1957), III: AAS 49 (1957), 145.
81. Cf. Pío XII, Discurso a un grupo internacional de
médicos (24 febrero
1957): AAS 49 (1957), 129-147; Congregación del San
Oficio, Decretum de directa insontium occisione (2 diciembre
1940): AAS 32 ( 1940), 553-554; Pablo VI, Mensaje a la
televisión francesa: « Toda vida es sagrada » (27 enero 1971): Insegnamenti IX
1971 ), 57-58; Discurso al International College of Surgeons (1 junio
1972): AAS 64 (1972), 432-436; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
27.
83. Cf. S. Agustín, De Civitate Dei I, 20: CCL 47,
22; S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 6, a. 5.
84. Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980),
I: AAS 72 (1980), 545; Catecismo de la Iglesia Católica, 2281-2283.
88. Cf, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 46: AAS 83
(1991), 850; Pío XII, Radiomensaje de Navidad (24 diciembre 1944): AAS 37
(1945), 10-20.
90. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana
naciente y la dignidad de la procreación (22 febrero 1987), III; AAS 80
(1988), 98.
94 Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963 ), II: AAS 55
( 1963 ), 273-274; la cita interna está tomada del Radiomensaje de Pentecostés 1941 (1 junio 1941 ) de Pío XII: AAS 33
( 1941 ), 200. Sobre este tema la Encíclica hace referencia en nota a: Pío XI,
Carta enc. Mit brennender Sorge (14 marzo 1937): AAS 29
(1937), 159; Carta enc. Divini Redemptoris (19 marzo 1937), III: AAS 29
(1937), 79; Pío XII, Radiomensaje de Navidad (24 diciembre 1942): AAS 35
(1943), 9-24.
97. Ibid., I-II, q. 95, a. 2. El Aquinate cita a S.. Agustín:
«Non videtur esse lex, quae insta non fuerit», De libero arbitrio,
I, 5, 11: PL 32, 1227.
98. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre el aborto procurado (18 noviembre 1974), 22: AAS 66
(1974), 744.
99. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica,1753-1755; Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 81-82; AAS 85
(1993), 1198-1199.
100. In Iohannis Evangelium Tractatus, 41,10: CCL 36,
363; cf. Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 13: AAS 85
(1993), 1144.
103. Cf. S. Ireneo: « Omnem novitatem attulit, semetipsum afferens, qui
fuerat annuntiatus », Contra las herejías, IV, 34, 1: SCh 100/2,
846-847.
104. Cf. S. Tomás de Aquino « Peccator inveterascit, recedens a novitate
Christi », In Psalmos Davidis lectura, 6, 5.
111. Homilía para la beatificación de Isidoro Bakanja, Elisabetta Canori
Mora y Gianna Beretta Molla (24 abril 1994): L'Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 29 abril 1994, 2.
115. Discurso a la IV Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo (12 octubre 1992), 15: AAS 85
(1993), 819.
116. Cf. Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, l2; Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 90.
118. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
50.
120. Discurso a los participantes en el VII
Simposio de Obispos europeos sobre el tema «Las actitudes contemporáneas ante
el nacimiento y la muerte: un desafío para la evangelización» (17 octubre 1989), 5: Insegnamenti XII,
2 (1989), 945. La tradición bíblica presenta a los hijos precisamente como un
don de Dios (cf. Sal 127/126, 3); y como un signo de su
bendición al hombre que camina por los caminos del Señor (cf. Sal 128/127,
3-4).
125. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
24.
126. Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 17: AAS 83
(1991), 814; Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 95-101: AAS 85
(1993), 1208-1213.
129. Carta con que se instituye la Jornada
Mundial del Enfermo (13 mayo 1992), 2: Insegnamenti XV, 1 (1992),
1440.
130. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
35; Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 15: AAS 59
(1967), 265.
136. Discurso a los participantes en la reunión de estudio sobre el tema
«El derecho a la vida y Europa» (18 diciembre 1987): Insegnamenti X,
3 (1987), 1446.