EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
FAMILIARIS CONSORTIO
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO,
AL CLERO Y A LOS FIELES
DE TODA LA IGLESIA
SOBRE LA MISIÓN
DE LA FAMILIA CRISTIANA
EN EL MUNDO ACTUAL
FAMILIARIS CONSORTIO
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO,
AL CLERO Y A LOS FIELES
DE TODA LA IGLESIA
SOBRE LA MISIÓN
DE LA FAMILIA CRISTIANA
EN EL MUNDO ACTUAL
INTRODUCCIÓN
La Iglesia al servicio de la familia
1. La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna
otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y
rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación
permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la
institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su
cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado
último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes
situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos
fundamentales.
La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno
de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y
ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de
la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la
incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve
injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar.
Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás,
la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del
matrimonio y de la familia[1].
De manera especial se dirige a los jóvenes que están para emprender su
camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin de abrirles nuevos horizontes,
ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al
servicio de la vida.
El Sínodo de 1980 continuación de los Sínodos anteriores
2. Una señal de este profundo interés de la Iglesia por la familia ha
sido el último Sínodo de los Obispos, celebrado en Roma del 26 de septiembre al
25 de octubre de 1980. Fue continuación natural de los anteriores[2].
En efecto, la familia cristiana es la primera comunidad llamada a anunciar el
Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la plena madurez
humana y cristiana, mediante una progresiva educación y catequesis.
Es más, el reciente Sínodo conecta idealmente, en cierto sentido, con el
que abordó el tema del sacerdocio ministerial y de la justicia en el mundo
contemporáneo. Efectivamente, en cuanto comunidad educativa, la familia debe
ayudar al hombre a discernir la propia vocación y a poner todo el empeño
necesario en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio para
unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor.
Los Padres Sinodales, al concluir su Asamblea, me presentaron una larga
lista de propuestas, en las que recogían los frutos de las reflexiones hechas
durante las intensas jornadas de trabajo, a la vez que me pedían, con voto
unánime, que me hiciera intérprete ante la humanidad de la viva solicitud de la
Iglesia en favor de la familia, dando oportunas indicaciones para un renovado
empeño pastoral en este sector fundamental de la vida humana y eclesial.
Al recoger tal deseo mediante la presente Exhortación, como una
actuación peculiar del ministerio apostólico que se me ha encomendado, quiero
expresar mi gratitud a todos los miembros del Sínodo por la preciosa
contribución en doctrina y experiencia que han ofrecido, sobre todo con sus
«propositiones», cuyo texto he confiado al Pontificio Consejo para la Familia,
disponiendo que haga un estudio profundo de las mismas, a fin de valorizar
todos los aspectos de las riquezas allí contenidas.
El bien precioso del matrimonio y de la familia
3. La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer toda la verdad
acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia y acerca de sus
significados más profundos, siente una vez más el deber de anunciar el
Evangelio, esto es, la «buena nueva», a todos indistintamente, en particular a
aquellos que son llamados al matrimonio y se preparan para él, a todos los
esposos y padres del mundo.
Está íntimamente convencida de que sólo con la aceptación del Evangelio
se realiza de manera plena toda esperanza puesta legítimamente en el matrimonio
y en la familia.
Queridos por Dios con la misma creación[3],
matrimonio y familia están internamente ordenados a realizarse en Cristo[4] y
tienen necesidad de su gracia para ser curados de las heridas del pecado[5] y
ser devueltos «a su principio»[6],
es decir, al conocimiento pleno y a la realización integral del designio de
Dios.
En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas
que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de
la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia[7],
siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el
designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena
vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo
a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios.
PRIMERA PARTE
LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA
EN LA ACTUALIDAD
EN LA ACTUALIDAD
Necesidad de conocer la situación
4. Dado que los designios de Dios sobre el matrimonio y la familia
afectan al hombre y a la mujer en su concreta existencia cotidiana, en determinadas
situaciones sociales y culturales, la Iglesia, para cumplir su servicio, debe
esforzarse por conocer el contexto dentro del cual matrimonio y familia se
realizan hoy[8].
Este conocimiento constituye consiguientemente una exigencia
imprescindible de la tarea evangelizadora. En efecto, es a las familias de
nuestro tiempo a las que la Iglesia debe llevar el inmutable y siempre nuevo
Evangelio de Jesucristo; y son a su vez las familias, implicadas en las
presentes condiciones del mundo, las que están llamadas a acoger y a vivir el
proyecto de Dios sobre ellas. Es más, las exigencias y llamadas del Espíritu
Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia, y por
tanto la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable
misterio del matrimonio y de la familia, incluso por las situaciones,
interrogantes, ansias y esperanzas de los jóvenes, de los esposos y de los
padres de hoy[9].
A esto hay que añadir una ulterior reflexión de especial importancia en
los tiempos actuales. No raras veces al hombre y a la mujer de hoy día, que
están en búsqueda sincera y profunda de una respuesta a los problemas
cotidianos y graves de su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen perspectivas
y propuestas seductoras, pero que en diversa medida comprometen la verdad y la
dignidad de la persona humana. Se trata de un ofrecimiento sostenido con
frecuencia por una potente y capilar organización de los medios de comunicación
social que ponen sutilmente en peligro la libertad y la capacidad de juzgar con
objetividad.
Muchos son conscientes de este peligro que corre la persona humana y
trabajan en favor de la verdad. La Iglesia, con su discernimiento evangélico,
se une a ellos, poniendo a disposición su propio servicio a la verdad, libertad
y dignidad de todo hombre y mujer.
Discernimiento evangélico
5. El discernimiento hecho por la Iglesia se convierte en el
ofrecimiento de una orientación, a fin de que se salve y realice la verdad y la
dignidad plena del matrimonio y de la familia.
Tal discernimiento se lleva a cabo con el sentido de la fe[10] que
es un don participado por el Espíritu Santo a todos los fieles[11].
Es por tanto obra de toda la Iglesia, según la diversidad de los diferentes
dones y carismas que junto y según la responsabilidad propia de cada uno,
cooperan para un más hondo conocimiento y actuación de la Palabra de Dios. La
Iglesia, consiguientemente, no lleva a cabo el propio discernimiento evangélico
únicamente por medio de los Pastores, quienes enseñan en nombre y con el poder
de Cristo, sino también por medio de los seglares: Cristo «los constituye sus
testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra
(cfr. Act 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la
virtud del evangelio brille en la vida diaria familiar y social»[12].
Más aún, los seglares por razón de su vocación particular tienen el cometido
específico de interpretar a la luz de Cristo la historia de este mundo, en
cuanto que están llamados a iluminar y ordenar todas las realidades temporales
según el designio de Dios Creador y Redentor.
El «sentido sobrenatural de la fe»[13] no
consiste sin embargo única o necesariamente en el consentimiento de los fieles.
La Iglesia, siguiendo a Cristo, busca la verdad que no siempre coincide con la
opinión de la mayoría. Escucha a la conciencia y no al poder, en lo cual
defiende a los pobres y despreciados. La Iglesia puede recurrir también a la
investigación sociológica y estadística, cuando se revele útil para captar el
contexto histórico dentro del cual la acción pastoral debe desarrollarse y para
conocer mejor la verdad; no obstante tal investigación por sí sola no debe
considerarse, sin más, expresión del sentido de la fe.
Dado que es cometido del ministerio apostólico asegurar la permanencia
de la Iglesia en la verdad de Cristo e introducirla en ella cada vez más
profundamente, los Pastores deben promover el sentido de la fe en todos los
fieles, valorar y juzgar con autoridad la autenticidad de sus expresiones,
educar a los creyentes para un discernimiento evangélico cada vez más maduro[14].
Para hacer un auténtico discernimiento evangélico en las diversas
situaciones y culturas en que el hombre y la mujer viven su matrimonio y su
vida familiar, los esposos y padres cristianos pueden y deben ofrecer su propia
e insustituible contribución. A este cometido les habilita su carisma y don
propio, el don del sacramento del matrimonio[15].
Situación de la familia en el mundo de hoy
6. La situación en que se halla la familia presenta aspectos positivos y
aspectos negativos: signo, los unos, de la salvación de Cristo operante en el
mundo; signo, los otros, del rechazo que el hombre opone al amor de Dios.
En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la libertad
personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en
el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación
responsable, a la educación de los hijos; se tiene además conciencia de la
necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden a una ayuda
recíproca espiritual y material, al conocimiento de la misión eclesial propia
de la familia, a su responsabilidad en la construcción de una sociedad más
justa. Por otra parte no faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación
de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica
de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de
la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que
con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número
cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más
frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia
mentalidad anticoncepcional.
En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una corrupción
de la idea y de la experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad
de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia,
sino como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás,
en orden al propio bienestar egoísta.
Merece también nuestra atención el hecho de que en los países del
llamado Tercer Mundo a las familias les faltan muchas veces bien sea los medios
fundamentales para la supervivencia como son el alimento, el trabajo, la
vivienda, las medicinas, bien sea las libertades más elementales. En cambio, en
los países más ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumista,
paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante el futuro,
quitan a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar nuevas vidas
humanas; y así la vida en muchas ocasiones no se ve ya como una bendición, sino
como un peligro del que hay que defenderse.
La situación histórica en que vive la familia se presenta pues como un
conjunto de luces y sombras.
Esto revela que la historia no es simplemente un progreso necesario
hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de libertad, más aún, un
combate entre libertades que se oponen entre sí, es decir, según la conocida
expresión de san Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor de Dios
llevado hasta el desprecio de sí, y el amor de sí mismo llevado hasta el
desprecio de Dios[16].
Se sigue de ahí que solamente la educación en el amor enraizado en la fe
puede conducir a adquirir la capacidad de interpretar los «signos de los
tiempos», que son la expresión histórica de este doble amor.
Influjo de la situación en la conciencia de los fieles
7. Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas sobre todo de
los medios de comunicación social, los fieles no siempre han sabido ni saben
mantenerse inmunes del oscurecerse de los valores fundamentales y colocarse como
conciencia crítica de esta cultura familiar y como sujetos activos de la
construcción de un auténtico humanismo familiar.
Entre los signos más preocupantes de este fenómeno, los Padres Sinodales
han señalado en particular la facilidad del divorcio y del recurso a una nueva
unión por parte de los mismos fieles; la aceptación del matrimonio puramente
civil, en contradicción con la vocación de los bautizados a «desposarse en el
Señor»; la celebración del matrimonio sacramento no movidos por una fe viva, sino
por otros motivos; el rechazo de las normas morales que guían y promueven el
ejercicio humano y cristiano de la sexualidad dentro del matrimonio.
Nuestra época tiene necesidad de sabiduría
8. Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y de un
compromiso profundos, para que la nueva cultura que está emergiendo sea
íntimamente evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan
los derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las
estructuras mismas de la sociedad. De este modo el «nuevo humanismo» no
apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella
de manera más plena.
En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones
técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades. Sin embargo, la ciencia, como
consecuencia de las opciones politicas que deciden su dirección de
investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado
original, la promoción de la persona humana. Se hace pues necesario recuperar
por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son
los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender el sentido
último de la vida y de sus valores fundamentales es el gran e importante
cometido que se impone hoy día para la renovación de la sociedad. Sólo la
conciencia de la primacía de éstos permite un uso de las inmensas
posibilidades, puestas en manos del hombre por la ciencia; un uso
verdaderamente orientado como fin a la promoción de la persona humana en toda
su verdad, en su libertad y dignidad. La ciencia está llamada a ser aliada de
la sabiduría.
Por tanto se pueden aplicar también a los problemas de la familia las
palabras del Concilio Vaticano II: «Nuestra época, más que ninguna otra, tiene
necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de
la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres
más instruidos en esta sabiduría»[17].
La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de
juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad
original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable.
Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente
reconstituida en la cultura actual. De tal Sabiduría todo hombre ha sido hecho
partícipe por el mismo gesto creador de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a
esta alianza como las familias de hoy estarán en condiciones de influir
positivamente en la construcción de un mundo más justo y fraterno.
Gradualidad y conversión
9. A la injusticia originada por el pecado —que ha penetrado
profundamente también en las estructuras del mundo de hoy— y que con frecuencia
pone obstáculos a la familia en la plena realización de sí misma y de sus
derechos fundamentales, debemos oponernos todos con una conversión de la mente
y del corazón, siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia al propio egoísmo:
semejante conversión no podrá dejar de ejercer una influencia beneficiosa y
renovadora incluso en las estructuras de la sociedad.
Se pide una conversión continua, permanente, que, aunque exija el
alejamiento interior de todo mal y la adhesión al bien en su plenitud, se actúa
sin embargo concretamente con pasos que conducen cada vez más lejos. Se
desarrolla así un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva
integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y
absoluto en toda la vida personal y social del hombre. Por esto es necesario un
camino pedagógico de crecimiento con el fin de que los fieles, las familias y
los pueblos, es más, la misma civilización, partiendo de lo que han recibido ya
del misterio de Cristo, sean conducidos pacientemente más allá hasta llegar a
un conocimiento más rico y a una integración más plena de este misterio en su
vida.
Inculturación
10. Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia el aceptar
de las culturas de los pueblos, todo aquello que está en condiciones de
expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo[18].
Sólo con el concurso de todas las culturas, tales riquezas podrán manifestarse
cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada
día más completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya enteramente
por su Señor.
Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el
Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia
Universal se deberá proseguir en el estudio, en especial por parte de las
Conferencias Episcopales y de los Dicasterios competentes de la Curia Romana, y
en el empeño pastoral para que esta «inculturación» de la fe cristiana se lleve
a cabo cada vez más ampliamente, también en el ámbito del matrimonio y de la
familia.
Es mediante la «inculturación» como se camina hacia la reconstitución
plena de la alianza con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia
entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de
tecnología, abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos
valores morales.
Para que sea clara la meta y, consiguientemente, quede indicado con
seguridad el camino, el Sínodo justamente ha considerado a fondo en primer
lugar el proyecto original de Dios acerca del matrimonio y de la familia: ha
querido «volver al principio», siguiendo las enseñanzas de Cristo[19].
SEGUNDA PARTE
EL DESIGNIO DE DIOS
SOBRE EL MATRIMONIO
Y LA FAMILIA
SOBRE EL MATRIMONIO
Y LA FAMILIA
El hombre imagen de Dios Amor
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza[20]:
llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo
tiempo al amor.
Dios es amor[21] y
vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su
imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad
del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la
responsabilidad del amor y de la comunión[22].
El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo
informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su
totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se
hace partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar
integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la
Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una
concretización de la verdad más profunda del hombre, de su «ser imagen de
Dios».
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se
dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo
puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en
cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es
parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen
totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si
no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona,
incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la
posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría
totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con
las exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar
una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y
toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es
necesaria la contribución perdurable y concorde de los padres.
El único «lugar» que hace posible esta donación total es el matrimonio,
es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que
el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por
Dios mismo[23],
que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La institución
matrimonial no es una ingerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni
la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de
amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea
vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta fidelidad,
lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo
y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora.
Matrimonio y comunión entre Dios y los hombres
12. La comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido fundamental
de la Revelación y de la experiencia de fe de Israel, encuentra una
significativa expresión en la alianza esponsal que se establece entre el hombre
y la mujer.
Por esta razón, la palabra central de la Revelación, «Dios ama a su
pueblo», es pronunciada a través de las palabras vivas y concretas con que el
hombre y la mujer se declaran su amor conyugal.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que
une a Dios con su pueblo[24].
El mismo pecado que puede atentar contra el pacto conyugal se convierte en
imagen de la infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría es prostitución[25],
la infidelidad es adulterio, la desobediencia a la ley es abandono del amor
esponsal del Señor. Pero la infidelidad de Israel no destruye la fidelidad
eterna del Señor y por tanto el amor siempre fiel de Dios se pone como ejemplo
de las relaciones de amor fiel que deben existir entre los esposos[26].
Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el sacramento del matrimonio
13. La comunión entre Dios y los hombres halla su cumplimiento
definitivo en Cristo Jesús, el Esposo que ama y se da como Salvador de la
humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo.
Él revela la verdad original del matrimonio, la verdad del «principio»[27] y,
liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla
plenamente.
Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el
Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el
sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la cruz por su Esposa, la
Iglesia. En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha
impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación[28];
el matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva
y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde
el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse
como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que
está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y
específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma
caridad de Cristo que se dona sobre la cruz.
En una página justamente famosa, Tertuliano ha expresado acertadamente
la grandeza y belleza de esta vida conyugal en Cristo: «¿Cómo lograré exponer
la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia favorece, que la ofrenda
eucarística refuerza, que la bendición sella, que los ángeles anuncian y que el
Padre ratifica? ... ¡Qué yugo el de los dos fieles unidos en una sola
esperanza, en un solo propósito, en una sola observancia, en una sola
servidumbre! Ambos son hermanos y los dos sirven juntos; no hay división ni en
la carne ni en el espíritu. Al contrario, son verdaderamente dos en una sola
carne y donde la carne es única, único es el espíritu»[29].
La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha
enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizados es uno de
los siete sacramentos de la Nueva Alianza[30].
En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer son inseridos
definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de Cristo
con la Iglesia. Y debido a esta inserción indestructible, la comunidad íntima
de vida y de amor conyugal, fundada por el Creador[31],
es elevada y asumida en la caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida
por su fuerza redentora.
En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan
vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca
pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma
relación de Cristo con la Iglesia.
Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo
que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de
la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes. De este
acontecimiento de salvación el matrimonio, como todo sacramento, es memorial,
actualización y profecía; «en cuanto memorial, el sacramento les da la gracia y
el deber de recordar las obras grandes de Dios, así como de dar testimonio de
ellas ante los hijos; en cuanto actualización les da la gracia y el deber de
poner por obra en el presente, el uno hacia el otro y hacia los hijos, las
exigencias de un amor que perdona y que redime; en cuanto profecía les da la
gracia y el deber de vivir y de testimoniar la esperanza del futuro encuentro
con Cristo»[32].
Al igual que cada uno de los siete sacramentos, el matrimonio es también
un símbolo real del acontecimiento de la salvación, pero de modo propio. «Los
esposos participan en cuanto esposos, los dos, como pareja, hasta tal punto que
el efecto primario e inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es
la gracia sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal cristiano, una comunión
en dos típicamente cristiana, porque representa el misterio de la Encarnación
de Cristo y su misterio de Alianza. El contenido de la participación en la vida
de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la
que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del
instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y
de la voluntad—; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la
unión en una sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola
alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación reciproca definitiva
y se abre a la fecundidad (cfr. Humanae vitae, 9). En una palabra, se trata de
características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado
nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino que las eleva hasta el punto
de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos»[33].
Los hijos, don preciosísimo del matrimonio
14. Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad
más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor
conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que
encuentran su coronación[34].
En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el amor
conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco «conocimiento» que
les hace «una sola carne»[35],
no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación
posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida
a una nueva persona humana. De este modo los cónyuges, a la vez que se dan
entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de
su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable
del padre y de la madre.
Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva
responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo
visible del mismo amor de Dios, «del que proviene toda paternidad en el cielo y
en la tierra»[36].
Sin embargo, no se debe olvidar que incluso cuando la procreación no es
posible, no por esto pierde su valor la vida conyugal. La esterilidad física,
en efecto, puede dar ocasión a los esposos para otros servicios importantes a
la vida de la persona humana, como por ejemplo la adopción, la diversas formas
de obras educativas, la ayuda a otras familias, a los niños pobres o
minusválidos.
La familia, comunión de personas
15. En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de
relaciones interpersonales —relación conyugal, paternidad-maternidad,
filiación, fraternidad— mediante las cuales toda persona humana queda
introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que es la
Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en efecto,
dentro de la familia la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente
introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante
la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también
en la familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida en su
unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo[37].
El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este
acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la
inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre y a la
mujer, alcanza de este modo su verdad y realización plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento, su cuna y
el lugar donde puede actuar la propia inserción en las generaciones humanas, y
éstas, a su vez, en la Iglesia.
Matrimonio y virginidad
16. La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no
contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman.
El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único
Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el
matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la
sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde
significado la renuncia por el Reino de los cielos.
En efecto, dice acertadamente San Juan Crisóstomo: «Quien condena el
matrimonio, priva también la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo
alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece un bien
solamente en comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor
aún que bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado
superlativo»[38].
En la virginidad el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de
las bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la
Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la
vida eterna. La persona virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de la
resurrección futura[39].
En virtud de este testimonio, la virginidad mantiene viva en la Iglesia
la conciencia del misterio del matrimonio y lo defiende de toda reducción y
empobrecimiento.
Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre[40],
«hasta encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos los hombres»[41],
la virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla
preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más,
que hay que buscarlo como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia,
durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma
frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino
de Dios[42].
Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se
hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la
realización de la familia según el designio de Dios.
Los esposos cristianos tienen pues el derecho de esperar de las personas
vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la
muerte. Así como para los esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige
sacrificio, mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las
personas vírgenes. La fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas, debe
edificar la fidelidad de aquéllos[43].
Estas reflexiones sobre la virginidad pueden iluminar y ayudar a
aquellos que por motivos independientes de su voluntad no han podido casarse y
han aceptado posteriormente su situación en espíritu de servicio.
TERCERA PARTE
MISIÓN DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
17. En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no
sólo su «identidad», lo que «es», sino también su «misión», lo que puede y debe
«hacer». El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar
en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y
existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada
imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia,
¡«sé» lo que «eres»!
Remontarse al «principio» del gesto creador de Dios es una necesidad
para la familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no
sólo de su ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el
designio divino, está constituida como «íntima comunidad de vida y de amor»[44],
la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad
de vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y
redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una perspectiva que
además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y
el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por
esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el
amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la
humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa.
Todo cometido particular de la familia es la expresión y la actuación
concreta de tal misión fundamental. Es necesario por tanto penetrar más a fondo
en la singular riqueza de la misión de la familia y sondear sus múltiples y
unitarios contenidos.
En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, el
reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos generales de la familia:
1) formación de una comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.
I - FORMACIÓN DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de
personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de
los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la
comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de
personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal
cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de
personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y
perfeccionarse como comunidad de personas. Cuanto he escrito en la
encíclica Redemptor hominis encuentra su originalidad y
aplicación privilegiada precisamente en la familia en cuanto tal: «El hombre no
puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida
está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con
el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él
vivamente»[45].
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada
y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e
hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e
impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a
una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y
alma de la comunidad conyugal y familiar.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los
cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya
dos, sino una sola carne»[46] y
están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad
cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que
existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal
de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que
son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia
profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana,
la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el
sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración
sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de
amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la
Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos
cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día
progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles
—del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma[47]—,
revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la
gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia;
ésta, en efecto, niega directamente el designio de Dios tal como es revelado
desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre
y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo
único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad matrimonial
confirmada por el Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad
personal del hombre y de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno
amor»[48].
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino
también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de
dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de
los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho
los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a
cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a
una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que
rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso
de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la
perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por
el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última
en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la
indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor
absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su
Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón
del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio
ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la
«dureza de corazón»[51],
sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo
de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el
«testigo fiel»[52],
es el «sí» de las promesas de Dios[53] y
consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la
que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a
participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la
Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los
esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de
toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor:
«lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad
matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas
cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el
Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a
las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y
desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y
valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo
pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la
incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a
cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de
aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con
la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión:
también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo
tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los
pastores y por los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va
edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos,
de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás
familiares.
Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la
sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en
el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del
espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos
miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la
comunión y la comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una
nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana. En
realidad la gracia de Cristo, «el Primogénito entre los hermanos»[56],
es por su naturaleza y dinamismo interior una «gracia fraterna como la llama
santo Tomás de Aquino[57].
El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz
viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que acomuna y vincula
a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una
revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por
la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse «Iglesia
doméstica»[58].
Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen
la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las
personas, haciendo de la familia una «escuela de humanidad más completa y más
rica»[59]:
es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y
los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los
bienes, alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal comunión está constituido por
el intercambio educativo entre padres e hijos[60],
en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la obediencia a los
padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la
edificación de una familia auténticamente humana y cristiana[61].
En esto se verán facilitados si los padres ejercen su autoridad irrenunciable
como un verdadero y propio «ministerio», esto es, como un servicio ordenado al
bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles
adquirir una libertad verdaderamente responsable, y también si los padres
mantienen viva la conciencia del «don» que continuamente reciben de los hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un
gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa
disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al
perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el
desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren
mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de
división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada
por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la
«reconciliación», esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente
encontrada. En particular la participación en el sacramento de la
reconciliación y en el banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia
cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda división y caminar
hacia la plena verdad de la comunión querida por Dios, respondiendo así al
vivísimo deseo del Señor: que todos «sean una sola cosa»[62].
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de
personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger,
respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de
personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado justamente
los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las relaciones
conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y vocación de
cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante el don sincero
de sí mismas[63].
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención
privilegiada a la mujer, a sus derechos y deberes en la familia y en la
sociedad. En la misma perspectiva deben considerarse también el hombre como
esposo y padre, el niño y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y
responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular
de realización en la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos,
donación propia del matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana
intuye y reconoce, es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto,
la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad
de la mujer.
Creando al hombre «varón y mujer»[64],
Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer,
enriqueciéndolos con los derechos inalienables y con las responsabilidades que
son propias de la persona humana. Dios manifiesta también de la forma más
elevada posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de
María Virgen, que la Iglesia honra como Madre de Dios, llamándola la nueva Eva
y proponiéndola como modelo de la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús
hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana
de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a
las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles, son
signos que confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer. Dirá el
Apóstol Pablo: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No
hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque
todos sois uno en Cristo Jesús»[65].
Mujer y sociedad
23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del amplio y
complejo tema de las relaciones mujer-sociedad, sino limitándonos a algunos
puntos esenciales, no se puede dejar de observar cómo en el campo más
específicamente familiar una amplia y difundida tradición social y cultural ha
querido reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin abrirla
adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en general al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de
la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas.
Por otra parte, la verdadera promoción de la mujer exige también que sea
claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las
demás funciones públicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales
funciones y profesiones deben integrarse entre sí, si se quiere que la
evolución social y cultural sea verdadera y plenamente humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una renovada
«teología del trabajo» ilumina y profundiza el significado del mismo en la vida
cristiana y determina el vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la
familia, y por consiguiente el significado original e insustituible del trabajo
de la casa y la educación de los hijos[66].
Por ello la Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad actual, pidiendo
incansablemente que el trabajo de la mujer en casa sea reconocido por todos y
estimado por su valor insustituible. Esto tiene una importancia especial en la
acción educativa; en efecto, se elimina la raíz misma de la posible
discriminación entre los diversos trabajos y profesiones cuando resulta
claramente que todos y en todos los sectores se empeñan con idéntico derecho e
idéntica responsabilidad. Aparecerá así más espléndida la imagen de Dios en el
hombre y en la mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el
derecho de acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin
embargo estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de
hecho obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan
vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia
familia.
Se debe superar además la mentalidad según la cual el honor de la mujer
deriva más del trabajo exterior que de la actividad familiar. Pero esto exige
que los hombres estimen y amen verdaderamente a la mujer con todo el respeto de
su dignidad personal, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones
adecuadas para el trabajo doméstico.
La Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación del hombre y
de la mujer, debe promover en la medida de lo posible en su misma vida su
igualdad de derechos y de dignidad; y esto por el bien de todos, de la familia,
de la sociedad y de la Iglesia.
Es evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer la
renuncia a su feminidad ni la imitación del carácter masculino, sino la
plenitud de la verdadera humanidad femenina tal como debe expresarse en su
comportamiento, tanto en familia como fuera de ella, sin descuidar por otra
parte en este campo la variedad de costumbres y culturas.
Ofensas a la dignidad de la mujer
24. Desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad de la mujer
halla oposición en la persistente mentalidad que considera al ser humano no
como persona, sino como cosa, como objeto de compraventa, al servicio del
interés egoísta y del solo placer; la primera víctima de tal mentalidad es la
mujer.
Esta mentalidad produce frutos muy amargos, como el desprecio del hombre
y de la mujer, la esclavitud, la opresión de los débiles, la pornografía, la
prostitución —tanto más cuando es organizada— y todas las diferentes
discriminaciones que se encuentran en el ámbito de la educación, de la
profesión, de la retribución del trabajo, etc.
Además, todavía hoy, en gran parte de nuestra sociedad permanecen muchas
formas de discriminación humillante que afectan y ofenden gravemente algunos
grupos particulares de mujeres como, por ejemplo, las esposas que no tienen
hijos, las viudas, las separadas, las divorciadas, las madres solteras.
Estas y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la fuerza
posible por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que por parte de todos se
desarrolle una acción pastoral específica más enérgica e incisiva, a fin de que
estas situaciones sean vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la
plena estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres humanos sin
excepción alguna.
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está
llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.
Él ve en la esposa la realización del designio de Dios: «No es bueno que
el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»[67],
y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: «Esta vez sí que es hueso
de mis huesos y carne de mi carne»[68].
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo
respeto por la igual dignidad de la mujer: «No eres su amo —escribe san
Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer...
Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor»[69].
El hombre debe vivir con la esposa «un tipo muy especial de amistad personal»[70].
El cristiano además está llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo,
manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que Cristo
tiene a la Iglesia[71].
El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el
camino natural para la comprensión y la realización de su paternidad. Sobre
todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a
un cierto desinterés respecto de la familia o bien a una presencia menor en la
acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la
convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de
una importancia única e insustituible[72].
Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios
psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones
familiares, como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del
padre, especialmente donde todavía vige el fenómeno del «machismo», o sea, la
superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas que humillan a la mujer e
inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios[73],
el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros
de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por
la vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más
solícito y compartido con la propia esposa[74],
un trabajo que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su
cohesión y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca más
eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención
especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad
personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto
vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño
es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.
Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño que
viene a este mundo, la Iglesia cumple una misión fundamental. En efecto, está
llamada a revelar y a proponer en la historia el ejemplo y el mandato de
Cristo, que ha querido poner al niño en el centro del Reino de Dios: «Dejad que
los niños vengan a mí, ... que de ellos es el reino de los cielos»[75].
Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las Naciones
Unidas, el 2 de octubre de 1979: «Deseo ... expresar el gozo que para cada uno
de nosotros constituyen los niños, primavera de la vida, anticipo de la
historia futura de cada una de las patrias terrestres actuales. Ningún país del
mundo, ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, si no es a
través de la imagen de estas nuevas generaciones que tomarán de sus padres el
múltiple patrimonio de los valores, de los deberes y de las aspiraciones de la
nación a la que pertenecen, junto con el de toda la familia humana. La
solicitud por el niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer momento
de su concepción y, a continuación, en los años de la infancia y de la juventud
es la verificación primaria y fundamental de la relación del hombre con el
hombre. Y por eso, ¿qué más se podría desear a cada nación y a toda la
humanidad, a todos los niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el
respeto de los Derechos del Hombre llegue a ser una realidad plena en las
dimensiones del 2000 que se acerca?»[76].
La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario
—material, afectivo, educativo, espiritual— a cada niño que viene a este mundo,
deberá constituir siempre una nota distintiva e irrenunciable de los
cristianos, especialmente de las familias cristianas; así los niños, a la vez
que crecen «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres»[77],
serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la
misma santificación de los padres[78].
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular veneración y un gran amor
por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o de ser soportado como un
peso inútil, el anciano permanece inserido en la vida familiar, sigue tomando
parte activa y responsable —aun debiendo respetar la autonomía de la nueva
familia— y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo del pasado e
inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un
desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando
a los ancianos a formas inaceptables de marginación, que son fuente a la vez de
agudos sufrimientos para ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para
tantas familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule a todos a
descubrir y a valorar los cometidos de los ancianos en la comunidad civil y
eclesial, y en particular en la familia. En realidad, «la vida de los ancianos
ayuda a clarificar la escala de valores humanos; hace ver la continuidad de las
generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia del Pueblo de
Dios. Los ancianos tienen además el carisma de romper las barreras entre las
generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos niños han hallado comprensión
y amor en los ojos, palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor
no ha subscrito con agrado las palabras inspiradas "la corona de los
ancianos son los hijos de sus hijos" (Prov 17, 6)!»[79].
II - SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida.
Cooperadores del amor de Dios Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y
semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una
especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y
Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de
la vida humana: «Y bendíjolos Dios y les dijo: " Sed fecundos y
multiplicaos y henchid la tierra y sometedla"»[80].
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el
realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador,
transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre[81].
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio
vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos: «El cultivo auténtico del
amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin
dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos
para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador,
quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente su propia familia»[82].
La fecundidad del amor conyugal no se reduce sin embargo a la sola
procreación de los hijos, aunque sea entendida en su dimensión específicamente
humana: se amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual
y sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por
medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.
La doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los esposos es una participación
singular en el misterio de la vida y del amor de Dios mismo, la Iglesia sabe
que ha recibido la misión especial de custodiar y proteger la altísima dignidad
del matrimonio y la gravísima responsabilidad de la transmisión de la vida
humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva de la comunidad eclesial a
través de la historia, el reciente Concilio Vaticano II y el magisterio de mi
predecesor Pablo VI, expresado sobre todo en la encíclica Humanae vitae, han transmitido a nuestro tiempo un
anuncio verdaderamente profético, que reafirma y propone de nuevo con claridad
la doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia sobre el
matrimonio y sobre la transmisión de la vida humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea declararon
textualmente: «Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el
sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha sido propuesto en el Concilio
Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 50) y después en la encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el amor conyugal
debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida (Humanae vitae, n. 11 y cfr. 9 y 12)»[83].
La Iglesia en favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y
cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e
insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo
acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla
solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino también una
angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un
bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a
otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel,
cuyos terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son los únicos
destinatarios de las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los
cuales imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros todavía,
cautivos como son de la mentalidad consumista y con la única preocupación de un
continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y por
consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón
última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de
Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los
puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality),
como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto
pánico derivado de los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la
demografía, que a veces exageran el peligro que representa el incremento
demográfico para la calidad de la vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma,
es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el
egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada
vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel «Sí», de aquel «Amén» que es
Cristo mismo[84].
Al «no» que invade y aflige al mundo, contrapone este «Sí» viviente,
defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la
vida.
La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un
convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y
defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de
desarrollo en que se encuentre.
Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a
la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades
públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en
la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y
rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en
favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado.
Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en
las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción
de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo,
esterilización y aborto procurado[85].
Para que el plan divino sea realizado cada vez más plenamente
31. La Iglesia es ciertamente consciente también de los múltiples y
complejos problemas que hoy, en muchos países, afectan a los esposos en su
cometido de transmitir responsablemente la vida. Conoce también el grave
problema del incremento demográfico como se plantea en diversas partes de
mundo, con las implicaciones morales que comporta.
Ella cree, sin embargo, que una consideración profunda de todos los
aspectos de tales problemas ofrece una nueva y más fuerte confirmación de la
importancia de la doctrina auténtica acerca de la regulación de la natalidad,
propuesta de nuevo en el Concilio Vaticano II y en la encíclica Humanae vitae.
Por esto, junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de dirigir
una acuciante invitación a los teólogos a fin de que, uniendo sus fuerzas para
colaborar con el magisterio jerárquico, se comprometan a iluminar cada vez
mejor los fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y las razones
personalistas de esta doctrina. Así será posible, en el contexto de una
exposición orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en este importante
capítulo sea verdaderamente accesible a todos los hombres de buena voluntad,
facilitando su comprensión cada vez más luminosa y profunda; de este modo el
plan divino podrá ser realizado cada vez más plenamente, para la salvación del
hombre y gloria del Creador.
A este respecto, el empeño concorde de los teólogos, inspirado por la
adhesión convencida al Magisterio, que es la única guía auténtica del Pueblo de
Dios, presenta una urgencia especial también a causa de la relación íntima que
existe entre la doctrina católica sobre este punto y la visión del hombre que
propone la Iglesia. Dudas o errores en el ámbito matrimonial o familiar llevan
a una ofuscación grave de la verdad integral sobre el hombre, en una situación
cultural que muy a menudo es confusa y contradictoria. La aportación de
iluminación y profundización, que los teólogos están llamados a ofrecer en el
cumplimiento de su cometido específico, tiene un valor incomparable y
representa un servicio singular, altamente meritorio, a la familia y a la
humanidad.
En la visión integral del hombre y de su vocación
32. En el contexto de una cultura que deforma gravemente o incluso
pierde el verdadero significado de la sexualidad humana, porque la desarraiga
de su referencia a la persona, la Iglesia siente más urgente e insustituible su
misión de presentar la sexualidad como valor y función de toda la persona
creada, varón y mujer, a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente que
«cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de
la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera
intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios
objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios
que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana
procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar
sinceramente la virtud de la castidad conyugal»[86].
Es precisamente partiendo de la «visión integral del hombre y de su
vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna»[87],
por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia «está fundada sobre
la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por
propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado
unitivo y el significado procreador»[88].
Y concluyó recalcando que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta,
«toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en
el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como
medio, hacer imposible la procreación»[89].
Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan
estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de
la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como «árbitros»
del designio divino y «manipulan» y envilecen la sexualidad humana, y con ella
la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación «total». Así, al
lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el
anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir,
el de no darse al otro totalmente: se produce, no sólo el rechazo positivo de
la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del
amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a períodos de
infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y
procreador de la sexualidad humana, se comportan como «ministros» del designio
de Dios y «se sirven» de la sexualidad según el dinamismo original de la
donación «total», sin manipulaciones ni alteraciones[90].
A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y de los
datos de las diversas ciencias humanas, la reflexión teológica puede captar y
está llamada a profundizar la diferencia antropológica y al mismo
tiempo moral, que existe entre el anticoncepcionismo y el recurso a los
ritmos temporales. Se trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de
lo que habitualmente se cree, y que implica en resumidas cuentas dos
concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre
sí. La elección de los ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de la
persona, es decir de la mujer, y con esto la aceptación también del diálogo,
del respeto recíproco, de la responsabilidad común, del dominio de sí mismo.
Aceptar el tiempo y el diálogo significa reconocer el carácter espiritual y a
la vez corporal de la comunión conyugal, como también vivir el amor personal en
su exigencia de fidelidad. En este contexto la pareja experimenta que la
comunión conyugal es enriquecida por aquellos valores de ternura y afectividad,
que constituyen el alma profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión
física. De este modo la sexualidad es respetada y promovida en su dimensión
verdadera y plenamente humana, no «usada» en cambio como un «objeto» que,
rompiendo la unidad personal de alma y cuerpo, contradice la misma creación de
Dios en la trama más profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como
Maestra y Madre.
Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la transmisión
responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora
ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja
en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta
la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder
las exigencias de radicalidad y de perfección.
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que
se encuentran en dificultad sobre este importante punto de la vida moral;
conoce bien su situación, a menudo muy ardua y a veces verdaderamente
atormentada por dificultades de todo tipo, no sólo individuales sino también
sociales; sabe que muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la
realización concreta, sino también para la misma comprensión de los valores
inherentes a la norma moral.
Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por esto, la
Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales
dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamas la
verdad. En efecto, está convencida de que no puede haber verdadera
contradicción entre la ley divina de la transmisión de la vida y la de
favorecer el auténtico amor conyugal[91].
Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y nunca
separada de su doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi
predecesor: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma
de caridad eminente hacia las almas»[92].
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su realismo y su
sabiduría solamente desarrollando un compromiso tenaz y valiente en crear y
sostener todas aquellas condiciones humanas —psicológicas, morales y
espirituales— que son indispensables para comprender y vivir el valor y la
norma moral.
No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la
constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza
filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a la oración y a los
sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación[93].
Confortados así, los esposos cristianos podrán mantener viva la conciencia de
la influencia singular que la gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre
todas las realidades de la vida conyugal, y por consiguiente también sobre su
sexualidad: el don del Espíritu, acogido y correspondido por los esposos, les
ayuda a vivir la sexualidad humana según el plan de Dios y como signo del amor
unitivo y fecundo de Cristo por su Iglesia.
Pero entre las condiciones necesarias está también el conocimiento de la
corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En tal sentido conviene hacer lo
posible para que semejante conocimiento se haga accesible a todos los esposos,
y ante todo a las personas jóvenes, mediante una información y una educación
clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de expertos. El
conocimiento debe desembocar además en la educación al autocontrol; de ahí la
absoluta necesidad de la virtud de la castidad y de la educación permanente en
ella. Según la visión cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo
ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual
que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y
sabe promoverlo hacia su realización plena.
Pablo VI, con intuición profunda de sabiduría y amor, no hizo más que
escuchar la experiencia de tantas parejas de esposos cuando en su encíclica
escribió: «El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre,
impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones
afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y
particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia
de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere
un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su
influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan integralmente su personalidad,
enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de
serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo
la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del
verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres
adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a
los hijos»[94].
Itinerario moral de los esposos
34. Es siempre muy importante poseer una recta concepción del orden
moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta, cuanto más numerosas y
graves se hacen las dificultades para respetarlos.
El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio de Dios
Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni algo impersonal; al
contrario, respondiendo a las exigencias más profundas del hombre creado por
Dios, se pone al servicio de su humanidad plena, con el amor delicado y
vinculante con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su
felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y
amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye día a día con sus
opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral
según diversas etapas de crecimiento.
También los esposos, en el ámbito de su vida moral, están llamados a un
continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y activo de conocer cada vez
mejor los valores que la ley divina tutela y promueve, y por la voluntad recta
y generosa de encarnarlos en sus opciones concretas.
Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se
puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de
Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. «Por ello la llamada
"ley de gradualidad" o camino gradual no puede identificarse con la
"gradualidad de la ley", como si hubiera varios grados o formas de
precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los
esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio,
y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se
encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno,
confiando en la gracia divina y en la propia voluntad»[95].
En la misma línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que los esposos
reconozcan ante todo claramente la doctrina de la Humanae vitae como normativa para el ejercicio
de su sexualidad y se comprometan sinceramente a poner las condiciones
necesarias para observar tal norma.
Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda la vida
conyugal. Por esto la función de transmitir la vida debe estar integrada en la
misión global de toda la vida cristiana, la cual sin la cruz no puede llegar a
la resurrección. En semejante contexto se comprende cómo no se puede quitar de
la vida familiar el sacrificio, es más, se debe aceptar de corazón, a fin de
que el amor conyugal se haga más profundo y sea fuente de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información, educación idónea de los
sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la pastoral familiar;
todos ellos podrán ayudar a los esposos en su itinerario humano y espiritual,
que comporta la conciencia del pecado, el compromiso sincero a observar la ley
moral y el ministerio de la reconciliación. Conviene también tener presente que
en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de dos personas,
llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y de comportamiento. Esto
exige no poca paciencia, simpatía y tiempo. Singular importancia tiene en este
campo la unidad de juicios morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad
debe ser buscada y asegurada cuidadosamente, para que los fieles no tengan que
sufrir ansiedades de conciencia[96].
El camino de los esposos será pues más fácil si, con estima de la
doctrina de la Iglesia y con confianza en la gracia de Cristo, ayudados y
acompañados por los pastores de almas y por la comunidad eclesial entera, saben
descubrir y experimentar el valor de liberación y promoción del amor auténtico,
que el Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone.
Suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas
35. Ante el problema de una honesta regulación de la natalidad, la
comunidad eclesial, en el tiempo presente, debe preocuparse por suscitar
convicciones y ofrecer ayudas concretas a quienes desean vivir la paternidad y
la maternidad de modo verdaderamente responsable.
En este campo, mientras la Iglesia se alegra de los resultados
alcanzados por las investigaciones científicas para un conocimiento más preciso
de los ritmos de fertilidad femenina y alienta a una más decisiva y amplia
extensión de tales estudios, no puede menos de apelar, con renovado vigor, a la
responsabilidad de cuantos —médicos, expertos, consejeros matrimoniales,
educadores, parejas— pueden ayudar efectivamente a los esposos a vivir su amor,
respetando la estructura y finalidades del acto conyugal que lo expresa. Esto
significa un compromiso más amplio, decisivo y sistemático en hacer conocer,
estimar y aplicar los métodos naturales de regulación de la fertilidad[97].
Un testimonio precioso puede y debe ser dado por aquellos esposos que,
mediante el compromiso común de la continencia periódica, han llegado a una
responsabilidad personal más madura ante el amor y la vida. Como escribía Pablo
VI, «a ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres
la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su
cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana»[98].
2) La educación.
El derecho-deber educativo de los padres
36. La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación primordial de los
esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el amor
y por amor una nueva persona, que tiene en sí la vocación al crecimiento y al
desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarla eficazmente a vivir
una vida plenamente humana. Como ha recordado el Concilio Vaticano II: «Puesto
que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de
educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y
principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de
tanta transcendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues,
deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la
piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra
personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de
las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan»[99].
El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial,
relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original
y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la
relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible
e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente
delegado o usurpado por otros.
Por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento
más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor
paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización,
al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se
transforma de fuente en alma, y por consiguiente,
en norma, que inspira y guía toda la acción educativa concreta,
enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio,
desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor.
Educar en los valores esenciales de la vida humana
37. Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la
acción educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía
en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una
justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo
y austero, convencidos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que
tiene»[100].
En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa
del choque entre los diversos individualismos y egoísmos, los hijos deben
enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al
respeto de la dignidad personal de cada uno, sino también y más aún del sentido
del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los
demás, especialmente a los más pobres y necesitados. La familia es la primera y
fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don
de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor
mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber
en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones
que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida
cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad,
representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa,
responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.
La educación para el amor como don de sí mismo constituye también la
premisa indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación
sexual clara y delicada. Ante una cultura que «banaliza» en gran parte
la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y
empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el
servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea
verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de
toda la persona —cuerpo, sentimiento y espíritu— y manifiesta su significado
íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe
realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los
centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la Iglesia
reafirma la ley de la subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando
coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los
padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la
castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y
la hace capaz de respetar y promover el «significado esponsal» del cuerpo. Más
aún, los padres cristianos reserven una atención y cuidado especial
—discerniendo los signos de la llamada de Dios— a la educación para la
virginidad, como forma suprema del don de uno mismo que constituye el sentido
mismo de la sexualidad humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de la
persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a los hijos a conocer
y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un
crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de información
sexual separado de los principios morales y tan frecuentemente difundido, el
cual no sería más que una introducción a la experiencia del placer y un
estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los
años de la inocencia.
Misión educativa y sacramento del matrimonio
38. Para los padres cristianos la misión educativa, basada como se ha
dicho en su participación en la obra creadora de Dios, tiene una fuente nueva y
específica en el sacramento del matrimonio, que los consagra a la educación
propiamente cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la
misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como del
amor materno de la Iglesia, y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y
en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a los hijos en su
crecimiento humano y cristiano.
El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la dignidad y la
llamada a ser un verdadero y propio «ministerio» de la Iglesia al servicio de
la edificación de sus miembros. Tal es la grandeza y el esplendor del
ministerio educativo de los padres cristianos, que santo Tomás no duda en
compararlo con el ministerio de los sacerdotes: «Algunos propagan y conservan
la vida espiritual con un ministerio únicamente espiritual: es la tarea del
sacramento del orden; otros hacen esto respecto de la vida a la vez corporal y
espiritual, y esto se realiza con el sacramento del matrimonio, en
el que el hombre y la mujer se unen para engendrar la prole y educarla en el
culto a Dios»[101].
La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el sacramento
del matrimonio ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran serenidad y
confianza al servizio educativo de los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse
responsables ante Dios que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los
hijos. Así la familia de los bautizados, convocada como iglesia doméstica por
la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la gran Iglesia,
maestra y madre.
La primera experiencia de Iglesia
39. La misión de la educación exige que los padres cristianos propongan
a los hijos todos los contenidos que son necesarios para la maduración gradual
de su personalidad desde un punto de vista cristiano y eclesial. Seguirán pues
las líneas educativas recordadas anteriormente, procurando mostrar a los hijos
a cuán profundos significados conducen la fe y la caridad de Jesucristo.
Además, la conciencia de que el Señor confía a ellos el crecimiento de un hijo
de Dios, de un hermano de Cristo, de un templo del Espíritu Santo, de un
miembro de la Iglesia, alentará a los padres cristianos en su tarea de afianzar
en el alma de los hijos el don de la gracia divina.
El Concilio Vaticano II precisa así el contenido de la educación
cristiana: «La cual no persigue solamente la madurez propia de la persona
humana... sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más
conscientes cada día del don recibido de la fe, mientras se inician
gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar
a Dios Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23), ante todo
en la acción litúrgica, formándose para vivir según el hombre nuevo en justicia
y santidad de verdad (Ef 4, 22-24), y así lleguen al hombre
perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13),
y contribuyan al crecimiento del Cuerpo místico. Conscientes, además, de su
vocación, acostúmbrense a dar testimonio de la esperanza que hay en ellos
(cf. 1 Pe 3, 15) y a ayudar a la configuración cristiana del
mundo»[102].(
También el Sínodo, siguiendo y desarrollando la línea conciliar ha
presentado la misión educativa de la familia cristiana como un verdadero
ministerio, por medio del cual se transmite e irradia el Evangelio, hasta el
punto de que la misma vida de familia se hace itinerario de fe y, en cierto
modo, iniciación cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En la familia
consciente de tal don, como escribió Pablo VI, «todos los miembros evangelizan
y son evangelizados»[103].
En virtud del ministerio de la educación los padres, mediante el
testimonio de su vida, son los primeros mensajeros del Evangelio ante los
hijos. Es más, rezando con los hijos, dedicándose con ellos a la lectura de la
Palabra de Dios e introduciéndolos en la intimidad del Cuerpo —eucarístico y
eclesial— de Cristo mediante la iniciación cristiana, llegan a ser plenamente
padres, es decir engendradores no sólo de la vida corporal, sino también de
aquella que, mediante la renovación del Espíritu, brota de la Cruz y Resurrección
de Cristo.
A fin de que los padres cristianos puedan cumplir dignamente su
ministerio educativo, los Padres Sinodales han manifestado el deseo de que se
prepare un texto adecuado de catecismo para las familias claro,
breve y que pueda ser fácilmente asimilado por todos. Las conferencias
episcopales han sido invitadas encarecidamente a comprometerse en la
realización de este catecismo.
Relaciones con otras fuerzas educativas
40. La familia es la primera, pero no la única y exclusiva, comunidad educadora;
la misma dimensión comunitaria, civil y eclesial del hombre exige y conduce a
una acción más amplia y articulada, fruto de la colaboración ordenada de las
diversas fuerzas educativas. Estas son necesarias, aunque cada una puede y debe
intervenir con su competencia y con su contribución propias[104].
La tarea educativa de la familia cristiana tiene por esto un puesto muy
importante en la pastoral orgánica; esto implica una nueva forma de
colaboración entre los padres y las comunidades cristianas, entre los diversos
grupos educativos y los pastores. En este sentido, la renovación de la escuela
católica debe prestar una atención especial tanto a los padres de los alumnos
como a la formación de una perfecta comunidad educadora.
Debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la elección de
una educación conforme con su fe religiosa.
El Estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las familias todas
las ayudas posibles, a fin de que puedan ejercer adecuadamente sus funciones
educativas. Por esto tanto la Iglesia como el Estado deben crear y promover las
instituciones y actividades que las familias piden justamente, y la ayuda
deberá ser proporcionada a las insuficiencias de las familias. Por tanto, todos
aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvidar nunca que
los padres han sido constituidos por Dios mismo como los primeros y principales
educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable.
Pero como complementario al derecho, se pone el grave deber de los
padres de comprometerse a fondo en una relación cordial y efectiva con los
profesores y directores de las escuelas.
Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe cristiana,
la familia junto con otras familias, si es posible mediante formas de
asociación familiar, debe con todas las fuerzas y con sabiduria ayudar a los
jóvenes a no alejarse de la fe. En este caso la familia tiene necesidad de
ayudas especiales por parte de los pastores de almas, los cuales no deben
olvidar que los padres tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos a la
comunidad eclesial.
Un servicio múltiple a la vida
41. El amor conyugal fecundo se expresa en un servicio a la vida que
tiene muchas formas, de las cuales la generación y la educación son las más
inmediatas, propias e insustituibles. En realidad, cada acto de verdadero amor
al hombre testimonia y perfecciona la fecundidad espiritual de la familia,
porque es obediencia al dinamismo interior y profundo del amor, como donación
de sí mismo a los demás.
En particular los esposos que viven la experiencia de la esterilidad
física, deberán orientarse hacia esta perspectiva, rica para todos en valor y
exigencias.
Las familias cristianas, que en la fe reconocen a todos los hombres como
hijos del Padre común de los cielos, irán generosamente al encuentro de los
hijos de otras familias, sosteniéndoles y amándoles no como extraños, sino como
miembros de la única familia de los hijos de Dios. Los padres cristianos podrán
así ensanchar su amor más allá de los vínculos de la carne y de la sangre,
estrechando esos lazos que se basan en el espíritu y que se desarrollan en el servicio
concreto a los hijos de otras familias, a menudo necesitados incluso de lo más
necesario.
Las familias cristianas se abran con mayor disponibilidad a la adopción
y acogida de aquellos hijos que están privados de sus padres o abandonados por
éstos. Mientras esos niños, encontrando el calor afectivo de una familia,
pueden experimentar la cariñosa y solícita paternidad de Dios, atestiguada por
los padres cristianos, y así crecer con serenidad y confianza en la vida, la
familia entera se enriquecerá con los valores espirituales de una fraternidad
más amplia.
La fecundidad de las familias debe llevar a su incesante «creatividad»,
fruto maravilloso del Espíritu de Dios, que abre el corazón para descubrir las
nuevas necesidades y sufrimientos de nuestra sociedad, y que infunde ánimo para
asumirlas y darles respuesta. En este marco se presenta a las familias un vasto
campo de acción; en efecto, todavía más preocupante que el abandono de los
niños es hoy el fenómeno de la marginación social y cultural, que afecta
duramente a los ancianos, a los enfermos, a los minusválidos, a los
drogadictos, a los excarcelados, etc.
De este modo se ensancha enormemente el horizonte de la paternidad y
maternidad de las familias cristianas; un reto para su amor espiritualmente fecundo
viene de estas y tantas otras urgencias de nuestro tiempo. Con las familias y
por medio de ellas, el Señor Jesús sigue teniendo «compasión» de las
multitudes.
III - PARTICIPACIÓN EN EL DESARROLLO DE LA SOCIEDAD
La familia, célula primera y vital de la sociedad
42. «El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y
fundamento de la sociedad humana»; la familia es por ello la «célula primera y
vital de la sociedad»[105].
La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque
constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a
la vida. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en
ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y
del desarrollo de la sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de
encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la sociedad, asumiendo
su función social.
La vida familiar como experiencia de comunión y participación
43. La misma experiencia de comunión y participación, que debe
caracterizar la vida diaria de la familia, representa su primera y fundamental
aportación a la sociedad.
Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están
inspiradas y guiadas por la ley de la «gratuidad» que, respetando y
favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal como único título de
valor, se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad
desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda.
Así la promoción de una auténtica y madura comunión de personas en la
familia se convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad,
ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de
respeto, justicia, diálogo y amor.
De este modo, como han recordado los Padres Sinodales, la familia
constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de
personalización de la sociedad: colabora de manera original y profunda en la
construcción del mundo, haciendo posible una vida propiamente humana, en
particular custodiando y transmitiendo las virtudes y los «valores». Como dice
el Concilio Vaticano II, en la familia «las distintas generaciones coinciden y
se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de
las personas con las demás exigencias de la vida social»[106].
Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro de ser
cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto inhumana y
deshumanizadora, con los resultados negativos de tantas formas de «evasión»
—como son, por ejemplo, el alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo—, la
familia posee y comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al
hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de
enriquecerlo con profunda humanidad y de inserirlo activamente con su unicidad
e irrepetibilidad en el tejido de la sociedad.
Función social y política
44. La función social de la familia no puede ciertamente reducirse a la
acción procreadora y educativa, aunque encuentra en ella su primera e
insustituible forma de expresión.
Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto
dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los
pobres y de todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la
organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas.
La aportación social de la familia tiene su originalidad, que exige se
la conozca mejor y se la apoye más decididamente, sobre todo a medida que los
hijos crecen, implicando de hecho lo más posible a todos sus miembros[107].
En especial hay que destacar la importancia cada vez mayor que en
nuestra sociedad asume la hospitalidad, en todas sus formas, desde el abrir la
puerta de la propia casa, y más aún la del propio corazón, a las peticiones de
los hermanos, al compromiso concreto de asegurar a cada familia su casa, como
ambiente natural que la conserva y la hace crecer. Sobre todo, la familia
cristiana está llamada a escuchar el consejo del Apóstol: «Sed solícitos en la
hospitalidad»[108],
y por consiguiente en practicar la acogida del hermano necesitado, imitando el
ejemplo y compartiendo la caridad de Cristo: «El que diere de beber a uno de
estos pequeños sólo un vaso de agua fresca porque es mi discípulo, en verdad os
digo que no perderá su recompensa»[109].
La función social de las familias está llamada a manifestarse también en
la forma de intervención política, es decir, las familias deben ser las
primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no
ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los
deberes de la familia. En este sentido las familias deben crecer en la
conciencia de ser «protagonistas» de la llamada «política familiar», y asumirse
la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán
las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con
indiferencia. La llamada del Concilio Vaticano II a superar la ética
individualista vale también para la familia como tal[110].
La sociedad al servicio de la familia
45. La conexión íntima entre la familia y la sociedad, de la misma
manera que exige la apertura y la participación de la familia en la sociedad y
en su desarrollo, impone también que la sociedad no deje de cumplir su deber
fundamental de respetar y promover la familia misma.
Ciertamente la familia y la sociedad tienen una función complementaria
en la defensa y en la promoción del bien de todos los hombres y de cada hombre.
Pero la sociedad, y más específicamente el Estado, deben reconocer que la
familia es una «sociedad que goza de un derecho propio y primordial»[111] y
por tanto, en sus relaciones con la familia, están gravemente obligados a
atenerse al principio de subsidiaridad.
En virtud de este principio, el Estado no puede ni debe substraer a las
familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar bien, por sí solas o
asociadas libremente, sino favorecer positivamente y estimular lo más posible
la iniciativa responsable de las familias. Las autoridades públicas,
convencidas de que el bien de la familia constituye un valor indispensable e
irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer cuanto puedan para asegurar a
las familias todas aquellas ayudas —económicas, sociales, educativas,
políticas, culturales— que necesitan para afrontar de modo humano todas sus
responsabilidades.
Carta de los derechos de la familia
46. El ideal de una recíproca acción de apoyo y desarrollo entre la
familia y la sociedad choca a menudo, y en medida bastante grave, con la
realidad de su separación e incluso de su contraposición.
En efecto, como el Sínodo ha denunciado continuamente, la situación que
muchas familias encuentran en diversos países es muy problemática, si no
incluso claramente negativa: instituciones y leyes desconocen injustamente los
derechos inviolables de la familia y de la misma persona humana, y la sociedad,
en vez de ponerse al servicio de la familia, la ataca con violencia en sus
valores y en sus exigencias fundamentales. De este modo la familia, que, según
los planes de Dios, es célula básica de la sociedad, sujeto de derechos y
deberes antes que el Estado y cualquier otra comunidad, es víctima de la
sociedad, de los retrasos y lentitudes de sus intervenciones y más aún de sus
injusticias notorias.
Por esto la Iglesia defiende abierta y vigorosamente los derechos de la
familia contra las usurpaciones intolerables de la sociedad y del Estado. En
concreto, los Padres Sinodales han recordado, entre otros, los siguientes
derechos de la familia:
- a existir y progresar como
familia, es decir, el derecho de todo hombre, especialmente aun siendo
pobre, a fundar una familia, y a tener los recursos apropiados para
mantenerla;
- a ejercer su responsabilidad
en el campo de la transmisión de la vida y a educar a los hijos;
- a la intimidad de la vida
conyugal y familiar;
- a la estabilidad del vínculo
y de la institución matrimonial;
- a creer y profesar su propia
fe, y a difundirla;
- a educar a sus hijos de
acuerdo con las propias tradiciones y valores religiosos y culturales, con
los instrumentos, medios e instituciones necesarias;
- a obtener la seguridad
física, social, política y económica, especialmente de los pobres y
enfermos;
- el derecho a una vivienda
adecuada, para una vida familiar digna;
- el derecho de expresión y de
representación ante las autoridades públicas, económicas, sociales,
culturales y ante las inferiores, tanto por sí misma como por medio de
asociaciones;
- a crear asociaciones con
otras familias e instituciones, para cumplir adecuada y esmeradamente su
misión;
- a proteger a los menores,
mediante instituciones y leyes apropiadas, contra los medicamentos
perjudiciales, la pornografía, el alcoholismo, etc.;
- el derecho a un justo tiempo
libre que favorezca, a la vez, los valores de la familia;
- el derecho de los ancianos a
una vida y a una muerte dignas;
- el derecho a emigrar como
familia, para buscar mejores condiciones de vida[112].
La Santa Sede, acogiendo la petición explícita del Sínodo, se encargará
de estudiar detenidamente estas sugerencias, elaborando una «Carta de los
derechos de la familia», para presentarla a los ambientes y autoridades
interesadas.
Gracia y responsabilidad de la familia cristiana
47. La función social propia de cada familia compete, por un título
nuevo y original, a la familia cristiana, fundada sobre el sacramento del
matrimonio. Este sacramento, asumiendo la realidad humana del amor conyugal en
todas sus implicaciones, capacita y compromete a los esposos y a los padres
cristianos a vivir su vocación de laicos, y por consiguiente a «buscar el reino
de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios»[113].
El cometido social y político forma parte de la misión real o de
servicio, en la que participan los esposos cristianos en virtud del sacramento
del matrimonio, recibiendo a la vez un mandato al que no pueden sustraerse y
una gracia que los sostiene y los anima.
De este modo la familia cristiana está llamada a ofrecer a todos el
testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los problemas sociales,
mediante la «opción preferencial» por los pobres y los marginados. Por eso la
familia, avanzando en el seguimiento del Señor mediante un amor especial hacia
todos los pobres, debe preocuparse especialmente de los que padecen hambre, de
los indigentes, de los ancianos, los enfermos, los drogadictos o los que están
sin familia.
Hacia un nuevo orden internacional
48. Ante la dimensión mundial que hoy caracteriza a los diversos
problemas sociales, la familia ve que se dilata de una manera totalmente nueva
su cometido ante el desarrollo de la sociedad; se trata de cooperar también a
establecer un nuevo orden internacional, porque sólo con la solidaridad mundial
se pueden afrontar y resolver los enormes y dramáticos problemas de la justicia
en el mundo, de la libertad de los pueblos y de la paz de la humanidad.
La comunión espiritual de las familias cristianas, enraizadas en la fe y
esperanza común y vivificadas por la caridad, constituye una energía interior
que origina, difunde y desarrolla justicia, reconciliación, fraternidad y paz
entre los hombres. La familia cristiana, como «pequeña Iglesia», está llamada,
a semejanza de la «gran Iglesia», a ser signo de unidad para el mundo y a
ejercer de ese modo su función profética, dando testimonio del Reino y de la
paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está en camino.
Las familias cristianas podrán realizar esto tanto por medio de su
acción educadora, es decir, ofreciendo a los hijos un modelo de vida fundado
sobre los valores de la verdad, libertad, justicia y amor, bien sea con un
compromiso activo y responsable para el crecimiento auténticamente humano de la
sociedad y de sus instituciones, bien con el apoyo, de diferentes modos, a las
asociaciones dedicadas específicamente a los problemas del orden internacional.
IV - PARTICIPACIÓN EN LA VIDA Y MISIÓN DE LA IGLESIA
La familia en el misterio de la Iglesia
49. Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla
el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de la edificación del
Reino de Dios en la historia, mediante la participación en la vida y misión de
la Iglesia.
Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y características de
tal participación, hay que examinar a fondo los múltiples y profundos vínculos
que unen entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de esta
última como una «Iglesia en miniatura» (Ecclesia domestica)[114] de
modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación histórica del
misterio mismo de la Iglesia.
Es ante todo la Iglesia Madre la que engendra, educa, edifica la familia
cristiana, poniendo en práctica para con la misma la misión de salvación que ha
recibido de su Señor. Con el anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a
la familia cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe ser según el plan
del Señor; con la celebración de los sacramentos, la Iglesia enriquece y
corrobora a la familia cristiana con la gracia de Cristo, en orden a su
santificación para la gloria del Padre; con la renovada proclamación del
mandamiento nuevo de la caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana
al servicio del amor, para que imite y reviva el mismo amor de donación y
sacrificio que el Señor Jesús nutre hacia toda la humanidad.
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en el
misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la misión de salvación
que es propia de la Iglesia. Los cónyuges y padres cristianos, en virtud del
sacramento, «poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y
forma de vida»[115].
Por eso no sólo «reciben» el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad
«salvada», sino que están también llamados a «transmitir» a los hermanos el
mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad «salvadora». De esta manera, a
la vez que es fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia, la
familia cristiana se hace símbolo, testimonio y participación de la maternidad
de la Iglesia[116].
Un cometido eclesial propio y original
50. La familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable
en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo a
servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad
íntima de vida y de amor.
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son renovados por
Cristo mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la
Iglesia debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos,
pues, los cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos en
cuanto familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser
en la fe «un corazón y un alma sola»[117],
mediante el común espíritu apostólico que los anima y la colaboración que los
empeña en las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil.
La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia
mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condición
de vida. Es por ello en el amor conyugal y familiar —vivido en
su extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad,
fidelidad y fecundidad[118]—
donde se expresa y realiza la participación de la familia cristiana en la
misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la
vida constituyen por lo tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia
cristiana en la Iglesia y para la Iglesia.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando dice: «La familia hará partícipes
a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la
familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y
participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a
todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de
la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de
los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros»[119].
Puesto así el fundamento de la participación de la
familia cristiana en la misión eclesial, hay que poner de manifiesto ahora
su contenido en la triple unitaria referencia a Jesucristo Profeta,
Sacerdote y Rey, presentando por ello la familia cristiana como 1)
comunidad creyente y evangelizadora, 2) comunidad en diálogo con Dios, 3)
comunidad al servicio del hombre.
1) La familia cristiana, comunidad creyente y evangelizadora
La fe, descubrimiento y admiración del plan de Dios sobre la familia
51. Dado que participa de la vida y misión de la Iglesia, la cual
escucha religiosamente la Palabra de Dios y la proclama con firme confianza[120], la
familia cristiana vive su cometido profético acogiendo y anunciando la Palabra
de Dios. Se hace así, cada día más, una comunidad creyente y
evangelizadora.
También a los esposos y padres cristianos se exige la obediencia a la fe[121],
ya que son llamados a acoger la Palabra del Señor que les revela la estupenda
novedad —la Buena Nueva— de su vida conyugal y familiar, que Cristo ha hecho
santa y santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos pueden descubrir
y admirar con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado Dios el matrimonio y la
familia, constituyéndolos en signo y lugar de la alianza de amor entre Dios y
los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia esposa suya. La misma preparación al
matrimonio cristiano se califica ya como un itinerario de fe. Es, en efecto,
una ocasión privilegiada para que los novios vuelvan a descubrir y profundicen
la fe recibida en el Bautismo y alimentada con la educación cristiana. De esta
manera reconocen y acogen libremente la vocación a vivir el seguimiento de
Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado matrimonial.
El momento fundamental de la fe de los esposos está en la celebración
del sacramento del matrimonio, que en el fondo de su naturaleza es la proclamación,
dentro de la Iglesia, de la Buena Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra
de Dios que «revela» y «culmina» el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene
sobre los esposos, llamados a la misteriosa y real participación en el amor
mismo de Dios hacia la humanidad. Si la celebración sacramental del matrimonio
es en sí misma una proclamación de la Palabra de Dios en cuanto son por título
diverso protagonistas y celebrantes, debe ser una «profesión de fe» hecha
dentro y con la Iglesia, comunidad de creyentes.
Esta profesión de fe ha de ser continuada en la vida de los esposos y de
la familia. En efecto, Dios que ha llamado a los esposos «al» matrimonio,
continúa a llamarlos «en el» matrimonio[122].
Dentro y a través de los hechos, los problemas, las dificultades, los
acontecimientos de la existencia de cada día, Dios viene a ellos, revelando y
proponiendo las «exigencias» concretas de su participación en el amor de Cristo
por su Iglesia, de acuerdo con la particular situación —familiar, social y
eclesial— en la que se encuentran. El descubrimiento y la obediencia al plan de
Dios deben hacerse «en conjunto» por parte de la comunidad conyugal y familiar,
a través de la misma experiencia humana del amor vivido en el Espíritu de
Cristo entre los esposos, entre los padres y los hijos.
Para esto, también la pequeña Iglesia doméstica, como la gran Iglesia,
tiene necesidad de ser evangelizada continua e intensamente. De ahí deriva su
deber de educación permanente en la fe.
Ministerio de evangelización de la familia cristiana
52. En la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y madura
en la fe, se hace comunidad evangelizadora. Escuchemos de nuevo a Pablo VI: «La
familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es
transmitido y desde donde éste se irradia.
Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos los miembros
de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los
hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo
Evangelio profundamente vivido... Una familia así se hace evangelizadora de
otras muchas familias y del ambiente en que ella vive»[123].
Como ha repetido el Sínodo, recogiendo mi llamada lanzada en Puebla, la
futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica[124].
Esta misión apostólica de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe con
la gracia sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe,
para santificar y transformar la sociedad actual según el plan de Dios.
La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser
testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de
la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón:
«La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del
reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada»[125].
La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con singular
fuerza en determinadas situaciones, que la Iglesia constata por desgracia en
diversos lugares: «En los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende
incluso impedir la educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha
penetrado el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una
verdadera creencia religiosa, la Iglesia doméstica es el único ámbito donde los
niños y los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis»[126].
Un servicio eclesial
53. El ministerio de evangelización de los padres cristianos es original
e insustituible y asume las características típicas de la vida familiar, hecha,
como debería estar, de amor, sencillez, concreción y testimonio cotidiano[127].
La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno
cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios.
Efectivamente, la familia que está abierta a los valores transcendentes, que
sirve a los hermanos en la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus
obligaciones y es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la
cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor seminario de
vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios.
El ministerio de evangelización y catequesis de los padres debe
acompañar la vida de los hijos también durante su adolescencia y juventud,
cuando ellos, como sucede con frecuencia, contestan o incluso rechazan la fe cristiana
recibida en los primeros años de su vida. Y así como en la Iglesia no se puede
separar la obra de evangelización del sufrimiento del apóstol, así también en
la familia cristiana los padres deben afrontar con valentía y gran serenidad de
espíritu las dificultades que halla a veces en los mismos hijos su ministerio
de evangelización.
No hay que olvidar que el servicio llevado a cabo por los cónyuges y
padres cristianos en favor del Evangelio es esencialmente un servicio eclesial,
es decir, que se realiza en el contexto de la Iglesia entera en cuanto
comunidad evangelizada y evangelizadora. En cuanto enraizado y derivado de la
única misión de la Iglesia y en cuanto ordenado a la edificación del único
Cuerpo de Cristo[128],
el ministerio de evangelización y de catequesis de la Iglesia doméstica ha de
quedar en íntima comunión y ha de armonizarse responsablemente con los otros
servicios de evangelización y de catequesis presentes y operantes en la
comunidad eclesial, tanto diocesana como parroquial.
Predicar el Evangelio a toda criatura
54. La universalidad sin fronteras es el horizonte propio de la evangelización,
animada interiormente por el afán misionero, ya que es de hecho la respuesta a
la explícita e inequívoca consigna de Cristo: «Id por el mundo y predicad el
Evangelio a toda criatura»[129].
También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana poseen
esta dimensión misionera católica. El sacramento del matrimonio que plantea con
nueva fuerza el deber arraigado en el bautismo y en la confirmación de defender
y difundir la fe[130],
constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo «hasta los
últimos confines de la tierra»[131],
como verdaderos y propios misioneros» del amor y de la vida.
Una cierta forma de actividad misionera puede ser desplegada ya en el
interior de la familia. Esto sucede cuando alguno de los componentes de la
misma no tiene fe o no la practica con coherencia. En este caso, los parientes
deben ofrecerles tal testimonio de vida que los estimule y sostenga en el
camino hacia la plena adhesión a Cristo Salvador[132].
Animada por el espíritu misionero en su propio interior, la Iglesia
doméstica está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de
su amor incluso para los «alejados», para las familias que no creen todavía y
para las familias cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está
llamada «con su ejemplo y testimonio» a iluminar «a los que buscan la verdad»[133].
Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila se
presentaban como una pareja misionera[134],
así también la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la
presencia de cónyuges y familias cristianas que, al menos durante un cierto
período de tiempo, van a tierras de misión a anunciar el Evangelio, sirviendo
al hombre por amor de Jesucristo.
Las familias cristianas dan una contribución particular a la causa
misionera de la Iglesia, cultivando la vocación misionera en sus propios hijos
e hijas[135] y,
de manera más general, con una obra educadora que prepare a sus hijos, desde la
juventud «para conocer el amor de Dios hacia todos los hombres»[136].
2) La familia cristiana, comunidad en diálogo con Dios
El santuario doméstico de la Iglesia
55. El anuncio del Evangelio y su acogida mediante la fe encuentran su
plenitud en la celebración sacramental. La Iglesia, comunidad creyente y
evangelizadora, es también pueblo sacerdotal, es decir, revestido de la
dignidad y partícipe de la potestad de Cristo, Sumo Sacerdote de la nueva y
eterna Alianza[137].
También la familia cristiana está inserta en la Iglesia, pueblo
sacerdotal, mediante el sacramento del matrimonio, en el cual está enraizada y
de la que se alimenta, es vivificada continuamente por el Señor y es llamada e
invitada al diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de
la propia vida y oración.
Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana
puede y debe ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a través de las
realidades cotidianas de la vida conyugal y familiar. De esta manera la familia
cristiana es llamada a santificarse y a santificar a la comunidad
eclesial y al mundo.
El matrimonio, sacramento de mutua santificación y acto de culto
56. Fuente y medio original de santificación propia para los cónyuges y
para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y
especifica la gracia santificadora del bautismo. En virtud del misterio de la
muerte y resurrección de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de
nuevo, el amor conyugal es purificado y santificado: «El Señor se ha dignado
sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y
la caridad»[138].
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del
matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia.
Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo
«permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con
perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Por
ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado,
están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya
virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de
Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más
a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente,
a la glorificación de Dios»[139].
La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges
y padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y
traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y
familiar[140].
De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda espiritualidad
conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la creación, de
la alianza, de la cruz, de la resurrección y del signo, de los que se ha
ocupado en más de una ocasión el Sínodo.
El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que «están ordenados
a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en
definitiva, a dar culto a Dios»[141],
es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación de Dios en Jesucristo y en la
Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por
el bien sublime que se les da de poder revivir en su existencia conyugal y
familiar el amor mismo de Dios por los hombres y del Señor Jesús por la
Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de
vivir cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan
también la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un
continuo sacrificio espiritual[142].
También a los esposos y padres cristianos, de modo especial en esas realidades
terrenas y temporales que los caracterizan, se aplican las palabras del
Concilio: «También los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan
santamente, consagran el mundo mismo a Dios»[143].
Matrimonio y Eucaristía
57. El deber de santificación de la familia cristiana tiene su primera
raíz en el bautismo y su expresión máxima en la Eucaristía, a la que está
íntimamente unido el matrimonio cristiano. El Concilio Vaticano II ha querido
poner de relieve la especial relación existente entre la Eucaristía y el
matrimonio, pidiendo que habitualmente éste se celebre «dentro de la Misa»[144].
Volver a encontrar y profundizar tal relación es del todo necesario, si se
quiere comprender y vivir con mayor intensidad la gracia y las
responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana.
La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el
sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia,
en cuanto sellada con la sangre de la cruz[145].
Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos
encuentran la raíz de la que brota, que configura interiormente y vivifica
desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto representación del sacrificio de
amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el
don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla el fundamento y el
alma de su «comunión» y de su «misión», ya que el Pan eucarístico hace de los
diversos miembros de la comunidad familiar un único cuerpo, revelación y
participación de la más amplia unidad de la Iglesia; además, la participación
en el Cuerpo «entregado» y en la Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente
inagotable del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana.
El sacramento de la conversión y reconciliación
58. Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la
familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la conversión,
dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad»
del bautismo que los ha hecho «santos». Tampoco la familia es siempre coherente
con la ley de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el
sacramento del matrimonio.
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que
tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental
específico en la Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así
escribía Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: «Y si el pecado les sorprendiese
todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la
misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia»[146].
La celebración de este sacramento adquiere un significado particular
para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el
pecado contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los
cónyuges y la comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la
familia son alentados al encuentro con Dios «rico en misericordia»[147],
el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado[148],
reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar.
La plegaria familiar
59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que viva en
generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal recibidos de Cristo
Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en
el matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el
fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su
misma existencia cotidiana se transforma en «sacrificio espiritual aceptable a
Dios por Jesucristo»[149].
Esto sucede no sólo con la celebración de la Eucaristía y de los otros
sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria de Dios, sino también con
la vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido al Padre por medio de
Jesucristo en el Espíritu Santo.
La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha
en común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La comunión en la
plegaria es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los
sacramentos del bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia
cristiana pueden aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el
Señor Jesús promete su presencia: «Os digo en verdad que si dos de vosotros
conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre
que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos»[150].
Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de
familia que en las diversas circunstancias es interpretada como
vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada: alegrías y
dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la
boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y
decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor
de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento
favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la
familia al Padre común que está en los cielos. Además, la dignidad y
responsabilidades de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente
pueden ser vividas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta
a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración.
Maestros de oración
60. En virtud de su dignidad y misión, los padres cristianos tienen el
deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos
progresivamente al descubrimiento del misterio de Dios y del coloquio personal
con Él: «Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los
deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los
primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe
recibida en el bautismo»[151].
Elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el
ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus
hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan
profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores
acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de nuevo la llamada
que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los padres: «Madres, ¿enseñáis a
vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los
sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad:
confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a
pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos?
¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros, padres, ¿sabéis rezar con vuestros
hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo,
en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común
vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito singular; lleváis
de este modo la paz al interior de los muros domésticos: "Pax huic
domui". Recordad: así edificáis la Iglesia»[152].
Plegaria litúrgica y privada
61. Hay una relación profunda y vital entre la oración de la Iglesia y
la de cada uno de los fieles, como ha confirmado claramente el Concilio
Vaticano II[153].
Una finalidad importante de la plegaria de la Iglesia doméstica es la de
constituir para los hijos la introducción natural a la oración litúrgica propia
de toda la Iglesia, en el sentido de preparar a ella y de extenderla al ámbito
de la vida personal, familiar y social. De aquí deriva la necesidad de una
progresiva participación de todos los miembros de la familia cristiana en la
Eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos, y en los otros sacramentos,
de modo particular en los de la iniciación cristiana de los hijos. Las
directrices conciliares han abierto una nueva posibilidad a la familia
cristiana, que ha sido colocada entre los grupos a los que se recomienda la
celebración comunitaria del Oficio divino[154].
Pondrán asimismo cuidado las familias cristianas en celebrar, incluso en casa y
de manera adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades del año
litúrgico.
Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la iglesia, la
familia cristiana recurre a la oración privada, que presenta gran variedad de
formas. Esta variedad, mientras testimonia la riqueza extraordinaria con la que
el Espíritu anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas exigencias y
situaciones de vida de quien recurre al Señor. Además de las oraciones de la
mañana y de la noche, hay que recomendar explícitamente —siguiendo también las
indicaciones de los Padres Sinodales— la lectura y meditación de la Palabra de
Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón
de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la
mesa, las expresiones de la religiosidad popular.
Dentro del respeto debido a la libertad de los hijos de Dios, la Iglesia
ha propuesto y continúa proponiendo a los fieles algunas prácticas de piedad en
las que pone una particular solicitud e insistencia. Entre éstas es de recordar
el rezo del rosario: «Y ahora, en continuidad de intención con nuestros
Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del santo Rosario en
familia ... no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser considerado
como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia
cristiana está invitada a rezar. Nos queremos pensar y deseamos vivamente que
cuando un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el Rosario sea
su expresión frecuente y preferida»[155].
Así la auténtica devoción mariana, que se expresa en la unión sincera y en el
generoso seguimiento de las actitudes espirituales de la Virgen Santísima,
constituye un medio privilegiado para alimentar la comunión de amor de la
familia y para desarrollar la espiritualidad conyugal y familiar. Ella, la
Madre de Cristo y de la Iglesia, es en efecto y de manera especial la Madre de
las familias cristianas, de las Iglesias domésticas.
Plegaria y vida
62. No hay que olvidar nunca que la oración es parte constitutiva y
esencial de la vida cristiana considerada en su integridad y profundidad. Más
aún, pertenece a nuestra misma «humanidad» y es «la primera expresión de la
verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del
espíritu»[156].
Por ello la plegaria no es una evasión que desvía del compromiso
cotidiano, sino que constituye el empuje más fuerte para que la familia
cristiana asuma y ponga en práctica plenamente sus responsabilidades como
célula primera y fundamental de la sociedad humana. En ese sentido, la efectiva
participación en la vida y misión de la Iglesia en el mundo es proporcional a
la fidelidad e intensidad de la oración con la que la familia cristiana se una
a la Vid fecunda, que es Cristo[157].
De la unión vital con Cristo, alimentada por la liturgia, de la ofrenda
de sí mismo y de la oración deriva también la fecundidad de la familia
cristiana en su servicio específico de promoción humana, que no puede menos de
llevar a la transformación del mundo[158].
3 ) La familia cristiana, comunidad al servicio del hombre
El nuevo mandamiento del amor
63. La Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y real, tiene la misión de
llevar a todos los hombres a acoger con fe la Palabra de Dios, a celebrarla y
profesarla en los sacramentos y en la plegaria, y finalmente a manifestarla en
la vida concreta según el don y el nuevo mandamiento del amor.
La vida cristiana encuentra su ley no en un código escrito, sino en la
acción personal del Espíritu Santo que anima y guía al cristiano, es decir, en
«la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús»[159]:
«el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu
Santo, que nos ha sido dado»[160].
Esto vale también para la pareja y para la familia cristiana: su guía y
norma es el Espíritu de Jesús, difundido en los corazones con la celebración
del sacramento del matrimonio. En continuidad con el bautismo de agua y del
Espíritu, el matrimonio propone de nuevo la ley evangélica del amor, y con el
don del Espíritu la graba más profundamente en el corazón de los cónyuges
cristianos. Su amor, purificado y salvado, es fruto del Espíritu que actúa en
el corazón de los creyentes y se pone a la vez como el mandamiento fundamental
de la vida moral que es una exigencia de su libertad responsable.
La familia cristiana es así animada y guiada por la ley nueva del
Espíritu y en íntima comunión con la Iglesia, pueblo real, es llamada a vivir
su «servicio» de amor a Dios y a los hermanos. Como Cristo ejerce su potestad
real poniéndose al servicio de los hombres[161],
así también el cristiano encuentra el auténtico sentido de su participación en
la realeza de su Señor, compartiendo su espíritu y su actitud de servicio al
hombre: «Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden
constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en
sí mismos el reino del pecado (cf. Rom 6, 12). Más aún, para
que sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan con humildad y paciencia
a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de
los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de
vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz.
Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de la
corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios
(cf. Rom 8, 21)»[162].
Descubrir en cada hermano la imagen de Dios
64. Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la familia
cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre, considerado
siempre en su dignidad de persona y de hijo de Dios.
Esto debe realizarse ante todo en el interior y en beneficio de la
pareja y la familia, mediante el cotidiano empeño en promover una auténtica
comunidad de personas, fundada y alimentada por la comunión interior de amor.
Ello debe desarrollarse luego dentro del círculo más amplio de la comunidad
eclesial en el que la familia cristiana vive. Gracias a la caridad de la
familia, la Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es decir,
más familiar, adoptando un estilo de relaciones más humano y fraterno.
La caridad va más allá de los propios hermanos en la fe, ya que «cada
hombre es mi hermano»; en cada uno, sobre todo si es pobre, débil, si sufre o
es tratado injustamente, la caridad sabe descubrir el rostro de Cristo y un
hermano a amar y servir.
Para que el servicio al hombre sea vivido en la familia de acuerdo con
el estilo evangélico, hay que poner en práctica con todo cuidado lo que enseña
el Concilio Vaticano II: «Para que este ejercicio de la caridad sea
verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario ver en el
prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a
quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da»[163].
La familia cristiana, mientras con la caridad edifica la Iglesia, se
pone al servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad aquella «promoción
humana», cuyo contenido ha sido sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las
familias: «Otro cometido de la familia es el de formar los hombres al amor y
practicar el amor en toda relación humana con los demás, de tal modo que ella
no se encierre en sí misma, sino que permanezca abierta a la comunidad,
inspirándose en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros,
consciente de la propia responsabilidad hacia toda la sociedad»[164].
CUARTA PARTE
PASTORAL FAMILIAR:
TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES
Y SITUACIONES
TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES
Y SITUACIONES
I - TIEMPOS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La Iglesia acompaña a la familia cristiana en su camino
65. Al igual que toda realidad viviente, también la familia está llamada
a desarrollarse y crecer. Después de la preparación durante el noviazgo y la
celebración sacramental del matrimonio la pareja comienza el camino cotidiano
hacia la progresiva actuación de los valores y deberes del mismo matrimonio.
A la luz de la fe y en virtud de la esperanza, la familia cristiana
participa, en comunión con la Iglesia, en la experiencia de la peregrinación
terrena hacia la plena revelación y realización del Reino de Dios.
Por ello hay que subrayar una vez más la urgencia de la intervención
pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda clase
de esfuerzos para que la pastoral de la familia adquiera consistencia y se
desarrolle, dedicándose a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza
de que la evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia
doméstica[165].
La solicitud pastoral de la Iglesia no se limitará solamente a las
familias cristianas más cercanas, sino que, ampliando los propios horizontes en
la medida del Corazón de Cristo, se mostrará más viva aún hacia el conjunto de
las familias en general y en particular hacia aquellas que se hallan en
situaciones difíciles o irregulares. Para todas ellas la Iglesia tendrá
palabras de verdad, de bondad, de comprensión, de esperanza, de viva
participación en sus dificultades a veces dramáticas; ofrecerá a todos su ayuda
desinteresada, a fin de que puedan acercarse al modelo de familia, que ha
querido el Creador «desde el principio» y que Cristo ha renovado con su gracia
redentora.
La acción pastoral de la Iglesia debe ser progresiva, incluso en el
sentido de que debe seguir a la familia, acompañándola paso a paso en las
diversas etapas de su formación y de su desarrollo.
Preparación
66. En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación de los
jóvenes al matrimonio y a la vida familiar. En algunos países siguen siendo las
familias mismas las que, según antiguas usanzas, transmiten a los jóvenes los
valores relativos a la vida matrimonial y familiar mediante una progresiva obra
de educación o iniciación. Pero los cambios que han sobrevenido en casi todas
las sociedades modernas exigen que no sólo la familia, sino también la sociedad
y la Iglesia se comprometan en el esfuerzo de preparar convenientemente a los
jóvenes para las reponsabilidades de su futuro. Muchos fenómenos negativos que
se lamentan hoy en la vida familiar derivan del hecho de que, en las nuevas
situaciones, los jóvenes no sólo pierden de vista la justa jerarquía de
valores, sino que, al no poseer ya criterios seguros de comportamiento, no
saben cómo afrontar y resolver las nuevas dificultades. La experiencia enseña
en cambio que los jóvenes bien preparados para la vida familiar, en general van
mejor que los demás.
Esto vale más aún para el matrimonio cristiano, cuyo influjo se extiende
sobre la santidad de tantos hombres y mujeres. Por esto, la Iglesia debe
promover programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio, para
eliminar lo más posible las dificultades en que se debaten tantos matrimonios,
y más aún para favorecer positivamente el nacimiento y maduración de
matrimonios logrados.
La preparación al matrimonio ha de ser vista y actuada como un proceso
gradual y continuo. En efecto, comporta tres momentos principales: una
preparación remota, una próxima y otra inmediata.
La preparación remota comienza desde la infancia, en la juiciosa pedagogía familiar,
orientada a conducir a los niños a descubrirse a sí mismos como seres dotados
de una rica y compleja psicología y de una personalidad particular con sus
fuerzas y debilidades. Es el período en que se imbuye la estima por todo
auténtico valor humano, tanto en las relaciones interpersonales como en las
sociales, con todo lo que significa para la formación del carácter, para el
dominio y recto uso de las propias inclinaciones, para el modo de considerar y
encontrar a las personas del otro sexo, etc. Se exige, además, especialmente
para los cristianos, una sólida formación espiritual y catequística, que sepa
mostrar en el matrimonio una verdadera vocación y misión, sin excluir la
posibilidad del don total de sí mismo a Dios en la vocación a la vida
sacerdotal o religiosa.
Sobre esta base se programará después, en plan amplio, la
preparación próxima, la cual comporta —desde la edad oportuna y con una
adecuada catequesis, como en un camino catecumenal— una preparación más
específica para los sacramentos, como un nuevo descubrimiento. Esta nueva
catequesis de cuantos se preparan al matrimonio cristiano es absolutamente
necesaria, a fin de que el sacramento sea celebrado y vivido con las debidas
disposiciones morales y espirituales. La formación religiosa de los jóvenes
deberá ser integrada, en el momento oportuno y según las diversas exigencias
concretas, por una preparación a la vida en pareja que, presentando el
matrimonio como una relación interpersonal del hombre y de la mujer a
desarrollarse continuamente, estimule a profundizar en los problemas de la
sexualidad conyugal y de la paternidad responsable, con los conocimientos
médico-biológicos esenciales que están en conexión con ella y los encamine a la
familiaridad con rectos métodos de educación de los hijos, favoreciendo la
adquisición de los elementos de base para una ordenada conducción de la familia
(trabajo estable, suficiente disponibilidad financiera, sabia administración,
nociones de economía doméstica, etc.).
Finalmente, no se deberá descuidar la preparación al apostolado
familiar, a la fraternidad y colaboración con las demás familias, a la
inserción activa en grupos, asociaciones, movimientos e iniciativas que tienen
como finalidad el bien humano y cristiano de la familia.
La preparación inmediata a la celebración del sacramento del matrimonio debe tener lugar en
los últimos meses y semanas que preceden a las nupcias, como para dar un nuevo
significado, nuevo contenido y forma nueva al llamado examen prematrimonial
exigido por el derecho canónico. De todos modos, siendo como es siempre
necesaria, tal preparación se impone con mayor urgencia para aquellos
prometidos que presenten aún carencias y dificultades en la doctrina y en la
práctica cristiana.
Entre los elementos a comunicar en este camino de fe, análogo al
catecumenado, debe haber también un conocimiento serio del misterio de Cristo y
de la Iglesia, de los significados de gracia y responsabilidad del matrimonio
cristiano, así como la preparación para tomar parte activa y consciente en los
ritos de la liturgia nupcial.
A las distintas fases de la preparación matrimonial —descritas
anteriormente sólo a grandes rasgos indicativos— deben sentirse comprometidas
la familia cristiana y toda la comunidad eclesial. Es deseable que las
Conferencias Episcopales, al igual que están interesadas en oportunas
iniciativas para ayudar a los futuros esposos a que sean más conscientes de la
seriedad de su elección y los pastores de almas a que acepten las convenientes
disposiciones, así también procuren que se publique un directorio para
la pastoral de la familia. En él se deberán establecer ante todo los
elementos mínimos de contenido, de duración y de método de los «cursos de
preparación», equilibrando entre ellos los diversos aspectos —doctrinales,
pedagógicos, legales y médicos— que interesan al matrimonio, y estructurándolos
de manera que cuantos se preparen al mismo, además de una profundización
intelectual, se sientan animados a inserirse vitalmente en la comunidad
eclesial.
Por más que no sea de menospreciar la necesidad y obligatoriedad de la
preparación inmediata al matrimonio —lo cual sucedería si se dispensase
fácilmente de ella— , sin embargo tal preparación debe ser propuesta y actuada
de manera que su eventual omisión no sea un impedimento para la celebración del
matrimonio.
Celebración
67. El matrimonio cristiano exige por norma una celebración litúrgica,
que exprese de manera social y comunitaria la naturaleza esencialmente eclesial
y sacramental del pacto conyugal entre los bautizados.
En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración
del matrimonio —inserida en la liturgia, culmen de toda la acción de la Iglesia
y fuente de su fuerza santificadora—[166] debe
ser de por sí válida, digna y fructuosa. Se abre aquí un campo amplio para la
solicitud pastoral, al objeto de satisfacer ampliamente las exigencias
derivadas de la naturaleza del pacto conyugal elevado a sacramento y observar
además fielmente la disciplina de la Iglesia en lo referente al libre
consentimiento, los impedimentos, la forma canónica y el rito mismo de la
celebración. Este último debe ser sencillo y digno, según las normas de las
competentes autoridades de la Iglesia, a las que corresponde a su vez —según
las circunstancias concretas de tiempo y de lugar y en conformidad con las
normas impartidas por la Sede Apostólica[167] —
asumir eventualmente en la celebración litúrgica aquellos elementos propios de
cada cultura que mejor se prestan a expresar el profundo significado humano y
religioso del pacto conyugal, con tal de que no contengan algo menos
conveniente a la fe y a la moral cristiana.
En cuanto signo, la celebración litúrgica debe llevarse a
cabo de manera que constituya, incluso en su desarrollo exterior, una
proclamación de la Palabra de Dios y una profesión de fe de la comunidad de los
creyentes. El empeño pastoral se expresará aquí con la preparación inteligente
y cuidadosa de la «liturgia de la Palabra» y con la educación a la fe de los
que participan en la celebración, en primer lugar de los que se casan.
En cuanto gesto sacramental de la Iglesia, la celebración
litúrgica del matrimonio debe comprometer a la comunidad cristiana, con la
participación plena, activa y responsable de todos los presentes, según el
puesto e incumbencia de cada uno: los esposos, el sacerdote, los testigos, los
padres, los amigos, los demás fieles, todos los miembros de una asamblea que
manifiesta y vive el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Para la celebración del matrimonio cristiano en el ámbito de las
culturas o tradiciones ancestrales, se sigan los principios anteriormente
enunciados.
Celebración del matrimonio y evangelización de los bautizados no
creyentes
68. Precisamente porque en la celebración del sacramento se reserva una
atención especial a las disposiciones morales y espirituales de los
contrayentes, en concreto a su fe, hay que afrontar aquí una dificultad
bastante frecuente, que pueden encontrar los pastores de la Iglesia en el
contexto de nuestra sociedad secularizada.
En efecto, la fe de quien pide desposarse ante la Iglesia puede tener
grados diversos y es deber primario de los pastores hacerla descubrir, nutrirla
y hacerla madurar. Pero ellos deben comprender también las razones que
aconsejan a la Iglesia admitir a la celebración a quien está imperfectamente
dispuesto.
El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a los
otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la economía de la
creación; ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador «al principio».
La decisión pues del hombre y de la mujer de casarse según este proyecto
divino, esto es, la decisión de comprometer en su respectivo consentimiento
conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicional,
implica realmente, aunque no sea de manera plenamente consciente, una actitud
de obediencia profunda a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia.
Ellos quedan ya por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que la
celebración del sacramento y la inmediata preparación a la misma pueden
completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su intención.
Es verdad, por otra parte, que en algunos territorios, motivos de
carácter más bien social que auténticamente religioso impulsan a los novios a
pedir casarse en la iglesia. Esto no es de extrañar. En efecto, el matrimonio
no es un acontecimiento que afecte solamente a quien se casa. Es por su misma
naturaleza un hecho también social que compromete a los esposos ante la
sociedad. Desde siempre su celebración ha sido una fiesta que une a familias y
amigos. De ahí pues que haya también motivos sociales, además de los
personales, en la petición de casarse en la iglesia.
Sin embargo, no se debe olvidar que estos novios, por razón de su
bautismo, están ya realmente inseridos en la Alianza esponsal de Cristo con la
Iglesia y que, dada su recta intención, han aceptado el proyecto de Dios sobre
el matrimonio y consiguientemente —al menos de manera implícita— acatan lo que
la Iglesia tiene intención de hacer cuando celebra el matrimonio. Por tanto, el
solo hecho de que en esta petición haya motivos también de carácter social, no
justifica un eventual rechazo por parte de los pastores. Por lo demás, como ha
enseñado el Concilio Vaticano II, los sacramentos, con las palabras y los
elementos rituales nutren y robustecen la fe[168];
la fe hacia la cual están ya orientados en virtud de su rectitud de intención
que la gracia de Cristo no deja de favorecer y sostener.
Querer establecer ulteriores criterios de admisión a la celebración
eclesial del matrimonio, que debieran tener en cuenta el grado de fe de los que
están próximos a contraer matrimonio, comporta además muchos riesgos. En primer
lugar el de pronunciar juicios infundados y discriminatorios; el riesgo además
de suscitar dudas sobre la validez del matrimonio ya celebrado, con grave daño
para la comunidad cristiana y de nuevas inquietudes injustificadas para la
conciencia de los esposos; se caería en el peligro de contestar o de poner en
duda la sacramentalidad de muchos matrimonios de hermanos separados de la plena
comunión con la Iglesia católica, contradiciendo así la tradición eclesial.
Cuando por el contrario, a pesar de los esfuerzos hechos, los
contrayentes dan muestras de rechazar de manera explícita y formal lo que la
Iglesia realiza cuando celebra el matrimonio de bautizados, el pastor de almas
no puede admitirlos a la celebración. Y, aunque no sea de buena gana, tiene
obligación de tomar nota de la situación y de hacer comprender a los
interesados que, en tales circunstancias, no es la Iglesia sino ellos mismos
quienes impiden la celebración que a pesar de todo piden.
Una vez más se presenta en toda su urgencia la necesidad de una
evangelización y catequesis prematrimonial y postmatrimonial puestas en
práctica por toda la comunidad cristiana, para que todo hombre y toda mujer que
se casan, celebren el sacramento del matrimonio no sólo válida sino también
fructuosamente.
Pastoral postmatrimonial
69. El cuidado pastoral de la familia normalmente constituida significa
concretamente el compromiso de todos los elementos que componen la comunidad
eclesial local en ayudar a la pareja a descubrir y a vivir su nueva vocación y
misión. Para que la familia sea cada vez más una verdadera comunidad de amor,
es necesario que sus miembros sean ayudados y formados en su responsabilidad
frente a los nuevos problemas que se presentan, en el servicio recíproco, en la
coparticipación activa a la vida de familia.
Esto vale sobre todo para las familias jóvenes, las cuales,
encontrándose en un contexto de nuevos valores y de nuevas responsabilidades,
están más expuestas, especialmente en los primeros años de matrimonio, a
eventuales dificultades, como las creadas por la adaptación a la vida en común
o por el nacimiento de hijos. Los cónyuges jóvenes sepan acoger cordialmente y
valorar inteligentemente la ayuda discreta, delicada y valiente de otras
parejas que desde hace tiempo tienen ya experiencia del matrimonio y de la
familia. De este modo, en seno a la comunidad eclesial —gran familia formada
por familias cristianas— se actuará un mutuo intercambio de presencia y de
ayuda entre todas las familias, poniendo cada una al servicio de las demás la
propia experiencia humana, así como también los dones de fe y de gracia.
Animada por verdadero espíritu apostólico esta ayuda de familia a familia
constituirá una de las maneras más sencillas, más eficaces y más al alcance de
todos para transfundir capilarmente aquellos valores cristianos, que son el
punto de partida y de llegada de toda cura pastoral. De este modo las jóvenes
familias no se limitarán sólo a recibir, sino que a su vez, ayudadas así, serán
fuente de enriquecimiento para las otras familias, ya desde hace tiempo
constituidas, con su testimonio de vida y su contribución activa.
En la acción pastoral hacia las familias jóvenes, la Iglesia deberá
reservar una atención específica con el fin de educarlas a vivir
responsablemente el amor conyugal en relación con sus exigencias de comunión y
de servicio a la vida, así como a conciliar la intimidad de la vida de casa con
la acción común y generosa para edificación de la Iglesia y la sociedad humana.
Cuando, por el advenimiento de los hijos, la pareja se convierte en familia, en
sentido pleno y específico, la Iglesia estará aún más cercana a los padres para
que acojan a sus hijos y los amen como don recibido del Señor de la vida,
asumiendo con alegría la fatiga de servirlos en su crecimiento humano y
cristiano.
II - ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La acción pastoral es siempre expresión dinámica de la realidad de la Iglesia,
comprometida en su misión de salvación. También la pastoral familiar —forma
particular y específica de la pastoral— tiene como principio operativo suyo y
como protagonista responsable a la misma Iglesia, a través de sus estructuras y
agentes.
La comunidad eclesial y la parroquia en particular
70. La Iglesia, comunidad al mismo tiempo salvada y salvadora, debe ser
considerada aquí en su doble dimensión universal y particular. Esta se expresa
y se realiza en la comunidad diocesana, dividida pastoralmente en comunidades
menores entre las que se distingue, por su peculiar importancia, la parroquia.
La comunión con la Iglesia universal no rebaja, sino que garantiza y
promueve la consistencia y la originalidad de las diversas Iglesias
particulares; éstas permanecen como el sujeto activo más inmediato y eficaz
para la actuación de la pastoral familiar. En este sentido cada Iglesia local
y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de
la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción
de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no
deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia.
A la luz de esta responsabilidad hay que entender la importancia de una
adecuada preparación por parte de cuantos se comprometan específicamente en
este tipo de apostolado. Los sacerdotes, religiosos y religiosas, desde la
época de su formación, sean orientados y formados de manera progresiva y
adecuada para sus respectivas tareas. Entre otras iniciativas, me es grato
subrayar la reciente creación en Roma, en la Pontificia Universidad
Lateranense, de un Instituto Superior dedicado al estudio de los problemas de
la Familia. También en algunas diócesis se han fundado Institutos de este tipo;
los Obispos procuren que el mayor número posible de sacerdotes, antes de asumir
responsabilidades parroquiales, frecuenten cursos especializados; en otros
lugares se tienen periódicamente cursos de formación en Institutos Superiores de
estudios teológicos y pastorales. Estas iniciativas sean alentadas, sostenidas,
multiplicadas y estén abiertas, naturalmente, también a los seglares, que con
su labor profesional (médica, legal, psicológica, social y educativa) prestan
su labor en ayuda a la familia.
La familia
71. Pero sobre todo hay que reconocer el puesto singular que, en este
campo, corresponde a lo esposos y a las familias cristianas, en virtud de la
gracia recibida en el sacramento. Su misión debe ponerse al servicio de la edificación
de la Iglesia y de la construcción del Reino de Dios en la historia. Esto es
una exigencia de obediencia dócil a Cristo Señor. Él, en efecto, en virtud del
matrimonio de los bautizados elevado a sacramento confiere a los esposos
cristianos una peculiar misión de apóstoles, enviándolos como obreros a su
viña, y, de manera especial, a este campo de la familia.
En esta actividad ellos actúan en comunión y colaboración con los
restantes miembros de la Iglesia, que también trabajan en favor de la familia,
poniendo a disposición sus dones y ministerios.
Este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia,
con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos sus
aspectos, con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada para su
maduración en la fe, con la educación en la castidad, con la preparación a la
vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y morales
por los que a menudo se ven amenazados, con su gradual y responsable inserción
en la comunidad eclesial y civil, con la asistencia y el consejo en la elección
de la vocación, con la mutua ayuda entre los miembros de la familia para el
común crecimiento humano y cristiano, etc. El apostolado de la familia, por
otra parte, se irradiará con obras de caridad espiritual y material hacia las
demás familias, especialmente a las más necesitadas de ayuda y apoyo, a los
pobres, los enfermos, los ancianos, los minusválidos, los huérfanos, las
viudas, los cónyuges abandonados, las madres solteras y aquellas que en
situaciones difíciles sienten la tentación de deshacerse del fruto de su seno,
etc.
Asociaciones de familias para las familias
72. Sin salir del ámbito de la Iglesia, sujeto responsable de la
pastoral familiar, hay que recordar las diversas agrupaciones de fieles, en las
que se manifiesta y se vive de algún modo el misterio de la Iglesia de Cristo.
Por consiguiente, se han de reconocer y valorar —cada una según las
características, finalidades, incidencias y métodos propios— las varias comunidades
eclesiales, grupos y movimientos comprometidos de distintas maneras, por
títulos y a niveles diversos, en la pastoral familiar.
Por este motivo el Sínodo ha reconocido expresamente la aportación de
tales asociaciones de espiritualidad, de formación y de apostolado. Su cometido
será el de suscitar en los fieles un vivo sentido de solidaridad, favorecer una
conducta de vida inspirada en el Evangelio y en la fe de la Iglesia, formar las
conciencias según los valores cristianos y no según los criterios de la opinión
pública, estimular a obras de caridad recíproca y hacia los demás con un
espíritu de apertura, que hace de las familias cristianas una verdadera fuente
de luz y un sano fermento para las demás.
Igualmente es deseable que, con un vivo sentido del bien común, las
familias cristianas se empeñen activamente, a todos los niveles, incluso en
asociaciones no eclesiales. Algunas de estas asociaciones se proponen la
preservación, la transmisión y tutela de los sanos valores éticos y culturales
del respectivo pueblo, el desarrollo de la persona humana, la protección
médica, jurídica y social de la maternidad y de la infancia, la justa promoción
de la mujer y la lucha frente a todo lo que va contra su dignidad, el
incremento de la mutua solidaridad, el conocimiento de los problemas que tienen
conexión con la regulación responsable de la fecundidad, según los métodos
naturales conformes con la dignidad humana y la doctrina de la Iglesia. Otras
miran a la construcción de un mundo más justo y más humano, a la promoción de
leyes justas que favorezcan el recto orden social en el pleno respeto de la
dignidad y de la legítima libertad del individuo y de la familia, a nivel
nacional e internacional, y a la colaboración con la escuela y con las otras
instituciones que completan la educación de los hijos, etc.
III - AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Además de la familia —objeto y sobre todo sujeto de la pastoral
familiar— hay que recordar también los otros agentes principales en este campo
concreto.
Obispos y presbíteros
73. El primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis es el
obispo. Como Padre y Pastor debe prestar particular solicitud a este sector,
sin duda prioritario, de la pastoral. A él debe dedicar interés, atención,
tiempo, personas, recursos; y sobre todo apoyo personal a las familias y a
cuantos, en las diversas estructuras diocesanas, le ayudan en la pastoral de la
familia. Procurará particularmente que la propia diócesis sea cada vez más una
verdadera «familia diocesana», modelo y fuente de esperanza para tantas
familias que a ella pertenecen. La creación del Pontificio Consejo para la
Familia se ha de ver en este contexto; es un signo de la importancia que yo
atribuyo a la pastoral de la familia en el mundo, para que al mismo tiempo sea
un instrumento eficaz a fin de ayudar a promoverla a todos los niveles.
Los obispos se valen de modo particular de los presbíteros, cuya tarea
—como ha subrayado expresamente el Sínodo— constituye una parte esencial del
ministerio de la Iglesia hacia el matrimonio y la familia. Lo mismo se diga de
aquellos diáconos a los que eventualmente se confíe el cuidado de este sector
pastoral.
Su responsabilidad se extiende no sólo a los problemas morales y
litúrgicos, sino también a los de carácter personal y social. Ellos deben
sostener a la familia en sus dificultades y sufrimientos, acercándose a sus
miembros, ayudándoles a ver su vida a la luz del Evangelio. No es superfluo
anotar que de esta misión, si se ejerce con el debido discernimiento y
verdadero espíritu apostólico, el ministro de la Iglesia saca nuevos estímulos
y energías espirituales aun para la propia vocación y para el ejercicio mismo
de su ministerio.
El sacerdote o el diácono preparados adecuada y seriamente para este
apostolado, deben comportarse constantemente, con respecto a las familias, como
padre, hermano, pastor y maestro, ayudándolas con los recursos de la gracia e
iluminándolas con la luz de la verdad. Por lo tanto, su enseñanza y sus
consejos deben estar siempre en plena consonancia con el Magisterio auténtico
de la Iglesia de modo que ayude al pueblo de Dios a formarse un recto sentido
de la fe, que ha de aplicarse luego en la vida concreta. Esta fidelidad al
Magisterio permitirá también a los sacerdotes lograr una perfecta unidad de criterios
con el fin de evitar ansiedades de conciencia en los fieles.
Pastores y laicado participan dentro de la Iglesia en la misión
profética de Cristo: los laicos, testimoniando la fe con las palabras y con la
vida cristiana; los pastores, discerniendo en tal testimonio lo que es
expresión de fe genuina y lo que no concuerda con ella; la familia, como
comunidad cristiana, con su peculiar participación y testimonio de fe. Se abre
así un diálogo entre los pastores y las familias. Los teólogos y los expertos en
problemas familiares pueden ser de gran ayuda en este diálogo, explicando
exactamente el contenido del Magisterio de la Iglesia y el de la experiencia de
la vida de familia. De esta manera se comprenden mejor las enseñanzas del
Magisterio y se facilita el camino para su progresivo desarrollo. No obstante,
es bueno recordar que la norma próxima y obligatoria en doctrina de fe —incluso
en los problemas de la familia— es competencia del Magisterio jerárquico.
Relaciones claras entre los teólogos, los expertos en problemas familiares y el
Magisterio ayudan no poco a la recta comprensión de la fe y a promover —dentro
de los límites de la misma— el legítimo pluralismo.
Religiosos y religiosas
74. La ayuda que los religiosos, religiosas y almas consagradas en general,
pueden dar al apostolado de la familia encuentra su primera, fundamental y
original expresión precisamente en su consagración a Dios: «De este modo evocan
ellos ante todos los fieles aquel maravilloso connubio, fundado por Dios y que
ha de revelarse plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene por
esposo único a Cristo»[169].
Esa consagración los convierte en testigos de aquella caridad universal que,
por medio de la castidad abrazada por el Reino de los cielos, les hace cada vez
más disponibles para dedicarse generosamente al servicio divino y a las obras
de apostolado.
De ahí deriva la posibilidad de que religiosos y religiosas, miembros de
Institutos seculares y de otros Institutos de perfección, individualmente o
asociados, desarrollen su servicio a las familias, con especial dedicación a
los niños, especialmente a los abandonados, no deseados, huérfanos, pobres o
minusválidos; visitando a las familias y preocupándose de los enfermos;
cultivando relaciones de respeto y de caridad con familias incompletas, en
dificultad o separadas; ofreciendo su propia colaboración en la enseñanza y
asesoramiento para la preparación de los jóvenes al matrimonio, y en la ayuda
que hay que dar a las parejas para una procreación verdaderamente responsable;
abriendo la propia casa a una hospitalidad sencilla y cordial, para que las
familias puedan encontrar el sentido de Dios, el gusto por la oración y el
recogimiento, el ejemplo concreto de una vida vivida en caridad y alegría
fraterna, como miembros de la gran familia de Dios.
Quisiera añadir una exhortación apremiante a los responsables de los Institutos
de vida consagrada, para que consideren —dentro del respeto sustancial al
propio carisma original— el apostolado dirigido a las familias como una de las
tareas prioritarias, requeridas más urgentemente por la situación actual.
Laicos especializados
75. No poca ayuda pueden prestar a las familias los laicos
especializados (médicos, juristas, psicólogos, asistentes sociales, consejeros,
etc.) que, tanto individualmente como por medio de diversas asociaciones e
iniciativas, ofrecen su obra de iluminación, de consejo, de orientación y
apoyo. A ellos pueden aplicarse las exhortaciones que dirigí a la
Confederación de los Consultores familiares de inspiración cristiana: «El vuestro es un compromiso que bien
merece la calificación de misión, por lo noble que son las finalidades que
persigue, y determinantes para el bien de la sociedad y de la misma comunidad
cristiana los resultados que derivan de ellas... Todo lo que consigáis hacer en
apoyo de la familia está destinado a tener una eficacia que, sobrepasando su
ámbito, alcanza también otras personas e incide sobre la sociedad. El futuro
del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia»[170].
Destinatarios y agentes de la comunicación social
76. Una palabra aparte se ha de reservar a esta categoría tan importante
en la vida moderna. Es sabido que los instrumentos de comunicación social
«inciden a menudo profundamente, tanto bajo el aspecto afectivo e intelectual
como bajo el aspecto moral y religioso, en el ánimo de cuantos los usan»,
especialmente si son jóvenes[171].
Tales medios pueden ejercer un influjo benéfico en la vida y las costumbres de
la familia y en la educación de los hijos, pero al mismo tiempo esconden
también «insidias y peligros no insignificantes»[172],
y podrían convertirse en vehículo —a veces hábil y sistemáticamente manipulado,
como desgraciadamente acontece en diversos países del mundo— de ideologías
disgregadoras y de visiones deformadas de la vida, de la familia, de la
religión, de la moralidad y que no respetan la verdadera dignidad y el destino
del hombre.
Peligro tanto más real, cuanto «el modo de vivir, especialmente en las
naciones más industrializadas, lleva muy a menudo a que las familias se
descarguen de sus responsabilidades educativas, encontrando en la facilidad de
evasión (representada en casa especialmente por la televisión y ciertas
publicaciones) el modo de tener ocupados tiempo y actividad de los niños y
muchachos»[173].
De ahí «el deber ... de proteger especialmente a los niños y muchachos de las
"agresiones" que sufren también por parte de los mass-media»,
procurando que el uso de éstos en familia sea regulado cuidadosamente. Con la
misma diligencia la familia debería buscar para sus propios hijos también otras
diversiones más sanas, más útiles y formativas física, moral y espiritualmente
«para potenciar y valorizar el tiempo libre de los adolescentes y orientar sus
energías»[174].
Puesto que además los instrumentos de comunicación social —así como la
escuela y el ambiente— inciden a menudo de manera notable en la formación de
los hijos, los padres, en cuanto receptores, deben hacerse parte activa en el
uso moderado, crítico, vigilante y prudente de tales medios, calculando el
influjo que ejercen sobre los hijos; y deben dar una orientación que permita
«educar la conciencia de los hijos para emitir juicios serenos y objetivos, que
después la guíen en la elección y en el rechazo de los programas propuestos»[175].
Con idéntico empeño los padres tratarán de influir en la elección y
preparación de los mismos programas, manteniéndose —con oportunas iniciativas—
en contacto con los responsables de las diversas fases de la producción y de la
transmisión, para asegurarse que no sean abusivamente olvidados o expresamente
conculcados aquellos valores humanos fundamentales que forman parte del
verdadero bien común de la sociedad, sino que, por el contrario, se difundan
programas aptos para presentar en su justa luz los problemas de la familia y su
adecuada solución. A este respecto, mi predecesor Pablo VI escribía: «Los
productores deben conocer y respetar las exigencias de la familia, y esto
requiere a veces, por parte de ellos, una verdadera valentía, y siempre un alto
sentido de responsabilidad. Ellos, en efecto, están obligados a evitar todo lo
que pueda dañar a la familia en su existencia, en su estabilidad, en su
equilibrio y en su felicidad. Toda ofensa a los valores fundamentales de la
familia —se trate de erotismo o de violencia, de apología del divorcio o de
actitudes antisociales por parte de los jóvenes— es una ofensa al verdadero
bien del hombre»[176].
Yo mismo, en ocasión semejante, ponía de relieve que las familias «deben
poder contar en no pequeña medida con la buena voluntad, rectitud y sentido de
responsabilidad de los profesionales de los mass-media: editores,
escritores, productores, directores, dramaturgos, informadores, comentaristas y
actores»[177].
Por consiguiente, es justo que también por parte de la Iglesia se siga
dedicando toda atención a estas categorías de personas, animando y sosteniendo
al mismo tiempo a aquellos católicos que se sienten llamados y tienen
cualidades para trabajar en estos delicados sectores.
IV. - LA PASTORAL FAMILIAR EN LOS CASOS DIFÍCILES
Circunstancias particulares
77. Es necesario un empeño pastoral todavía más generoso, inteligente y
prudente, a ejemplo del Buen Pastor, hacia aquellas familias que —a menudo e
independientemente de la propia voluntad, o apremiados por otras exigencias de
distinta naturaleza— tienen que afrontar situaciones objetivamente difíciles.
A este respecto hay que llamar especialmente la atención sobre algunas
categorías particulares de personas, que tienen mayor necesidad no sólo de
asistencia, sino de una acción más incisiva ante la opinión pública y sobre
todo ante las estructuras culturales, profundas de sus dificultades.
Estas son, por ejemplo, las familias de los emigrantes por motivos
laborales; las familias de cuantos están obligados a largas ausencias, como los
militares, los navegantes, los viajeros de cualquier tipo; las familias de los
presos, de los prófugos y de los exiliados; las familias que en las grandes
ciudades viven prácticamente marginadas; las que no tienen casa; las
incompletas o con uno solo de los padres; las familias con hijos minusválidos o
drogados; las familias de alcoholizados; las desarraigadas de su ambiente
cultural y social o en peligro de perderlo; las discriminadas por motivos
políticos o por otras razones; las familias ideológicamente divididas; las que
no consiguen tener fácilmente un contacto con la parroquia; las que sufren
violencia o tratos injustos a causa de la propia fe; las formadas por esposos
menores de edad; los ancianos, obligados no raramente a vivir en soledad o sin
adecuados medios de subsistencia.
Las familias de emigrantes, especialmente tratándose de obreros y campesinos, deben tener la
posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia su patria. Esta es una tarea
connatural a la Iglesia, dado que es signo de unidad en la diversidad. En
cuanto sea posible estén asistidos por sacerdotes de su mismo rito, cultura e
idioma. Corresponde igualmente a la Iglesia hacer una llamada a la conciencia
pública y a cuantos tienen autoridad en la vida social, económica y política,
para que los obreros encuentren trabajo en su propia región y patria, sean
retribuidos con un justo salario, las familias vuelvan a reunirse lo antes
posible, sea tenida en consideración su identidad cultural, sean tratadas igual
que las otras, y a sus hijos se les dé la oportunidad de la formación
profesional y del ejercicio de la profesión, así como de la posesión de la
tierra necesaria para trabajar y vivir.
Un problema difícil es el de las familias ideológicamente divididas. En
estos casos se requiere una particular atención pastoral. Sobre todo hay que
mantener con discreción un contacto personal con estas familias. Los creyentes
deben ser fortalecidos en la fe y sostenidos en la vida cristiana. Aunque la
parte fiel al catolicismo no puede ceder, no obstante, hay que mantener siempre
vivo el diálogo con la otra parte. Deben multiplicarse las manifestaciones de
amor y respeto, con la viva esperanza de mantener firme la unidad. Mucho
depende también de las relaciones entre padres e hijos. Las ideologías extrañas
a la fe pueden estimular a los miembros creyentes de la familia a crecer en la
fe y en el testimonio de amor.
Otros momentos difíciles en los que la familia tiene necesidad de la
ayuda de la comunidad eclesial y de sus pastores pueden ser: la adolescencia
inquieta, contestadora y a veces problematizada de los hijos; su matrimonio que
les separa de la familia de origen; la incomprensión o la falta de amor por
parte de las personas más queridas; el abandono por parte del cónyuge o su pérdida,
que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de la muerte de un familiar, que
mutila y transforma en profundidad el núcleo original de la familia.
Igualmente no puede ser descuidado por la Iglesia el período de la
ancianidad, con todos sus contenidos positivos y negativos: la posible
profundización del amor conyugal cada vez más purificado y ennoblecido por una
larga e ininterrumpida fidelidad; la disponibilidad a poner en favor de los
demás, de forma nueva, la bondad y la cordura acumulada y las energías que
quedan; la dura soledad, a menudo más psicológica y afectiva que física, por el
eventual abandono o por una insuficiente atención por parte de los hijos y de
los parientes; el sufrimiento a causa de enfermedad, por el progresivo
decaimiento de las fuerzas, por la humillación de tener que depender de otros,
por la amargura de sentirse como un peso para los suyos, por el acercarse de
los últimos momentos de la vida. Son éstas las ocasiones en las que —como han
sugerido los Padres Sinodales— más fácilmente se pueden hacer comprender y
vivir los aspectos elevados de la espiritualidad matrimonial y familiar, que se
inspiran en el valor de la cruz y resurrección de Cristo, fuente de
santificación y de profunda alegría en la vida diaria, en la perspectiva de las
grandes realidades escatológicas de la vita eterna.
En estas diversas situaciones no se descuide jamás la oración, fuente de
luz y de fuerza, y alimento de la esperanza cristiana.
Matrimonios mixtos
78. El número creciente de matrimonios entre católicos y otros
bautizados requiere también una peculiar atención pastoral a la luz de las
orientaciones y normas contenidas en los recientes documentos de la Santa Sede
y en los elaborados por las Conferencias Episcopales, para facilitar su
aplicación concreta en las diversas situaciones.
Las parejas que viven en matrimonio mixto presentan peculiares
exigencias que pueden reducirse a tres apartados principales.
Hay que considerar ante todo las obligaciones de la parte católica que
derivan de la fe, en lo concerniente al libre ejercicio de la misma y a la
consecuente obligación de procurar, según las propias posibilidades, bautizar y
educar los hijos en la fe católica[178].
Hay que tener presentes las particulares dificultades inherentes a las
relaciones entre marido y mujer, en lo referente al respeto de la libertad
religiosa; ésta puede ser violada tanto por presiones indebidas para lograr el
cambio de las convicciones religiosas de la otra parte, como por impedimentos
puestos a la manifestación libre de las mismas en la práctica religiosa.
En lo referente a la forma litúrgica y canónica del matrimonio, los
Ordinarios pueden hacer uso ampliamente de sus facultades por varios motivos.
Al tratar de estas exigencias especiales hay que poner atención en estos
puntos:
- en la preparación concreta a
este tipo de matrimonio, debe realizarse todo esfuerzo razonable para
hacer comprender la doctrina católica sobre las cualidades y exigencias
del matrimonio, así como para asegurarse de que en el futuro no se
verifiquen las presiones y los obstáculos, de los que antes se ha hablado.
- es de suma importancia que,
con el apoyo de la comunidad, la parte católica sea fortalecida en su fe y
ayudada positivamente a madurar en la comprensión y en la práctica de la
misma, de manera que llegue a ser verdadero testigo creíble dentro de la
familia, a través de la vida misma y de la calidad del amor demostrado al
otro cónyuge y a los hijos.
Los matrimonios entre católicos y otros bautizados presentan aun en su
particular fisonomía numerosos elementos que es necesario valorar y
desarrollar, tanto por su valor intrínseco, como por la aportación que pueden
dar al movimiento ecuménico. Esto es verdad sobre todo cuando los dos cónyuges
son fieles a sus deberes religiosos. El bautismo común y el dinamismo de la
gracia procuran a los esposos, en estos matrimonios, la base y las motivaciones
para compartir su unidad en la esfera de los valores morales y espirituales.
A tal fin, aun para poner en evidencia la importancia ecuménica de este
matrimonio mixto, vivido plenamente en la fe por los dos cónyuges cristianos,
se debe buscar —aunque esto no sea siempre fácil— una colaboración cordial
entre el ministro católico y el no católico, desde el tiempo de la preparación
al matrimonio y a la boda.
Respecto a la participación del cónyuge no católico en la comunión
eucarística, obsérvense las normas impartidas por el Secretariado para la Unión
de los Cristianos[179].
En varias partes del mundo se asiste hoy al aumento del número de
matrimonios entre católicos y no bautizados. En muchos de ellos, el cónyuge no
bautizado profesa otra religión, y sus convicciones deben ser tratadas con
respeto, de acuerdo con los principios de la Declaración Nostra aetate del
Concilio Ecuménico Vaticano II sobre las relaciones con las religiones no
cristianas; en no pocos otros casos, especialmente en las sociedades
secularizadas, la persona no bautizada no profesa religión alguna. Para estos
matrimonios es necesario que las Conferencias Episcopales y cada uno de los
obispos tomen adecuadas medidas pastorales, encaminadas a garantizar la defensa
de la fe del cónyuge católico y la tutela del libre ejercicio de la misma,
sobre todo en lo que se refiere al deber de hacer todo lo posible para que los
hijos sean bautizados y educados católicamente. El cónyuge católico debe además
ser ayudado con todos los medios en su obligación de dar, dentro de la familia,
un testimonio genuino de fe y vida católica.
Acción pastoral frente a algunas situaciones irregulares
79. En su solicitud por tutelar la familia en toda su dimensión, no sólo
la religiosa, el Sínodo no ha dejado de considerar atentamente algunas
situaciones irregulares, desde el punto de vista religioso y con frecuencia también
civil, que —con las actuales y rápidas transformaciones culturales— se van
difundiendo por desgracia también entre los católicos con no leve daño de la
misma institución familiar y de la sociedad, de la que ella es la célula
fundamental.
a) Matrimonio a prueba
80. Una primera situación irregular es la del llamado «matrimonio a
prueba» o experimental, que muchos quieren hoy justificar, atribuyéndole un
cierto valor. La misma razón humana insinúa ya su no aceptabilidad, indicando
que es poco convincente que se haga un «experimento» tratándose de personas
humanas, cuya dignidad exige que sean siempre y únicamente término de un amor
de donación, sin límite alguno ni de tiempo ni de otras circunstancias.
La Iglesia por su parte no puede admitir tal tipo de unión por motivos
ulteriores y originales derivados de la fe. En efecto, por una parte el don del
cuerpo en la relación sexual es el símbolo real de la donación de toda la
persona; por lo demás, en la situación actual tal donación no puede realizarse
con plena verdad sin el concurso del amor de caridad dado por Cristo. Por otra
parte, el matrimonio entre dos bautizados es el símbolo real de la unión de
Cristo con la Iglesia, una unión no temporal o «ad experimentum», sino fiel
eternamente; por tanto, entre dos bautizados no puede haber más que un
matrimonio indisoluble.
Esta situación no puede ser superada de ordinario, si la persona humana
no ha sido educada —ya desde la infancia, con la ayuda de la gracia de Cristo y
no por temor— a dominar la concupiscencia naciente e instaurar con los demás
relaciones de amor genuino. Esto no se consigue sin una verdadera educación en
el amor auténtico y en el recto uso de la sexualidad, de tal manera que
introduzca a la persona humana —en todas sus dimensiones, y por consiguiente
también en lo que se refiere al propio cuerpo— en la plenitud del misterio de
Cristo.
Será muy útil preguntarse acerca de las causas de este fenómeno,
incluidos los aspectos psicológicos, para encontrar una adecuada solución.
b) Uniones libres de hecho
81. Se trata de uniones sin algún vínculo institucional públicamente
reconocido, ni civil ni religioso. Este fenómeno, cada vez más frecuente, ha de
llamar la atención de los pastores de almas, ya que en el mismo puede haber
elementos varios, actuando sobre los cuales será quizá posible limitar sus
consecuencias.
En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles
situaciones —económicas, culturales y religiosas— en cuanto que, contrayendo
matrimonio regular, quedarían expuestos a daños, a la pérdida de ventajas
económicas, a discriminaciones, etc. En otros, por el contrario, se encuentra
una actitud de desprecio, contestación o rechazo de la sociedad, de la
institución familiar, de la organización socio-política o de la mera búsqueda
del placer. Otros, finalmente, son empujados por la extrema ignorancia y
pobreza, a veces por condicionamientos debidos a situaciones de verdadera
injusticia, o también por una cierta inmadurez psicológica que les hace sentir
la incertidumbre o el temor de atarse con un vínculo estable y definitivo. En
algunos países las costumbres tradicionales prevén el matrimonio verdadero y
propio solamente después de un período de cohabitación y después del nacimiento
del primer hijo.
Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia serios problemas
pastorales, por las graves consecuencias religiosas y morales que de ellos
derivan (pérdida del sentido religioso del matrimonio visto a la luz de la
Alianza de Dios con su pueblo, privación de la gracia del sacramento, grave
escándalo), así como también por las consecuencias sociales (destrucción del
concepto de familia, atenuación del sentido de fidelidad incluso hacia la
sociedad, posibles traumas psicológicos en los hijos y afirmación del egoísmo).
Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por conocer tales
situaciones y sus causas concretas, caso por caso; se acercarán a los que
conviven, con discreción y respeto; se empeñarán en una acción de iluminación
paciente, de corrección caritativa y de testimonio familiar cristiano que pueda
allanarles el camino hacia la regularización de su situación. Pero, sobre todo,
adelántense enseñándoles a cultivar el sentido de la fidelidad en la educación
moral y religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y
estructuras que favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera
libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles comprender la
rica realidad humana y sobrenatural del matrimonio-sacramento.
El pueblo de Dios se esfuerce también ante las autoridades públicas para
que —resistiendo a las tendencias disgregadoras de la misma sociedad y nocivas
para la dignidad, seguridad y bienestar de los ciudadanos— procuren que la
opinión pública no sea llevada a menospreciar la importancia institucional del
matrimonio y de la familia. Y dado que en muchas regiones, a causa de la
extrema pobreza derivada de unas estructuras socio-económicas injustas o
inadecuadas, los jóvenes no están en condiciones de casarse como conviene, la
sociedad y las autoridades públicas favorezcan el matrimonio legítimo a través
de una serie de intervenciones sociales y políticas, garantizando el salario
familiar, emanando disposiciones para una vivienda apta a la vida familiar y
creando posibilidades adecuadas de trabajo y de vida.
c) Católicos unidos con mero matrimonio civil
82. Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos
ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando
o, por lo menos, diferiendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin
más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos
un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a
veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio. Buscando
el reconocimiento público del vínculo por parte del Estado, tales parejas
demuestran una disposición a asumir, junto con las ventajas, también las
obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la
Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la necesidad de
coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e intentará hacer
lo posible para convencer a estas personas a regular su propia situación a la
luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e
interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la
Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos.
d) Separados y divorciados no casados de nuevo
83. Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas, incapacidad de
abrise a las relaciones interpersonales, etc., pueden conducir dolorosamente el
matrimonio válido a una ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente la
separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier
intento razonable haya sido inútil.
La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del cónyuge
separado, especialmente si es inocente. En este caso la comunidad eclesial debe
particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda
concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la
difícil situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del
perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente
la vida conyugal anterior.
Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio,
pero que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no
se deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento
prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida
cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume
un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo
todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de
ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos.
e) Divorciados casados de nuevo
84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien ha recurrido
al divorcio tiene normalmente la intención de pasar a una nueva unión,
obviamente sin el rito religioso católico. Tratándose de una plaga que, como
otras, invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos, el
problema debe afrontarse con atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo
han estudiado expresamente. La Iglesia, en efecto, instituida para conducir a
la salvación a todos los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede
abandonar a sí mismos a quienes —unidos ya con el vínculo matrimonial
sacramental— han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto procurará
infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación.
Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las
situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han
esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo
injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio
canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión
en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en
conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no
había sido nunca válido.
En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la
comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con
solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun
debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a
escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a
perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas
de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe
cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de
este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime,
se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la
esperanza.
La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su
práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan
otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y
situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la
Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo
pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían
inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la
indisolubilidad del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el
camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que,
arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a
Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la
indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el
hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los
hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso
de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»[180].
Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los
mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe
a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar
ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En
efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas
nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre
la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.
Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y
a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos
suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados
por su cónyuge legítimo.
La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han
alejado del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios
la gracia de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la
penitencia y en la caridad.
Los privados de familia
85. Deseo añadir una palabra en favor de una categoría de personas que,
por la situación concreta en la que viven —a menudo no por voluntad deliberada—
considero especialmente cercanas al Corazón de Cristo, dignas del afecto y
solicitud activa de la Iglesia, así como de los pastores.
Hay en el mundo muchas personas que desgraciadamente no tienen en
absoluto lo que con propiedad se llama una familia. Grandes sectores de la
humanidad viven en condiciones de enorme pobreza, donde la promiscuidad, la
falta de vivienda, la irregularidad de relaciones y la grave carencia de cultura
no permiten poder hablar de verdadera familia. Hay otras personas que por
motivos diversos se han quedado solas en el mundo. Sin embargo para todas ellas
existe una «buena nueva de la familia».
Teniendo presentes a los que viven en extrema pobreza, he hablado ya de
la necesidad urgente de trabajar con valentía para encontrar soluciones,
también a nivel político, que permitan ayudarles a superar esta condición
inhumana de postración. Es un deber que incumbe solidariamente a toda la
sociedad, pero de manera especial a las autoridades, por razón de sus cargos y
consecuentes responsabilidades, así como a las familias que deben demostrar
gran comprensión y voluntad de ayuda.
A los que no tienen una familia natural, hay que abrirles todavía más
las puertas de la gran familia que es la Iglesia, la cual se concreta a su vez
en la familia diocesana y parroquial, en las comunidades eclesiales de base o
en los movimientos apostólicos. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la
Iglesia es casa y familia para todos, especialmente para cuantos están
fatigados y cargados[181].
CONCLUSIÓN
86. A vosotros esposos, a vosotros padres y madres de familia.
A vosotros, jóvenes, que sois el futuro y la esperanza de la Iglesia y
del mundo, y seréis los responsables de la familia en el tercer milenio que se
acerca.
A vosotros, venerables y queridos hermanos en el Episcopado y en el
sacerdocio, queridos hijos religiosos y religiosas, almas consagradas al Señor,
que testimoniáis a los esposos la realidad última del amor de Dios.
A vosotros, hombres de sentimientos rectos, que por diversas
motivaciones os preocupáis por el futuro de la familia, se dirige con anhelante
solicitud mi pensamiento al final de esta Exhortación Apostólica.
¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!
Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena
voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la
familia.
A este respecto, siento el deber de pedir un empeño particular a los
hijos de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen plenamente el designio
maravilloso de Dios, tienen una razón de más para tomar con todo interés la
realidad de la familia en este tiempo de prueba y de gracia.
Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una consigna
concreta y exigente.
Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos
siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la
amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por
crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente
de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el
desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en
sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios
le ha confiado: «Es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a
remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo»[182].
Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar con
alegría y convicción la «buena nueva» sobre la familia, que tiene absoluta
necesidad de escuchar siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las
palabras auténticas que le revelan su identidad, sus recursos interiores, la
importancia de su misión en la Ciudad de los hombres y en la de Dios.
La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al fondo
de su más íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido en la escuela
de Cristo y en el de la historia, —interpretada a la luz del Espíritu— no lo
impone, sino que siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin
temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que la «buena
nueva» conoce el lenguaje de la Cruz. Porque es a través de ella como la
familia puede llegar a la plenitud de su ser y a la perfección del amor.
Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a colaborar,
cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven
su responsabilidad al servicio de la familia. Cuantos se consagran a su bien
dentro de la Iglesia, en su nombre o inspirados por ella, ya sean individuos o
grupos, movimientos o asociaciones, encuentran frecuentemente a su lado
personas e instituciones diversas que trabajan por el mismo ideal. Con
fidelidad a los valores del Evangelio y del hombre, y con respeto a un legítimo
pluralismo de iniciativas, esta colaboración podrá favorecer una promoción más
rápida e integral de la familia.
Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que quiere llamar la atención
de todos sobre el cometido pesado pero atractivo de la familia cristiana, deseo
invocar la protección de la Sagrada Familia de Nazaret.
Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el
Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias
cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia
anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la
pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera
incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas,
más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes
cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida,
abriéndose generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo
gozosamente los planes de Dios sobre ellas.
Que San José, «hombre justo», trabajador incansable, custodio
integérrimo de los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e ilumine
siempre.
Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de
la «Iglesia doméstica», y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana
pueda llegar a ser verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se refleje y
reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor,
ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre
Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las
lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.
Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente
como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y
fortaleza. A Él, en el día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia
sepa dar generosamente su aportación original para la venida de su Reino al
mundo, «Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de
justicia, de amor y de paz»[183] hacia
el cual está caminando la historia.
A Cristo, a María y a José encomiendo cada familia. En sus manos y en su
corazón pongo esta Exhortación: que ellos os la ofrezcan a vosotros, venerables
Hermanos y amadísimos hijos, y abran vuestros corazones a la luz que el
Evangelio irradia sobre cada familia.
Asegurándoos mi constante recuerdo en la plegaria, imparto de corazón a
todos y cada uno, la Bendición Apostólica, en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de noviembre, solemnidad de
Jesucristo, Rey del Universo, del año 1981, cuarto de mi Pontificado.
JUAN PABLO II
NOTAS
[1]. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 52.
[2] Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo
de los Obispos, 2 (26 de septiembre de 1980): AAS 72 (1980), 1008.
[5] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 47; Juan Pablo II, Carta Appropinquat iam, 1 (15 de agosto de 1980): AAS 72
(1980), 791.
[7] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 47.
[8] Cfr. Juan Pablo II, Discurso al Consejo de la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos (23 de febrero de 1980): Insegnamenti di Giovanni Paolo II,
III, 1 (1980), 472-476.
[9] Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 4.
[13] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 12; Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, 2: AAS 65 (1973),
398-400.
[14] Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 12; Const. dogmática sobre la divina
revelación Dei Verbum, 10.
[15] Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo
de los Obispos 3 (26 de septiembre del 1980): AAS 72 (1980),
1008.
[18] Cfr. Ef 3, 8, Conc. Ecum. Vat. II, Const.
pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 44; Decr. sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 15 y 22.
[22] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 12.
[30] Cfr. Conc. Ecum. Trident., Sessio XXIV, can. 1: I. D. Mansi, Sacrorum
Conciliorum Nova et Amplissima Collectio, 33, 149 s.
[31] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
[32] Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de
Liaison des Equipes de Recherche», 3 (3 de noviembre de 1979): Insegnamenti di Giovanni Paolo II,
II, 2 (1979), 1032.
[34] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 50.
[37] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 78.
[41] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de la vida
religiosa Perfectae caritatis, 12.
[47] Cfr. Juan Pablo II, Homilía durante la misa para las
familias, 4 (Kinshasa, 3 de
mayo de 1980): AAS 72 (1980), 426 s.
[48] Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 49; cfr. Juan Pablo II, Homilía durante la misa para las
familias, 4 (Kinshasa, 3 de
mayo de 1980): l.c.
[58]. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 11, cfr. Decr. sobre el apostolado de
los seglares Apostolicam actuositatem, 11.
[61] Cfr. Conc. Ecum. Vat, II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
[63] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 24.
[72] Cfr. Juan Pablo II, Homilía a los fieles de Terni, 3-5 (19 de marzo de 1981): AAS 73
(1981), 268-271.
[74] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 52.
[76] Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las
Naciones Unidas, 21 (2 de octubre del 1979): AAS 71(1979), 1159.
[78] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
[79] Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el
«International Forum on Active Aging», 5 (5 de septiembre de 1980) Insegnamenti di Giovanni Paolo II,
III, 2 (1980), 539.
[83] Propositio 22. La conclusión del n. 11 de la
Encíclica Humanae vitae afirma: «La Iglesia, al exigir
que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su
constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a
la transmisión de la vida» («ut quilibet matrimonii usus ad vitam humanam
procreandam per se destinatus permaneat »): AAS 60 (1968),
488.
[85] Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a
las Familias cristianas en el mundo contemporáneo, 5 (24 de octubre del 1980): L'Osservatore
Romano en lengua española (2 de noviembre del 1980).
[91] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 51.
[95] Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo
de los Obispos, 8 (25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1083.
[97] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de
Liaison des Equipes de Recherche», 9 (3 de noviembre de 1979): Insegnamenti di Giovanni Paolo II,
II, 2 (1979), 1035, cfr. también Discurso a los Participantes en el Congreso
Internacional de la Familia de Africa y de Europa, 1 s. (15 de enero de
1981): L'Osservatore Romano en lengua española, 1 de febrero
de 1981.
[102] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la
juventud Gravissimum educationis, 2.
[104] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la
juventud Gravissimum educationis, 3.
[107] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 11.
[114] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 11; Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11; Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo
de los Obispos, 3 (26 de septiembre de 1980): AAS 72 (1980), 1008.
[124] Cfr. Discurso a la III Asamblea General de
los Obispos de América Latina, IV a) (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), 204.
[133] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 35; Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11.
[151] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la
juventud Gravissimum educationis, 3; cfr. Juan Pablo II, Exhort.
Ap. Catechesi tradendae, 36: AAS 71 (1979),
1308.
[152] Discurso en la Audiencia general (11 de agosto de 1976): Insegnamenti
di Paolo VI, XIV (1976), 640.
[156] Juan Pablo II, Discurso en el Santuario de la Mentorella (29 de octubre de 1978): Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, I (1978), 78 s.
[157] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 4.
[158] Cfr. Juan Pablo I, Discurso a los Obispos de la XII Región
Pastoral de los Estados Unidos de América (21 de septiembre de 1978):AAS 70
(1978), 767.
[164] Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a
las Familias cristianas en el mundo contemporáneo, 12: L'Osservatore Romano en
lengua española (26 de octubre de 1980).
[165] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la III Asamblea General de
los Obispos de América Latina, IVa) (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), 204.
[169] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de la vida
religiosa Perfectae caritatis, 12.
[171] Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las
Comunicaciones Sociales (7 de abril de 1969): AAS 61 (1969), 455.
[172] Juan Pablo II, Mensaje para la XIV Jornada Mundial de
las Comunicaciones Sociales (1 de mayo del 1980): Insegnamenti di Giovanni Paolo II,
III, I (1980), 1042.
[173] Juan Pablo II, Mensaje para la XV Jornada Mundial de
las Comunicaciones Sociales, 5: L'Osservatore Romano en lengua española, 31 de
mayo de 1981.
[177] Mensaje para la XIV Jornada Mundial de
las Comunicaciones Sociales: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III, 1 (1980), 1044.
[178] Cfr. Pablo VI, Motu Proprio Matrimonia mixta,
4-5: AAS62 (1970), 257 ss. Juan Pablo II, Discurso a los
participantes en la reunión plenaria del Secretariado para la Unión de los
Cristianos (13 noviembre de 1981): L'Osservatore Romano (14 de
noviembre de 1981).
[179] Instr. In quibus rerum circumstantiis (15 de
junio de 1972): AAS 64 (1972), 518-525; Nota del 17 de octubre
de 1973: AAS 65 (1973), 616-619.
[180] Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo
de los Obispos, 7 (25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1082.