EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
VITA CONSECRATA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO Y AL CLERO
A LAS ÓRDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA
A LOS INSTITUTOS SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA Y SU MISIÓN
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
POSTSINODAL
VITA CONSECRATA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO Y AL CLERO
A LAS ÓRDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA
A LOS INSTITUTOS SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA Y SU MISIÓN
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
INTRODUCCIÓN
1. La vida consagrada, enraizada profundamente en
los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su
Iglesia por medio del Espíritu. Con la profesión de los consejos
evangélicos los rasgos característicos de Jesús—virgen, pobre y
obediente— tienen una típica y permanente « visibilidad » en medio del
mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio del Reino de
Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo.
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres
y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han
elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con
corazón « indiviso » (cf. 1 Co 7, 34). También ellos, como los
Apóstoles, han dejado todo para estar con El y ponerse, como El, al servicio de
Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el misterio y
la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de vida espiritual y
apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado
también a renovar la sociedad.
Acción de gracias por la vida
consagrada
2. El papel de la vida consagrada en la Iglesia es
tan importante que decidí convocar un Sínodo para profundizar en su significado
y perspectivas, en vista del ya inminente nuevo milenio. Quise que en la
Asamblea sinodal estuvieran también presentes, junto a los Padres, numerosos
consagrados y consagradas, para que no faltase su aportación a la reflexión
común.
Todos somos conscientes de la riqueza que para la
comunidad eclesial constituye el don de la vida consagrada en la variedad de
sus carismas y de sus instituciones. Juntos damos gracias a Dios por
las Órdenes e Institutos religiosos dedicados a la contemplación o a las obras
de apostolado, por las Sociedades de vida apostólica, por los Institutos
seculares y por otros grupos de consagrados, como también por todos aquellos
que, en el secreto de su corazón, se entregan a Dios con una especial
consagración.
El Sínodo ha podido comprobar la difusión universal
de la vida consagrada, presente en las Iglesias de todas las partes de la
tierra. La vida consagrada anima y acompaña el desarrollo de la evangelización
en las diversas regiones del mundo, donde no sólo se acogen con gratitud los
Institutos procedentes del exterior, sino que se constituyen otros nuevos, con
gran variedad de formas y de expresiones.
De este modo, si en algunas regiones de la tierra
los Institutos de vida consagrada parece que atraviesan un momento de
dificultad, en otras prosperan con sorprendente vigor, mostrando que la opción
de total entrega a Dios en Cristo no es incompatible con la cultura y la
historia de cada pueblo. Además, no florece solamente dentro de la Iglesia
católica; en realidad, se encuentra particularmente viva en el monacato de las
Iglesias ortodoxas, como rasgo esencial de su fisonomía, y está naciendo o
resurgiendo en las Iglesias y Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma,
como signo de una gracia común de los discípulos de Cristo. De esta
constatación deriva un impulso al ecumenismo que alimenta el deseo de una
comunión siempre más plena entre los cristianos, « para que el mundo crea » (Jn 17,
21).
La vida consagrada es un don a la
Iglesia
3. La presencia universal de la vida consagrada y
el carácter evangélico de su testimonio muestran con toda evidencia —si es que
fuera necesario— que no es una realidad aislada y marginal, sino
que abarca a toda la Iglesia. Los Obispos en el Sínodo lo han confirmado muchas
veces: « de re nostra agitur », « es algo que nos afecta »[1].
En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como
elemento decisivo para su misión, ya que « indica la naturaleza íntima de la
vocación cristiana »[2] y
la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo[3].
En el Sínodo se ha afirmado en varias ocasiones que la vida consagrada no sólo
ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es
un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de
Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión[4].
Las dificultades actuales, que no pocos Institutos
encuentran en algunas regiones del mundo, no deben inducir a suscitar dudas
sobre el hecho de que la profesión de los consejos evangélicos sea parte
integrante de la vida de la Iglesia, a la que aporta un precioso impulso hacia
una mayor coherencia evangélica[5].
Podrá haber históricamente una ulterior variedad de formas, pero no cambiará la
sustancia de una opción que se manifiesta en el radicalismo del don de sí mismo
por amor al Señor Jesús y, en El, a cada miembro de la familia humana. Con
esta certeza, que ha animado a innumerables personas a lo largo de los
siglos, el pueblo cristiano continúa contando, consciente de que
podrá obtener de la aportación de estas almas generosas un apoyo valiosísimo en
su camino hacia la patria del cielo.
Cosechando los frutos del Sínodo
4. Adhiriéndome al deseo manifestado por la
Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos reunida para reflexionar
sobre el tema « La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo »,
quiero presentar en esta Exhortación apostólica los frutos del itinerario
sinodal[6],
y mostrar a todos los fieles —Obispos, presbíteros, diáconos, personas
consagradas y laicos—, así como a cuantos se pongan a la escucha, las
maravillas que el Señor quiere realizar también hoy por medio de la vida
consagrada.
Este Sínodo, que sigue a los dedicados a los laicos
y a los presbíteros, completa el análisis de las peculiaridades que
caracterizan los estados de vida queridos por el Señor Jesús para su Iglesia.
En efecto, si en el Concilio Vaticano II se señaló la gran realidad de la
comunión eclesial, en la cual convergen todos los dones para la edificación del
Cuerpo de Cristo y para la misión de la Iglesia en el mundo, en estos últimos
años se ha advertido la necesidad de explicitar mejorla identidad de los
diversos estados de vida, su vocación y su misión específica en la Iglesia.
La comunión en la Iglesia no es pues uniformidad,
sino don del Espíritu que pasa también a través de la variedad de los carismas
y de los estados de vida. Estos serán tanto más útiles a la Iglesia y a su
misión, cuanto mayor sea el respeto de su identidad. En efecto, todo don del
Espíritu es concedido con objeto de que fructifique para el Señor[7] en
el crecimiento de la fraternidad y de la misión.
La obra del Espíritu en las diversas
formas de vida consagrada
5. ¿Cómo no recordar con gratitud al Espíritu la
multitud de formas históricas de vida consagrada, suscitadas por El y
todavía presentes en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena
de ramas[8] que
hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época de la
Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al final del Sínodo, he sentido
la necesidad de señalar este elemento constante en la historia de la Iglesia:
los numerosos fundadores y fundadoras, santos y santas, que han optado por
Cristo en la radicalidad evangélica y en el servicio fraterno, especialmente de
los pobres y abandonados[9].
Precisamente este servicio evidencia con claridad cómo la vida consagrada
manifiesta el carácter unitario del mandamiento del amor, en el
vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo.
El Sínodo ha recordado esta obra incesante del
Espíritu Santo, que a lo largo de los siglos difunde las riquezas de la
práctica de los consejos evangélicos a través de múltiples carismas, y que
también por esta vía hace presente de modo perenne en la Iglesia y en el mundo,
en el tiempo y en el espacio, el misterio de Cristo.
Vida monástica en Oriente y en
Occidente
6. Los Padres sinodales de las Iglesias católicas
orientales y los representantes de las otras Iglesias de Oriente han señalado
en sus intervenciones los valores evangélicos de la vida monástica[10],
surgida ya desde los inicios del cristianismo y floreciente todavía en sus
territorios, especialmente en las Iglesias ortodoxas.
Desde los primeros siglos de la Iglesia ha habido
hombres y mujeres que se han sentido llamados a imitar la condición de siervo
del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo de modo específico y
radical, en la profesión monástica, las exigencias derivadas de la
participación bautismal en el misterio pascual de su muerte y resurrección. De
este modo, haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi), se han
comprometido a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi), hombres y
mujeres auténticamente espirituales, capaces de fecundar secretamente la
historia con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos ascéticos
y las obras de caridad.
Con el propósito de transfigurar el mundo y la vida
en espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato oriental da
la prioridad a la conversión, la renuncia de sí mismo y la compunción del
corazón, a la búsqueda de la esichia, es decir, de la paz interior,
y a la oración incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual y al
silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor y por la espera de su
venida definitiva, al ofrecimiento de sí mismo y de los propios bienes, vivido
en la santa comunión del cenobio o en la soledad eremítica[11].
Occidente ha practicado también desde los primeros
siglos de la Iglesia la vida monástica y ha conocido su gran variedad de
expresiones tanto en el ámbito cenobítico como en el eremítico. En su forma
actual, inspirada principalmente en san Benito, el monacato occidental es
heredero de tantos hombres y mujeres que, dejando la vida según el mundo,
buscaron a Dios y se dedicaron a El, « no anteponiendo nada al amor de Cristo »[12].
Los monjes de hoy también se esfuerzan enconciliar armónicamente la vida
interior y el trabajo en el compromiso evangélico por la conversión de
las costumbres, la obediencia, la estabilidad y la asidua dedicación a la
meditación de la Palabra (lectio divina), la celebración de la liturgia
y la oración. Los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la
Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para
quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos
laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación de la vida
eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella celestial.
El Orden de las vírgenes, los eremitas,
las viudas
7. Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy
vuelve a florecer el antiguo Orden de las vírgenes, testimoniado en
las comunidades cristianas desde los tiempos apostólicos[13].
Consagradas por el Obispo diocesano, asumen un vínculo especial con la Iglesia,
a cuyo servicio se dedican, aun permaneciendo en el mundo. Solas o asociadas,
constituyen una especial imagen escatológica de la Esposa celeste y de
la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en plenitud el amor de
Cristo esposo.
Los eremitas y las eremitas,
pertenecientes a Órdenes antiguas o a Institutos nuevos, o incluso dependientes
directamente del Obispo, con la separación interior y exterior del mundo
testimonian el carácter provisorio del tiempo presente, con el ayuno y la
penitencia atestiguan que no sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de
Dios (cf. Mt 4, 4). Esta vida « en el desierto » es una
invitación para los demás y para la misma comunidad eclesial a no
perder de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el
Señor.
Hoy vuelve a practicarse también la consagración de
las viudas[14],
que se remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1 Tim5, 5.9-10; 1
Co 7, 8), así como la de los viudos. Estas personas, mediante el voto
de castidad perpetua como signo del Reino de Dios, consagran su condición para
dedicarse a la oración y al servicio de la Iglesia.
Institutos dedicados totalmente a la contemplación
8. Los Institutos orientados completamente a la
contemplación, formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un
motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión,
sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios
sobre la historia y anticipan la gloria futura.
En la soledad y el silencio, mediante la escucha de
la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la
oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su
vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad
eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y
contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo
de Dios[15].
Es justo, por tanto, esperar que las distintas
formas de vida contemplativa experimenten una creciente difusión en las
Iglesias jóvenes como expresión del pleno arraigo del Evangelio, sobre
todo en las regiones del mundo donde están más difundidas otras religiones.
Esto permitirá testimoniar el vigor de las tradiciones ascética y mística cristianas,
y favorecer el mismo diálogo interreligioso[16].
La vida religiosa apostólica
9. En Occidente han florecido a lo largo de los
siglos otras múltiples expresiones de vida religiosa, en las que innumerables
personas, renunciando al mundo, se han consagrado a Dios mediante la profesión
pública de los consejos evangélicos según un carisma específico y en una forma
estable de vida común[17], para
un multiforme servicio apostólico al Pueblo de Dios. Así, las diversas
familias de Canónigos regulares, las Órdenes mendicantes, los Clérigos
regulares y, en general, las Congregaciones religiosas masculinas y femeninas
dedicadas a la actividad apostólica y misionera y a las múltiples obras que la
caridad cristiana ha suscitado.
Es un testimonio espléndido y variado, en el que se
refleja la multitud de dones otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras
que, abiertos a la acción del Espíritu Santo, han sabido interpretar los signos
de los tiempos y responder de un modo clarividente a las exigencias que iban
surgiendo poco a poco. Siguiendo sus huellas muchas otras personas han tratado
de encarnar con la palabra y la acción el Evangelio en su propia existencia,
para mostrar en su tiempo la presencia viva de Jesús, el Consagrado por
excelencia y el Apóstol del Padre. Los religiosos y religiosas deben continuar
en cada época tomando ejemplo de Cristo el Señor, alimentando en la oración una
profunda comunión de sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11), de
modo que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda su acción
apostólica esté sostenida por la contemplación[18].
Institutos seculares
10. El Espíritu Santo, admirable artífice de la
variedad de los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas formas
de vida consagrada, como queriendo corresponder, según un providencial
designio, a las nuevas necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su
misión en el mundo.
Pienso en primer lugar en los Institutos
seculares, cuyos miembros quieren vivir la consagración a Dios en
el mundomediante la profesión de los consejos evangélicos en el contexto de
las estructuras temporales, para ser así levadura de sabiduría y testigos de
gracia dentro de la vida cultural, económica y política. Mediante la síntesis,
propia de ellos, de secularidad y consagración, tratan de introducir en
la sociedad las energías nuevas del Reino de Cristo, buscando transfigurar
el mundo desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas. De este modo,
mientras la total pertenencia a Dios les hace plenamente consagrados a su
servicio, su actividad en las normales condiciones laicales contribuye, bajo la
acción del Espíritu, a la animación evangélica de las realidades seculares. Los
Institutos seculares contribuyen de este modo a asegurar a la Iglesia, según la
índole específica de cada uno, una presencia incisiva en la sociedad[19].
Una valiosa aportación dan también los Institutos
seculares clericales, en los que sacerdotes pertenecientes al presbiterio
diocesano, aun cuando se reconoce a algunos de ellos la incardinación en el
propio Instituto, se consagran a Cristo mediante la práctica de los consejos
evangélicos según un carisma específico. Encuentran en las riquezas
espirituales del Instituto al que pertenecen una ayuda para vivir intensamente
la espiritualidad propia del sacerdocio y, de este modo, ser fermento de
comunión y de generosidad apostólica entre los hermanos.
Sociedades de vida apostólica
11. Merecen especial mención, además, las Sociedades
de vida apostólica o de vida común, masculinas y femeninas, las cuales
buscan, con un estilo propio, un específico fin apostólico o misionero. En
muchas de ellas, con vínculos sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia,
se asumen expresamente los consejos evangélicos. Sin embargo, incluso en este
caso la peculiaridad de su consagración las distingue de los Institutos
religiosos y de los Institutos seculares. Se debe salvaguardar y promover la
peculiaridad de esta forma de vida, que en el curso de los últimos siglos ha
producido tantos frutos de santidad y apostolado, especialmente en el campo de
la caridad y en la difusión misionera del Evangelio[20].
Nuevas formas de vida consagrada
12. La perenne juventud de la Iglesia continúa
manifestándose también hoy: en los últimos decenios, después del Concilio
Ecuménico Vaticano II, han surgido nuevas o renovadas formas de vida
consagrada. En muchos casos se trata de Institutos semejantes a los ya
existentes, pero nacidos de nuevos impulsos espirituales y apostólicos. Su
vitalidad debe ser discernida por la autoridad de la Iglesia, a la que
corresponde realizar los necesarios exámenes tanto para probar la autenticidad
de la finalidad que los ha inspirado, como para evitar la excesiva
multiplicación de instituciones análogas entre sí, con el consiguiente riesgo
de una nociva fragmentación en grupos demasiado pequeños. En otros casos se
trata de experiencias originales, que están buscando una identidad propia en la
Iglesia y esperan ser reconocidas oficialmente por la Sede Apostólica, única
autoridad a la que compete el juicio último[21].
Estas nuevas formas de vida consagrada, que se
añaden a las antiguas, manifiestan el atractivo constante que la entrega total
al Señor, el ideal de la comunidad apostólica y los carismas de fundación
continúan teniendo también sobre la generación actual y son además signo de la
complementariedad de los dones del Espíritu Santo.
Además, el Espíritu en la novedad no se contradice.
Prueba de esto es el hecho de que las nuevas formas de vida consagrada no han
suplantado a las precedentes. En tal multiforme variedad se ha podido conservar
la unidad de fondo gracias a la misma llamada a seguir, en la búsqueda de la
caridad perfecta, a Jesús virgen, pobre y obediente. Esta llamada, tal como se
encuentra en todas las formas ya existentes, se pide del mismo modo en aquellas
que se proponen como nuevas.
Finalidad de esta Exhortación
apostólica
13. Recogiendo los frutos de los trabajos sinodales,
quiero dirigirme con esta Exhortación apostólica a toda la Iglesia, para
ofrecer no sólo a las personas consagradas, sino también a los Pastores y a los
fieles, los resultados de un encuentro alentador, sobre cuyo
desarrollo no ha dejado de velar el Espíritu Santo con sus dones de verdad y de
amor.
En estos años de renovación la vida consagrada ha
atravesado, como también otras formas de vida en la Iglesia, un período
delicado y duro. Ha sido un tiempo rico de esperanzas, proyectos y propuestas
innovadoras encaminadas a reforzar la profesión de los consejos evangélicos.
Pero ha sido también un período no exento de tensiones y pruebas, en el que
experiencias, incluso siendo generosas, no siempre se han visto coronadas por
resultados positivos.
Las dificultades no deben, sin embargo, inducir al
desánimo. Es preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu, porque la Iglesia
necesita la aportación espiritual y apostólica de una vida consagrada renovada
y fortalecida. Con la presente Exhortación postsinodal deseo dirigirme a las
comunidades religiosas y a las personas consagradas con el mismo espíritu que
animaba la carta dirigida por el Concilio de Jerusalén a los cristianos de
Antioquía, y tengo la esperanza de que se repita también hoy la misma experiencia
vivida entonces: « La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento » (Hch 15,
31). No sólo esto: tengo además la esperanza de aumentar el gozo de todo el
Pueblo de Dios que, conociendo mejor la vida consagrada, podrá dar gracias más
conscientemente al Omnipotente por este gran don.
En actitud de cordial apertura hacia los Padres
sinodales, he ido recogiendo las valiosas aportaciones surgidas durante las
intensas asambleas de trabajo, en las que he querido estar constantemente
presente. Durante ese período, he ofrecido a todo el Pueblo de Dios algunas
catequesis sistemáticas sobre la vida consagrada en la Iglesia. En ellas he
presentado de nuevo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que ha sido punto
de referencia luminoso para los desarrollos doctrinales posteriores y para la
misma reflexión realizada por el Sínodo durante las semanas de sus trabajos[22].
Mientras confío en que los hijos de la Iglesia, y
en particular las personas consagradas, acogerán con adhesión cordial esta
Exhortación, deseo que continúe la reflexión para profundizar en el gran don de
la vida consagrada en su triple dimensión de la consagración, la comunión y la
misión, y que los consagrados y consagradas, en plena sintonía con la Iglesia y
su Magisterio, encuentren así ulteriores estímulos para afrontar espiritual y
apostólicamente los nuevos desafíos.
CAPÍTULO I
CONFESSIO TRINITATIS
EN LAS FUENTES
CRISTOLÓGICO-TRINITARIAS
DE LA VIDA CONSAGRADA
DE LA VIDA CONSAGRADA
Icono de Cristo transfigurado
14. El fundamento evangélico de la vida consagrada
se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena,
estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el
Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio
de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.
Tal existencia « cristiforme », propuesta a tantos
bautizados a lo largo de la historia, es posible sólo desde una especial
vocación y gracias a un don peculiar del Espíritu. En efecto, en ella la
consagración bautismal los lleva a una respuesta radical en el seguimiento de
Cristo mediante la adopción de los consejos evangélicos, el primero y esencial
entre ellos es el vínculo sagrado de la castidad por el Reino de los Cielos[23].
Este especial « seguimiento de Cristo », en cuyo
origen está siempre la iniciativa del Padre, tiene pues una connotación
esencialmente cristológica y pneumatológica, manifestando así de modo
particularmente vivo el carácter trinitario de la vida
cristiana, de la que anticipa de alguna manera la realización escatológica a
la que tiende toda la Iglesia[24].
En el Evangelio son muchas las palabras y gestos de
Cristo que iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin embargo, para
captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales, ayuda singularmente
contemplar el rostro radiante de Cristo en el misterio de la Transfiguración. A
este «icono» se refiere toda una antigua tradición espiritual, cuando relaciona
la vida contemplativa con la oración de Jesús «en el monte»[25].
Además, a ella pueden referirse, en cierto modo, las mismas dimensiones
«activas» de la vida consagrada, ya que la Transfiguración no es sólo
revelación de la gloria de Cristo, sino también preparación para afrontar la
cruz. Ella implica un «subir al monte» y un «bajar del monte»: los discípulos
que han gozado de la intimidad del Maestro, envueltos momentáneamente por el
esplendor de la vida trinitaria y de la comunión de los santos, como arrebatados
en el horizonte de la eternidad, vuelven de repente a la realidad cotidiana,
donde no ven más que a «Jesús solo» en la humildad de la naturaleza humana, y
son invitados a descender para vivir con Él las exigencias del designio de Dios
y emprender con valor el camino de la cruz.
«Y se transfiguró delante de ellos...»
15. «Seis días después, toma Jesús consigo
a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y
se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus
vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y
Elías que conversaban con él.
Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús:
"Señor, bueno es estarnos aquí. Si
quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para
Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una
nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía:
"Este es mi Hijo amado, en quien
me complazco; escuchadle".
Al oír esto los discípulos cayeron
rostro en tierra llenos de miedo.
Mas Jesús, acercándose a ellos, los
tocó y dijo: "Levantaos, no tengáis miedo".
Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a
nadie más que a Jesús solo.
Y cuando bajaban del monte, Jesús les
ordenó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya
resucitado de entre los muertos" » (Mt 17, 1-9).
El episodio de la Transfiguración marca un
momento decisivo en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de
revelación que consolida la fe en el corazón de los discípulos, les prepara al
drama de la Cruz y anticipa la gloria de la resurrección. Este misterio es
vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro
escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia
contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no
desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso y en otro, ella
es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su luz.
Esta luz llega a todos sus hijos, todos
igualmente llamados a seguir a Cristo poniendo en Él el sentido último
de la propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: « Para mí la vida es
Cristo » (Flp 1, 21). Una experiencia singular de la luz
que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que tienen los
llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión de los consejos
evangélicos los presenta como signo y profecía para la
comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en ellos particular
resonancia las palabras extasiadas de Pedro: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17,
4). Estas palabras muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida
cristiana. Sin embargo, expresan con particular elocuencia el carácter absoluto que
constituye el dinamismo profundo de la vocación a la vida consagrada: ¡qué
hermoso es estar contigo, dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra
existencia en ti! En efecto, quien ha recibido la gracia de esta especial
comunión de amor con Cristo, se siente como seducido por su fulgor: Él es «el
más hermoso de los hijos de Adán» (Sal 4544, 3), el Incomparable.
« Este es mi Hijo amado, en quien me
complazco; escuchadle »
16. A los tres discípulos extasiados se dirige la
llamada del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en Él toda
confianza, a hacer de Él el centro de la vida. En la palabra que viene de lo
alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al inicio
de la vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su vida
ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de esta especial gracia
de intimidad surge, en la vida consagrada, la posibilidad y la exigencia de la
entrega total de sí mismo en la profesión de los consejos evangélicos. Estos,
antes que una renuncia, son una específica acogida del misterio de
Cristo, vivida en la Iglesia.
En efecto, en la unidad de la vida cristiana las
distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, « que
resplandece sobre el rostro de la Iglesia »[26].
Los laicos, en virtud del carácter secular de su vocación, reflejan
el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y
medida del valor de todas las cosas creadas. Los ministros sagrados,
por su parte, son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que guía a su
pueblo en el tiempo del « ya pero todavía no », a la espera de su venida en la
gloria. A la vida consagrada se confía la misión de señalar al
Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo
tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la
infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por
tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el
corazón, amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija
» (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de
vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» con Cristo de toda
la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en
el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos
evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia
vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible,
«aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo»[27].
Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo
confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10,
30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo
recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17,
7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio de
la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y
amante, como Aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4,
34), al que está perfectamente unido y del que depende en todo.
Con tal identificación « conformadora » con el
misterio de Cristo, la vida consagrada realiza por un título especial aquellaconfessio
Trinitatis que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con
admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y
testimoniando con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser humano.
I. PARA ALABANZA DE
LA TRINIDAD
A Patre ad Patrem: la iniciativa de
Dios
17. La contemplación de la gloria del Señor Jesús
en el icono de la Transfiguración revela a las personas consagradas ante todo
al Padre, creador y dador de todo bien, que atrae a sí (cf. Jn 6,
44) una criatura suya con un amor especial para una misión especial. « Este es
mi Hijo amado: escuchadle » (Mt 17, 5). Respondiendo a esta
invitación acompañada de una atracción interior, la persona llamada se confía
al amor de Dios que la quiere a su exclusivo servicio, y se consagra totalmente
a Él y a su designio de salvación (cf. 1 Co 7, 32-34).
Este es el sentido de la vocación a la vida
consagrada: una iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15,
16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y
exclusiva[28].
La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntima y fuerte
que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de
su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos. Precisamente por
esto, siguiendo a santo Tomás, se puede comprender la identidad de la persona
consagrada a partir de la totalidad de su entrega, equiparable a un auténtico holocausto[29].
Per Filium: siguiendo a Cristo
18. El Hijo, camino que conduce al Padre (cf. Jn 14,
6), llama a todos los que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9) a
un seguimiento que orienta su existencia. Pero a algunos —precisamente las
personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta el abandono de
todas las cosas (cf. Mt 19, 27) para vivir en intimidad con Él[30] y
seguirlo adonde vaya (cf. Ap 14, 4).
En la mirada de Cristo (cf. Mc 10,
21), «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), resplandor de la
gloria del Padre (cf. Hb 1, 3), se percibe la profundidad de
un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser[31].
La persona, que se deja seducir por él, tiene que abandonar todo y seguirlo
(cf. Mc 1, 16-20; 2, 14; 10, 21.28). Como Pablo, considera que
todo lo demás es « pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús
», ante el cual no duda en tener todas las cosas « por basura para ganar a
Cristo » (Flp 3, 8). Su aspiración es identificarse con Él,
asumiendo sus sentimientos y su forma de vida. Este dejarlo todo y seguir al
Señor (cf. Lc 18, 28) es un programa válido para todas las
personas llamadas y para todos los tiempos.
Los consejos evangélicos, con los que Cristo invita
a algunos a compartir su experiencia de virgen, pobre y obediente, exigen y
manifiestan, en quien los acoge, el deseo explícito de una total
conformación con Él. Viviendo «en obediencia, sin nada propio y en
castidad»[32],
los consagrados confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada virtud alcanza
la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y obediente, aparece
como el modo más radical de vivir el Evangelio en esta tierra, un modo —se
puede decir— divino, porque es abrazado por Él, Hombre-Dios, como
expresión de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con el Espíritu
Santo. Este es el motivo por el que en la tradición cristiana se ha hablado
siempre de la excelencia objetiva de la vida consagrada.
No se puede negar, además, que la práctica de los
consejos evangélicos sea un modo particularmente íntimo y fecundo de participar
también en la misión de Cristo, siguiendo el ejemplo de María de
Nazaret, primera discípula, la cual aceptó ponerse al servicio del plan divino
en la donación total de sí misma. Toda misión comienza con la misma actitud
manifestada por María en la anunciación: « He aquí la esclava del Señor; hágase
en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
In Spiritu: consagrados por el Espíritu
Santo
19. « Una nube luminosa los cubrió con su sombra »
(Mt 17, 5). Una significativa interpretación espiritual de la
Transfiguración ve en esta nube la imagen del Espíritu Santo[33].
Como toda la existencia cristiana, la llamada a la
vida consagrada está también en íntima relación con la obra del Espíritu Santo.
Es Él quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas personas a
percibir el atractivo de una opción tan comprometida. Bajo su acción reviven,
en cierto modo, la experiencia del profeta Jeremías: « Me has seducido, Señor,
y me dejé seducir » (20, 7). Es el Espíritu quien suscita el deseo de una
respuesta plena; es Él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su
madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es Él
quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto,
pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión. Dejándose
guiar por el Espíritu en un incesante camino de purificación, llegan a ser, día
tras día, personas cristiformes, prolongación en la historia de una
especial presencia del Señor resucitado.
Con intuición profunda, los Padres de la Iglesia
han calificado este camino espiritual como filocalia, es
decir, amor por la belleza divina, que es irradiación de la divina
bondad. La persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida
progresivamente a la plena configuración con Cristo, refleja en sí misma un
rayo de la luz inaccesible y en su peregrinar terreno camina hacia la Fuente
inagotable de la luz. De este modo la vida consagrada es una expresión
particularmente profunda de la Iglesia Esposa, la cual, conducida por el
Espíritu a reproducir en sí los rasgos del Esposo, se presenta ante Él
resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e
inmaculada (cf. Ef 5, 27).
El Espíritu mismo, además, lejos de separar de la
historia de los hombres las personas que el Padre ha llamado, las pone al
servicio de los hermanos según las modalidades propias de su estado de vida, y
las orienta a desarrollar tareas particulares, de acuerdo con las necesidades
de la Iglesia y del mundo, por medio de los carismas particulares de cada
Instituto. De aquí surgen las múltiples formas de vida consagrada, mediante las
cuales la Iglesia «aparece también adornada con los diversos dones de sus
hijos, como una esposa que se ha arreglado para su esposo (cf. Ap 21,
2)»[34] y
es enriquecida con todos los medios para desarrollar su misión en el mundo.
Los consejos evangélicos, don de la
Trinidad
20. Los consejos evangélicos son, pues, ante
todo un don de la Santísima Trinidad. La vida consagrada es anuncio
de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su
bondad y su belleza. En efecto, «el estado religioso [...] revela de manera
especial la superioridad del Reino sobre todo lo creado y sus exigencias
radicales. Muestra también a todos los hombres la grandeza extraordinaria del
poder de Cristo Rey y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza
maravillas en su Iglesia»[35].
Primer objetivo de la vida consagrada es el
de hacer visibles las maravillas que Dios realiza en la frágil
humanidad de las personas llamadas.
Más que con palabras, testimonian estas maravillas
con el lenguaje elocuente de una existencia transfigurada, capaz de sorprender
al mundo. Al asombro de los hombres responden con el anuncio de los prodigios
de gracia que el Señor realiza en los que ama. En la medida en que la persona
consagrada se deja conducir por el Espíritu hasta la cumbre de la perfección,
puede exclamar: «Veo la belleza de tu gracia, contemplo su fulgor y reflejo su
luz; me arrebata su esplendor indescriptible; soy empujado fuera de mí mientras
pienso en mí mismo; veo cómo era y qué soy ahora. ¡Oh prodigio! Estoy atento,
lleno de respeto hacia mí mismo, de reverencia y de temor, como si fuera ante
ti; no sé qué hacer porque la timidez me domina; no sé dónde sentarme, a dónde
acercarme, dónde reclinar estos miembros que son tuyos; en qué obras ocupar
estas sorprendentes maravillas divinas»[36].
De este modo, la vida consagrada se convierte en una de las huellas concretas
que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el
atractivo y la nostalgia de la belleza divina.
El reflejo de la vida trinitaria en los
consejos
21. La referencia de los consejos evangélicos a la
Trinidad santa y santificante revela su sentido más profundo. En efecto, son
expresión del amor del Hijo al Padre en la unidad del Espíritu Santo. Al
practicarlos, la persona consagrada vive con particular intensidad el carácter
trinitario y cristológico que caracteriza toda la vida cristiana.
La castidad de los célibes y de
las vírgenes, en cuanto manifestación de la entrega a Dios con corazón
indiviso (cf. 1 Co7, 32-34), es el reflejo del amor
infinito que une a las tres Personas divinas en la profundidad
misteriosa de la vida trinitaria; amor testimoniado por el Verbo encarnado
hasta la entrega de su vida; amor « derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo » (Rm 5, 5), que anima a una respuesta de amor total
hacia Dios y hacia los hermanos.
La pobreza manifiesta que Dios es
la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo que «
siendo rico, se hizo pobre » (2 Co 8, 9), es expresión de la entrega
total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente. Es
don que brota en la creación y se manifiesta plenamente en la Encarnación del
Verbo y en su muerte redentora.
La obediencia, practicada a imitación
de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4,
34), manifiesta la belleza liberadora de una dependencia filial y no
servil, rica de sentido de responsabilidad y animada por la confianza
recíproca, que es reflejo en la historia de la amorosa correspondencia propia
de las tres Personas divinas.
Por tanto, la vida consagrada está llamada a
profundizar continuamente el don de los consejos evangélicos con un amor cada
vez más sincero e intenso en dimensión trinitaria: amor a
Cristo, que llama a su intimidad; al Espíritu Santo, que
dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al Padre, origen
primero y fin supremo de la vida consagrada[37].
De este modo se convierte en manifestación y signo de la Trinidad, cuyo
misterio viene presentado a la Iglesia como modelo y fuente de cada forma de
vida cristiana.
La misma vida fraterna, en virtud de la
cual las personas consagradas se esfuerzan por vivir en Cristo con « un solo
corazón y una sola alma » (Hch 4, 32), se propone como elocuente
manifestación trinitaria. La vida fraterna manifiesta al Padre, que
quiere hacer de todos los hombres una sola familia; manifiesta al Hijo
encarnado, que reúne a los redimidos en la unidad, mostrando el camino con
su ejemplo, su oración, sus palabras y, sobre todo, con su muerte, fuente de
reconciliación para los hombres divididos y dispersos; manifiesta al
Espíritu Santo como principio de unidad en la Iglesia, donde no cesa
de suscitar familias espirituales y comunidades fraternas.
Consagrados como Cristo para el Reino
de Dios
22. La vida consagrada «imita más de cerca y hace
presente continuamente en la Iglesia»[38],
por impulso del Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús, supremo consagrado
y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo
seguían (cf. Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5,
10-11; Jn 15, 16). A la luz de la consagración de Jesús, es
posible descubrir en la iniciativa del Padre, fuente de toda santidad, el principio
originario de la vida consagrada. En efecto, Jesús mismo es aquel que Dios «
ungió con el Espíritu Santo y con poder » (Hch 10, 38), « aquel a
quien el Padre ha santificado y enviado al mundo » (Jn 10, 36).
Acogiendo la consagración del Padre, el Hijo a su vez se consagra a Él por la
humanidad (cf. Jn 17, 19): su vida de virginidad, obediencia y
pobreza manifiesta su filial y total adhesión al designio del Padre (cf. Jn 10,
30; 14, 11). Su perfecta oblación confiere un significado de consagración a todos
los acontecimientos de su existencia terrena.
Él es el obediente por excelencia,
bajado del cielo no para hacer su voluntad, sino la de Aquel que lo ha enviado
(cf. Jn6, 38; Hb 10, 5.7). Él pone su ser y su
actuar en las manos del Padre (cf. Lc 2, 49). En obediencia
filial, adopta la forma del siervo: « Se despojó de sí mismo tomando condición
de siervo [...], obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz » (Flp 2,
7-8). En esta actitud de docilidad al Padre, Cristo, aun aprobando y
defendiendo la dignidad y la santidad de la vida matrimonial, asume la forma de
vida virginal y revela así el valor sublime y la misteriosa fecundidad
espiritual de la virginidad. Su adhesión plena al designio del Padre se
manifiesta también en el desapego de los bienes terrenos: « Siendo rico, por
vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza » (2 Co 8,
9). La profundidad de su pobreza se revela en la perfecta
oblación de todo lo suyo al Padre.
Verdaderamente la vida consagrada es memoria
viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado
ante el Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y del
mensaje del Salvador.
II. ENTRE LA PASCUA Y
LA CULMINACIÓN
Del Tabor al Calvario
23. El acontecimiento deslumbrante de la
Transfiguración prepara a aquel otro dramático, pero no menos luminoso, del
Calvario. Pedro, Santiago y Juan contemplan al Señor Jesús junto a Moisés y
Elías, con los que —según el evangelista Lucas— habla « de su partida, que iba
a cumplir en Jerusalén » (9, 31). Los ojos de los apóstoles están fijos en
Jesús que piensa en la Cruz (cf. Lc 9, 43-45). Allí su amor
virginal por el Padre y por todos los hombres alcanzará su máxima expresión; su
pobreza llegará al despojo de todo; su obediencia hasta la entrega de la vida.
Los discípulos y las discípulas son invitados a
contemplar a Jesús exaltado en la Cruz, de la cual «el Verbo salido del
silencio»[39],
en su silencio y en su soledad, afirma proféticamente la absoluta trascendencia
de Dios sobre todos los bienes creados, vence en su carne nuestro pecado y
atrae hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno la vida nueva de la
resurrección (cf. Jn 12, 32; 19, 34.37). En la contemplación
de Cristo crucificado se inspiran todas las vocaciones; en ella tienen su
origen, con el don fundamental del Espíritu, todos los dones y en particular el
don de la vida consagrada.
Después de María, Madre de Jesús, Juan, el
discípulo que Jesús amaba, el testigo que junto con María estuvo a los pies de
la cruz (cf. Jn 19, 26-27), recibió este don. Su decisión de
consagración total es fruto del amor divino que lo envuelve, lo sostiene y le
llena el corazón. Juan, al lado de María, está entre los primeros de la larga
serie de hombres y mujeres que, desde los inicios de la Iglesia hasta el final,
tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a seguir al Cordero inmolado y
viviente, dondequiera que vaya (cf. Ap 14, 1-5).[40]
Dimensión pascual de la vida consagrada
24. La persona consagrada, en las diversas formas
de vida suscitadas por el Espíritu a lo largo de la historia, experimenta la
verdad de Dios-Amor de un modo tanto más inmediato y profundo cuanto más se
coloca bajo la Cruz de Cristo. Aquel que en su muerte aparece ante los ojos
humanos desfigurado y sin belleza hasta el punto de mover a los presentes a
cubrirse el rostro (cf. Is 53, 2-3), precisamente en la Cruz
manifiesta en plenitud la belleza y el poder del amor de Dios. San Agustín lo
canta así: «Hermoso siendo Dios, Verbo en Dios [...] Es hermoso en el cielo y
es hermoso en la tierra; hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus
padres, hermoso en los milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitado a la
vida, hermoso no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida, hermoso
tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro y hermoso en el cielo.
Oíd entendiendo el cántico, y la flaqueza de su carne no aparte de vuestros
ojos el esplendor de su hermosura»[41].
La vida consagrada refleja este esplendor del amor,
porque confiesa, con su fidelidad al misterio de la Cruz, creer y vivir del
amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De este modo contribuye a
mantener viva en la Iglesia la conciencia de que la Cruz es la
sobreabundancia del amor de Dios que se derrama sobre este mundo, el gran
signo de la presencia salvífica de Cristo. Y esto especialmente en las
dificultades y pruebas. Es lo que testimonian continuamente y con un valor
digno de profunda admiración un gran número de personas consagradas, que con
frecuencia viven en situaciones difíciles, incluso de persecución y martirio.
Su fidelidad al único Amor se manifiesta y se fortalece en la humildad de una
vida oculta, en la aceptación de los sufrimientos para completar lo que en la
propia carne « falta a las tribulaciones de Cristo » (Col 1, 24),
en el sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de Dios, en la
serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del propio
ascendiente. De la fidelidad a Dios nace también la entrega al prójimo, que las
personas consagradas viven no sin sacrificio en la constante intercesión por
las necesidades de los hermanos, en el servicio generoso a los pobres y a los
enfermos, en el compartir las dificultades de los demás y en la participación
solícita en las preocupaciones y pruebas de la Iglesia.
Testigos de Cristo en el mundo
25. Del misterio pascual surge además la misión,
dimensión que determina toda la vida eclesial. Ella tiene una realización
específica propia en la vida consagrada. En efecto, más allá incluso de los
carismas propios de los Institutos dedicados a la misión ad gentes o
empeñados en una actividad de tipo propiamente apostólica, se puede decir
que la misión está inscrita en el corazón mismo de cada forma de vida
consagrada. En la medida en que el consagrado vive una vida únicamente
entregada al Padre (cf. Lc 2, 49; Jn 4, 34), sostenida
por Cristo (cf. Jn 15, 16; Gl 1, 15-16),
animada por el Espíritu (cf. Lc 24, 49; Hch 1,
8; 2, 4), coopera eficazmente a la misión del Señor Jesús (cf. Jn 20,
21), contribuyendo de forma particularmente profunda a la renovación del mundo.
El primer cometido misionero las personas
consagradas lo tienen hacia sí mismas, y lo llevan a cabo abriendo el propio
corazón a la acción del Espíritu de Cristo. Su testimonio ayuda a toda la
Iglesia a recordar que en primer lugar está el servicio gratuito a Dios, hecho
posible por la gracia de Cristo, comunicada al creyente mediante el don del
Espíritu. De este modo se anuncia al mundo la paz que desciende del Padre, la
entrega que el Hijo testimonia y la alegría que es fruto del Espíritu Santo.
Las personas consagradas serán misioneras ante todo
profundizando continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y escogidas
por Dios, al cual deben pues orientar toda su vida y ofrecer todo lo que son y
tienen, liberándose de los impedimentos que pudieran frenar la total respuesta
de amor. De este modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo
en el mundo. Su estilo de vida debe transparentar también el ideal que
profesan, proponiéndose como signo vivo de Dios y como elocuente, aunque con
frecuencia silenciosa, predicación del Evangelio.
Siempre, pero especialmente en la cultura
contemporánea, con frecuencia tan secularizada y sin embargo sensible al
lenguaje de los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su
presencia en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar una aportación
significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas a dar en cada
situación un testimonio concreto de su pertenencia a Cristo.
Puesto que el hábito es signo de consagración, de
pobreza y de pertenencia a una determinada familia religiosa, junto con los
Padres del Sínodo recomiendo vivamente a los religiosos y a las religiosas que
usen el propio hábito, adaptado oportunamente a las circunstancias de los
tiempos y de los lugares[42].
Allí donde válidas exigencias apostólicas lo requieran, conforme a las normas
del propio Instituto, podrán emplear también un vestido sencillo y decoroso,
con un símbolo adecuado, de modo que sea reconocible su consagración.
Los Institutos que desde su origen o por
disposición de sus constituciones no prevén un hábito propio, procuren que el
vestido de sus miembros responda, por dignidad y sencillez, a la naturaleza de
su vocación[43].
Dimensión escatológica de la vida
consagrada
26. Debido a que hoy las preocupaciones apostólicas
son cada vez más urgentes y la dedicación a las cosas de este mundo corre el
riesgo de ser siempre más absorbente, es particularmente oportuno llamar la
atención sobre lanaturaleza escatológica de la vida consagrada.
« Donde esté tu tesoro, allí estará también tu
corazón » (Mt 6, 21): el tesoro único del Reino suscita el deseo,
la espera, el compromiso y el testimonio. En la Iglesia primitiva la espera de
la venida del Señor se vivía de un modo particularmente intenso. A pesar del
paso de los siglos la Iglesia no ha dejado de cultivar esta actitud de
esperanza: ha seguido invitando a los fieles a dirigir la mirada hacia la
salvación que va a manifestarse, « porque la apariencia de este mundo pasa » (1
Co 7, 31; cf. 1 Pt 1, 3-6)[44].
En este horizonte es donde mejor se comprende el
papel de signo escatológico propio de la vida consagrada. En efecto,
es constante la doctrina que la presenta como anticipación del Reino futuro. El
Concilio Vaticano II vuelve a proponer esta enseñanza cuando afirma que la
consagración «anuncia ya la resurrección futura y la gloria del reino de los
cielos»[45].
Esto lo realiza sobre todo la opción por la virginidad, entendida
siempre por la tradición como una anticipación del mundo definitivo,
que ya desde ahora actúa y transforma al hombre en su totalidad.
Las personas que han dedicado su vida a Cristo
viven necesariamente con el deseo de encontrarlo para estar finalmente y para
siempre con Él. De aquí la ardiente espera, el deseo de «sumergirse en el Fuego
de amor que arde en ellas y que no es otro que el Espíritu Santo»[46],
espera y deseo sostenidos por los dones que el Señor concede libremente a
quienes aspiran a las cosas de arriba (cf. Col 3, 1).
Fijos los ojos en el Señor, la persona consagrada
recuerda que « no tenemos aquí ciudad permanente » (Hb 13, 14),
porque « somos ciudadanos del cielo » (Flp 3, 20). Lo único
necesario es buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,
33), invocando incesantemente la venida del Señor.
Una espera activa: compromiso y
vigilancia
27. « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22, 20).
Esta espera es lo más opuesto a la inercia: aunque dirigida al
Reino futuro, se traduce en trabajo y misión, para que el Reino se haga
presente ya ahora mediante la instauración del espíritu de las
Bienaventuranzas, capaz de suscitar también en la sociedad humana actitudes
eficaces de justicia, paz, solidaridad y perdón.
Esto lo ha demostrado ampliamente la historia de la
vida consagrada, que siempre ha producido frutos abundantes también para el
mundo. Con sus carismas las personas consagradas llegan a ser un signo del
Espíritu para un futuro nuevo, iluminado por la fe y por la esperanza
cristiana.
La tensión escatológica se convierte en
misión, para que el Reino se afirme de modo creciente aquí y ahora. A la
súplica: « ¡Ven, Señor Jesús! », se une otra invocación: « ¡Venga tu Reino! » (Mt 6,
10).
Quien espera vigilante el cumplimiento de las
promesas de Cristo es capaz de infundir también esperanza entre sus hermanos y
hermanas, con frecuencia desconfiados y pesimistas respecto al futuro. Su
esperanza está fundada sobre la promesa de Dios contenida en la Palabra
revelada: la historia de los hombres camina hacia « un cielo nuevo y una tierra
nueva » (Ap 21, 1), en los que el Señor « enjugará toda lágrima de
sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el
mundo viejo ha pasado » (Ap 21, 4).
La vida consagrada está al servicio de esta
definitiva irradiación de la gloria divina, cuando toda carne verá la salvación
de Dios (cf. Lc 3, 6; Is 40, 5). El Oriente
cristiano destaca esta dimensión cuando considera a los monjes como ángeles
de Dios sobre la tierra, que anuncian la renovación del mundo en Cristo. En
Occidente el monacato es celebración de memoria y vigilia: memoria de
las maravillas obradas por Dios, vigilia del cumplimiento
último de la esperanza. El mensaje del monacato y de la vida contemplativa
repite incesantemente que la primacía de Dios es plenitud de sentido y de
alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y
su corazón estará inquieto hasta que descanse en Él[47].
La Virgen María, modelo de consagración
y seguimiento
28. María es aquella que, desde su concepción
inmaculada, refleja más perfectamente la belleza divina. « Toda hermosa » es el
título con el que la Iglesia la invoca. «La relación que todo fiel, como
consecuencia de su unión con Cristo, mantiene con María Santísima queda aún más
acentuada en la vida de las personas consagradas [...] En todos (los Institutos
de vida consagrada) existe la convicción de que la presencia de María tiene una
importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada alma consagrada,
como para la consistencia, la unidad y el progreso de toda la comunidad»[48].
En efecto, María es ejemplo sublime de
perfecta consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios.
Elegida por el Señor, que quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación,
recuerda a los consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al
mismo tiempo, habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo
carne en ella, María aparece como modelo de acogida de la gracia por
parte de la criatura humana.
Cercana a Cristo, junto con José, en la vida oculta
de Nazaret, presente al lado del Hijo en los momentos cruciales de su vida
pública, la Virgen es maestra de seguimiento incondicional y de servicio
asiduo. En ella, «templo del Espíritu Santo»[49],
brilla de este modo todo el esplendor de la nueva criatura. La vida consagrada
la contempla como modelo sublime de consagración al Padre, de unión con el Hijo
y de docilidad al Espíritu, sabiendo bien que identificarse con «el tipo de
vida en pobreza y virginidad»[50] de
Cristo significa asumir también el tipo de vida de María.
La persona consagrada encuentra, además, en la
Virgen una Madre por título muy especial. En efecto, si la nueva
maternidad dada a María en el Calvario es un don a todos los cristianos,
adquiere un valor específico para quien ha consagrado plenamente la propia vida
a Cristo. « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19, 27): las palabras de
Jesús al discípulo « a quien amaba » (Jn 19, 26), asumen una
profundidad particular en la vida de la persona consagrada. En efecto, está
llamada con Juan a acoger consigo a María Santísima (cf. Jn 19,
27), amándola e imitándola con la radicalidad propia de su vocación y
experimentando, a su vez, una especial ternura materna. La Virgen le comunica
aquel amor que permite ofrecer cada día la vida por Cristo, cooperando con Él
en la salvación del mundo. Por eso, la relación filial con María es el camino
privilegiado para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda eficacísima
para avanzar en ella y vivirla en plenitud[51].
III. EN LA IGLESIA Y
PARA LA IGLESIA
« Bueno es estarnos aquí »: la vida consagrada en el misterio de la Iglesia
29. En la escena de la Transfiguración, Pedro habla
en nombre de los demás apóstoles: « Bueno es estarnos aquí » (Mt, 17,
4). La experiencia de la gloria de Cristo, aunque le extasía la mente y el
corazón, no lo aísla, sino que, por el contrario, lo une más profundamente al «
nosotros » de los discípulos.
Esta dimensión del « nosotros » nos lleva a
considerar el lugar que la vida consagrada ocupa en el misterio de la
Iglesia. La reflexión teológica sobre la naturaleza de la vida consagrada
ha profundizado en estos años en las nuevas perspectivas surgidas de la
doctrina del Concilio Vaticano II. A su luz se ha tomado conciencia de que la
profesión de los consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente a la
vida y a la santidad de la Iglesia[52].
Esto significa que la vida consagrada, presente desde el comienzo, no podrá
faltar nunca a la Iglesia como uno de sus elementos irrenunciables y
característicos, como expresión de su misma naturaleza.
Esto resulta evidente ya que la profesión de los
consejos evangélicos está íntimamente relacionada con el misterio de Cristo,
teniendo el cometido de hacer de algún modo presente la forma de vida que Él
eligió, señalándola como valor absoluto y escatológico. Jesús mismo, llamando a
algunas personas a dejarlo todo para seguirlo, inauguró este género de vida
que, bajo la acción del Espíritu, se ha desarrollado progresivamente a lo largo
de los siglos en las diversas formas de la vida consagrada. El concepto de una
Iglesia formada únicamente por ministros sagrados y laicos no corresponde, por
tanto, a las intenciones de su divino Fundador tal y como resulta de los
Evangelios y de los demás escritos neotestamentarios.
La nueva y especial consagración
30. En la tradición de la Iglesia la profesión
religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de
la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la íntima unión
con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don de una
configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de
los consejos evangélicos[53].
Esta posterior consagración tiene, sin embargo, una
peculiaridad propia respecto a la primera, de la que no es una consecuencia
necesaria[54].
En realidad, todo renacido en Cristo está llamado a vivir, con la fuerza
proveniente del don del Espíritu, la castidad correspondiente a su propio
estado de vida, la obediencia a Dios y a la Iglesia, y un desapego razonable de
los bienes materiales, porque todos son llamados a la santidad, que consiste en
la perfección de la caridad[55].
Pero el Bautismo no implica por sí mismo la llamada al celibato o a la
virginidad, la renuncia a la posesión de bienes y la obediencia a un superior,
en la forma propia de los consejos evangélicos. Por tanto, su profesión supone
un don particular de Dios no concedido a todos, como Jesús mismo señala en el
caso del celibato voluntario (cf. Mt 19, 10-12).
A esta llamada corresponde, por otra parte, un
don específico del Espíritu Santo, de modo que la persona consagrada pueda
responder a su vocación y a su misión. Por eso, como se refleja en las
liturgias de Oriente y Occidente, en el rito de la profesión monástica o
religiosa y en la consagración de las vírgenes, la Iglesia invoca sobre las
personas elegidas el don del Espíritu Santo y asocia su oblación al sacrificio
de Cristo[56].
La profesión de los consejos evangélicos es
también un desarrollo de la gracia del sacramento de la Confirmación,
pero va más allá de las exigencias normales de la consagración crismal en
virtud de un don particular del Espíritu, que abre a nuevas posibilidades y
frutos de santidad y de apostolado, como demuestra la historia de la vida
consagrada.
En cuanto a los sacerdotes que profesan los
consejos evangélicos, la experiencia misma muestra que el sacramento
del Orden encuentra una fecundidad peculiar en esta consagración, puesto
que presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más estrecha al Señor.
El sacerdote que profesa los consejos evangélicos encuentra una ayuda
particular para vivir en sí mismo la plenitud del misterio de Cristo, gracias
también a la espiritualidad peculiar de su Instituto y a la dimensión
apostólica del correspondiente carisma. En efecto, en el presbítero la vocación
al sacerdocio y a la vida consagrada convergen en profunda y dinámica unidad.
De valor inconmensurable es también la aportación
dada a la vida de la Iglesia por los religiosos sacerdotes dedicados
íntegramente a la contemplación. Especialmente en la celebración eucarística
realizan una acción de la Iglesia y para la Iglesia, a la que unen el
ofrecimiento de sí mismos, en comunión con Cristo que se ofrece al Padre para
la salvación del mundo entero[57].
Las relaciones entre los diversos
estados de vida del cristiano
31. Las diversas formas de vida en las que, según
el designio del Señor Jesús, se articula la vida eclesial presentan relaciones
recíprocas sobre las que interesa detenerse.
Todos los fieles, en virtud de su regeneración en
Cristo, participan de una dignidad común; todos son llamados a la santidad;
todos cooperan a la edificación del único Cuerpo de Cristo, cada uno según su
propia vocación y el don recibido del Espíritu (cf. Rm 12, 38)[58].
La igual dignidad de todos los miembros de la Iglesia es obra del Espíritu;
está fundada en el Bautismo y la Confirmación y corroborada por la Eucaristía.
Sin embargo, también es obra del Espíritu la variedad de formas. Él constituye
la Iglesia como una comunión orgánica en la diversidad de vocaciones, carismas
y ministerios[59].
Las vocaciones a la vida laical, al ministerio
ordenado y a la vida consagrada se pueden considerar paradigmáticas, dado que
todas las vocaciones particulares, bajo uno u otro aspecto, se refieren o se
reconducen a ellas, consideradas separadamente o en conjunto, según la riqueza
del don de Dios. Además, están al servicio unas de otras para el crecimiento
del Cuerpo de Cristo en la historia y para su misión en el mundo. Todos en la
Iglesia son consagrados en el Bautismo y en la Confirmación, pero el ministerio
ordenado y la vida consagrada suponen una vocación distinta y una forma
específica de consagración, en razón de una misión peculiar.
La consagración bautismal y crismal, común a todos
los miembros del Pueblo de Dios, es fundamento adecuado de la misión de
los laicos, de los que es propio «el buscar el Reino de Dios
ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios»[60].
Los ministros ordenados, además de esta consagración fundamental,
reciben la consagración en la Ordenación para continuar en el tiempo el
ministerio apostólico. Las personas consagradas, que abrazan los
consejos evangélicos, reciben una nueva y especial consagración que, sin ser
sacramental, las compromete a abrazar —en el celibato, la pobreza y la
obediencia— la forma de vida practicada personalmente por Jesús y propuesta por
Él a los discípulos. Aunque estas diversas categorías son manifestaciones del
único misterio de Cristo, los laicos tienen como aspecto peculiar, si bien no
exclusivo, el carácter secular, los pastores el carácter ministerial y los
consagrados la especial conformación con Cristo virgen, pobre y obediente.
El valor especial de la vida consagrada
32. En este armonioso conjunto de dones, se confía
a cada uno de los estados de vida fundamentales la misión de manifestar, en su
propia categoría, una u otra de las dimensiones del único misterio de Cristo.
Si la vida laical tiene la misión particular de anunciar el
Evangelio en medio de las realidades temporales, en el ámbito de la comunión
eclesialdesarrollan un ministerio insustituible los que han recibido el
Orden sagrado, especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea de
apacentar el Pueblo de Dios con la enseñanza de la Palabra, la administración
de los Sacramentos y el ejercicio de la potestad sagrada al servicio de la
comunión eclesial, que es comunión orgánica, ordenada jerárquicamente[61].
Como expresión de la santidad de la Iglesia, se
debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el
mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación
particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa
del fin de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. La vida
consagrada anuncia y, en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando,
alcanzada la plenitud del Reino de los cielos presente ya en germen y en el
misterio[62],
los hijos de la resurrección no tomarán mujer o marido, sino que serán como
ángeles de Dios (cf. Mt 22, 30).
En efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino[63],
considerada con razón la «puerta» de toda la vida consagrada[64],es
objeto de la constante enseñanza de la Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo,
gran estima por la vocación al matrimonio, que hace de los cónyuges «testigos y
colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación
de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella»[65].
En este horizonte común a toda la vida consagrada,
se articulan vías distintas entre sí, pero complementarias. Los religiosos y
las religiosas dedicados íntegramente a la contemplación son
en modo especial imagen de Cristo en oración en el monte[66].
Las personas consagradas de vida activa lo manifiestan
«anunciando a las gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos y lisiados,
convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los niños y haciendo
el bien a todos»[67].
Las personas consagradas en los Institutos seculares realizan
un servicio particular para la venida del Reino de Dios, uniendo en una
síntesis específica el valor de la consagración y el de la secularidad.
Viviendo su consagración en el mundo y a partir del mundo[68],
«se esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico, para
fortaleza y crecimiento del Cuerpo de Cristo»[69].
Participan, para ello, en la obra evangelizadora de la Iglesia mediante el
testimonio personal de vida cristiana, el empeño por ordenar según Dios las
realidades temporales, la colaboración en el servicio de la comunidad eclesial,
de acuerdo con el estilo de vida secular que les es propio[70].
Testimoniar el Evangelio de las
Bienaventuranzas
33. Misión peculiar de la vida consagrada es mantener
viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio,
dando «un testimonio magnífico y extraordinario de que sin el espíritu de las
Bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios»[71].
De este modo la vida consagrada aviva continuamente en la conciencia del Pueblo
de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios
derramado en los corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,
5), reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el
Bautismo, la Confirmación o el Orden. En efecto, se debe pasar de la santidad
comunicada por los sacramentos a la santidad de la vida cotidiana. La vida
consagrada, con su misma presencia en la Iglesia, se pone al servicio de la
consagración de la vida de cada fiel, laico o clérigo.
Por otra parte, no se debe olvidar que los
consagrados reciben también del testimonio propio de las demás vocaciones una
ayuda para vivir íntegramente la adhesión al misterio de Cristo y de la Iglesia
en sus múltiples dimensiones. En virtud de este enriquecimiento recíproco, se
hace más elocuente y eficaz la misión de la vida consagrada: señalar como meta
a los demás hermanos y hermanas, fijando la mirada en la paz futura, la
felicidad definitiva que está en Dios.
Imagen viva de la Iglesia-Esposa
34. Importancia particular tiene el significado
esponsal de la vida consagrada, que hace referencia a la exigencia de la
Iglesia de vivir en la entrega plena y exclusiva a su Esposo, del cual recibe
todo bien. En esta dimensión esponsal, propia de toda la vida consagrada, es
sobre todo la mujer la que se ve singularmente reflejada, como descubriendo la
índole especial de su relación con el Señor.
A este respecto, es sugestiva la página
neotestamentaria que presenta a María con los Apóstoles en el Cenáculo en
espera orante del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 13-14). Aquí se
puede ver una imagen viva de la Iglesia-Esposa, atenta a las señales del Esposo
y preparada para acoger su don. En Pedro y en los demás Apóstoles emerge sobre
todo la dimensión de la fecundidad, como se manifiesta en el ministerio
eclesial, que se hace instrumento del Espíritu para la generación de nuevos
hijos mediante el anuncio de la Palabra, la celebración de los Sacramentos y la
atención pastoral. En María está particularmente viva la dimensión de la
acogida esponsal, con la que la Iglesia hace fructificar en sí misma la vida
divina a través de su amor total de virgen.
La vida consagrada ha sido siempre vista
prevalentemente en María, la Virgen esposa. De ese amor virginal procede una
fecundidad particular, que contribuye al nacimiento y crecimiento de la vida
divina en los corazones[72].
La persona consagrada, siguiendo las huellas de María, nueva Eva, manifiesta su
fecundidad espiritual acogiendo la Palabra, para colaborar en la formación de
la nueva humanidad con su dedicación incondicional y su testimonio. Así la
Iglesia manifiesta plenamente su maternidad tanto por la comunicación de la
acción divina confiada a Pedro, como por la acogida responsable del don divino,
típica de María.
Por su parte, el pueblo cristiano encuentra en el
ministerio ordenado los medios de la salvación, y en la vida consagrada el
impulso para una respuesta de amor plena en todas las diversas formas de
diaconía[73].
IV. GUIADOS POR EL
ESPIRITU DE SANTIDAD
Existencia « transfigurada »: llamada a la santidad
35. « Al oír esto los discípulos cayeron rostro en
tierra llenos de miedo » (Mt 17, 6). Los sinópticos ponen de
relieve en el episodio de la Transfiguración, con matices diversos, el temor de
los discípulos. El atractivo del rostro transfigurado de Cristo no impide que
se sientan atemorizados ante la Majestad divina que los envuelve. Siempre que
el hombre experimenta la gloria de Dios se da cuenta también de su pequeñez y
de aquí surge una sensación de miedo. Este temor es saludable. Recuerda al
hombre la perfección divina, y al mismo tiempo lo empuja con una llamada
urgente a la « santidad ».
Todos los hijos de la Iglesia, llamados por el
Padre a « escuchar » a Cristo, deben sentir una profunda exigencia de
conversión y de santidad. Pero, como se ha puesto de relieve en el Sínodo,
esta exigencia se refiere en primer lugar a la vida consagrada. En efecto, la
vocación de las personas consagradas a buscar ante todo el Reino de Dios es,
principalmente, una llamada a la plena conversión, en la renuncia de sí mismo
para vivir totalmente en el Señor, para que Dios sea todo en todos. Los
consagrados, llamados a contemplar y testimoniar el rostro «transfigurado» de
Cristo, son llamados también a una existencia transfigurada.
A este respecto, es significativo lo expresado en
la Relación final de la II Asamblea extraordinaria del Sínodo:
«Los santos y santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las
circunstancias más difíciles a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Hoy
necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos. Los Institutos de
vida consagrada, por la profesión de los consejos evangélicos, sean conscientes
de su misión especial en la Iglesia de hoy, y nosotros debemos animarlos en esa
misión»[74].
De estas consideraciones se han hecho eco los Padres de la IX Asamblea sinodal,
afirmando: «La vida consagrada ha sido a través de la historia de la Iglesia
una presencia viva de esta acción del Espíritu, como un espacio privilegiado de
amor absoluto a Dios y al prójimo, testimonio del proyecto divino de hacer de
toda la humanidad, dentro de la civilización del amor, la gran familia de los
hijos de Dios»[75].
La Iglesia ha visto siempre en la profesión de los
consejos evangélicos un camino privilegiado hacia la santidad. Las mismas
expresiones con las que la define —escuela del servicio del Señor, escuela de
amor y santidad, camino o estado de perfección— indican tanto la eficacia y
riqueza de los medios propios de esta forma de vida evangélica, como el empeño
particular de quienes la abrazan[76].
No es casual que a lo largo de los siglos tantos consagrados hayan dejado
testimonios elocuentes de santidad y hayan realizado empresas de evangelización
y de servicio particularmente generosas y arduas.
Fidelidad al carisma
36. En el seguimiento de Cristo y en el amor hacia
su persona hay algunos puntos sobre el crecimiento de la santidad en la vida
consagrada que merecen ser hoy especialmente evidenciados.
Ante todo se pide la fidelidad al carisma
fundacional y al consiguiente patrimonio espiritual de cada Instituto.
Precisamente en esta fidelidad a la inspiración de los fundadores y fundadoras,
don del Espíritu Santo, se descubren más fácilmente y se reviven con más fervor
los elementos esenciales de la vida consagrada.
En efecto, cada carisma tiene, en su origen, una
triple orientación: hacia el Padre, sobre todo en el deseo de
buscar filialmente su voluntad mediante un proceso de conversión continua, en
el que la obediencia es fuente de verdadera libertad, la castidad manifiesta la
tensión de un corazón insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza
alimenta el hambre y la sed de justicia que Dios prometió saciar (cf. Mt 5,
6). En esta perspectiva el carisma de cada Instituto animará a la persona
consagrada a ser toda de Dios, a hablar con Dios o de Dios, como se dice de
santo Domingo[77],
para gustar qué bueno es el Señor (cf. Sal 3334, 9) en todas
las situaciones.
Los carismas de vida consagrada implican también
una orientación hacia el Hijo, llevando a cultivar con Él una
comunión de vida íntima y gozosa, en la escuela de su servicio generoso de Dios
y de los hermanos. De este modo, «la mirada progresivamente cristificada,
aprende a alejarse de lo exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de
cuanto impide al hombre la levedad que le permitiría dejarse conquistar por el
Espíritu»[78],
y posibilita así ir a la misión con Cristo, trabajando y sufriendo con Él en la
difusión de su Reino.
Por último, cada carisma comporta una
orientación hacia el Espíritu Santo, ya que dispone la persona a
dejarse conducir y sostener por Él, tanto en el propio camino espiritual como
en la vida de comunión y en la acción apostólica, para vivir en aquella actitud
de servicio que debe inspirar toda decisión del cristiano auténtico.
En efecto, esta triple relación emerge siempre, a
pesar de las características específicas de los diversos modelos de vida, en
cada carisma de fundación, por el hecho mismo de que en ellos domina «una
profunda preocupación por configurarse con Cristo testimoniando alguno de los
aspectos de su misterio»[79],
aspecto específico llamado a encarnarse y desarrollarse en la tradición más
genuina de cada Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos[80].
Fidelidad creativa
37. Se invita pues a los Institutos a reproducir
con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y
fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de
hoy[81].
Esta invitación es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad
a través de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida
cotidiana. Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio trabajo
y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas,
cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en
plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial. Debe
permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda renovación que
pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la
conformación cada vez más plena con el Señor[82].
En este espíritu, vuelve a ser hoy urgente para
cada Instituto la necesidad de una referencia renovada a la Regla,
porque en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de
seguimiento, caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia.
Una creciente atención a la Regla ofrecerá a las personas consagradas un
criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de
responder a las exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial.
Oración y ascesis: el combate
espiritual
38. La llamada a la santidad es acogida y puede ser
cultivada sólo en el silencio de la adoración ante la infinita
trascendencia de Dios: «Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este
silencio cargado de presencia adorada: la teología, para poder valorizar
plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se
olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan
radiante que obligue a cubrirlo con un velo (cf. Ex34, 33) [...];
el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón
[...]. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio
que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros
comprender esa palabra»[83].
Esto comporta en concreto una gran fidelidad a la oración litúrgica y personal,
a los tiempos dedicados a la oración mental y a la contemplación, a la
adoración eucarística, los retiros mensuales y los ejercicios espirituales.
Es necesario también tener presentes los
medios ascéticos típicos de la tradición espiritual de la Iglesia y
del propio Instituto. Ellos han sido y son aún una ayuda poderosa para un
auténtico camino de santidad. La ascesis, ayudando a dominar y corregir las
tendencias de la naturaleza humana herida por el pecado, es verdaderamente
indispensable a la persona consagrada para permanecer fiel a la propia vocación
y seguir a Jesús por el camino de la Cruz. Es necesario también reconocer y
superar algunas tentaciones que a veces, por insidia del Diablo, se presentan
bajo la apariencia de bien. Así, por ejemplo, la legítima exigencia de conocer
la sociedad moderna para responder a sus desafíos puede inducir a ceder a las
modas del momento, con disminución del fervor espiritual o con actitudes de
desánimo. La posibilidad de una formación espiritual más elevada podría empujar
a las personas consagradas a un cierto sentimiento de superioridad respecto a
los demás fieles, mientras que la urgencia de una cualificación legítima y
necesaria puede transformarse en una búsqueda excesiva de eficacia, como si el
servicio apostólico dependiera prevalentemente de los medios humanos, más que
de Dios. El deseo loable de acercarse a los hombres y mujeres de nuestro tiempo,
creyentes y no creyentes, pobres y ricos, puede llevar a la adopción de un
estilo de vida secularizado o a una promoción de los valores humanos en sentido
puramente horizontal. El compartir las aspiraciones legítimas de la propia
nación o cultura podría llevar a abrazar formas de nacionalismo o a asumir
prácticas que tienen, por el contrario, necesidad de ser purificadas y elevadas
a la luz del Evangelio.
El camino que conduce a la santidad conlleva,
pues, la aceptación del combate espiritual. Se trata de un dato
exigente al que hoy no siempre se dedica la atención necesaria. La tradición ha
visto con frecuencia representado el combate espiritual en la lucha de Jacob
con el misterio de Dios, que él afronta para acceder a su bendición y a su
visión (cf. Gn32, 23-31). En esta narración de los principios de la
historia bíblica las personas consagradas pueden ver el símbolo del empeño
ascético necesario para dilatar el corazón y abrirlo a la acogida del Señor y
de los hermanos.
Promover la santidad
39. Hoy más que nunca es necesario un renovado
compromiso de santidad por parte de las personas consagradas para
favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano por la perfección. «Es
necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo
de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más
intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado»[84].
Las personas consagradas, en la medida en que
profundizan su propia amistad con Dios, se hacen capaces de ayudar a los
hermanos y hermanas mediante iniciativas espirituales válidas, como escuelas de
oración, ejercicios y retiros espirituales, jornadas de soledad, escucha y
dirección espiritual. De este modo se favorece el progreso en la oración de
personas que podrán después realizar un mejor discernimiento de la voluntad de
Dios sobre ellas y emprender opciones valientes, a veces heroicas, exigidas por
la fe. En efecto, las personas consagradas «a través de su ser más íntimo, se
sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios,
llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que dan testimonio»[85].
El hecho de que todos sean llamados a la santidad debe animar más aún a
quienes, por su misma opción de vida, tienen la misión de recordarlo a los
demás.
«Levantaos, no tengáis miedo»: una
confianza renovada
40. «Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo:
"Levantaos, no tengáis miedo'"» (Mt 17, 7). Como los tres
apóstoles en el episodio de la Transfiguración, las personas consagradas saben
por experiencia que no siempre su vida es iluminada por aquel fervor sensible
que hace exclamar: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Sin
embargo, es siempre una vida « tocada » por la mano de Cristo, conducida por su
voz y sostenida por su gracia.
«Levantaos, no tengáis miedo». Esta invitación del
Maestro se dirige obviamente a cada cristiano. Pero con mayor motivo a quien ha
sido llamado a «dejarlo todo» y, por consiguiente, a «arriesgarlo todo» por
Cristo. De modo especial es válida siempre que, con el Maestro, se baja del
«monte» para tomar el camino que lleva del Tabor al Calvario.
Al decir que Moisés y Elías hablaban con Cristo
sobre su misterio pascual, Lucas emplea significativamente el término «partida»
(éxodos): «Hablaban de su partida, que iba a cumplir en
Jerusalén» (Lc 9, 31). «Éxodo»: término fundamental de la
revelación, al que se refiere toda la historia de la salvación, y que expresa
el sentido profundo del misterio pascual. Tema particularmente vinculado a la
espiritualidad de la vida consagrada y que manifiesta bien su significado. En
él se contiene inevitablemente lo que pertenece al mysterium Crucis.
Sin embargo, este comprometido «camino de éxodo», visto desde la perspectiva del
Tabor, aparece como un camino entre dos luces: la luz anticipadora de la
Transfiguración y la definitiva de la Resurrección.
La vocación a la vida consagrada —en el horizonte
de toda la vida cristiana—, a pesar de sus renuncias y sus pruebas, y más aún gracias
a ellas, es camino « de luz », sobre el que vela la mirada del
Redentor: «Levantaos, no tengáis miedo».
CAPÍTULO II
SIGNUM FRATERNITATIS
LA VIDA CONSAGRADA
SIGNO
DE COMUNIÓN EN LA IGLESIA
DE COMUNIÓN EN LA IGLESIA
I. VALORES
PERMANENTES
A imagen de la Trinidad
41. Durante su vida terrena, Jesús llamó a quienes
Él quiso, para tenerlos junto a sí y para enseñarles a vivir según su ejemplo,
para el Padre y para la misión que el Padre le había encomendado (cf. Mc 3,
13-15). Inauguraba de este modo una nueva familia de la cual habrían de formar
parte a través de los siglos todos aquellos que estuvieran dispuestos a «
cumplir la voluntad de Dios » (cf. Mc 3, 32-35). Después de la
Ascensión, gracias al don del Espíritu, se constituyó en torno a los Apóstoles
una comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios y en una concreta
experiencia de comunión (cf. Hch 2, 42-47; 4, 32-35). La vida
de esta comunidad y, sobre todo, la experiencia de la plena participación en el
misterio de Cristo vivida por los Doce, han sido el modelo en el que la
Iglesia se ha inspirado siempre que ha querido revivir el fervor de
los orígenes y reanudar su camino en la historia con un renovado vigor
evangélico[86].
En realidad, la Iglesia es esencialmente
misterio de comunión, «muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo»[87]).
La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio,
configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama
así en la historia los dones de la comunión que son propios de las tres
Personas divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se manifiesta la
comunión fraterna en la vida eclesial son muchos. La vida consagrada posee
ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la
Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la
constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida
consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión
trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo
de solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la
comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas
consagradas, en efecto, viven « para » Dios y « de » Dios. Por eso precisamente
pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas
disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones
sociales.
Vida fraterna en el amor
42. La vida fraterna, entendida como vida
compartida en el amor, es un signo elocuente de la comunión eclesial. Es
cultivada con especial esmero por los Institutos religiosos y las Sociedades de
vida apostólica, en los que la vida de comunidad adquiere un peculiar
significado[88].
Pero la dimensión de la comunión fraterna no falta ni en los Institutos
seculares ni en las mismas formas individuales de vida consagrada. Los
eremitas, en lo recóndito de su soledad, no se apartan de la comunión eclesial,
sino que la sirven con su propio y específico carisma contemplativo; las
vírgenes consagradas en el mundo realizan su consagración en una especial
relación de comunión con la Iglesia particular y universal, como lo hacen, de
un modo similar, las viudas y viudos consagrados.
Todas estas personas, queriendo poner en práctica la
condición evangélica de discípulos, se comprometen a vivir el « mandamiento
nuevo » del Señor, amándose unos a otros como Él nos ha amado (cf. Jn 13,
34). El amor llevó a Cristo a la entrega de sí mismo hasta el sacrificio
supremo de la Cruz. De modo parecido, entre sus discípulos no hay
unidad verdadera sin este amor recíproco incondicional, que exige
disponibilidad para el servicio sin reservas, prontitud para acoger al otro tal
como es sin « juzgarlo » (cf. Mt 7, 1-2), capacidad de
perdonar hasta « setenta veces siete » (Mt 18, 22). Para las
personas consagradas, que se han hecho « un corazón solo y una sola alma » (Hch 4,
32) por el don del Espíritu Santo derramado en los corazones (cf. Rm 5,
5), resulta una exigencia interior el poner todo en común: bienes
materiales y experiencias espirituales, talentos e inspiraciones, ideales
apostólicos y servicios de caridad. «En la vida comunitaria, la energía del
Espíritu que hay en uno pasa contemporáneamente a todos. Aquí no solamente se
disfruta del propio don, sino que se multiplica al hacer a los otros partícipes
de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio»[89].
En la vida de comunidad, además, debe hacerse
tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser instrumento para
una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede
experimentar la presencia mística del Señor resucitado (cf. Mt 18,
20)[90].
Esto sucede merced al amor recíproco de cuantos forman la comunidad, un amor
alimentado por la Palabra y la Eucaristía, purificado en el Sacramento de la
Reconciliación, sostenido por la súplica de la unidad, don especial del
Espíritu para aquellos que se ponen a la escucha obediente del Evangelio.
Es precisamente Él, el Espíritu, quien introduce el
alma en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 1,
3), comunión en la que está la fuente de la vida fraterna. El Espíritu es quien
guía las comunidades de vida consagrada en el cumplimiento de su misión de
servicio a la Iglesia y a la humanidad entera, según la propia inspiración.
En esta perspectiva tienen particular importancia
los «Capítulos» (o reuniones análogas), sean particulares o generales, en los
que cada Instituto debe elegir los Superiores o Superioras según las normas
establecidas en las propias Constituciones, y discernir a la luz del Espíritu
el modo adecuado de mantener y actualizar el propio carisma y el propio
patrimonio espiritual en las diversas situaciones históricas y culturales[91].
La misión de la autoridad
43. En la vida consagrada ha tenido siempre una
gran importancia la función de los Superiores y de las Superioras,
incluidos los locales, tanto para la vida espiritual como para la misión. En
estos años de búsqueda y de transformaciones, se ha sentido a veces la
necesidad de revisar este cargo. Pero es preciso reconocer que quien ejerce la
autoridad no puede abdicar de su cometido de primer
responsable de la comunidad, como guía de los hermanos y hermanas en el camino
espiritual y apostólico.
En ambientes marcados fuertemente por el
individualismo, no resulta fácil reconocer y acoger la función que la autoridad
desempeña para provecho de todos. Pero se debe reafirmar la importancia de este
cargo, que se revela necesario precisamente para consolidar la comunión
fraterna y para que no sea vana la obediencia profesada. Si bien es cierto que
la autoridad debe ser ante todo fraterna y espiritual, y que quien la detenta
debe consecuentemente saber involucrar mediante el diálogo a los hermanos y
hermanas en el proceso de decisión, conviene recordar, sin embargo, que la
última palabra corresponde a la autoridad, a la cual compete también hacer
respetar las decisiones tomadas[92].
El papel de las personas ancianas
44. En la vida fraterna tiene un lugar importante
el cuidado de los ancianos y de los enfermos, especialmente en un momento como
éste, en el que en ciertas regiones del mundo aumenta el número de las personas
consagradas ya entradas en años. Los cuidados solícitos que merecen no se basan
únicamente en un deber de caridad y de reconocimiento, sino que manifiestan
también la convicción de que su testimonio es de gran ayuda a la Iglesia y a
los Institutos, y de que su misión continúa siendo válida y meritoria, aun
cuando, por motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto obligados a dejar
sus propias actividades. Ellos tienen ciertamente mucho que dar en
sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe estar cercana a ellos con
atención y capacidad de escucha.
En realidad la misión apostólica, antes que en la
acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a la voluntad
salvífica del Señor, entrega que se alimenta en la oración y la penitencia. Los
ancianos, pues, están llamados a vivir su vocación de muchas maneras: la
oración asidua, la aceptación paciente de su propia condición, la
disponibilidad para el servicio de la dirección espiritual, la confesión y la
guía en la oración[93].
A imagen de la comunidad apostólica
45. La vida fraterna tiene un papel fundamental en
el camino espiritual de las personas consagradas, sea para su renovación
constante, sea para el cumplimiento de su misión en el mundo. Esto se deduce de
las motivaciones teológicas que la fundamentan, y la misma experiencia lo
confirma con creces. Exhorto por tanto a los consagrados y consagradas a
cultivarla con tesón, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos de
Jerusalén, que eran asiduos en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles,
en la oración común, en la participación en la Eucaristía, y en el compartir
los bienes de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2, 42-47).
Exhorto sobre todo a los religiosos, a las religiosas y a los miembros de las
Sociedades de vida apostólica, a vivir sin reservas el amor mutuo y a
manifestarlo de la manera más adecuada a la naturaleza del propio Instituto,
para que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén,
«morada de Dios con los hombres» (Ap 21, 3).
En efecto, toda la Iglesia espera mucho del
testimonio de comunidades ricas « de gozo y del Espíritu Santo » (Hch 13,
52). Desea poner ante el mundo el ejemplo de comunidades en las que la atención
recíproca ayuda a superar la soledad, y la comunicación contribuye a que todos
se sientan corresponsables; en las que el perdón cicatriza las heridas,
reforzando en cada uno el propósito de la comunión. En comunidades de este tipo
la naturaleza del carisma encauza las energías, sostiene la fidelidad y orienta
el trabajo apostólico de todos hacia la única misión. Para presentar a la
humanidad de hoy su verdadero rostro, la Iglesia tiene urgente necesidad de
semejantes comunidades fraternas. Su misma existencia representa una
contribución a la nueva evangelización, puesto que muestran de manera
fehaciente y concreta los frutos del «mandamiento nuevo».
Sentire cum Ecclesia
46. A la vida consagrada se le asigna también un
papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión, propuesta
con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas
consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la
respectiva espiritualidad[94] como
«testigos y artífices de aquel "proyecto de comunión" que constituye
la cima de la historia del hombre según Dios»[95].
El sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad
de comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la
Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión «será así un signo para
el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo
[...]. De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose
ella misma misión». Más aun, «la comunión genera comunión y se
configura esencialmente como comunión misionera»[96].
En los fundadores y fundadoras aparece
siempre vivo el sentido de la Iglesia, que se manifiesta en su plena
participación en la vida eclesial en todas sus dimensiones, y en la diligente
obediencia a los Pastores, especialmente al Romano Pontífice. En este contexto
de amor a la Santa Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,
15), se comprenden bien la devoción de Francisco de Asís por «el Señor Papa»[97],
el filial atrevimiento de Catalina de Siena hacia quien ella llama «dulce
Cristo en la tierra»[98],
la obediencia apostólica y el sentire cum Ecclesia[99] de
Ignacio de Loyola, la gozosa profesión de fe de Teresa de Jesús: «Soy hija de
la Iglesia»[100];
como también el anhelo de Teresa de Lisieux: «En el corazón de la Iglesia, mi
madre, yo seré el amor»[101].
Semejantes testimonios son representativos de la plena comunión eclesial en la
que han participado santos y santas, fundadores y fundadoras, en épocas muy
diversas de la historia y en circunstancias a veces harto difíciles. Son
ejemplos en los que deben fijarse de continuo las personas consagradas, para
resistir a las fuerzas centrífugas y disgregadoras, particularmente activas en
nuestros días.
Un aspecto distintivo de esta comunión eclesial es
la adhesión de mente y de corazón al magisterio de los Obispos, que ha de ser
vivida con lealtad y testimoniada con nitidez ante el Pueblo de Dios por parte
de todas las personas consagradas, especialmente por aquellas comprometidas en
la investigación teológica, en la enseñanza, en publicaciones, en la catequesis
y en el uso de los medios de comunicación social[102].
Puesto que las personas consagradas ocupan un lugar especial en la Iglesia, su
actitud a este respecto adquiere un particular relieve ante todo el Pueblo de
Dios. Su testimonio de amor filial confiere fuerza e incisividad a su acción
apostólica, la cual, en el marco de la misión profética de todos los
bautizados, se caracteriza normalmente por cometidos que implican una especial
colaboración con la jerarquía[103].
De este modo, con la riqueza de sus carismas, las personas consagradas brindan
una específica aportación a la Iglesia para que ésta profundice cada vez más en
su propio ser, como sacramento «de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano»[104].
La fraternidad en la Iglesia universal
47. Las personas consagradas están llamadas a ser
fermento de comunión misionera en la Iglesia universal por el hecho mismo de
que los múltiples carismas de los respectivos Institutos son otorgados por el
Espíritu para el bien de todo el Cuerpo místico, a cuya edificación deben
servir (cf. 1 Co 12, 4-11). Es significativo que, en palabras
del Apóstol, el « camino más excelente » (1 Co 12, 31), el más
grande de todos, es la caridad (cf. 1 Co 13, 13), la cual
armoniza todas las diversidades e infunde en todos la fuerza del apoyo mutuo en
la acción apostólica. A esto tiende precisamente el peculiar vínculo de
comunión, que las varias formas de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica tienen con el Sucesor de Pedro en su ministerio de unidad y
de universalidad misionera. La historia de la espiritualidad ilustra
profusamente esta vinculación, poniendo de manifiesto su función providencial
como garantía tanto de la identidad propia de la vida consagrada, como de la
expansión misionera del Evangelio. Sin la contribución de tantos Institutos de
vida consagrada y Sociedades de vida apostólica —como han hecho notar los
Padres sinodales—, sería impensable la vigorosa difusión del anuncio
evangélico, el firme enraizamiento de la Iglesia en tantas regiones del mundo,
y la primavera cristiana que hoy se constata en las jóvenes Iglesias. Ellos han
mantenido firme a través de los siglos la comunión con los Sucesores de Pedro,
los cuales, a su vez, han encontrado en estos Institutos una actitud pronta y
generosa para dedicarse a la misión, con una disponibilidad que, llegado el
caso, ha alcanzado el verdadero heroísmo.
Emerge de este modo el carácter de
universalidad y de comunión que es peculiar de los Institutos de vida
consagrada y de las Sociedades de vida apostólica. Por la connotación
supradiocesana, que tiene su raíz en la especial vinculación con el ministerio
petrino, ellos están también al servicio de la colaboración entre las diversas
Iglesias particulares[105],
en las cuales pueden promover eficazmente el «intercambio de dones»,
contribuyendo así a una inculturación del Evangelio que asume, purifica y
valora la riqueza de las culturas de todos los pueblos[106].
El florecer de vocaciones a la vida consagrada en las Iglesias jóvenes sigue
manifestando hoy la capacidad que ésta tiene de expresar, en la unidad
católica, las exigencias de los diversos pueblos y culturas.
La vida consagrada y la Iglesia
particular
48. Las personas consagradas tienen también un
papel significativo dentro de las Iglesias particulares. Este es un
aspecto que, a partir de la doctrina conciliar sobre la Iglesia como comunión y
misterio, y sobre las Iglesias particulares como porción del Pueblo de Dios, en
las que «está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa,
católica y apostólica»[107],
ha sido desarrollado y regulado por varios documentos sucesivos. A la luz de
estos textos aparece con toda evidencia la importancia que reviste la
colaboración de las personas consagradas con los Obispos para el desarrollo
armonioso de la pastoral diocesana. Los carismas de la vida consagrada pueden
contribuir poderosamente a la edificación de la caridad en la Iglesia
particular.
Las diversas formas de vivir los consejos
evangélicos son, en efecto, expresión y fruto de los dones espirituales
recibidos por fundadores y fundadoras y, en cuanto tales, constituyen una «experiencia
del Espíritu, transmitida a los propios discípulos para ser por ellos
vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con
el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne»[108].
La índole propia de cada Instituto comporta un estilo particular de
santificación y de apostolado, que tiende a consolidarse en una determinada
tradición caracterizada por elementos objetivos[109].
Por eso la Iglesia procura que los Institutos crezcan y se desarrollen según el
espíritu de los fundadores y de las fundadoras, y de sus sanas tradiciones[110].
Por consiguiente, se reconoce a cada uno de los
Institutos una justa autonomía, gracias a la cual pueden tener su
propia disciplina y conservar íntegro su patrimonio espiritual y apostólico.
Cometido del Ordinario del lugar es conservar y tutelar esta autonomía[111].
Se pide por tanto a los Obispos que acojan y estimen los carismas de la vida
consagrada, reservándoles un espacio en los proyectos de la pastoral diocesana.
Deben tener especial solicitud con los Institutos de derecho diocesano, que
están confiados de modo particular al cuidado del Obispo del lugar. Una
diócesis que quedara sin vida consagrada, además de perder tantos dones
espirituales, ambientes apropiados para la búsqueda de Dios, actividades
apostólicas y metodologías pastorales específicas, correría el riesgo de ver
muy debilitado su espíritu misionero, que es una característica de la mayoría
de los Institutos[112].
Se debe por tanto corresponder al don de la vida consagrada que el Espíritu
suscita en la Iglesia particular, acogiéndolo con generosidad y con
sentimientos de gratitud al Señor.
Una fecunda y ordenada comunión
eclesial
49. El Obispo es padre y pastor de toda la Iglesia
particular. A él compete reconocer y respetar cada uno de los carismas,
promoverlos y coordinarlos. En su caridad pastoral debe acoger, por tanto, el
carisma de la vida consagrada como una gracia que no concierne sólo a un
Instituto, sino que incumbe y beneficia a toda la Iglesia. Procurará, pues,
sustentar y prestar ayuda a las personas consagradas, a fin de que, en comunión
con la Iglesia y fieles a la inspiración fundacional, se abran a perspectivas
espirituales y pastorales en armonía con las exigencias de nuestro tiempo. Las
personas consagradas, por su parte, no dejarán de ofrecer su generosa
colaboración a la Iglesia particular según las propias fuerzas y respetando el
propio carisma, actuando en plena comunión con el Obispo en el
ámbito de la evangelización, de la catequesis y de la vida de las parroquias.
Es útil recordar que, a la hora de coordinar el
servicio que se presta a la Iglesia universal y a la Iglesia particular, los
Institutos no pueden invocar la justa autonomía o incluso la exención de que
gozan muchos de ellos[113],
con el fin de justificar decisiones que, de hecho, contrastan con las
exigencias de una comunión orgánica, requerida por una sana vida eclesial. Es
preciso, por el contrario, que las iniciativas pastorales de las personas
consagradas sean decididas y actuadas en el contexto de un diálogo abierto y
cordial entre Obispos y Superiores de los diversos Institutos. La especial
atención por parte de los Obispos a la vocación y misión de los distintos
Institutos, y el respeto por parte de éstos del ministerio de los Obispos con
una acogida solícita de sus concretas indicaciones pastorales para la vida
diocesana, representan dos formas, íntimamente relacionadas entre sí, de una
única caridad eclesial, que compromete a todos en el servicio de la comunión
orgánica —carismática y al mismo tiempo jerárquicamente estructurada— de todo
el Pueblo de Dios.
Un diálogo constante animado por la
caridad
50. Para promover el conocimiento recíproco, que es
requisito obligado de una eficaz cooperación, sobre todo en el ámbito pastoral,
es siempre oportuno un constante diálogo de los Superiores y
Superioras de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida
apostólica con los Obispos. Gracias a estos contactos habituales, los
Superiores y Superioras podrán informar a los Obispos sobre las iniciativas
apostólicas que desean emprender en sus diócesis, para llegar con ellos a los
necesarios acuerdos operativos. Del mismo modo, conviene que sean invitadas a
asistir a las asambleas de las Conferencias de Obispos personas delegadas de
las Conferencias de Superiores y Superioras mayores, y que, viceversa,
delegados de las Conferencias episcopales sean invitados a las Conferencias de
Superiores y Superioras mayores, según las modalidades que se determinen. En
esta perspectiva será de gran utilidad que, allí donde aún no existan, se
constituyan y sean operativas a nivel nacional comisiones mixtas de
Obispos y Superiores y Superioras mayores[114],
que examinen juntos los problemas de interés común. Contribuirá también a un
mejor conocimiento recíproco la inserción de la teología y de la espiritualidad
de la vida consagrada en el plan de estudios teológicos de los presbíteros
diocesanos, así como la previsión en la formación de las personas consagradas
de un adecuado estudio de la teología de la Iglesia particular y de la
espiritualidad del clero diocesano[115].
Finalmente, es consolador el recuerdo de cómo, en
el Sínodo, no sólo han tenido lugar numerosas intervenciones sobre la doctrina
de la comunión, sino que se ha vivido una satisfactoria experiencia de diálogo,
en un clima de recíproca apertura y confianza entre los Obispos y los
religiosos y las religiosas presentes. Esto ha suscitado el deseo de que «tal
experiencia espiritual de comunión y de colaboración se extienda a toda la
Iglesia» incluso después del Sínodo[116].
Es un auspicio que hago mío, para que aumente en todos la mentalidad y la
espiritualidad de comunión.
La fraternidad en un mundo dividido e
injusto
51. La Iglesia encomienda a las comunidades de vida
consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad de la
comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial
misma y más allá aún de sus confines, entablando o restableciendo
constantemente el diálogo de la caridad, sobre todo allí donde el mundo de hoy
está desgarrado por el odio étnico o las locuras homicidas. Situadas en las
diversas sociedades de nuestro mundo —frecuentemente laceradas por pasiones e
intereses contrapuestos, deseosas de unidad pero indecisas sobre la vías a
seguir—, las comunidades de vida consagrada, en las cuales conviven como hermanos
y hermanas personas de diferentes edades, lenguas y culturas, se presentan
como signo de un diálogo siempre posible y de una comunión
capaz de poner en armonía las diversidades.
Las comunidades de vida consagrada son enviadas a
anunciar con el testimonio de la propia vida el valor de la fraternidad
cristiana y la fuerza transformadora de la Buena Nueva[117],
que hace reconocer a todos como hijos de Dios e incita al amor oblativo hacia
todos, y especialmente hacia los últimos. Estas comunidades son lugares de
esperanza y de descubrimiento de las Bienaventuranzas; lugares en los que el
amor, nutrido de la oración y principio de comunión, está llamado a convertirse
en lógica de vida y fuente de alegría.
Particularmente los Institutos internacionales, en
esta época caracterizada por la dimensión mundial de los problemas y, al mismo
tiempo, por el retorno de los ídolos del nacionalismo, tienen el cometido de
dar testimonio y de mantener siempre vivo el sentido de la comunión entre los
pueblos, las razas y las culturas. En un clima de fraternidad, la apertura a la
dimensión mundial de los problemas no ahogará la riqueza de los dones
particulares, y la afirmación de una característica particular no creará
contrastes con las otras, ni atentará a la unidad. Los Institutos
internacionales pueden hacer esto con eficacia, al tener ellos mismos que
enfrentarse creativamente al reto de la inculturación y conservar al mismo
tiempo su propia identidad.
Comunión entre los diversos Institutos
52. El sentido eclesial de comunión alimenta y
sustenta también la fraterna relación espiritual y la mutua colaboración entre
los diversos Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica.
Personas que están unidas entre sí por el compromiso común del seguimiento de
Cristo y animadas por el mismo Espíritu, no pueden dejar de hacer visible, como
ramas de una única Vid, la plenitud del Evangelio del amor. Permaneciendo
siempre fieles a su propio carisma, pero teniendo presente la amistad
espiritual que frecuentemente ha unido en la tierra diversos fundadores y
fundadoras, estas personas están llamadas a manifestar una fraternidad
ejemplar, que sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales en el
compromiso cotidiano de dar testimonio del Evangelio.
Resultan siempre actuales las palabras de san
Bernardo a propósito de las diversas Órdenes religiosas: «Yo las admiro todas. Pertenezco
a una de ellas con la observancia, pero a todas en la caridad. Todos tenemos
necesidad los unos de los otros: el bien espiritual que yo no poseo, lo recibo
de los otros [...]. En este exilio la Iglesia está aún en camino y, si puedo
decirlo así, es plural: una pluralidad múltiple y una unidad plural. Y todas
nuestras diversidades, que manifiestan la riqueza de los dones de Dios,
subsistirán en la única casa del Padre que contiene tantas mansiones. Ahora hay
división de gracias, entonces habrá una distinción de glorias. La unidad, tanto
aquí como allá, consiste en una misma caridad»[118].
Organismos de coordinación
53. Las Conferencias de Superiores y de Superioras
mayores y las Conferencias de los Institutos seculares pueden dar una notable
contribución a la comunión. Estimulados y regulados por el Concilio Vaticano II[119] y
por documentos posteriores[120],
estos organismos tienen como principal objetivo la promoción de la vida
consagrada, engarzada en la trama de la misión eclesial.
A través de ellos los Institutos expresan la
comunión entre sí y buscan los medios para reforzarla, con respeto y aprecio
por el valor específico de cada uno de los carismas, en los que se refleja el
misterio de la Iglesia y la multiforme sabiduría de Dios[121].
Aliento, pues, a los Institutos de vida consagrada a que se presten asistencia
mutua, especialmente en aquellos países en los que, debido a particulares
dificultades, la tentación de replegarse sobre sí puede ser fuerte, con
perjuicio de la vida consagrada misma y de la Iglesia. Es preciso, por el
contrario, que se ayuden recíprocamente en su intento de comprender el designio
de Dios en los actuales avatares de la historia, para así responder mejor con
iniciativas apostólicas adecuadas[122].
En este horizonte de comunión, abierto a los desafíos de nuestro tiempo, los
Superiores y las Superioras «actuando en sintonía con el episcopado», procuren
aprovecharse «del trabajo de los mejores colaboradores de cada Instituto y
ofrecer servicios que no sólo ayuden a superar eventuales límites, sino que
también creen un estilo válido de formación a la vida religiosa»[123].
Exhorto a las Conferencias de los Superiores y de
las Superioras mayores y a las Conferencias de los Institutos seculares a que
mantengan contactos frecuentes y regulares con la Congregación para los
Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, como expresión
de su comunión con la Santa Sede. También debe tenerse una relación activa y
confiada con las Conferencias Episcopales de cada país. Según el espíritu del
documento Mutuae Relationes, es conveniente que
dicha relación adquiera una forma estable, para hacer así posible una
coordinación tempestiva y duradera de las iniciativas que vayan surgiendo. Si
todo esto se lleva a la práctica con perseverancia y espíritu de adhesión fiel
a las directrices del Magisterio, los organismos de conexión y de comunión se
revelarán sumamente útiles para encontrar soluciones que eviten
incomprensiones, tanto en el terreno teórico como en el práctico[124];
de este modo serán un soporte válido no sólo para promover la comunión entre los
Institutos de vida consagrada y los Obispos, sino para contribuir también al
desempeño de la misión misma de la Iglesia particular.
Comunión y colaboración con los laicos
54. Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia
como comunión en estos últimos años ha sido la toma de conciencia de que sus
diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e
intercambio de dones, con el fin de participar más eficazmente en la misión
eclesial. De este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada y
completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar respuestas a los
grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los diferentes
dones.
En el caso de los Institutos monásticos y
contemplativos, las relaciones con los laicos se caracterizan principalmente
por una vinculación espiritual, mientras que, en aquellos Institutos
comprometidos en la dimensión apostólica, se traducen en formas de cooperación
pastoral. Los miembros de los Institutos seculares, laicos o clérigos, por su
parte, entran en contacto con los otros fieles en las formas ordinarias de la
vida cotidiana. Debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos han
llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los
laicos. Estos son invitados por tanto a participar de manera más intensa en
la espiritualidad y en la misión del Instituto mismo. En continuidad con las
experiencias históricas de las diversas Órdenes seculares o Terceras Órdenes,
se puede decir que se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la
historia de las relaciones entre las personas consagradas y el laicado.
Para un renovado dinamismo espiritual y
apostólico
55. Estos nuevos caminos de comunión y de
colaboración merecen ser alentados por diversos motivos. En efecto, de ello se
podrá derivar ante todo una irradiación activa de la espiritualidad más allá de
las fronteras del Instituto, que contará con nuevas energías, asegurando así a
la Iglesia la continuidad de algunas de sus formas más típicas de servicio.
Otra consecuencia positiva podrá consistir también en el aunar esfuerzos entre
personas consagradas y laicos en orden a la misión: movidos por el ejemplo de
santidad de las personas consagradas, los laicos serán introducidos en la
experiencia directa del espíritu de los consejos evangélicos y animados a vivir
y testimoniar el espíritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo
según el corazón de Dios[125].
No es raro que la participación de los laicos lleve
a descubrir inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del
carisma, suscitando una interpretación más espiritual, e impulsando a encontrar
válidas indicaciones para nuevos dinamismos apostólicos. Cualquiera que sea la
actividad o el ministerio que ejerzan, las personas consagradas recordarán por
tanto su deber de ser ante todo guías expertas de vida espiritual, y cultivarán
en esta perspectiva «el talento más precioso: el espíritu»[126].
A su vez, los laicos ofrecerán a las familias religiosas la rica aportación de
su secularidad y de su servicio específico.
Laicos voluntarios y asociados
56. Una manifestación significativa de
participación laical en la riqueza de la vida consagrada es la adhesión de
fieles laicos a los varios Institutos bajo la fórmula de los llamados miembros
asociados o, según las exigencias de algunos ambientes culturales, de personas
que comparten, durante un cierto tiempo, la vida comunitaria y la particular
entrega a la contemplación o al apostolado del Instituto, siempre que,
obviamente, no sufra daño alguno la identidad del Instituto en su vida interna[127].
Es justo tener en gran estima el voluntariado que
se nutre de las riquezas de la vida consagrada; pero es preciso cuidar su
formación, con el fin de que los voluntarios tengan siempre, además de
competencia, profundas motivaciones sobrenaturales en su propósito y un vivo
sentido comunitario y eclesial en sus proyectos[128].
Debe tenerse presente también que, para que sean consideradas como obras de un
determinado Instituto, aquellas iniciativas en las que los laicos están
implicados con capacidad de decisión, deben perseguir los fines propios del
Instituto y ser realizadas bajo su responsabilidad. Por tanto, si los laicos se
hacen cargo de la dirección, éstos responderán de la misma a los Superiores y
Superioras competentes. Es conveniente que todo esto sea considerado y regulado
por normas específicas de cada Instituto, aprobadas por la Autoridad Superior,
en las cuales se prevean las competencias respectivas del Instituto mismo, de
las comunidades y de los miembros asociados o de los voluntarios.
Las personas consagradas, enviadas por sus
Superiores o Superioras y permaneciendo bajo su dependencia, pueden participar
con formas específicas de colaboración en iniciativas laicales,
particularmente en organismos e instituciones que se ocupan de los marginados y
que tienen como finalidad aliviar el sufrimiento humano. Esta colaboración, si
está sustentada y animada por una fuerte y clara identidad cristiana, y respeta
el carácter propio de la vida consagrada, puede hacer brillar la fuerza
iluminadora del Evangelio en las situaciones más oscuras de la existencia
humana.
En estos años no pocas personas consagradas han entrado
a formar parte de alguno de los movimientos eclesialessurgidos en
nuestro tiempo. Con frecuencia los interesados se benefician especialmente en
lo que se refiere a la renovación espiritual. Sin embargo, no se puede negar
que en algunos casos esto crea malestar y desorientación a nivel personal y
comunitario, sobre todo cuando tales experiencias entran en conflicto con las
exigencias de la vida comunitaria y de la espiritualidad del propio Instituto.
Es necesario por tanto poner mucho cuidado en que la adhesión a los movimientos
eclesiales se efectúe siempre respetando el carisma y la disciplina del propio
Instituto[129],
con el consentimiento de los Superiores y de las Superioras, y con
disponibilidad para aceptar sus decisiones.
La dignidad y el papel de la mujer
consagrada
57. La Iglesia revela plenamente su multiforme
riqueza espiritual cuando, superada toda discriminación, acoge como una
auténtica bendición los dones derramados por Dios tanto en los hombres como en
las mujeres, estimándolos en su igual dignidad. Las mujeres consagradas están
llamadas a ser de una manera muy especial, y a través de su dedicación vivida
con plenitud y con alegría, un signo de la ternura de Dios hacia el
género humano y un testimonio singular del misterio de la Iglesia, la
cual es virgen, esposa y madre[130].
Esta misión se ha dejado ver en el Sínodo, en el cual varias de ellas han
participado y en el que han tenido ocasión de hacer oír su voz, por todos
escuchada y apreciada. Gracias a sus aportaciones han surgido algunas
indicaciones útiles para la vida de la Iglesia y para su misión evangelizadora.
Ciertamente no es posible desconocer lo fundado de muchas de las
reivindicaciones que se refieren a la posición de la mujer en los diversos
ámbitos sociales y eclesiales. Es obligado reconocer igualmente que la nueva
conciencia femenina ayuda también a los hombres a revisar sus esquemas
mentales, su manera de autocomprenderse, de situarse en la historia e
interpretarla, y de organizar la vida social, política, económica, religiosa y
eclesial.
La Iglesia, que ha recibido de Cristo un mensaje de
liberación, tiene la misión de difundirlo proféticamente, promoviendo una
mentalidad y una conducta conformes a las intenciones del Señor. En este
contexto la mujer consagrada, a partir de su experiencia de Iglesia y de mujer
en la Iglesia, puede contribuir a eliminar ciertas visiones unilaterales, que
no se ajustan al pleno reconocimiento de su dignidad, de su aportación
específica a la vida y a la acción pastoral y misionera de la Iglesia. Por ello
es legítimo que la mujer consagrada aspire a ver reconocida más claramente su
identidad, su capacidad, su misión y su responsabilidad, tanto en la conciencia
eclesial como en la vida cotidiana.
También el futuro de la nueva evangelización, como
de las otras formas de acción misionera, es impensable sin una renovada
aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres consagradas.
Nuevas perspectivas de presencia y de
acción
58. Urge por tanto dar algunos pasos concretos,
comenzando por abrir espacios de participación a las mujeres
en diversos sectores y a todos los niveles, incluidos aquellos procesos en que
se elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos que las conciernen más
directamente.
Es necesario también que la formación de las
mujeres consagradas, no menos que la de los hombres, sea adecuada a las nuevas
urgencias, y prevea el tiempo suficiente y las oportunidades institucionales
necesarias para una educación sistemática, que abarque todos los campos, desde
el aspecto teológico-pastoral hasta el profesional. La formación pastoral y
catequética, siempre importante, adquiere un interés especial de cara a la
nueva evangelización, que exige también de las mujeres nuevas formas de
participación.
Se puede pensar que una formación más profunda, a
la vez que ayudará a la mujer consagrada a comprender mejor los propios dones,
será un estímulo para la necesaria reciprocidad en el seno de la Iglesia. Se
espera mucho del genio de la mujer también en el campo de la reflexión
teológica, cultural y espiritual, no sólo en lo que se refiere a lo específico
de la vida consagrada femenina, sino también en la inteligencia de la fe en
todas sus manifestaciones. A este respecto, ¡cuánto debe la historia de la
espiritualidad a santas como Teresa de Jesús y Catalina de Siena, las dos
primeras mujeres honradas con el título de Doctoras de la Iglesia, y a tantas
otras místicas, que han sabido sondear el misterio de Dios y analizar su acción
en el creyente! La Iglesia confía mucho en las mujeres consagradas, de las que
espera una aportación original para promover la doctrina y las costumbres de la
vida familiar y social, especialmente en lo que se refiere a la dignidad de la
mujer y al respeto de la vida humana[131].
De hecho, «las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción
singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un
"nuevo feminismo" que, sin caer en la tentación de seguir modelos
"machistas", sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino
en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la
superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación»[132].
Hay motivos para esperar que un reconocimiento más
hondo de la misión de la mujer provocará cada vez más en la vida consagrada
femenina una mayor conciencia del propio papel, y una creciente dedicación a la
causa del Reino de Dios. Esto podrá traducirse en numerosas actividades, como
el compromiso por la evangelización, la misión educativa, la participación en
la formación de los futuros sacerdotes y de las personas consagradas, la
animación de las comunidades cristianas, el acompañamiento espiritual y la
promoción de los bienes fundamentales de la vida y de la paz. Reitero de nuevo
a las mujeres consagradas y a su extraordinaria capacidad de entrega, la
admiración y el reconocimiento de toda la Iglesia, que las sostiene para que
vivan en plenitud y con alegría su vocación, y se sientan interpeladas por la
insigne tarea de ayudar a formar la mujer de hoy.
II. CONTINUIDAD EN LA
OBRA DEL ESPÍRITU:
FIDELIDAD EN LA NOVEDAD
FIDELIDAD EN LA NOVEDAD
Las monjas de clausura
59. Una atención particular merecen la vida
monástica femenina y la clausura de las monjas, por la gran estima que la
comunidad cristiana siente hacia este género de vida, que es signo de
la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor, profundamente amado.
En efecto, la vida de las monjas de clausura, ocupadas principalmente en la oración,
en la ascesis y en el progreso ferviente de la vida espiritual, «no es otra
cosa que un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de la Iglesia
escatológica, abismada en la posesión y contemplación de Dios»([133].
A la luz de esta vocación y misión eclesial, la clausura responde a la
exigencia, sentida como prioritaria, de estar con el Señor. Al
elegir un espacio circunscrito como lugar de vida, las claustrales participan
en el anonadamiento de Cristo mediante una pobreza radical que se manifiesta en
la renuncia no sólo de las cosas, sino también del «espacio», de los contactos
externos, de tantos bienes de la creación. Este modo singular de ofrecer el
«cuerpo» las introduce de manera más sensible en el misterio eucarístico. Se
ofrecen con Jesús por la salvación del mundo. Su ofrecimiento, además del
aspecto de sacrificio y de expiación, adquiere la dimensión de la acción de
gracias al Padre, participando de la acción de gracias del Hijo predilecto.
Radicada en esta orientación espiritual, la
clausura no es sólo un medio ascético de inmenso valor, sino también un
modo de vivir la Pascua de Cristo[134].De
experiencia de «muerte», se convierte en sobreabundancia de vida,
constituyéndose como anuncio gozoso y anticipación profética de la posibilidad,
ofrecida a cada persona y a la humanidad entera, de vivir únicamente para Dios,
en Cristo Jesús (cf. Rm 6, 11). La clausura evoca por tanto
aquellacelda del corazón en la que cada uno está llamado a vivir la
unión con el Señor. Acogida como don y elegida como libre respuesta de amor, la
clausura es el lugar de la comunión espiritual con Dios y con los hermanos y
hermanas, donde la limitación del espacio y de las relaciones con el mundo
exterior favorecen la interiorización de los valores evangélicos (cf.Jn 13,
34; Mt 5, 3.8).
Las comunidades claustrales, puestas como ciudades
sobre el monte y luces en el candelero (cf. Mt 5, 14-15), a
pesar de la sencillez de vida, prefiguran visiblemente la meta hacia la cual
camina la entera comunidad eclesial que, «entregada a la acción y dada a la
contemplación»[135],
se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura
recapitulación de todo en Cristo, cuando la Iglesia «se manifieste gloriosa con
su Esposo (cf. Col 3, 1-4)»[136],
y Cristo « entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo
Principado, Dominación y Potestad [...], para que Dios sea todo en todo » (1
Co 15, 24.28).
A estas queridísimas Hermanas, pues, expreso mi
reconocimiento, a la vez que las aliento a mantenerse fieles a la vida
claustral según el propio carisma. Gracias a su ejemplo, este género de vida
continúa teniendo numerosas vocaciones, atraídas por la radicalidad de una
existencia « esponsal », dedicada totalmente a Dios en la contemplación. Como
expresión del puro amor, que vale más que cualquier obra, la vida contemplativa
tiene también una extraordinaria eficacia apostólica y misionera[137].
Los Padres sinodales han manifestado un gran aprecio por los valores de
la clausura, tomando en consideración al mismo tiempo diversas peticiones sobre
su disciplina concreta manifestadas desde varias partes. Las indicaciones del
Sínodo sobre este tema y, en particular, el propósito de otorgar una mayor
responsabilidad a las Superioras mayores en lo concerniente a la dispensa de la
clausura por causas justas y graves[138],
serán objeto de consideración orgánica, en la línea del camino de renovación ya
actuado a partir del Concilio Vaticano II[139].
De este modo la clausura en sus varias formas y grados —de la clausura papal y
constitucional a la clausura monástica— se corresponderá mejor con la variedad
de los Institutos contemplativos y con las tradiciones de los monasterios.
Como el mismo Sínodo ha subrayado, se han de
favorecer también las Asociaciones y Federaciones entre monasterios,
recomendadas ya por Pío XII y por el Concilio Ecuménico Vaticano II[140],
especialmente allí donde no existan otras formas eficaces de coordinación y de
asistencia, para custodiar y promover los valores de la vida contemplativa. En
efecto, tales agrupaciones, salvando siempre la legítima autonomía de los
monasterios, pueden ofrecer una ayuda válida para resolver adecuadamente
problemas comunes, como la oportuna renovación, la formación tanto inicial como
permanente, la mutua ayuda económica y la reorganización de los mismos
monasterios.
Los religiosos hermanos
60. Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la
vida consagrada, por su naturaleza, no es ni laical ni clerical[141],
y por consiguiente la «consagración laical», tanto de varones como de mujeres,
es un estado de profesión de los consejos evangélicos completo en sí mismo[142].
Dicha consagración laical, por lo tanto, tiene un valor propio,
independientemente del ministerio sagrado, tanto para la persona misma como
para la Iglesia.
Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II[143],
el Sínodo ha manifestado un gran aprecio por este tipo de vida consagrada, en
la que los religiosos hermanos desempeñan múltiples y valiosos servicios dentro
y fuera de la comunidad, participando así en la misión de proclamar el
Evangelio y de dar testimonio de él con la caridad en la vida de cada día.
Efectivamente, algunos de estos servicios se pueden considerar ministerios
eclesiales confiados por la legítima autoridad. Ello exige una formación
apropiada e integral: humana, espiritual, teológica, pastoral y profesional.
Según la terminología vigente, los Institutos que,
por determinación del fundador o por legítima tradición tienen características
y finalidades que no comportan el ejercicio del Orden sagrado, son llamados
«Institutos laicales»[144].
En el Sínodo se ha hecho notar, no obstante, que esta terminología no expresa
adecuadamente la índole peculiar de la vocación de los miembros de tales
Institutos religiosos. En efecto, aunque desempeñan muchos servicios que son
comunes también a los fieles laicos, ellos los realizan con su identidad de
consagrados, manifestando de este modo el espíritu de entrega total a Cristo y
a la Iglesia según su carisma específico.
Por este motivo los Padres sinodales, con el fin de
evitar cualquier ambigüedad y confusión con la índole secular de los fieles laicos[145],
han querido proponer el término de Institutos religiosos de Hermanos[146].
La propuesta es significativa, sobre todo si se tiene en cuenta que el término
hermano encierra una rica espiritualidad. «Estos religiosos están llamados a
ser hermanos de Cristo, profundamente unidos a Él, primogénito entre muchos
hermanos (Rm 8, 29); hermanos entre sí por el amor mutuo y la
cooperación al servicio del bien de la Iglesia; hermanos de todo hombre por el
testimonio de la caridad de Cristo hacia todos, especialmente hacia los más
pequeños, los más necesitados; hermanos para hacer que reine mayor fraternidad
en la Iglesia»[147].
Viviendo de una manera especial este aspecto de la vida a la vez cristiana y
consagrada, los « religiosos hermanos » recuerdan de modo fehaciente a los
mismos religiosos sacerdotes la dimensión fundamental de la fraternidad en
Cristo, que han de vivir entre ellos y con cada hombre y mujer, proclamando a
todos la palabra del Señor: « Y vosotros sois todos hermanos » (Mt 23,
8).
No existen impedimentos para que en estos
Institutos religiosos de Hermanos, cuando el Capítulo general así lo disponga,
algunos miembros reciban las Órdenes sagradas para el servicio sacerdotal de la
comunidad religiosa[148].
No obstante, el Concilio Vaticano II no incita explícitamente a seguir esta
praxis, precisamente porque desea que los Institutos de Hermanos permanezcan
fieles a su vocación y misión. Esto vale también por lo que se refiere a la
condición de quien accede al cargo de Superior, considerando que éste refleja
de manera especial la naturaleza del Instituto mismo.
Diversa es la vocación de los hermanos en aquellos
Institutos que son llamados « clericales » porque, según el proyecto del
fundador o por tradición legítima, prevén el ejercicio del Orden sagrado, son
regidos por clérigos y, como tales, son reconocidos por la autoridad de la
Iglesia[149].
En estos Institutos el ministerio sagrado es parte integrante del carisma y
determina su índole específica, el fin y el espíritu. La presencia de hermanos
representa una participación diferenciada en la misión del Instituto, con
servicios que se prestan en colaboración con aquellos que ejercen el ministerio
sacerdotal, sea dentro de la comunidad o en las obras apostólicas.
Institutos mixtos
61. Algunos Institutos religiosos, que en el
proyecto original del fundador se presentaban como fraternidades, en las que
todos los miembros —sacerdotes y no sacerdotes— eran considerados iguales entre
sí, con el pasar del tiempo han adquirido una fisonomía diversa. Es menester
que estos Institutos llamados « mixtos », evalúen, mediante una profundización
del propio carisma fundacional, si resulta oportuno y posible volver hoy a la
inspiración de origen.
Los Padres sinodales han manifestado el deseo de
que en tales Institutos se reconozca a todos los religiosos igualdad de
derechos y de obligaciones, exceptuados los que derivan del Orden sagrado[150].
Para examinar y resolver los problemas conexos con esta materia se ha
instituido una comisión especial, y conviene esperar sus conclusiones para
después tomar las oportunas decisiones, según lo que se disponga de manera
autorizada.
Nuevas formas de vida evangélica
62. El Espíritu, que en diversos momentos de la
historia ha suscitado numerosas formas de vida consagrada, no cesa de asistir a
la Iglesia, bien alentando en los Institutos ya existentes el compromiso de la
renovación en fidelidad al carisma original, bien distribuyendo nuevos carismas
a hombres y mujeres de nuestro tiempo, para que den vida a instituciones que
respondan a los retos del presente. Un signo de esta intervención divina son
las llamadas nuevas Fundaciones, con características en cierto modo
originales respecto a las tradicionales.
La originalidad de las nuevas comunidades consiste
frecuentemente en el hecho de que se trata de grupos compuestos de hombres y
mujeres, de clérigos y laicos, de casados y célibes, que siguen un estilo
particular de vida, a veces inspirado en una u otra forma tradicional, o
adaptado a las exigencias de la sociedad de hoy. También su compromiso de vida
evangélica se expresa de varias maneras, si bien se manifiesta, como una
orientación general, una aspiración intensa a la vida comunitaria, a la pobreza
y a la oración. En el gobierno participan, en función de su competencia,
clérigos y laicos, y el fin apostólico se abre a las exigencias de la nueva
evangelización.
Si de una parte hay que alegrarse por la acción del
Espíritu, por otra es necesario proceder con el debido discernimiento
de los carismas. El principio fundamental para que se pueda hablar de vida
consagrada es que los rasgos específicos de las nuevas comunidades y formas de
vida estén fundados en los elementos esenciales, teológicos y canónicos, que
son característicos de la vida consagrada[151].
Este discernimiento es necesario tanto a nivel local como universal, con el fin
de prestar una común obediencia al único Espíritu. En las diócesis, el Obispo
ha de examinar el testimonio de vida y la ortodoxia de los fundadores y
fundadoras de tales comunidades, su espiritualidad, la sensibilidad eclesial en
el cumplimiento de su misión, los métodos de formación y los modos de
incorporación a la comunidad; evalúe con prudencia eventuales puntos débiles,
sabiendo esperar con paciencia la confirmación de los frutos (cf. Mt 7,
16), para poder reconocer la autenticidad del carisma[152].
Se le pide sobre todo que ponga especial cuidado en verificar, a la luz de
criterios claros, la idoneidad de quienes solicitan el acceso a las Órdenes
sagradas[153].
En virtud de este mismo principio de
discernimiento, no pueden ser comprendidas en la categoría específica de vida
consagrada aquellas formas de compromiso, por otro lado loables, que algunos
cónyuges cristianos asumen en asociaciones o movimientos eclesiales cuando,
deseando llevar a la perfección de la caridad su amor «como consagrado» ya en
el sacramento del matrimonio[154],
confirman con un voto el deber de la castidad propia de la vida conyugal y, sin
descuidar sus deberes para con los hijos, profesan la pobreza y la obediencia[155].
Esta obligada puntualización acerca de la naturaleza de tales experiencias, no
pretende infravalorar dicho camino de santificación, al cual no es ajena
ciertamente la acción del Espíritu Santo, infinitamente rico en sus dones e
inspiraciones.
Ante tanta riqueza de dones y de impulsos
innovadores, parece conveniente crear una Comisión para las cuestiones
relativas a las nuevas formas de vida consagrada, con el fin de establecer
criterios de autenticidad, que sirvan de ayuda a la hora de discernir y de
tomar las oportunas decisiones[156].
Entre otras tareas, tal Comisión deberá valorar, a la luz de la experiencia de
estos últimos decenios, cuáles son las formas nuevas de consagración que la
autoridad eclesiástica, con prudencia pastoral y para el bien común, pueda
reconocer oficialmente y proponer a los fieles deseosos de una vida cristiana
más perfecta.
Estas nuevas asociaciones de vida evangélica no
son alternativas a las precedentes instituciones, las cuales continúan
ocupando el lugar insigne que la tradición les ha reservado. Las nuevas formas
son también un don del Espíritu, para que la Iglesia siga a su Señor en una
perenne dinámica de generosidad, atenta a las llamadas de Dios que se
manifiestan a través de los signos de los tiempos. De esta manera se presenta
ante el mundo con variedad de formas de santidad y de servicio, como «señal e
instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano»([157].
Los antiguos Institutos, muchos de los cuales han pasado en el transcurso de
los siglos por el crisol de pruebas durísimas que han afrontado con fortaleza,
pueden enriquecerse entablando un diálogo e intercambiando sus dones con las
fundaciones que ven la luz en este tiempo nuestro.
De este modo el vigor de las diversas instituciones
de vida consagrada, desde las más antiguas a las más recientes, así como la
vivacidad de las nuevas comunidades, alimentarán la fidelidad al Espíritu
Santo, que es principio de comunión y de perenne novedad de vida.
III. MIRANDO HACIA EL
FUTURO
Dificultades y perspectivas
63. En algunas regiones del mundo, los cambios
sociales y la disminución del número de vocaciones está haciendo mella en la
vida consagrada. Las obras apostólicas de muchos Institutos y su misma
presencia en ciertas Iglesias locales están en peligro. Como ya ha ocurrido
otras veces en la historia, hay Institutos que corren incluso el riesgo de
desaparecer. La Iglesia universal les está sumamente agradecida por la gran
contribución que han dado a su edificación con el testimonio y el servicio[158].
La preocupación de hoy no anula sus méritos ni los frutos que han madurado
gracias a sus esfuerzos.
En otros Institutos se plantea más bien el problema
de la reorganización de sus obras. Esta tarea, nada fácil y no pocas veces
dolorosa, requiere estudio y discernimiento a la luz de algunos criterios. Es
preciso, por ejemplo, salvaguardar el sentido del propio carisma, promover la
vida fraterna, estar atentos a las necesidades de la Iglesia tanto universal
como particular, ocuparse de aquello que el mundo descuida, responder
generosamente y con audacia, aunque sea con intervenciones obligadamente
exiguas, a las nuevas pobrezas, sobre todo en los lugares más abandonados[159].
Las dificultades provenientes de la disminución de
personal y de iniciativas, no deben en modo alguno hacer perder la
confianza en la fuerza evangélica de la vida consagrada, la cual será
siempre actual y operante en la Iglesia. Aunque cada Instituto no posea la
prerrogativa de la perpetuidad, la vida consagrada, sin embargo, continuará
alimentando entre los fieles la respuesta de amor a Dios y a los hermanos. Por
eso es necesario distinguir entre las vicisitudes históricas de
un determinado Instituto o de una forma de vida consagrada, y la misión
eclesial de la vida consagrada como tal. Las primeras pueden cambiar
con el mudar de las situaciones, la segunda no puede faltar.
Esto es verdad tanto para la vida consagrada de
tipo contemplativo, como para la dedicada a las obras de apostolado. En su
conjunto, bajo la acción siempre nueva del Espíritu, está destinada a continuar
como testimonio luminoso de la unidad indisoluble del amor a Dios y al prójimo,
como memoria viviente de la fecundidad, incluso humana y social, del amor de
Dios. Las nuevas situaciones de penuria han de ser afrontadas por tanto con la
serenidad de quien sabe que a cada uno se le pide no tanto el éxito,
cuanto el compromiso de la fidelidad. Lo que se debe evitar absolutamente
es la debilitación de la vida consagrada, que no consiste tanto en la
disminución numérica, sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a
la propia vocación y misión. Por el contrario, perseverando fielmente en ella,
se confiesa, y con gran eficacia incluso ante el mundo, la propia y firme
confianza en el Señor de la historia, en cuyas manos están los tiempos y los
destinos de las personas, de las instituciones, de los pueblos y, por tanto,
también la actuación histórica de sus dones. Los dolorosos momentos de crisis
representan un apremio a las personas consagradas para que proclamen con
fortaleza la fe en la muerte y resurrección de Cristo, haciéndose así signo
visible del paso de la muerte a la vida.
Nuevo impulso de la pastoral vocacional
64. La misión de la vida consagrada y la vitalidad
de los Institutos dependen indudablemente de la fidelidad con la que los
consagrados responden a su vocación, pero tienen futuro en la medida en
que otros hombres y mujeres acogen generosamente la llamada del Señor.
El problema de las vocaciones es un auténtico desafío que interpela
directamente a los Institutos, pero que concierne a toda la Iglesia. En el
campo de la pastoral vocacional se invierten muchas energías espirituales y
materiales, aunque los resultados no siempre se corresponden a las expectativas
y a los esfuerzos realizados. Sucede que, mientras las vocaciones a la vida
consagrada florecen en las Iglesias jóvenes y en aquellas que han sufrido
persecuciones por parte de regímenes totalitarios, escasean en otros países
tradicionalmente ricos en vocaciones y en misioneros.
Esta situación de dificultad pone a prueba a las
personas consagradas, que a veces se interrogan sobre su efectiva capacidad de
atraer nuevas vocaciones. Es necesario tener confianza en el Señor Jesús, que
continúa llamando a seguir sus pasos, y encomendarse al Espíritu Santo, autor e
inspirador de los carismas de la vida consagrada. Así pues, a la vez que nos
alegramos por la acción del Espíritu que rejuvenece a la Esposa de Cristo
haciendo florecer la vida consagrada en muchas naciones, debemos dirigir una
constante plegaria al Dueño de la mies para que envíe obreros a su Iglesia,
para hacer frente a las exigencias de la nueva evangelización (cf. Mt 9,
37-38). Además de promover la oración por las vocaciones, es urgente
esforzarse, mediante el anuncio explícito y una catequesis adecuada, por
favorecer en los llamados a la vida consagrada la respuesta libre, pero pronta
y generosa, que hace operante la gracia de la vocación.
La invitación de Jesús: « Venid y veréis » (Jn 1,
39) sigue siendo aún hoy la regla de oro de la pastoral
vocacional. Con ella se pretende presentar, a ejemplo de los fundadores y
fundadoras, el atractivo de la persona del Señor Jesús y la
belleza de la entrega total de sí mismo a la causa del Evangelio. Por tanto, la
primera tarea de todos los consagrados y consagradas consiste en proponer
valerosamente, con la palabra y con el ejemplo, el ideal del seguimiento de
Cristo, alimentando y manteniendo posteriormente en los llamados la respuesta a
los impulsos que el Espíritu inspira en su corazón.
Al entusiasmo del primer encuentro con Cristo debe
seguir, como es obvio, el esfuerzo paciente de saber corresponder cada día a la
gracia recibida, haciendo de la vocación una historia de amistad con el Señor.
Para ello, la pastoral vocacional utilizará los recursos apropiados, como
la dirección espiritual, para alimentar aquella respuesta de amor
personal al Señor que es condición indispensable para convertirse en discípulos
y apóstoles de su Reino. Por otra parte, si la abundancia vocacional que se
manifiesta en varias partes del mundo justifica el optimismo y la esperanza, la
escasez en otras regiones no debe inducir al desánimo ni a la tentación de un
fácil y precipitado reclutamiento. Es preciso que la tarea de promover las
vocaciones se desarrolle de manera que aparezca cada vez más como un
compromiso coral de toda la Iglesia[160].
Se requiere, por tanto, la colaboración activa de pastores, religiosos,
familias y educadores, como es propio de un servicio que forma parte integrante
de la pastoral de conjunto de cada Iglesia particular. Que en cada diócesis
exista, pues, este servicio común, que coordine y multiplique las
fuerzas, pero sin prejuzgar e incluso favoreciendo la actividad vocacional de
cada Instituto[161].
Esta colaboración activa de todo el Pueblo de Dios,
sostenida por la Providencia, suscitará sin duda la abundancia de los dones
divinos. La solidaridad cristiana está llamada a solventar las necesidades de
la formación vocacional en los países económicamente más pobres. La promoción
de vocaciones en estos países por parte de los diversos Institutos ha de
hacerse en plena armonía con las Iglesias del lugar, a partir de una activa y
prolongada inserción en su actividad pastoral[162].
El modo más auténtico para secundar la acción del Espíritu será el invertir las
mejores energías en la actividad vocacional, especialmente con una adecuada
dedicación a la pastoral juvenil.
Las exigencias de la formación inicial
65. La Asamblea sinodal ha reservado una atención
especial a la formación de quienes aspiran a consagrarse al
Señor[163],
reconociendo su decisiva importancia. El objetivo central del
proceso de formación es la preparación de la persona para la consagración total
de sí misma a Dios en el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión. Decir
«sí» a la llamada del Señor, asumiendo en primera persona el dinamismo del
crecimiento vocacional, es responsabilidad inalienable de cada llamado, el cual
debe abrir toda su vida a la acción del Espíritu Santo; es recorrer con
generosidad el camino formativo, acogiendo con fe las ayudas que el Señor y la
Iglesia le ofrecen[164].
La formación, por tanto, debe abarcar la persona
entera, de tal modo que toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena
y gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes como en las
circunstancias ordinarias de la vida cotidiana[165].
Desde el momento que el fin de la vida consagrada consiste en la conformación
con el Señor Jesús y con su total oblación[166],
a esto se debe orientar ante todo la formación. Se trata de un itinerario de
progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre.
Siendo éste el objetivo de la vida consagrada, el
método para prepararse a ella deberá contener y expresar la característica
de la totalidad. Deberá ser formación de toda la persona[167],
en cada aspecto de su individualidad, en las intenciones y en los gestos
exteriores. Precisamente por su propósito de transformar toda la persona, la
exigencia de la formación no acaba nunca. En efecto, es necesario que a las
personas consagradas se les proporcione hasta el fin la oportunidad de crecer
en la adhesión al carisma y a la misión del propio Instituto.
Para que sea total, la formación debe abarcar todos
los ámbitos de la vida cristiana y de la vida consagrada. Se ha de prever, por
tanto, una preparación humana, cultural, espiritual y pastoral, poniendo sumo
cuidado en facilitar la integración armónica de los diferentes aspectos. A la
formación inicial, entendida como un proceso evolutivo que pasa por los
diversos grados de la maduración personal —desde el psicológico y espiritual al
teológico y pastoral—, se debe reservar un amplio espacio de tiempo. En el caso
de las vocaciones al presbiterado, viene a coincidir y a armonizarse con un
programa específico de estudios, como parte de un itinerario formativo más
extenso.
El papel de los formadores y formadoras
66. Dios Padre, en el don continuo de Cristo y del
Espíritu, es el formador por excelencia de quien se consagra a Él. Pero en esta
obra Él se sirve de la mediación humana, poniendo al lado de los que Él llama
algunos hermanos y hermanas mayores. La formación es pues una participación en
la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón de los
jóvenes y de las jóvenes los sentimientos del Hijo. Los formadores y las
formadoras deben ser, por tanto, personas expertas en los caminos que llevan a
Dios, para poder ser así capaces de acompañar a otros en este recorrido.
Atentos a la acción de la gracia, deben indicar aquellos obstáculos que a veces
no resultan con tanta evidencia, pero, sobre todo, mostrarán la belleza del
seguimiento del Señor y el valor del carisma en que éste se concretiza. A las
luces de la sabiduría espiritual añadirán también aquellas que provienen de los
instrumentos humanos que pueden servir de ayuda, tanto en el discernimiento
vocacional, como en la formación del hombre nuevo auténticamente libre. El
principal instrumento de formación es el coloquio personal, que ha de tenerse
con regularidad y cierta frecuencia, y que constituye una práctica de
comprobada e insustituible eficacia.
De cara a tareas tan delicadas, resulta
verdaderamente importante la preparación de formadores idóneos, que aseguren en
su servicio una gran sintonía con el camino seguido por toda la Iglesia. Será
conveniente crear estructuras adecuadas para la formación de los
formadores, posiblemente en lugares que permitan el contacto con la cultura
en la que será ejercido después el propio servicio pastoral. En esta obra
formativa, los Institutos más arraigados ayuden a los de fundación más
reciente, mediante la aportación de algunos de sus mejores miembros[168].
Una formación comunitaria y apostólica
67. Puesto que la formación debe ser también comunitaria,
su lugar privilegiado, para los Institutos de vida religiosa y las Sociedades
de vida apostólica, es la comunidad. En ella se realiza la iniciación en la
fatiga y en el gozo de la convivencia. En la fraternidad cada uno aprende a vivir
con quien Dios ha puesto a su lado, aceptando tanto sus cualidades positivas
como sus diversidades y sus límites. Aprende especialmente a compartir los
dones recibidos para la edificación de todos, puesto que « a cada cual se le
otorga la manifestación del Espíritu para provecho común » (1 Co 12,
7)[169].
Al mismo tiempo, la vida comunitaria, ya desde la primera formación, debe
mostrar la dimensión intrínsecamente misionera de la consagración. Por ello, en
los Institutos de vida consagrada, será útil introducir durante el periodo de
formación inicial, y con el prudente acompañamiento del formador o formadora,
experiencias concretas que permitan ejercitar, en diálogo con la cultura
circundante, las aptitudes apostólicas, la capacidad de adaptación y el
espíritu de iniciativa.
Si de una parte es importante que la persona
consagrada se forme de modo progresivo una conciencia evangélicamente crítica
respecto a los valores y antivalores de la cultura, tanto de la suya propia
como de la que encontrará en el futuro campo de trabajo, de otra debe
ejercitarse en el difícil arte de la unidad de vida, de la mutua compenetración
de la caridad hacia Dios y hacia los hermanos y hermanas, haciendo propia la
experiencia de que la oración es el alma del apostolado, pero también de que el
apostolado vivifica y estimula la oración.
Necesidad de una ratio completa
y actualizada
68. Se recomienda también a los
Institutos femeninos y a los masculinos, por lo que se refiere a los religiosos
hermanos, un periodo explícitamente formativo, que se prolongue hasta la
profesión perpetua. Esto vale substancialmente también para las comunidades
claustrales, que han de elaborar un programa adecuado para lograr una auténtica
formación para la vida contemplativa y su peculiar misión en la Iglesia.
Los Padres sinodales han invitado vivamente a todos
los Institutos de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica a
elaborar cuanto antes una ratio institutionis, es decir, un
proyecto de formación inspirado en el carisma institucional, en el cual se
presente de manera clara y dinámica el camino a seguir para asimilar plenamente
la espiritualidad del propio Instituto. La ratio responde hoy
a una verdadera urgencia: de un lado indica el modo de transmitir el espíritu
del Instituto, para que sea vivido en su autenticidad por las nuevas
generaciones, en la diversidad de las culturas y de las situaciones
geográficas; de otro, muestra a las personas consagradas los medios para vivir
el mismo espíritu en las varias fases de la existencia, progresando hacia la
plena madurez de la fe en Cristo.
Si bien es cierto que la renovación de la vida consagrada
depende principalmente de la formación, también es verdad que ésta, a su vez,
está unida a la capacidad de proponer un método rico de sabiduría espiritual y
pedagógica, que conduzca de manera progresiva a quienes desean consagrarse a
asumir los sentimientos de Cristo, el Señor. La formación es un proceso vital a
través del cual la persona se convierte al Verbo de Dios desde lo más profundo
de su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte de buscar los signos de Dios en
las realidades del mundo. En una época de creciente marginación de los valores
religiosos por parte de la cultura, este aspecto de la formación resulta
doblemente importante: gracias a él la persona consagrada no sólo puede
continuar a « ver » con los ojos de la fe a Dios en un mundo que ignora su
presencia, sino que consigue incluso hacer « sensible » en cierto modo su
presencia mediante el testimonio del propio carisma.
La formación permanente
69. La formación permanente, tanto para los
Institutos de vida apostólica como para los de vida contemplativa, es una
exigencia intrínseca de la consagración religiosa. El proceso formativo, como
se ha dicho, no se reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitación
humana, la persona consagrada no podrá jamás suponer que ha completado la gestación
de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de poseer en cada
circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo. La formación inicial,
por tanto, debe engarzarse con la formación permanente, creando en
el sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su vida[170].
Es muy importante, por tanto, que cada Instituto incluya,
como parte de la ratio institutionis, la definición de un proyecto
de formación permanente lo más preciso y sistemático posible, cuyo objetivo
primario sea el de acompañar a cada persona consagrada con un programa que
abarque toda su existencia. Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio
crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y
llevar su vida con autosuficiencia. Ninguna fase de la vida puede ser
considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser
asistida y poder de este modo tener mayores garantías de perseverancia en la
fidelidad, ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la
completa madurez de la persona.
En un dinamismo de fidelidad
70. Hay una juventud de espíritu que permanece en
el tiempo y que tiene que ver con el hecho de que el individuo busca y
encuentra en cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo
específico de ser, de servir y de amar[171].
En la vida consagrada, los primeros años de
plena inserción en la actividad apostólica representan una fase por sí
misma crítica, marcada por el paso de una vida guiada y tutelada a una
situación de plena responsabilidad operativa. Es importante que las
personas consagradas jóvenes sean alentadas y acompañadas por un hermano o una
hermana que les ayuden a vivir con plenitud la juventud de su amor y de su
entusiasmo por Cristo.
La fase sucesiva puede presentar el riesgo
de la rutina y la consiguiente tentación de la desilusión por la
escasez de los resultados. Es necesario, pues, ayudar a las personas
consagradas de media edad a revisar, a luz del Evangelio y de la inspiración
carismática, su opción originaria, y a no confundir la totalidad de la entrega
con la totalidad del resultado. Esto permitirá dar nuevo empuje y nuevas
motivaciones a la decisión tomada en su día. Es la época de la búsqueda de lo
esencial.
En la fase de la edad madura, junto con
el crecimiento personal, puede presentarse el peligro de un cierto
individualismo, acompañado a veces del temor de no estar adecuados a los
tiempos, o de fenómenos de rigidez, de cerrazón, o de relajación. La formación
permanente tiene en este caso la función de ayudar no sólo a recuperar un tono
más alto de vida espiritual y apostólica, sino también a descubrir la
peculiaridad de esta fase existencial. En efecto, en ella, una vez purificados
algunos aspectos de la personalidad, el ofrecimiento de sí se eleva a Dios con
mayor pureza y generosidad, y revierte en los hermanos y hermanas de manera más
sosegada y discreta, a la vez que más transparente y rica de gracia. Es el don
y la experiencia de la paternidad y maternidad espiritual.
La edad avanzada presenta
problemas nuevos, que se han de afrontar previamente con un esmerado programa
de apoyo espiritual. El progresivo alejamiento de la actividad, la enfermedad
en algunos casos o la inactividad forzosa, son una experiencia que puede ser
altamente formativa. Aunque sea un momento frecuentemente doloroso, ofrece sin
embargo a la persona consagrada anciana la oportunidad de dejarse plasmar por
la experiencia pascual[172],
conformándose a Cristo crucificado que cumple en todo la voluntad del Padre y
se abandona en sus manos hasta encomendarle el espíritu. Este es un nuevo modo
de vivir la consagración, que no está vinculado a la eficiencia propia de una
tarea de gobierno o de un trabajo apostólico.
Cuando al fin llega el momento de unirse a
la hora suprema de la pasión del Señor, la persona consagrada sabe que el Padre
está llevando a cumplimiento en ella el misterioso proceso de formación
iniciado tiempo atrás. La muerte será entonces esperada y preparada como acto
de amor supremo y de entrega total de sí mismo.
Es necesario añadir que, independientemente de las
varias etapas de la vida, cada edad puede pasar por situaciones críticas bien a
causa de diversos factores externos —cambio de lugar o de oficio, dificultad en
el trabajo o fracaso apostólico, incomprensión, marginación, etc.—, bien por
motivos más estrictamente personales, como la enfermedad física o psíquica, la
aridez espiritual, lutos, problemas de relaciones interpersonales, fuertes
tentaciones, crisis de fe o de identidad, sensación de insignificancia, u otros
semejantes. Cuando la fidelidad resulta más difícil, es preciso ofrecer a la
persona el auxilio de una mayor confianza y un amor más grande, tanto a nivel
personal como comunitario. Se hace necesaria, sobre todo en estos momentos, la
cercanía afectuosa del Superior; mucho consuelo y aliento viene también de la
ayuda cualificada de un hermano o hermana, cuya disponibilidad y premura
facilitarán un redescubrimiento del sentido de la alianza que Dios ha sido el
primero en establecer y que no dejará de cumplir. La persona que se encuentra
en un momento de prueba logrará de este modo acoger la purificación y el
anonadamiento como aspectos esenciales del seguimiento de Cristo crucificado.
La prueba misma se revelará como un instrumento providencial de formación en
las manos del Padre, como lucha no sólo psicológica, entablada por
el yo en relación consigo mismo y sus debilidades, sino también religiosa,
marcada cada día por la presencia de Dios y por la fuerza poderosa de la Cruz.
Dimensiones de la formación permanente
71. Puesto que el sujeto de la formación es la
persona en cada fase de la vida, el término de la formación es la totalidad del
ser humano, llamado a buscar y amar a Dios « con todo el corazón, con toda el
alma y con todas las fuerzas » (Dt 6, 5) y al prójimo como a sí
mismo (cf. Lv 19, 18; Mt 22, 37-39). El amor
a Dios y a los hermanos es un dinamismo vigoroso que puede inspirar
constantemente el camino de crecimiento y de fidelidad.
La vida en el Espíritu tiene
obviamente la primacía: en ella la persona consagrada encuentra su identidad y
experimenta una serenidad profunda, crece en la atención a las insinuaciones
cotidianas de la Palabra de Dios, y se deja guiar por la inspiración originaria
del propio Instituto. Bajo la acción del Espíritu se defienden con denuedo los
tiempos de oración, de silencio, de soledad, y se implora de lo Alto el don de
la sabiduría en las fatigas diarias (cf. Sb 9, 10).
La dimensión humana y fraterna exige el
conocimiento de sí mismo y de los propios límites, para obtener el estímulo
necesario y el apoyo en el camino hacia la plena liberación. En el contexto
actual revisten una particular importancia la libertad interior de la persona
consagrada, su integración afectiva, la capacidad de comunicarse con todos,
especialmente en la propia comunidad, la serenidad de espíritu y la
sensibilidad hacia aquellos que sufren, el amor por la verdad y la coherencia
efectiva entre el decir y el hacer.
La dimensión apostólica abre la mente y
el corazón de la persona consagrada, disponiéndola para el esfuerzo continuo de
la acción, como signo del amor de Cristo que la apremia (cf. 2 Co 5,
14). Esto significa, en la práctica, la actualización de los métodos y de los
objetivos de las actividades apostólicas, en fidelidad al espíritu y al fin
pretendido por el fundador o fundadora, y a las tradiciones maduradas
sucesivamente, teniendo en cuenta las condiciones cambiantes de la historia y
la cultura, general o local, y del ambiente en que se actúa.
La dimensión cultural y profesional, fundada en una
sólida formación teológica que capacite al discernimiento, implica una
actualización continua y una particular atención a los diversos campos a los
que se orienta cada uno de los carismas. Es necesario por tanto mantener una
mentalidad lo más flexible y abierta posible, para que el servicio sea comprendido
y desempeñado según las exigencias del propio tiempo, sirviéndose de los
instrumentos ofrecidos por el progreso cultural.
En la dimensión del carisma convergen,
finalmente, todos los demás aspectos, como en una síntesis que requiere una
reflexión continua sobre la propia consagración en sus diversas vertientes,
tanto la apostólica, como la ascética y mística. Esto exige de cada miembro el
estudio asiduo del espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia y su
misión, con el fin de mejorar así la asimilación personal y comunitaria[173].
CAPÍTULO III
SERVITIUM CARITATIS
LA VIDA
CONSAGRADA
EPIFANÍA DEL AMOR DE DIOS EN EL MUNDO
EPIFANÍA DEL AMOR DE DIOS EN EL MUNDO
Consagrados para la misión
72. A imagen de Jesús, el Hijo predilecto « a quien
el Padre ha santificado y enviado al mundo » (Jn 10, 36), también
aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son consagrados y enviados al
mundo para imitar su ejemplo y continuar su misión. Esto vale fundamentalmente
para todo discípulo. Pero es válido en especial para cuantos son llamados a
seguir a Cristo « más de cerca » en la forma característica de la vida
consagrada, haciendo de Él el « todo » de su existencia. En su llamada está
incluida por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misión;
más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, que es la
fuente de toda vocación y de todo carisma, se hace misión, como lo ha sido la
vida entera de Jesús. La profesión de los consejos evangélicos, al hacer a la
persona totalmente libre para la causa del Evangelio, muestra también la
trascendencia que tiene para la misión. Se debe pues afirmar que la
misión es esencial para cada Instituto, no solamente en los de vida
apostólica activa, sino también en los de vida contemplativa.
En efecto, antes que en las obras exteriores, la
misión se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el
testimonio personal. ¡Este es el reto, éste es el quehacer principal de la vida
consagrada! Cuanto más se deja conformar a Cristo, más lo hace presente y
operante en el mundo para la salvación de los hombres.
Se puede decir por tanto que la persona consagrada
está «en misión» en virtud de su misma consagración, manifestada según el
proyecto del propio Instituto. Es obvio que, cuando el carisma fundacional
contempla actividades pastorales, el testimonio de vida y las obras de
apostolado o de promoción humana son igualmente necesarias: ambas representan a
Cristo, que es al mismo tiempo el consagrado a la gloria del Padre y el enviado
al mundo para la salvación de los hermanos y hermanas[174].
La vida religiosa, además, participa en la misión
de Cristo con otro elemento particular y propio: la vida fraterna en
comunidad para la misión. La vida religiosa será, pues, tanto más
apostólica, cuanto más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la
vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión específica del
Instituto.
Al servicio de Dios y del hombre
73. La vida consagrada tiene la misión
profética de recordar y servir el designio de Dios sobre los hombres,
tal como ha sido anunciado por las Escrituras, y como se desprende de una
atenta lectura de los signos de la acción providencial de Dios en la historia.
Es el proyecto de una humanidad salvada y reconciliada (cf. Col 2,
20-22). Para realizar adecuadamente este servicio, las personas consagradas han
de poseer una profunda experiencia de Dios y tomar conciencia de los retos del
propio tiempo, captando su sentido teológico profundo mediante el
discernimiento efectuado con la ayuda del Espíritu Santo. En realidad, tras los
acontecimientos de la historia se esconde frecuentemente la llamada de Dios a
trabajar según sus planes, con una inserción activa y fecunda en los
acontecimientos de nuestro tiempo[175].
El discernimiento de los signos de los tiempos,
como dice el Concilio, ha de hacerse a la luz del Evangelio, de tal modo que se
«pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido
de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas»[176].
Es necesario, pues, estar abiertos a la voz interior del Espíritu que invita a
acoger en lo más hondo los designios de la Providencia. Él llama a la vida
consagrada para que elabore nuevas respuestas a los nuevos problemas del mundo
de hoy. Son un reclamo divino del que sólo las almas habituadas a buscar en
todo la voluntad de Dios saben percibir con nitidez y traducir después con
valentía en opciones coherentes, tanto con el carisma original, como con las
exigencias de la situación histórica concreta.
Ante los numerosos problemas y urgencias que en
ocasiones parecen comprometer y avasallar incluso la vida consagrada, los
llamados sienten la exigencia de llevar en el corazón y en la oración las
muchas necesidades del mundo entero, actuando con audacia en los campos
respectivos del propio carisma fundacional. Su entrega deberá ser, obviamente,
guiada por el discernimiento sobrenatural, que sabe distinguir
entre lo que viene del Espíritu y lo que le es contrario (cf. Ga 5,
16-17.22; 1 Jn 4, 6). Mediante la fidelidad a la Regla y a las
Constituciones, conservan la plena comunión con la Iglesia[177].
De este modo la vida consagrada no se limitará a
leer los signos de los tiempos, sino que contribuirá también a elaborar y
llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las
situaciones actuales. Todo esto con la certeza, basada en la fe, de que el
Espíritu sabe dar las respuestas más apropiadas incluso a las más espinosas
cuestiones. Será bueno a este respecto recordar algo que han enseñado siempre
los grandes protagonistas del apostolado: hay que confiar en Dios como si todo
dependiese de Él y, al mismo tiempo, empeñarse con toda generosidad como si
todo dependiera de nosotros.
Colaboración eclesial y espiritualidad
apostólica
74. Se ha de hacer todo en comunión y en
diálogo con las otras instancias eclesiales. Los retos de la misión
son de tal envergadura que no pueden ser acometidos eficazmente sin la
colaboración, tanto en el discernimiento como en la acción, de todos los
miembros de la Iglesia. Difícilmente los individuos aislados tienen una respuesta
completa: ésta puede surgir normalmente de la confrontación y del diálogo. En
particular, la comunión operativa entre los diversos carismas asegurará, además
de un enriquecimiento recíproco, una eficacia más incisiva en la misión. La
experiencia de estos años confirma sobradamente que «el diálogo es el nuevo
nombre de la caridad»[178],
especialmente de la caridad eclesial; el diálogo ayuda a ver los problemas en
sus dimensiones reales y permite abordarlos con mayores esperanzas de éxito. La
vida consagrada, por el hecho de cultivar el valor de la vida fraterna,
representa una privilegiada experiencia de diálogo. Por eso puede contribuir a
crear un clima de aceptación recíproca, en el que los diversos sujetos
eclesiales, al sentirse valorizados por lo que son, confluyan con mayor
convencimiento en la comunión eclesial, encaminada a la gran misión universal.
Los Institutos comprometidos en una u otra
modalidad de servicio apostólico han de cultivar, en fin, una sólida
espiritualidad de la acción, viendo a Dios en todas las cosas, y todas las
cosas en Dios. En efecto, «se ha de saber que, como el buen orden de la vida
consiste en tender de la vida activa a la contemplativa, también por lo general
el alma vuelve útilmente de la vida contemplativa a la activa para realizar con
mayor perfección la vida activa, por lo mismo que la vida contemplativa
enfervoriza a la activa»[179].
Jesús mismo nos ha dado perfecto ejemplo de cómo se pueden unir la comunión con
el Padre y una vida intensamente activa. Sin la tensión continua hacia esta
unidad, se corre el riesgo de un colapso interior, de desorientación y de
desánimo. La íntima unión entre contemplación y acción permitirá, hoy como
ayer, acometer las misiones más difíciles.
I. EL AMOR HASTA EL
EXTREMO
Amar con el corazón de Cristo
75. « Habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena [...] se levanta de la mesa
[...] se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla
con que estaba ceñido » (Jn 13, 1-2.4-5).
En el gesto de lavar los pies a sus discípulos,
Jesús revela la profundidad del amor de Dios por el hombre: ¡en Él, Dios mismo
se pone al servicio de los hombres! Él revela al mismo tiempo el sentido de la
vida cristiana y, con mayor motivo, de la vida consagrada, que es vida
de amor oblativo, de concreto y generoso servicio. Siguiendo los pasos del
Hijo del hombre, que « no ha venido a ser servido, sino a servir » (Mt 20,
28), la vida consagrada, al menos en los mejores períodos de su larga historia,
se ha caracterizado por este « lavar los pies », es decir, por el servicio,
especialmente a los más pobres y necesitados. Ella, por una parte, contempla el
misterio sublime del Verbo en el seno del Padre (cf. Jn 1, 1),
mientras que, por otra, sigue al mismo Verbo que se hace carne (cf. Jn 1,
14), se abaja, se humilla para servir a los hombres. Las personas que siguen a
Cristo en la vía de los consejos evangélicos desean, también hoy, ir allá donde
Cristo fue y hacer lo que Él hizo.
Él llama continuamente a nuevos discípulos, hombres
y mujeres, para comunicarles, mediante la efusión del Espíritu (cf.Rm 5,
5), el ágape divino, su modo de amar, apremiándolos a servir a
los demás en la entrega humilde de sí mismos, lejos de cualquier cálculo
interesado. A Pedro que, extasiado ante la luz de la Transfiguración, exclama:
« Señor, bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4), le invita a volver a
los caminos del mundo para continuar sirviendo el Reino de Dios: «Desciende,
Pedro; tú, que deseabas descansar en el monte, desciende y predica la Palabra,
insiste a tiempo y a destiempo, arguye y exhorta, increpa con toda longanimidad
y doctrina. Trabaja, suda, padece algunos tormentos a fin de llegar, por el
brillo y hermosura de las obras hechas en caridad, a poseer eso que simbolizan
los blancos vestidos del Señor»[180].
La mirada fija en el rostro del Señor no atenúa en el apóstol el compromiso por
el hombre; más bien lo potencia, capacitándole para incidir mejor en la
historia y liberarla de todo lo que la desfigura.
La búsqueda de la belleza divina mueve a las
personas consagradas a velar por la imagen divina deformada en los rostros de
tantos hermanos y hermanas, rostros desfigurados por el hambre, rostros
desilusionados por promesas políticas; rostros humillados de quien ve
despreciada su propia cultura; rostros aterrorizados por la violencia diaria e
indiscriminada; rostros angustiados de menores; rostros de mujeres ofendidas y
humilladas; rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna acogida;
rostros de ancianos sin las mínimas condiciones para una vida digna[181].
La vida consagrada muestra de este modo, con la elocuencia de las obras, que la
caridad divina es fundamento y estímulo del amor gratuito y operante. Bien
convencido de ello estaba san Vicente de Paúl cuando indicaba como programa de
vida a la Hijas de la Caridad el «entregarse a Dios para amar a Nuestro Señor y
servirlo material y espiritualmente en la persona de los pobres, en sus casas o
en otros sitios, para instruir a las jóvenes menesterosas, a los niños y, en
general, a todos aquellos que os manda la divina Providencia»[182].
Entre los posibles ámbitos de la caridad, el que
sin duda manifiesta en nuestros días y por un título especial el amor al mundo
«hasta el extremo», es el anuncio apasionado de Jesucristo a quienes aún no lo
conocen, a quienes lo han olvidado y, de manera preferencial, a los pobres.
Aportación específica de la vida
consagrada a la evangelización
76. La aportación específica que los consagrados y
consagradas ofrecen a la evangelización está, ante todo, en el testimonio de
una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos, a imitación del Salvador
que, por amor del hombre, se hizo siervo. En la obra de la salvación, en
efecto, todo proviene de la participación en el ágape divino.
Las personas consagradas hacen visible, en su consagración y total entrega, la
presencia amorosa y salvadora de Cristo, el consagrado del Padre, enviado en
misión[183].
Ellas, dejándose conquistar por Él (cf. Flp 3, 12), se
disponen para convertirse, en cierto modo, en una prolongación de su humanidad[184].La
vida consagrada es una prueba elocuente de que, cuanto más se vive de Cristo,
tanto mejor se le puede servir en los demás, llegando hasta las avanzadillas de
la misión y aceptando los mayores riesgos[185].
La primera evangelización: anunciar a
Cristo a las gentes
77. Quien ama a Dios, Padre de todos, ama
necesariamente a sus semejantes, en los que reconoce otros tantos hermanos y
hermanas. Precisamente por eso no puede permanecer indiferente ante el hecho de
que muchos de ellos no conocen la plena manifestación del amor de Dios en
Cristo. De aquí nace principalmente, obedeciendo el mandato de Cristo, el
impulso misionero ad gentes, que todo cristiano consciente comparte
con la Iglesia, misionera por su misma naturaleza. Es un impulso sentido sobre
todo por los miembros de los Institutos, sean de vida contemplativa o activa[186].
Las personas consagradas, en efecto, tienen la tarea de hacer presente también
entre los no cristianos[187]a
Cristo casto, pobre, obediente, orante y misionero[188].
En virtud de su más íntima consagración a Dios[189],
y permaneciendo dinámicamente fieles a su carisma, no pueden dejar de sentirse
implicadas en una singular colaboración con la actividad misionera de la
Iglesia. El deseo tantas veces repetido de Teresa de Lisieux, « amarte y
hacerte amar »; el anhelo ardiente de san Francisco Javier: «Así como van
estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta de que Dios, nuestro Señor,
les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se
moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro
de sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus
propias afecciones, diciendo: "Aquí estoy, Señor, ¿qué debo hacer? Envíame
a donde quieras"»[190];
así como otros testimonios parecidos de innumerables almas santas, manifiestan
la irrenunciable tensión misionera que distingue y caracteriza la vida
consagrada.
Presentes en todos los rincones de la
tierra
78. «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,
14): los miembros de cada Instituto deberían repetir estas palabras con el
Apóstol, por ser tarea de la vida consagrada el trabajar en todo el mundo para
consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a
todas partes, hasta las regiones más lejanas[191].
De hecho, la historia misionera testimonia la gran aportación que han dado a la
evangelización de los pueblos: desde las antiguas Familias monásticas hasta las
más recientes Fundaciones dedicadas de manera exclusiva a la misión ad
gentes, desde los Institutos de vida activa a los de vida contemplativa[192],
innumerables personas han gastado sus energías en esta «actividad primaria de
la Iglesia, esencial y nunca concluida»[193],
puesto que se dirige a la multitud creciente de aquellos que no conocen a
Cristo.
Este deber continúa urgiendo hoy a los Institutos
de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica: el anuncio del
Evangelio de Cristo espera de ellos la máxima aportación posible. También los
Institutos que surgen y que operan en las Iglesias jóvenes están invitados a
abrirse a la misión entre los no cristianos, dentro y fuera de su patria. A
pesar de las comprensibles dificultades que algunos de ellos puedan atravesar,
conviene recordar a todos que, así como «la fe se fortalece dándola»[194],
también la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado
entusiasmo y nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad. Por su parte, la
actividad misionera ofrece amplios espacios para acoger las variadas formas de
vida consagrada.
La misión ad gentes ofrece
especiales y extraordinarias oportunidades a las mujeres consagradas, a los
religiosos hermanos y a los miembros de Institutos seculares, para una acción
apostólica particularmente incisiva. Estos últimos, además, con su presencia en
los diversos ámbitos típicos de la vida laical, pueden desarrollar una preciosa
labor de evangelización de los ambientes, de las estructuras y de las mismas
leyes que regulan la convivencia. Ellos pueden también testimoniar los valores
evangélicos estando al lado de personas que no conocen aún a Jesús,
contribuyendo de este modo específico a la misión.
Se ha de subrayar que en los países donde tienen
amplia raigambre religiones no cristianas, la presencia de la vida consagrada
adquiere una gran importancia, tanto con actividades educativas, caritativas y
culturales, como con el signo de la vida contemplativa. Por esto se debe
alentar de manera especial la fundación en la nuevas Iglesias de comunidades
entregadas a la contemplación, dado que «la vida contemplativa pertenece a la
plenitud de la presencia de la Iglesia»[195].
Es preciso, además, promover con medios adecuados una distribución equitativa
de la vida consagrada en sus varias formas, para suscitar un nuevo impulso
evangelizador, bien con el envío de misioneros y misioneras, bien con la debida
ayuda de los Institutos de vida consagrada a las diócesis más pobres[196].
Anuncio de Cristo e inculturación
79. El anuncio de Cristo tiene la prioridad
permanente en la misión de la Iglesia[197] y
tiende a la conversión, esto es, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su
Evangelio[198].
Forman parte también de la actividad misionera el proceso de inculturación y el
diálogo interreligioso. El reto de la inculturación ha de ser asumido por las
personas consagradas como una llamada a colaborar con la gracia para lograr un
acercamiento a las diversas culturas. Esto supone una seria preparación
personal, dotes de maduro discernimiento, adhesión fiel a los indispensables
criterios de ortodoxia doctrinal, de autenticidad y de comunión eclesial[199].
Apoyados en el carisma de los fundadores y fundadoras, muchas personas
consagradas han sabido acercarse a las diversas culturas con la actitud de Jesús
que « se despojó de sí mismo tomando condición de siervo » (Flp 2,
7) y, con un esfuerzo audaz y paciente de diálogo, han establecido provechosos
contactos con las gentes más diversas, anunciando a todos el camino de la
salvación. Cuántas de ellas saben buscar y son capaces de encontrar en la
historia de las personas y de los pueblos huellas de la presencia de Dios, que
guía a la humanidad entera hacia el discernimiento de los signos de su voluntad
redentora. Tal búsqueda es ventajosa para las mismas personas consagradas: en
efecto, los valores descubiertos en las diversas civilizaciones pueden
animarlas a incrementar su compromiso de contemplación y de oración, a
practicar más intensamente el compartir comunitario y la hospitalidad, a
cultivar con mayor diligencia el interés por la persona y el respeto por la
naturaleza.
Para una auténtica inculturación es necesaria una
actitud parecida a la del Señor, cuando se encarnó y vino con amor y humildad
entre nosotros. En este sentido la vida consagrada prepara a las personas para
hacer frente a la compleja y ardua tarea de la inculturación, porque las
habitúa al desprendimiento de las cosas, incluidos muchos aspectos de la propia
cultura. Aplicándose con estas actitudes al estudio y a la comprensión de las
culturas, los consagrados pueden discernir mejor en ellas los valores
auténticos y el modo en que pueden ser acogidos y perfeccionados, con ayuda del
propio carisma[200].
De todos modos, no se ha de olvidar que en muchas culturas antiguas la
expresión religiosa está de tal modo integrada en ellas, que la religión
representa frecuentemente la dimensión trascendente de la cultura misma. En
este caso, una verdadera inculturación comporta necesariamente un serio y
abierto diálogo interreligioso, que «no está en contraposición con la
misión ad gentes: y que no dispensa de la evangelización»[201].
Inculturación de la vida consagrada
80. La vida consagrada, por su parte, es de por sí
portadora de valores evangélicos y, consiguientemente, allí donde es vivida con
autenticidad, puede ofrecer una aportación original a los retos de la
inculturación. En efecto, siendo un signo de la primacía de Dios y del Reino,
la vida consagrada es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar la
conciencia de los hombres. Si la vida consagrada mantiene su propia fuerza
profética se convierte, en el entramado de una cultura, en fermento evangélico
capaz de purificarla y hacerla evolucionar. Lo demuestra la historia de tantos
santos y santas que, en épocas diversas, han sabido vivir en el propio tiempo
sin dejarse dominar por él, señalando nuevos caminos a su generación. El estilo
de vida evangélico es una fuente importante para proponer un nuevo modelo
cultural. Cuántos fundadores y fundadoras, al percatarse de ciertas exigencias
de su tiempo, han sabido dar una respuesta que, aun con las limitaciones que
ellos mismos han reconocido, se ha convertido en una propuesta cultural
innovadora.
Las comunidades de los Institutos religiosos y de
las Sociedades de vida apostólica pueden plantear perspectivas culturales
concretas y significativas cuando testimonian el modo evangélico de vivir la
acogida recíproca en la diversidad y del ejercicio de la autoridad, la común
participación en los bienes materiales y espirituales, la internacionalidad, la
colaboración intercongregacional y la escucha de los hombres y mujeres de
nuestro tiempo. El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue a Cristo
más de cerca da origen, en efecto, a una auténtica cultura de
referencia, pone al descubierto lo que hay de inhumano, y testimonia que
sólo Dios da fuerza y plenitud a los valores. A su vez, una auténtica
inculturación ayudará a las personas consagradas a vivir el radicalismo
evangélico según el carisma del propio Instituto y la idiosincrasia del pueblo
con el cual entran en contacto. De esta fecunda relación surgirán estilos de
vida y métodos pastorales que pueden ser una riqueza para todo el Instituto, si
se demuestran coherentes con el carisma fundacional y con la acción unificadora
del Espíritu Santo. En este proceso, hecho de discernimiento y de audacia, de
diálogo y de provocación evangélica, la Santa Sede es una garantía para seguir
el recto camino, y a ella compete la función de animar la evangelización de las
culturas, de autentificar su desarrollo, y de sancionar los logros en orden a
la inculturación[202],
tarea ésta «difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia
al Evangelio y a la tradición apostólica en la evolución constante de las culturas»[203].
La nueva evangelización
81. Para hacer frente de manera adecuada a los
grandes desafíos que la historia actual pone a la nueva evangelización, se
requiere que la vida consagrada se deje interpelar continuamente por la Palabra
revelada y por los signos de los tiempos[204].
El recuerdo de las grandes evangelizadoras y de los grandes evangelizadores,
que fueron antes grandes evangelizados, pone de manifiesto cómo, para afrontar
el mundo de hoy hacen falta personas entregadas amorosamente al Señor y a su
Evangelio. «Las personas consagradas, en virtud de su vocación específica,
están llamadas a manifestar la unidad entre autoevangelización y testimonio,
entre renovación interior y apostólica, entre ser y actuar, poniendo de relieve
que el dinamismo deriva siempre del primer elemento del binomio»[205].
La nueva evangelización, como la de siempre, será eficaz si sabe proclamar
desde los tejados lo que ha vivido en la intimidad con el Señor. Para ello se
requieren personalidades sólidas, animadas por el fervor de los santos. La
nueva evangelización exige de los consagrados y consagradas una plena
conciencia del sentido teológico de los retos de nuestro tiempo. Estos
retos han de ser examinados con cuidadoso y común discernimiento, para lograr
una renovación de la misión. La audacia con que se anuncia al Señor Jesús debe
estar acompañada de la confianza en la acción de la Providencia, que actúa en
el mundo y que «hace que todas las cosas, incluso los fracasos del hombre,
contribuyan al bien de la Iglesia»[206].
Para una provechosa inserción de los Institutos en
el proceso de la nueva evangelización es importante la fidelidad al carisma
fundacional, la comunión con todos aquellos que en la Iglesia están
comprometidos en la misma empresa, especialmente con los Pastores, y la
cooperación con todos los hombres de buena voluntad. Esto exige un serio
discernimiento de las llamadas que el Espíritu dirige a cada Instituto, tanto
en aquellas regiones en las que no se vislumbran grandes progresos inmediatos,
como en otras zonas donde se percibe un rebrote esperanzador. Las personas
consagradas han de ser pregoneras entusiastas del Señor Jesús en todo tiempo y
lugar, y estar dispuestas a responder con sabiduría evangélica a los
interrogantes que hoy brotan de la inquietud del corazón humano y de sus
necesidades más urgentes.
Predilección por los pobres y promoción
de la justicia
82. En los comienzos de su ministerio, Jesús proclama,
en la sinagoga de Nazaret, que el Espíritu lo ha consagrado para llevar a los
pobres la Buena Nueva, para anunciar la liberación a los cautivos, restituir la
vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos, y predicar un año de
gracia del Señor (cf. Lc 4, 16-19). Haciendo propia la misión
del Señor, la Iglesia anuncia el Evangelio a todos los hombres y mujeres, para
su salvación integral. Pero se dirige con una atención especial, con una
auténtica « opción preferencial », a quienes se encuentran en una situación
de mayor debilidad y, por tanto, de más grave necesidad. « Pobres »,
en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados,
los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados
como los «últimos» en la sociedad.
La opción por los pobres es inherente a la dinámica
misma del amor vivido según Cristo. A ella están pues obligados todos los
discípulos de Cristo; no obstante, aquellos que quieren seguir al Señor más de
cerca, imitando sus actitudes, deben sentirse implicados en ella de una manera
del todo singular. La sinceridad de su respuesta al amor de Cristo les conduce
a vivir como pobres y abrazar la causa de los pobres. Esto comporta para cada
Instituto, según su carisma específico, la adopción de un estilo de
vida humilde y austero, tanto personal como comunitariamente. Las personas
consagradas, cimentadas en este testimonio de vida, estarán en condiciones de
denunciar, de la manera más adecuada a su propia opción y permaneciendo libres
de ideologías políticas, las injusticias cometidas contra tantos hijos e hijas
de Dios, y de comprometerse en la promoción de la justicia en el ambiente
social en el que actúan[207].
De este modo, incluso en las actuales situaciones será renovada, a través del
testimonio de innumerables personas consagradas, la entrega que caracterizó a
fundadores y fundadoras que gastaron su vida para servir al Señor presente en
los pobres. En efecto, Cristo «es indigente aquí en la persona de sus pobres
[...]. En cuanto Dios, rico; en cuanto hombre pobre. Cierto ese Hombre subió ya
rico al cielo donde se halla sentado a la derecha del Padre; mas aquí, entre
nosotros, todavía padece hambre, sed y desnudez»[208].
El Evangelio se hace operante mediante la caridad,
que es gloria de la Iglesia y signo de su fidelidad al Señor. Lo demuestra toda
la historia de la vida consagrada, que se puede considerar como una exégesis
viviente de la palabra de Jesús: « Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos
míos más pequeños, a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40). Muchos
Institutos, especialmente en la época moderna, han surgido precisamente para
atender a una u otra necesidad de los pobres. Pero aun en los casos en que ésta
no haya sido la finalidad determinante, la atención y la solicitud por los
necesitados, manifestada a través de la oración, la acogida y la hospitalidad,
han acompañado naturalmente las diversas formas de vida consagrada, incluidas
las de vida contemplativa. ¿Cómo podría ser de otro modo, desde el momento en
que el Cristo descubierto en la contemplación es el mismo que vive y sufre en
los pobres? En este sentido la historia de la vida consagrada es rica de
maravillosos ejemplos, a veces geniales. San Paulino de Nola, después de haber
distribuido sus bienes para consagrarse enteramente a Dios, hizo levantar las
celdas de su monasterio sobre un hospicio destinado precisamente a los
menesterosos. Él gozaba al pensar en este singular « intercambio de dones »:
los pobres que él socorría afianzaban con sus plegarias los « fundamentos »
mismos de su casa, entregada totalmente a la alabanza de Dios[209].
A san Vicente de Paúl, por su parte, le gustaba decir que, cuando se está
obligado a dejar la oración para atender a un pobre en necesidad, en realidad
la oración no se interrumpe, porque «se deja a Dios por Dios»[210].
Servir a los pobres es un acto de evangelización y,
al mismo tiempo, signo de autenticidad evangélica y estímulo de conversión
permanente para la vida consagrada, puesto que, como dice san Gregorio Magno,
«cuando uno se abaja a lo más bajo de sus prójimos, entonces se eleva
admirablemente a la más alta caridad, ya que si con benignidad desciende a lo
inferior, valerosamente retorna a lo superior»[211].
El cuidado de los enfermos
83. Siguiendo una gloriosa tradición, un gran
número de personas consagradas, sobre todo mujeres, ejercen su apostolado en el
sector de la sanidad según el carisma del propio Instituto. Muchas son las
personas consagradas quehan sacrificado su vida a lo largo de los
siglos en el servicio a las víctimas de enfermedades contagiosas, demostrando
que la entrega hasta el heroísmo pertenece a la índole profética de la vida
consagrada.
La Iglesia admira y agradece a las personas
consagradas que, asistiendo a los enfermos y a los que sufren, contribuyen de
manera significativa a su misión. Prolongan el ministerio de misericordia de
Cristo, que pasó « haciendo el bien y curando a todos » (Hch 10,
38). Que, siguiendo las huellas de Cristo, divino Samaritano, médico del cuerpo
y del alma[212],
y a ejemplo de los respectivos fundadores y fundadoras, las personas consagradas
que se dedican a estos menesteres en virtud del carisma del propio Instituto,
perseveren en su testimonio de amor hacia los enfermos, dedicándose a ellos con
profunda comprensión y participación. Que en sus decisiones otorguen un lugar
privilegiado a los enfermos más pobres y abandonados, así como a los ancianos,
incapacitados, marginados, enfermos terminales y víctimas de la droga y de las
nuevas enfermedades contagiosas. Han de fomentar que los enfermos ofrezcan su
dolor en comunión con Cristo crucificado y glorificado para la salvación de
todos[213] y,
más aún, que alimenten en ellos la conciencia de ser, con la palabra y con las
obras, sujetos activos de pastoral a través del peculiar
carisma de la cruz[214].
La Iglesia también recuerda a los consagrados y
consagradas que es parte de su misión el evangelizar los ambientes
sanitarios en que trabajan, tratando de iluminar, a través de la
comunicación de los valores evangélicos, el modo de vivir, sufrir y morir de
los hombres de nuestro tiempo. Es tarea propia dedicarse a la humanización de
la medicina y a la profundización de la bioética, al servicio del Evangelio de
la vida. Que promuevan por tanto, ante todo, el respeto de la persona y de la
vida humana desde la concepción hasta su término natural, en plena conformidad
con las enseñanzas morales de la Iglesia[215],
instituyendo también para ello centros de formación[216] y
colaborando fraternalmente con los organismos eclesiales de la pastoral
sanitaria.
II. UN TESTIMONIO
PROFÉTICO ANTE LOS GRANDES RETOS
El profetismo de la vida consagrada
84. Los Padres sinodales han destacado el carácter
profético de la vida consagrada, como una forma de especial participación
en la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo
el Pueblo de Dios. Es un profetismo inherente a la vida consagrada en cuanto
tal, por el radical seguimiento de Jesús y la consiguiente entrega a la misión
que la caracteriza. La función de signo, que el Concilio Vaticano II reconoce a
la vida consagrada[217],se
manifiesta en el testimonio profético de la primacía de Dios y de los valores
evangélicos en la vida cristiana. En virtud de esta primacía no se puede
anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive[218].
La tradición patrística ha visto una figura de la
vida religiosa monástica en Elías, profeta audaz y amigo de Dios[219].
Vivía en su presencia y contemplaba en silencio su paso, intercedía por el
pueblo y proclamaba con valentía su voluntad, defendía los derechos de Dios y
se erguía en defensa de los pobres contra los poderosos del mundo (cf. 1
Re 18-19). En la historia de la Iglesia, junto con otros cristianos,
no han faltado hombres y mujeres consagrados a Dios que, por un singular don
del Espíritu, han ejercido un auténtico ministerio profético, hablando a todos
en nombre de Dios, incluso a los Pastores de la Iglesia. La verdadera
profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su
Palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder
en su corazón la pasión por la santidad de Dios y, tras haber acogido la
palabra en el diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios y
con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado.
El testimonio profético exige la búsqueda apasionada y constante de la voluntad
de Dios, la generosa e imprescindible comunión eclesial, el ejercicio del
discernimiento espiritual y el amor por la verdad. También se manifiesta en la
denuncia de todo aquello que contradice la voluntad de Dios y en el escudriñar
nuevos caminos de actuación del Evangelio para la construcción del Reino de
Dios[220].
Su importancia para el mundo
contemporáneo
85. En nuestro mundo, en el que parece haberse
perdido el rastro de Dios, es urgente un audaz testimonio profético por parte
de las personas consagradas. Un testimonio ante todo de la afirmación
de la primacía de Dios y de los bienes futuros, como se desprende del
seguimiento y de la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente
entregado a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas. La misma
vida fraterna es un acto profético, en una sociedad en la que se esconde, a
veces sin darse cuenta, un profundo anhelo de fraternidad sin fronteras. La
fidelidad al propio carisma conduce a las personas consagradas a dar por
doquier un testimonio cualificado, con la lealtad del profeta que no teme
arriesgar incluso la propia vida.
Una especial fuerza persuasiva de la profecía
deriva de la coherencia entre el anuncio y la vida. Las personas
consagradas serán fieles a su misión en la Iglesia y en el mundo en la medida
que sean capaces de hacer un examen continuo de sí mismas a la luz de la
Palabra de Dios[221].
De este modo podrán enriquecer a los demás fieles con los bienes carismáticos
recibidos, dejándose interpelar a su vez por las voces proféticas provenientes
de los otros miembros eclesiales. En este intercambio de dones, garantizado por
la plena sintonía con el Magisterio y la disciplina de la Iglesia,
brillará la acción del Espíritu Santo que «la une en la comunión y el servicio,
la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos»[222].
Fidelidad hasta el martirio
86. En este siglo, como en otras épocas de la
historia, hombres y mujeres consagrados han dado testimonio de Cristo, el
Señor, con la entrega de la propia vida. Son miles los que
obligados a vivir en clandestinidad por regímenes totalitarios o grupos
violentos, obstaculizados en las actividades misioneras, en la ayuda a los
pobres, en la asistencia a los enfermos y marginados, han vivido y viven su
consagración con largos y heroicos padecimientos, llegando frecuentemente a dar
su sangre, en perfecta conformación con Cristo crucificado. La Iglesia ha
reconocido ya oficialmente la santidad de algunos de ellos y los honra como
mártires de Cristo, que nos iluminan con su ejemplo, interceden por nuestra
fidelidad y nos esperan en la gloria.
Es de desear vivamente que permanezca en la
conciencia de la Iglesia la memoria de tantos testigos de la fe, como incentivo
para su celebración y su imitación. Los Institutos de vida consagrada y las
Sociedades de vida apostólica han de contribuir a esta tarea recogiendo
los nombres y los testimonios de las personas consagradas que puedan
ser inscritas en el Martirologio del siglo XX[223].
Los grandes retos de la vida consagrada
87. El cometido profético de la vida consagrada
surge de tres desafíos principales dirigidos a la Iglesia
misma: son desafíos de siempre, que la sociedad contemporánea, al menos en
algunas partes del mundo, lanza con formas nuevas y tal vez más radicales.
Atañen directamente a los consejos evangélicos de castidad, pobreza y
obediencia, y alientan a la Iglesia y especialmente a las personas consagradas
a clarificar y dar testimonio de su profundo significado antropológico.
En efecto, la elección de estos consejos lejos de ser un empobrecimiento de los
valores auténticamente humanos, se presenta más bien como una transfiguración
de los mismos. Los consejos evangélicos no han de ser considerados como una
negación de los valores inherentes a la sexualidad, al legítimo deseo de
disponer de los bienes materiales y de decidir autónomamente de sí mismo. Estas
inclinaciones, en cuanto fundadas en la naturaleza, son buenas en sí mismas. La
criatura humana, no obstante, al estar debilitada por el pecado original, corre
el peligro de secundarlas de manera desordenada. La profesión de castidad,
pobreza y obediencia supone una voz de alerta para no infravalorar las heridas
producidas por el pecado original, al mismo tiempo que, aun afirmando el valor
de los bienes creados, los relativiza, presentando a Dios como el
bien absoluto. Así, aquellos que siguen los consejos evangélicos, al mismo
tiempo que buscan la propia santificación, proponen, por así decirlo, una «
terapia espiritual » para la humanidad, puesto que rechazan la idolatría de las
criaturas y hacen visible de algún modo al Dios viviente. La vida consagrada,
especialmente en los momentos de dificultad, es una bendición para la vida
humana y para la misma vida eclesial.
El reto de la castidad consagrada
88. La primera provocación proviene
de una cultura edonística que deslinda la sexualidad de
cualquier norma moral objetiva, reduciéndola frecuentemente a mero juego y
objeto de consumo, transigiendo, con la complicidad de los medios de
comunicación social, con una especie de idolatría del instinto. Sus
consecuencias están a la vista de todos: prevaricaciones de todo tipo, a las
que siguen innumerables daños psíquicos y morales para los individuos y las
familias. La respuesta de la vida consagrada consiste ante
todo en la práctica gozosa de la castidad perfecta, como testimonio
de la fuerza del amor de Dios en la fragilidad de la condición humana. La
persona consagrada manifiesta que lo que muchos creen imposible es posible y
verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús. Sí, ¡en Cristo es
posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndolo por encima de cualquier
otro amor, y amar así con la libertad de Dios a todas las criaturas! Este
testimonio es necesario hoy más que nunca, precisamente porque es algo casi
incomprensible en nuestro mundo. Es un testimonio que se ofrece a cada persona
—a los jóvenes, a los novios, a los esposos y a las familias cristianas— para
manifestar que la fuerza del amor de Dios puede obrar grandes cosas precisamente
en las vicisitudes del amor humano, que trata de satisfacer una creciente
necesidad de transparencia interior en las relaciones humanas.
Es necesario que la vida consagrada presente al
mundo de hoy ejemplos de una castidad vivida por hombres y mujeres que
demuestren equilibrio, dominio de sí mismos, iniciativa, madurez psicológica y
afectiva[224].
Gracias a este testimonio se ofrece al amor humano un punto de referencia
seguro, que la persona consagrada encuentra en la contemplación del amor
trinitario, que nos ha sido revelado en Cristo. Precisamente porque está
inmersa en este misterio, la persona consagrada se siente capaz de un amor
radical y universal, que le da la fuerza del autodominio y de la disciplina
necesarios para no caer en la esclavitud de los sentidos y de los instintos. La
castidad consagrada aparece de este modo como una experiencia de alegría y de
libertad. Iluminada por la fe en el Señor resucitado y por la esperanza en los
nuevos cielos y la nueva tierra (cf. Ap 21, 1), ofrece también
estímulos valiosos para la educación en la castidad propia de otros estados de
vida.
El reto de la pobreza
89. Otra provocación está hoy
representada por un materialismo ávido de poseer, desinteresado de
las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y carente de cualquier
consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza.
La respuesta de la vida consagrada está en la profesión
de la pobreza evangélica, vivida de maneras diversas, y frecuentemente
acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la
caridad.
¡Cuántos Institutos se dedican a la educación, a la
instrucción y formación profesional, preparando a los jóvenes y a los no tan
jóvenes para ser protagonistas de su futuro! ¡Cuántas personas consagradas se
desgastan sin escatimar esfuerzos en favor de los últimos de la tierra!
¡Cuántas se afanan en formar a los futuros educadores y responsables de la vida
social, de tal modo que éstos se comprometan en la supresión de las estructuras
opresivas y a promover proyectos de solidaridad en favor de los pobres! Estas
personas consagradas luchan para vencer el hambre y sus causas, animando las
actividades del voluntariado y de las organizaciones humanitarias, y
sensibilizando a los organismos públicos y privados para propiciar así una
equitativa distribución de las ayudas internacionales. Mucho deben las naciones
a estos agentes emprendedores de la caridad que, con su incansable generosidad,
han dado y siguen dando una significativa aportación a la humanización del
mundo.
La pobreza evangélica al servicio de
los pobres
90. En realidad, antes aún de ser un servicio a los
pobres, la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en cuanto
evoca la primera de las Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre[225].
Su primer significado, en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la
verdadera riqueza del corazón humano. Pero justamente por esto, la pobreza
evangélica contesta enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose como
voz profética en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar,
corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo
de las cosas. Por este motivo, hoy más que en otros tiempos, esta voz atrae la
atención de aquellos que, conscientes de los limitados recursos de nuestro
planeta, propugnan el respeto y la defensa de la naturaleza creada mediante la
reducción del consumo, la sobriedad y una obligada moderación de los propios
apetitos.
Se pide a las personas consagradas, pues, un nuevo
y decidido testimonio evangélico de abnegación y de sobriedad, un estilo de
vida fraterna inspirado en criterios de sencillez y de hospitalidad, para que
sean así un ejemplo también para todos los que permanecen indiferentes ante las
necesidades del prójimo. Este testimonio acompañará naturalmente elamor
preferencial por los pobres, y se manifestará de manera especial en el
compartir las condiciones de vida de los más desheredados. No son pocas las
comunidades que viven y trabajan entre los pobres y los marginados,
compartiendo su condición y participando de sus sufrimientos, problemas y
peligros.
Páginas importantes de la historia de la
solidaridad evangélica y de la entrega heroica han sido escritas por personas
consagradas en estos años de cambios profundos y de grandes injusticias, de
esperanzas y desilusiones, de importantes conquistas y de amargas derrotas.
Otras páginas no menos significativas han sido y están siendo escritas aún hoy
por innumerables personas consagradas que viven plenamente su vida « oculta con
Cristo en Dios » (Col 3, 3) para la salvación del mundo, bajo el
signo de la gratuidad, de la entrega de la propia vida a causas poco
reconocidas y aún menos vitoreadas. A través de estas formas, diversas y
complementarias, la vida consagrada participa de la extrema pobreza abrazada
por el Señor, y desempeña su papel específico en el misterio salvífico de su
encarnación y de su muerte redentora[226].
El reto de la libertad en la obediencia
91. La tercera provocación proviene
de aquellas concepciones de libertad que, en esta fundamental
prerrogativa humana, prescinden de su relación constitutiva con la verdad y con
la norma moral[227].
En realidad, la cultura de la libertad es un auténtico valor, íntimamente unido
con el respeto de la persona humana. Pero, ¿cómo no ver las terribles
consecuencias de injusticia e incluso de violencia a las que conduce, en la
vida de las personas y de los pueblos, el uso deformado de la libertad?
Una respuesta eficaz a esta
situación es la obediencia que caracteriza la vida consagrada. Esta
hace presente de modo particularmente vivo la obediencia de Cristo al Padre y,
precisamente basándose en este misterio, testimonia que no hay
contradicción entre obediencia y libertad. En efecto, la actitud del Hijo
desvela el misterio de la libertad humana como camino de obediencia a la
voluntad del Padre, y el misterio de la obediencia como camino para lograr
progresivamente la verdadera libertad. Esto es lo que quiere expresar la
persona consagrada de manera específica con este voto, con el cual pretende
atestiguar la conciencia de una relación de filiación, que desea asumir la
voluntad paterna como alimento cotidiano (cf. Jn 4, 34), como
su roca, su alegría, su escudo y baluarte (cf. Sal 1817, 3).
Demuestra así que crece en la plena verdad de sí misma permaneciendo unida a la
fuente de su existencia y ofreciendo el mensaje consolador: « Mucha es la paz
de los que aman tu ley, no hay tropiezo para ellos » (Sal 119118,
165).
Cumplir juntos la voluntad del Padre
92. Este testimonio de las personas consagradas
tiene un significado particular en la vida religiosa por la dimensión
comunitaria que la caracteriza. La vida fraterna es el lugar
privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar juntos en
unión de espíritu y de corazón. La obediencia, vivificada por la caridad, une a
los miembros de un Instituto en un mismo testimonio y en una misma misión, aun
respetando la propia individualidad y la diversidad de dones. En la fraternidad
animada por el Espíritu, cada uno entabla con el otro un diálogo precioso para
descubrir la voluntad del Padre, y todos reconocen en quien preside la
expresión de la paternidad de Dios y el ejercicio de la autoridad recibida de
Él, al servicio del discernimiento y de la comunión[228].
La vida de comunidad es además, de modo particular,
signo, ante la Iglesia y la sociedad, del vínculo que surge de la misma llamada
y de la voluntad común de obedecerla, por encima de cualquier diversidad de
raza y de origen, de lengua y cultura. Contra el espíritu de discordia y
división, la autoridad y la obediencia brillan como un signo de la única
paternidad que procede de Dios, de la fraternidad nacida del Espíritu, de la
libertad interior de quien se fía de Dios a pesar de los límites humanos de los
que lo representan. Mediante esta obediencia, asumida por algunos como regla de
vida, se experimenta y anuncia en favor de todos la bienaventuranza prometida
por Jesús a « los que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (Lc 11,
28). Además, quien obedece tiene la garantía de estar en misión, siguiendo al
Señor y no buscando los propios deseos o expectativas. Así es posible sentirse
guiados por el Espíritu del Señor y sostenidos, incluso en medio de grandes
dificultades, por su mano segura (cf. Hch 20, 22s).
Un decidido compromiso de vida
espiritual
93. Una de las preocupaciones manifestadas varias
veces en el Sínodo ha sido el que la vida consagrada se nutra en las
fuentes de una sólida y profunda espiritualidad. Se trata, en efecto, de
una exigencia prioritaria radicada en la esencia misma de la vida consagrada,
desde el momento que, como cualquier bautizado pero por motivos aún más
apremiantes, quien profesa los consejos evangélicos está obligado a aspirar con
todas sus fuerzas a la perfección de la caridad[229].
Este es un compromiso subrayado vigorosamente por los innumerables ejemplos de
santos fundadores y fundadoras, y de tantas personas consagradas que han
testimoniado la fidelidad a Cristo hasta llegar al martirio. Aspirar a la
santidad: este es en síntesis el programa de toda vida consagrada, también en
la perspectiva de su renovación en los umbrales del tercer milenio. Un programa
que debe empezar dejando todo por Cristo (cf. Mt 4, 18-22; 19,
21.27; Lc 5, 11), anteponiéndolo a cualquier otra cosa para
poder participar plenamente en su misterio pascual.
San Pablo lo había entendido bien cuando exclamaba:
« Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús
[...] y conocerle a Él, el poder de su resurrección » (Flp 3,
8.10). Es también la senda indicada desde el principio por los Apóstoles, como
recuerda la tradición cristiana en Oriente y en Occidente: «Los que actualmente
siguen a Jesús abandonándolo todo por Él, imitan a los Apóstoles que,
respondiendo a su invitación, renunciaron a todo lo demás. Por esta razón
tradicionalmente se suele hablar de la vida religiosa como apostolica
vivendi forma»[230].
La misma tradición ha puesto también de relieve en la vida consagrada la
dimensión de una peculiar alianza con Dios, más aún, de una alianza esponsal
con Cristo, de la que san Pablo fue maestro con su ejemplo (cf. 1 Co 7,
7) y con su doctrina proclamada bajo la guía del Espíritu (cf. 1 Co 7,
40).
Podemos decir que la vida espiritual, entendida
como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de
progresiva fidelidad, en el que la persona consagrada es guiada por el Espíritu
y conformada por Él a Cristo, en total comunión de amor y de servicio en la
Iglesia.
Todos estos elementos, calando hondo en las varias
formas de vida consagrada, generan una espiritualidad peculiar,
esto es, un proyecto preciso de relación con Dios y con el ambiente
circundante, caracterizado por peculiares dinamismos espirituales y por
opciones operativas que resaltan y representan uno u otro aspecto del único
misterio de Cristo. Cuando la Iglesia reconoce una forma de vida consagrada o
un Instituto, garantiza que en su carisma espiritual y apostólico se dan todos
los requisitos objetivos para alcanzar la perfección evangélica personal y
comunitaria.
La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el
primer lugar en el programa de las Familias de vida consagrada, de tal modo que
cada Instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica
espiritualidad evangélica. De esta opción prioritaria, desarrollada en el
compromiso personal y comunitario, depende la fecundidad apostólica, la
generosidad en el amor a los pobres y el mismo atractivo vocacional ante las
nuevas generaciones. Lo que puede conmover a las personas de nuestro tiempo,
también sedientas de valores absolutos, es precisamente la cualidad
espiritual de la vida consagrada, que se transforma así en un fascinante
testimonio.
A la escucha de la Palabra de Dios
94. La Palabra de Dios es la primera fuente de toda
espiritualidad cristiana. Ella alimenta una relación personal con el Dios vivo
y con su voluntad salvífica y santificadora. Por este motivo la lectio
divina ha sido tenida en la más alta estima desde el nacimiento de los
Institutos de vida consagrada, y de manera particular en el monacato. Gracias a
ella, la Palabra de Dios llega a la vida, sobre la cual proyecta la luz de la
sabiduría que es don del Espíritu. Aun cuando toda la Sagrada Escritura sea «
útil para enseñar » (2 Tm 3, 16) y «fuente límpida y perenne de
vida espiritual»[231],
una particular veneración merecen los escritos del Nuevo Testamento, sobre todo
los Evangelios, que son «el corazón de todas las Escrituras»[232].
Será, pues, de gran ayuda para las personas consagradas la meditación asidua de
los textos evangélicos y de los demás escritos neotestamentarios, que ilustran
las palabras y los ejemplos de Cristo y de la Virgen María, y la apostolica
vivendi forma. A ellos se han referido constantemente fundadores y
fundadoras a la hora de acoger la vocación y de discernir el carisma y la
misión del propio Instituto.
La meditación comunitaria de la
Biblia tiene un gran valor. Hecha según las posibilidades y las circunstancias
de la vida de comunidad, lleva al gozo de compartir la riqueza descubierta en
la Palabra de Dios, gracias a la cual los hermanos y las hermanas crecen juntos
y se ayudan a progresar en la vida espiritual. Conviene incluso que se proponga
esta práctica también a los otros miembros del Pueblo de Dios, sacerdotes y
laicos, promoviendo del modo más acorde al propio carisma escuelas de oración,
de espiritualidad y de lectura orante de la Escritura, en la que Dios «habla a
los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15,
14-15), trata con ellos (Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos en
su compañía»(233).
Como enseña la tradición espiritual, de la
meditación de la Palabra de Dios, y de los misterios de Cristo en particular,
nace la intensidad de la contemplación y el ardor de la actividad apostólica.
Tanto en la vida religiosa contemplativa como en la activa, siempre han sido
los hombres y mujeres de oración quienes, como auténticos intérpretes y
ejecutores de la voluntad de Dios, han realizado grandes obras. Del contacto
asiduo con la Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria para el
discernimiento personal y comunitario que les ha servido para buscar los
caminos del Señor en los signos de los tiempos. Han adquirido así una
especie de instinto sobrenatural que ha hecho posible el que, en vez
de doblegarse a la mentalidad del mundo, hayan renovado la propia mente, para
poder discernir la voluntad de Dios, aquello que es bueno, lo que le agrada, lo
perfecto (cf. Rm 12, 2).
En comunión con Cristo
95. El medio fundamental para alimentar eficazmente
la comunión con el Señor es sin duda la sagrada liturgia, especialmente
la Celebración eucarística y la Liturgia de las Horas.
Ante todo la Eucaristía, que «contiene
todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y
Pan de Vida, que da la vida a los hombres»[234],
corazón de la vida eclesial y también de la vida consagrada. Quien ha sido
llamado a elegir a Cristo como único sentido de su vida en la profesión de los
consejos evangélicos, ¿cómo podría no desear instaurar con Él una comunión cada
vez más íntima mediante la participación diaria en el Sacramento que lo hace
presente, en el sacrificio que actualiza su entrega de amor en el Gólgota, en
el banquete que alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino? Por su
naturaleza la Eucaristía ocupa el centro de la vida consagrada, personal y
comunitaria. Ella es viático cotidiano y fuente de la espiritualidad de cada
Instituto. En ella cada consagrado está llamado a vivir el misterio pascual de
Cristo, uniéndose a Él en el ofrecimiento de la propia vida al Padre mediante
el Espíritu. La asidua y prolongada adoración de la Eucaristía permite revivir
la experiencia de Pedro en la Transfiguración: « Bueno es estarnos aquí ». En
la celebración del misterio del Cuerpo y Sangre del Señor se afianza e
incrementa la unidad y la caridad de quienes han consagrado su existencia a
Dios.
Junto con la Eucaristía, y en íntima relación con
ella, la Liturgia de las Horas, celebrada comunitaria o
individualmente según la índole de cada Instituto y en unión con la oración de
la Iglesia, manifiesta la vocación a la alabanza y a la intercesión propia de
las personas consagradas.
También el esfuerzo de una continua conversión y de
una necesaria purificación, que las personas consagradas realizan mediante
el sacramento de la Reconciliación, está íntimamente vinculado a la
Eucaristía. Ellas, a través del encuentro frecuente con la misericordia de
Dios, renuevan y acrisolan su corazón, al mismo tiempo que, reconociendo
humildemente sus pecados, hacen transparente la propia relación con Él. La
gozosa experiencia del perdón sacramental, en el camino compartido con los
hermanos y hermanas, hace dócil el corazón y alienta el compromiso por una
creciente fidelidad.
Para progresar en el camino evangélico,
especialmente en el periodo de formación y en ciertos momentos de la vida, es
de gran ayuda el recurso humilde y confiado a la dirección espiritual,
merced a la cual la persona recibe ánimos para responder con generosidad a las
mociones del Espíritu y orientarse decididamente hacia la santidad.
Exhorto, en fin, a todas las personas consagradas a
que renueven cotidianamente, según las propias tradiciones, su unión espiritual
con la Virgen María, recorriendo con ella los misterios del Hijo,
particularmente con el rezo del Santo Rosario.
III. ALGUNOS
AREÓPAGOS DE LA MISIÓN
Presencia en el mundo de la educación
96. La Iglesia ha sido siempre consciente de
que la educación es un elemento esencial de su misión. Su Maestro
interior es el Espíritu Santo, que penetra en las profundidades más recónditas
del corazón de cada hombre y conoce el secreto dinamismo de la historia. Toda
la Iglesia está animada por el Espíritu y con Él lleva a cabo su acción
educativa. Dentro de la Iglesia, no obstante, a las personas consagradas les
corresponde una tarea específica en este campo, pues están llamadas a
introducir en el horizonte educativo el testimonio radical de los bienes del
Reino, propuestos a todo hombre en espera del encuentro definitivo con el Señor
de la historia. Por su especial consagración, por la peculiar experiencia de
los dones del Espíritu, por la escucha asidua de la Palabra y el ejercicio del
discernimiento, por el rico patrimonio de tradiciones educativas acumuladas a
través del tiempo por el propio Instituto, por el profundo conocimiento de la
verdad espiritual (cf. Ef 1, 17), las personas consagradas
están en condiciones de llevar a cabo una acción educativa particularmente eficaz,
contribuyendo específicamente a las iniciativas de los demás educadores y
educadoras.
Las personas consagradas, con este carisma, pueden
dar vida a ambientes educativos impregnados del espíritu evangélico de libertad
y de caridad, en los que se ayude a los jóvenes a crecer en humanidad bajo la
guía del Espíritu[235].De
este modo la comunidad educativa se convierte en experiencia de comunión y
lugar de gracia, en la que el proyecto pedagógico contribuye a unir en una
síntesis armónica lo divino y lo humano, Evangelio y cultura, fe y vida.
En la historia de la Iglesia, desde la antigüedad
hasta nuestros días, abundan ejemplos admirables de personas consagradas que
han vivido y viven la aspiración a la santidad mediante la labor pedagógica y
que, a su vez, proponen la santidad como meta educativa. De hecho, muchas de
ellas han alcanzado la perfección de la caridad educando. Este es uno de los
dones más preciados que las personas consagradas pueden ofrecer hoy también a
la juventud, brindándole un servicio pedagógico rico de amor, según la sabia
advertencia de san Juan Bosco: «Los jóvenes no han de ser únicamente amados,
sino que han de saber que son amados»[236].
Necesidad de un renovado compromiso en
el campo educativo
97. Con un delicado respeto, pero con arrojo
misionero, los consagrados y consagradas pongan de manifiesto que la fe en
Jesucristo ilumina todo el campo de la educación sin prejuicios sobre los
valores humanos, sino más bien confirmándolos y elevándolos. De este modo se
convierten en testigos e instrumentos del poder de la Encarnación y de la
fuerza del Espíritu. Esta tarea es una de las expresiones más significativas de
la Iglesia que, a imagen de María, ejerce su maternidad para con todos sus hijos[237].
Es este el motivo que ha llevado al Sínodo a
exhortar insistentemente a las personas consagradas a que asuman con renovada
entrega la misión educativa, allí donde sea posible, con escuelas de todo tipo
y nivel, con Universidades e Institutos superiores[238].
Haciendo mía la indicación sinodal, invito a todos los miembros de los
Institutos que se dedican a la educación a que sean fieles a su carisma
originario y a sus tradiciones, conscientes de que el amor preferencial por los
pobres tiene una singular aplicación en la elección de los medios adecuados
para liberar a los hombres de esa grave miseria que es la falta de formación
cultural y religiosa.
Dada la importancia que revisten las Universidades
y Facultades católicas y eclesiásticas en el campo de la educación y de la
evangelización, los Institutos que las dirigen han de ser muy conscientes de su
responsabilidad, haciendo que en ellas, a la vez que se dialoga activamente con
la cultura actual, se conserve la índole católica que les es peculiar, en plena
fidelidad al Magisterio de la Iglesia. Los miembros de estos Institutos y
Sociedades además, y según las circunstancias de cada lugar, han de estar
preparados y dispuestos para entrar en las estructuras educativas estatales. A
este tipo de presencia están especialmente llamados, por su vocación
específica, los miembros de los Institutos seculares.
Evangelizar la cultura
98. Los Institutos de vida consagrada han tenido
siempre un gran influjo en la formación y en la transmisión de la cultura. Así
ocurrió en la Edad Media, cuando los monasterios eran el lugar en que se
conservaba la riqueza cultural del pasado y en los que se construía una nueva
cultura humanista y cristiana. Esto se ha verificado también siempre que la luz
del Evangelio ha llegado a nuevos pueblos. Son muchas las personas consagradas
que han promovido la cultura, investigando y defendiendo frecuentemente las
culturas autóctonas. La Iglesia es hoy muy consciente de la necesidad de
contribuir a la promoción de la cultura y al diálogo entre cultura y fe[239].
Los consagrados han de sentirse interpelados ante
esta urgencia. Están llamados también a individuar, en el anuncio de la Palabra
de Dios, los métodos más apropiados a las exigencias de los diversos grupos
humanos y de los múltiples ámbitos profesionales, a fin de que la luz de Cristo
alcance a todos los sectores de la existencia humana, y el fermento de la
salvación transforme desde dentro la vida social, favoreciendo una cultura
impregnada de los valores evangélicos[240].
En los umbrales del tercer milenio cristiano, la vida consagrada podrá también
con este cometido renovar su respuesta a los deseos de Dios, que viene al
encuentro de todos aquellos que, consciente o inconscientemente, caminan como a
tientas en busca de la Verdad y de la Vida (cf. Hch 17, 27).
Pero más allá del servicio prestado a los otros, la
vida consagrada necesita también en su interior un renovado amor por el
empeño cultural, una dedicación al estudio como medio para la formación
integral y como camino ascético, extraordinariamente actual, ante la diversidad
de las culturas. Una disminución de la preocupación por el estudio puede tener
graves consecuencias también en el apostolado, generando un sentido de
marginación y de inferioridad, o favoreciendo la superficialidad y ligereza en
las iniciativas.
En la diversidad de los carismas y de las
posibilidades reales de cada Instituto, la dedicación al estudio no puede
reducirse a la formación inicial o a la consecución de títulos académicos y de
competencias profesionales. El estudio es más bien manifestación del insaciable
deseo de conocer siempre más profundamente a Dios, abismo de luz y fuente de
toda verdad humana. Por este motivo no es algo que aísla a la persona
consagrada en un intelectualismo abstracto, ni la aprisiona en las redes de un
narcisismo sofocante; por el contrario, fomenta el diálogo y la participación,
educa la capacidad de juicio, alienta la contemplación y la plegaria en la
búsqueda de Dios y de su actuación en la compleja realidad del mundo
contemporáneo.
La persona consagrada, dejándose transformar por el
Espíritu, se capacita para ampliar el horizonte de los angostos deseos humanos
y para captar, al mismo tiempo, los aspectos más hondos de cada individuo y de
su historia, que van más allá de las apariencias más vistosas quizás, pero
frecuentemente marginales. Los retos que emergen hoy de las diversas culturas
son innumerables. Retos provenientes de los campos en los que tradicionalmente
ha estado presente la vida consagrada o de los nuevos ámbitos. Con todos ellos
es urgente mantener fecundas relaciones, con una actitud de vigilante sentido
crítico, pero también de atención confiada hacia quien se enfrenta a las
dificultades típicas del trabajo intelectual, especialmente cuando, ante la
presencia de los problemas inéditos de nuestro tiempo, es preciso intentar
nuevos análisis y nuevas síntesis[241].
No se puede realizar una seria y válida evangelización de los nuevos ámbitos en
los que se elabora y se transmite la cultura sin una colaboración activa con
los laicos presentes en ellos.
Presencia en el mundo de las
comunicaciones sociales
99. De igual manera que en el pasado las personas
consagradas han sabido servir a la evangelización con todos los medios,
afrontando con genialidad los obstáculos, también hoy están llamadas nuevamente
por la exigencia de testimoniar el Evangelio a través de los medios de
comunicación social. Estos medios han adquirido una capacidad de difusión
cósmica mediante poderosas tecnologías capaces de llegar hasta el último rincón
de la tierra. Las personas consagradas, especialmente cuando por su carisma
institucional trabajan en este campo, han de adquirir un serio conocimiento del
lenguaje propio de estos medios, para hablar de Cristo de manera eficaz al
hombre actual, interpretando sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias[242],y
contribuir de este modo a la construcción de una sociedad en la que todos se
sientan hermanos y hermanas en camino hacia Dios.
No obstante, dado su extraordinario poder de
persuasión, es preciso estar alerta ante el uso inadecuado de tales medios, sin
ignorar los problemas que se pueden derivar para la vida consagrada misma, que
ha de afrontarlos con el debido discernimiento[243].
Sobre este punto, la respuesta de la Iglesia es ante todo educativa: tiende a
promover una actitud de correcta comprensión de los mecanismos subyacentes y de
atenta valoración ética de los programas, y la adopción de sanas costumbres en
su uso[244].
En esta tarea educativa, orientada a formar receptores entendidos y
comunicadores expertos, las personas consagradas están llamadas a ofrecer su
particular testimonio sobre la relatividad de todas las realidades visibles,
ayudando a los hermanos a valorarlas según el designio de Dios, pero también a
liberarse de la influencia obsesiva de la escena de este mundo que pasa (cf. 1
Co 7, 31).
Todos los esfuerzos en este nuevo e importante
campo apostólico han de ser alentados, con el fin de que el Evangelio de Cristo
se transmita también a través de estos medios modernos. Los diversos Institutos
han de estar disponibles para cooperar en la realización de proyectos comunes
en los varios sectores de la comunicación social, aportando fuerzas, medios y
personas. Que las personas consagradas, además, y especialmente los miembros de
los Institutos seculares, presten de buen grado sus servicios, según las
oportunidades pastorales, en la formación religiosa de los responsables de la
comunicación social pública o privada, para que se eviten, de una parte, los
daños provocados por un uso adulterado de los medios y, de otra, se promueva
una mejor calidad de las transmisiones, con mensajes respetuosos de la ley
moral y ricos en valores humanos y cristianos.
IV. COMPROMETIDOS EN
EL DIÁLOGO CON TODOS
Al servicio de la unidad de los
cristianos
100. La oración de Cristo al Padre antes de la
Pasión, para que sus discípulos permanezcan en la unidad (cf. Jn 17,
21-23), se prolonga en la oración y en la acción de la Iglesia. ¿Cómo no han de
sentirse implicados los llamados a la vida consagrada? En el Sínodo se ha
percibido claramente la herida de la desunión todavía existente entre los
creyentes en Cristo, y la urgencia de orar y de trabajar en la promoción de la
unidad de todos los cristianos. La sensibilidad ecuménica de los consagrados y
consagradas se reaviva también al constatar que el monacato se conserva y
florece en otras Iglesias y Comunidades eclesiales, como es el caso de las
Iglesias orientales, o que se renueva la profesión de los consejos evangélicos,
como en la Comunión anglicana y en las Comunidades de la Reforma.
El Sínodo ha puesto de relieve la profunda
vinculación de la vida consagrada con la causa del ecumenismo y la necesidad de
un testimonio más intenso en este campo. En efecto, si el alma del ecumenismo
es la oración y la conversión[245],
no cabe duda que los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica tienen un deber particular de cultivar este compromiso. Es urgente,
pues, que en la vida de las personas consagradas se dé un mayor espacio a la
oración ecuménica y al testimonio auténticamente evangélico, para que, con la
fuerza del Espíritu Santo, sea posible derribar los muros de las divisiones y
de los prejuicios entre los cristianos.
Formas de diálogo ecuménico
101. Son formas del diálogo ecuménico el compartir
la lectio divina en busca de la verdad; la participación en la
oración común, en la que el Señor garantiza su presencia (cf. Mt 18,
20); el diálogo en amistad y caridad que hace experimentar la dulzura de
convivir los hermanos unidos (cf. Sal 133132); la hospitalidad
cordial con los hermanos y hermanas de las diversas confesiones cristianas; el
conocimiento mutuo y el intercambio de bienes; la colaboración en iniciativas
comunes de servicio y de testimonio. Todas estas formas son expresiones gratas
al Padre común y signos de la voluntad de caminar juntos hacia la unidad
perfecta por el camino de la verdad y del amor[246].
Una acción ecuménica más incisiva se verá también favorecida por el
conocimiento de la historia, de la doctrina, de la liturgia y de la actividad
caritativa y apostólica de los otros cristianos[247].
Deseo alentar a los Institutos que, por su origen o
por una llamada posterior, se dedican a la promoción de la unidad de los
cristianos y con este fin promueven iniciativas de estudio y de acción
concreta. En realidad, ningún Instituto de vida consagrada ha de sentirse
dispensado de trabajar en favor de esta causa. Me dirijo también a las Iglesias
orientales católicas, esperando que, a través del monacato masculino y
femenino, cuyo florecimiento es una gracia que se ha de implorar siempre,
favorezcan la unidad con las Iglesias ortodoxas, merced al diálogo de la
caridad y la participación de la espiritualidad común, que es patrimonio de la
Iglesia indivisa del primer milenio.
Confío particularmente a los monasterios de vida
contemplativa el ecumenismo espiritual de la oración, de la conversión del corazón
y de la caridad. A este respecto les invito a que se hagan presentes allí donde
viven comunidades cristianas de diversas confesiones, para que su total entrega
a lo « único necesario » (cf. Lc 10, 42), al culto de Dios y a
la intercesión por la salvación del mundo, junto con su testimonio de vida
evangélica según el propio carisma, sean para todos un estímulo a vivir, a
imagen de la Trinidad, en la unidad que Jesús ha querido y ha suplicado al
Padre para todos sus discípulos.
El diálogo interreligioso
102. Desde el momento que «el diálogo
interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia»[248],
los Institutos de vida consagrada no pueden dejar de comprometerse en este
campo, cada uno según su propio carisma y siguiendo las indicaciones de la
autoridad eclesiástica. La primera forma de evangelizar a los hermanos y
hermanas de otra religión consistirá en el testimonio mismo de una vida pobre,
humilde y casta, impregnada de amor fraterno hacia todos. Al mismo tiempo, la
libertad de espíritu propia de la vida consagrada favorecerá el «diálogo de
vida»[249],
con el que se lleva a cabo un modelo fundamental de misión y de anuncio del
Evangelio de Cristo. Para favorecer el conocimiento mutuo y el recíproco
respeto y caridad, los Institutos religiosos podrán cultivar además oportunas
formas de diálogo, en un clima de amistosa cordialidad y de sinceridad
recíproca, con los ambientes monásticos de otras religiones.
Otro ámbito de colaboración con hombres y mujeres
de diversa tradición religiosa consiste en la solicitud por la vida
humana, que se manifiesta tanto en la compasión por el sufrimiento físico y
espiritual, como en el empeño por la justicia, la paz y la salvaguardia de la
creación. En estos sectores serán sobre todo los Institutos de vida activa los
que han de buscar un entendimiento con los miembros de otras religiones, en un
«diálogo de las obras»[250] que
prepara el camino para una participación más profunda.
Un ámbito particular de encuentro fructífero con
otras tradiciones religiosas es el de la búsqueda y promoción de la
dignidad de la mujer. En este punto las mujeres consagradas pueden prestar
un precioso servicio, en la perspectiva de la igualdad y de la justa
reciprocidad entre hombre y mujer[251].
Estos y otros compromisos de las personas
consagradas en su servicio al diálogo interreligioso requieren una adecuada
preparación en la formación inicial y permanente, así como en el estudio y en
la investigación[252],
desde el momento que en este sector nada fácil se precisa un profundo conocimiento
del cristianismo y de las otras religiones, acompañado de una fe sólida y de
gran madurez espiritual y humana.
Una respuesta de espiritualidad a la
búsqueda de lo sagrado y a la nostalgia de Dios
103. Los que abrazan la vida consagrada, hombres y
mujeres, son por la naturaleza misma de su opción interlocutores privilegiados
de aquella búsqueda de Dios, cuya presencia aletea siempre en el corazón
humano, llevándolo a múltiples formas de ascesis y de espiritualidad. Esta
búsqueda aparece hoy con insistencia en muchas regiones, precisamente como
respuesta a culturas que tienden, si no a negar del todo, sí a marginar la
dimensión religiosa de la existencia.
Las personas consagradas, viviendo con coherencia y
en plenitud los compromisos libremente asumidos, pueden ofrecer una respuesta a
los anhelos de sus contemporáneos, rescatándolos de soluciones que son
generalmente ilusorias y que niegan frecuentemente la encarnación salvífica de
Cristo (cf. 1 Jn 4, 2-3), como son, por ejemplo, las
propuestas por las sectas. Practicando una ascesis personal y comunitaria que
purifica y transforma toda la existencia, las personas consagradas, contra la
tentación del egocentrismo y la sensualidad, dan testimonio de las
características que revisten la auténtica búsqueda de Dios, advirtiendo del
peligro de confundirla con la búsqueda sutil de sí mismas o con la fuga en la
gnosis. Toda persona consagrada está comprometida a cultivar el hombre
interior, que no es ajeno a la historia ni se encierra en sí mismo. Viviendo en
la escucha obediente de la Palabra, de la cual la Iglesia es depositaria e
intérprete, encuentra en Cristo sumamente amado y en el Misterio trinitario el
objeto del anhelo profundo del corazón humano y la meta de todo itinerario
religioso sinceramente abierto a la trascendencia.
Por eso las personas consagradas tienen el deber de
ofrecer con generosidad acogida y acompañamiento espiritual a todos aquellos
que se dirigen a ellas, movidos por la sed de Dios y deseosos de vivir las
exigencias de su fe[253].
CONCLUSIÓN
La sobreabundancia de la gratuidad
104. No son pocos los que hoy se preguntan con
perplejidad: ¿Para qué sirve la vida consagrada? ¿Por qué abrazar este género
de vida cuando hay tantas necesidades en el campo de la caridad y de la misma
evangelización a las que se pueden responder también sin asumir los compromisos
peculiares de la vida consagrada? ¿No representa quizás la vida consagrada una
especie de « despilfarro » de energías humanas que serían, según un criterio de
eficiencia, mejor utilizadas en bienes más provechosos para la humanidad y la
Iglesia?
Estas preguntas son más frecuentes en nuestro
tiempo, avivadas por una cultura utilitarista y tecnocrática, que tiende a
valorar la importancia de las cosas y de las mismas personas en relación con su
« funcionalidad » inmediata. Pero interrogantes semejantes han existido
siempre, como demuestra elocuentemente el episodio evangélico de la unción de
Betania: «María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió
los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del
perfume» (Jn 12, 3). A Judas, que con el pretexto de la necesidad
de los pobres se lamentaba de tanto derroche, Jesús le responde: «Déjala» (Jn 12,
7). Esta es la respuesta siempre válida a la pregunta que tantos, aun de buena
fe, se plantean sobe la actualidad de la vida consagrada: ¿No se podría dedicar
la propia existencia de manera más eficiente y racional para mejorar la
sociedad? He aquí la respuesta de Jesús: «Déjala».
A quien se le concede el don inestimable de seguir
más de cerca al Señor Jesús, resulta obvio que Él puede y debe ser amado con
corazón indiviso, que se puede entregar a Él toda la vida, y no sólo algunos
gestos, momentos o ciertas actividades. El ungüento precioso derramado como
puro acto de amor, más allá de cualquier consideración « utilitarista », es
signo de una sobreabundancia de gratuidad, tal como se manifiesta
en una vida gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a su persona y a
su Cuerpo místico. De esta vida « derramada » sin escatimar nada se difunde el
aroma que llena toda la casa. La casa de Dios, la Iglesia, hoy como ayer, está
adornada y embellecida por la presencia de la vida consagrada.
Lo que a los ojos de los hombres puede parecer un
despilfarro, para la persona seducida en el secreto de su corazón por la
belleza y la bondad del Señor es una respuesta obvia de amor, exultante de
gratitud por haber sido admitida de manera totalmente particular al
conocimiento del Hijo y a la participación en su misión divina en el mundo.
«Si un hijo de Dios conociera y gustara el amor
divino, Dios increado, Dios encarnado, Dios que padece la pasión, que es el
sumo bien, le daría todo; no sólo dejaría las otras criaturas, sino a sí mismo,
y con todo su ser amaría este Dios de amor hasta transformarse totalmente en el
Dios-hombre, que es el sumamente Amado»[254].
La vida consagrada al servicio del
Reino de Dios
105. «¿Qué sería del mundo si no fuese por los
religiosos?»[255].
Más allá de las valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada
es importante precisamente por su sobreabundancia de gratuidad y de
amor, tanto más en un mundo que corre el riesgo de verse asfixiado en la
confusión de lo efímero. « Sin este signo concreto, la caridad que anima a la
Iglesia correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica del Evangelio de
perder en penetración, la "sal" de la fe de disolverse en un mundo de
secularización »[256].
La vida de la Iglesia y la sociedad misma tienen necesidad de personas capaces
de entregarse totalmente a Dios y a los otros por amor de Dios.
La Iglesia no puede renunciar absolutamente a la vida
consagrada, porque expresa de manera elocuente su íntima esencia
«esponsal». En ella encuentra nuevo impulso y fuerza el anuncio del
Evangelio a todo el mundo. En efecto, se necesitan personas que presenten el
rostro paterno de Dios y el rostro materno de la Iglesia, que se jueguen la
vida para que los otros tengan vida y esperanza. La Iglesia tiene necesidad de
personas consagradas que, aún antes de comprometerse en una u otra noble causa,
se dejen transformar por la gracia de Dios y se conformen plenamente al
Evangelio.
Toda la Iglesia tiene en sus manos este gran don y,
agradecida, se dedica a promoverlo con la estima, la oración y la invitación
explícita a acogerlo. Es importante que los Obispos, presbíteros y diáconos,
convencidos de la excelencia evangélica de este género de vida, trabajen para
descubrir y apoyar los gérmenes de vocación con la predicación, el
discernimiento y un competente acompañamiento espiritual. Se pide a todos los
fieles una oración constante en favor de las personas consagradas, para que su
fervor y su capacidad de amar aumenten continuamente, contribuyendo a difundir
en la sociedad de hoy el buen perfume de Cristo (cf. 2 Co 2,
15). Toda la comunidad cristiana —pastores, laicos y personas consagradas— es
responsable de la vida consagrada, de la acogida y del apoyo que se han de
ofrecer a las nuevas vocaciones[257].
A la juventud
106. A vosotros, jóvenes, os digo: si sentís la
llamada del Señor, ¡no la rechacéis! Entrad más bien con valentía en las
grandes corrientes de santidad, que insignes santos y santas han iniciado
siguiendo a Cristo. Cultivad los anhelos característicos de vuestra edad, pero
responded con prontitud al proyecto de Dios sobre vosotros si Él os invita a
buscar la santidad en la vida consagrada. Admirad todas las obras de Dios en el
mundo, pero fijad la mirada en las realidades que nunca perecen.
El tercer milenio espera la aportación de la fe y
de la iniciativa de numerosos jóvenes consagrados, para que el mundo sea más
sereno y más capaz de acoger a Dios y, en Él, a todos sus hijos e hijas.
A las familias
107. Me dirijo a vosotras, familias cristianas. Vosotros,
padres, dad gracias al Señor si ha llamado a la vida consagrada a alguno de
vuestros hijos. ¡Debe ser considerado un gran honor —como lo ha sido siempre—
que el Señor se fije en una familia y elija a alguno de sus miembros para
invitarlo a seguir el camino de los consejos evangélicos! Cultivad el deseo de
ofrecer al Señor a alguno de vuestros hijos para el crecimiento del amor de
Dios en el mundo. ¿Qué fruto de vuestro amor conyugal podríais tener más bello
que éste?
Es preciso recordar que si los padres no viven los
valores evangélicos, será difícil que los jóvenes y las jóvenes puedan percibir
la llamada, comprender la necesidad de los sacrificios que han de afrontar y
apreciar la belleza de la meta a alcanzar. En efecto, es en la familia donde los
jóvenes tienen las primeras experiencias de los valores evangélicos, del amor
que se da a Dios y a los demás. También es necesario que sean educados en el
uso responsable de su libertad, para estar dispuestos a vivir de las más altas
realidades espirituales según su propia vocación. Ruego para que vosotras,
familias cristianas, unidas al Señor con la oración y la vida sacramental,
seáis hogares acogedores de vocaciones.
A todos los hombres y mujeres de buena
voluntad
108. Deseo hacer llegar a todos los hombres y
mujeres que quieran escuchar mi voz la invitación a buscar los caminos que
conducen al Dios vivo y verdadero también a través de las sendas trazadas por
la vida consagrada. Las personas consagradas testimonian que «quien sigue a
Cristo, el hombre perfecto, se hace también más hombre»[258].
¡Cuántas de ellas se han inclinado y continúan inclinándose como buenos
samaritanos sobre las innumerables llagas de los hermanos y hermanas que
encuentran en su camino!
Mirad a estas personas seducidas por Cristo que con
dominio de sí, sostenido por la gracia y el amor de Dios, señalan el remedio
contra la avidez del tener, del gozar y del dominar. No olvidéis los carismas
que han forjado magníficos « buscadores de Dios » y benefactores de la
humanidad, que han abierto rutas seguras a quienes buscan a Dios con sincero
corazón. ¡Considerad el gran número de santos que han crecido en este género de
vida, considerad el bien que han hecho al mundo, hoy como ayer, quienes se han
dedicado a Dios! Este mundo nuestro, ¿no tiene acaso necesidad de alegres
testigos y profetas del poder benéfico del amor de Dios? ¿No necesita también
hombres y mujeres que sepan, con su vida y con su actuación, sembrar semillas
de paz y de fraternidad?[259]
A las personas consagradas
109. Pero es sobre todos a vosotros, hombres y
mujeres consagrados, a quienes al final de esta Exhortación dirijo mi llamada
confiada: vivid plenamente vuestra entrega a Dios, para que no falte a este
mundo un rayo de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia
humana. Los cristianos, inmersos en las ocupaciones y preocupaciones de este
mundo, pero llamados también a la santidad, tienen necesidad de encontrar en
vosotros corazones purificados que « ven » a Dios en la fe, personas dóciles a
la acción del Espíritu Santo que caminan libremente en la fidelidad al carisma
de la llamada y de la misión.
Bien sabéis que habéis emprendido un camino de
conversión continua, de entrega exclusiva al amor de Dios y de los hermanos,
para testimoniar cada vez con mayor esplendor la gracia que transfigura la
existencia cristiana. El mundo y la Iglesia buscan auténticos testigos de
Cristo. La vida consagrada es un don que Dios ofrece para que todos tengan ante
sus ojos « lo único necesario » (cf. Lc 10, 42). La misión
peculiar de la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo es testimoniar a
Cristo con la vida, con las obras y con las palabras.
Sabéis en quién habéis confiado (cf. 2 Tm 1,
12): ¡dadle todo! Los jóvenes no se dejan engañar: acercándose a vosotros
quieren ver lo que no ven en otra parte. Tenéis una tarea inmensa de cara al
futuro: especialmente los jóvenes consagrados, dando testimonio de su
consagración, pueden inducir a sus coetáneos a la renovación de sus vidas[260].
El amor apasionado por Jesucristo es una fuerte atracción para otros jóvenes,
que en su bondad llama para que le sigan de cerca y para siempre. Nuestros
contemporáneos quieren ver en las personas consagradas el gozo que proviene de
estar con el Señor.
Personas consagradas, ancianas y jóvenes, vivid la
fidelidad a vuestro compromiso con Dios edificándoos mutuamente y ayudándoos
unos a otros. A pesar de las dificultades que a veces hayáis podido encontrar y
el escaso aprecio por la vida consagrada que se refleja en una cierta opinión
pública, vosotros tenéis la tarea de invitar nuevamente a los hombres y a las
mujeres de nuestro tiempo a mirar hacia lo alto, a no dejarse arrollar por las
cosas de cada día, sino a ser atraídos por Dios y por el Evangelio de su Hijo.
¡No os olvidéis que vosotros, de manera muy particular, podéis y debéis decir
no sólo que sois de Cristo, sino que habéis «llegado a ser Cristo mismo»![261].
Mirando al futuro
110. ¡Vosotros no solamente tenéis una historia
gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir!Poned
los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo
con vosotros grandes cosas.
Haced de vuestra vida una ferviente espera de
Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del
Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la Iglesia, a
vuestro Instituto y al hombre de nuestro tiempo[262].
De este modo Cristo os renovará día a día, para construir con su Espíritu
comunidades fraternas, para lavar con Él los pies a los pobres, y para dar
vuestra aportación insustituible a la transformación del mundo.
Que este nuestro mundo confiado a la mano del
hombre, y que está entrando en el nuevo milenio, sea cada vez más humano y
justo, signo y anticipación del mundo futuro, en el cual Él, el Señor humilde y
glorificado, pobre y exaltado, será el gozo pleno y perdurable para nosotros y
para nuestros hermanos y hermanas, junto con el Padre y el Espíritu Santo.
Oración a la Trinidad
111. Trinidad Santísima, beata y beatificante, haz
dichosos a tus hijos e hijas que has llamado a confesar la grandeza de tu amor,
de tu bondad misericordiosa y de tu belleza.
Padre Santo, santifica a los
hijos e hijas que se han consagrado a ti para la gloria de tu nombre.
Acompáñales con tu poder, para que puedan dar testimonio de que Tú eres el
Origen de todo, la única fuente del amor y la libertad. Te damos gracias por el
don de la vida consagrada, que te busca en la fe y, en su misión universal,
invita a todos a caminar hacia ti.
Jesús Salvador, Verbo Encarnado,
así como has dado tu forma de vivir a quienes has llamado, continúa atrayendo
hacia ti personas que, para la humanidad de nuestro tiempo, sean depositarias
de misericordia, anuncio de tu retorno, y signo viviente de los bienes de la
resurrección futura. ¡Ninguna tribulación los separe de ti y de tu amor!
Espíritu Santo, Amor derramado en
los corazones, que concedes gracia e inspiración a las mentes, Fuente perenne
de vida, que llevas la misión de Cristo a su cumplimiento con numerosos
carismas, te rogamos por todas las personas consagradas. Colma su corazón con
la íntima certeza de haber sido escogidas para amar, alabar y servir. Haz que
gusten de tu amistad, llénalas de tu alegría y de tu consuelo, ayúdalas a
superar los momentos de dificultad y a levantarse con confianza tras las
caídas, haz que sean espejo de la belleza divina. Dales el arrojo para hacer
frente a los retos de nuestro tiempo y la gracia de llevar a los hombres la
benevolencia y la humanidad de nuestro Salvador Jesucristo (cf. Tt3,
4).
112. María, figura de la
Iglesia,
Esposa sin arruga y sin mancha,
que imitándote «conserva virginalmente
la fe íntegra, la esperanza firme y el amor sincero»[263],
sostiene a las personas consagradas
en el deseo de llegar a la eterna y única Bienaventuranza.
Esposa sin arruga y sin mancha,
que imitándote «conserva virginalmente
la fe íntegra, la esperanza firme y el amor sincero»[263],
sostiene a las personas consagradas
en el deseo de llegar a la eterna y única Bienaventuranza.
Las encomendamos a ti,
Virgen de la Visitación,
para que sepan acudir
a las necesidades humanas
con el fin de socorrerlas,
pero sobre todo para que lleven a Jesús.
Enséñales a proclamar
las maravillas que el Señor hace en el mundo,
para que todos los pueblos ensalcen su nombre.
Sostenlas en sus obras en favor de los pobres,
de los hambrientos, de los que no tienen esperanza,
de los últimos y de todos aquellos
que buscan a tu Hijo con sincero corazón.
Virgen de la Visitación,
para que sepan acudir
a las necesidades humanas
con el fin de socorrerlas,
pero sobre todo para que lleven a Jesús.
Enséñales a proclamar
las maravillas que el Señor hace en el mundo,
para que todos los pueblos ensalcen su nombre.
Sostenlas en sus obras en favor de los pobres,
de los hambrientos, de los que no tienen esperanza,
de los últimos y de todos aquellos
que buscan a tu Hijo con sincero corazón.
A ti, Madre,
que deseas la renovación espiritual
y apostólica de tus hijos e hijas
en la respuesta de amor y de entrega total a Cristo,
elevamos confiados nuestra súplica.
Tú que has hecho la voluntad del Padre,
disponible en la obediencia,
intrépida en la pobreza
y acogedora en la virginidad fecunda,
alcanza de tu divino Hijo,
que cuantos han recibido
el don de seguirlo en la vida consagrada,
sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada,
caminando gozosamente,
junto con todos los otros hermanos y hermanas,
hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso.
que deseas la renovación espiritual
y apostólica de tus hijos e hijas
en la respuesta de amor y de entrega total a Cristo,
elevamos confiados nuestra súplica.
Tú que has hecho la voluntad del Padre,
disponible en la obediencia,
intrépida en la pobreza
y acogedora en la virginidad fecunda,
alcanza de tu divino Hijo,
que cuantos han recibido
el don de seguirlo en la vida consagrada,
sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada,
caminando gozosamente,
junto con todos los otros hermanos y hermanas,
hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso.
Te lo pedimos,
para que en todos y en todo
sea glorificado, bendito y amado
el Sumo Señor de todas las cosas,
que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
para que en todos y en todo
sea glorificado, bendito y amado
el Sumo Señor de todas las cosas,
que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25
de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 1996, decimoctavo de
mi Pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II
Notas
[3] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 44; Pablo VI,
Exhort. ap. Evangelica Testificatio (29 de junio de 1971), 7: AAS 63
(1971), 501-502; Exhort. ap. Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975),
69: AAS 68 (1976), 59.
[5] Cf. Discurso en la audiencia general (28 de septiembre de 1994), 5: L'Osservatore
Romano, edición semanal en lengua española, 30 de septiembre de 1994, 3.
[7] Cf. S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota,
p. I, c. 3, Oeuvres, t. Annecy 1893, 19-20.
[9] Cf. Homilía durante solemne concelebración conclusiva de la IX
Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos (29 de octubre de 1994), 3: AAS 87
(1995), 580.
[10] Cf. Sínodo de Obispos, IX Asamblea general ordinaria, Mensaje
del Sínodo (27 de octubre de 1994), VII: L’Osservatore Romano,
edición semanal en lengua española, 4 de noviembre de 1994, 6.
[15] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 7; Decr. Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 40.
[21] Cf. Código de derecho canónico, c. 605; Código de los cánones
de las Iglesias orientales, c. 571; Propositio 13.
[25] Cf. Casiano: «Secessit tamen solus in montem orare, per hoc
scilicet nos instruens suae secessionis exemplo... ut similiter secedamus» (Conlat.
10, 6: PL 49, 827); S. Jerónimo: «Et Christum quaeras in
solitudine et ores solus in monte cum Iesu» (Ep. ad Paulinum, 58, 4,
2: PL 22, 582); Guillermo de S. Therry: «(Vita solitaria) ab
ipso Domino familiarissime celebrata, ab eius discipulis ipso praesente
concupita: cuius transfigurationis gloriam cum vidissent qui cum eo in monte
sancto erant, continuo Petrus... optimum sibi iudicavit in hoc semper esse» (Ad
fratres de Monte Dei, I, 1: PL 184, 310).
[28] Cf. Congregación para los religiosos y los institutos seculares,
Instr. Essential elementes in the Church’s teaching on religious life
as applied to institutes dedicated to works of the apostolate (31 de
mayo de 1983), 5: Ench. Vat., 9. 184.
[33] «Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine; Spiritus
in nube clara»: S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae III, q.
45, a. 4, ad 2.
[34] Conc. Ecum. Vat II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 1.
[37] Cf. Discurso en la audiencia general (9 de noviembre de 1994),
4: L'Osservatore Romano, edición semana en lengua española, 11 de
noviembre de 1994, 3.
[39] S. Ignacio de Antioquia, Carta a los Magnesios 8,
2: Patres Apostolici, edición F.X. Funk, II, 237.
[42] Cf. Propositio 25; Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 17.
[46] B. Isabel de la Trinidad, Le ciel dans la foi. Traité
Spirituel, I, 14: Oeuvres completes, París, 1991, 106.
[48] Discurso en la audiencia general (29 de marzo de 1995), 1: L'Osservatore
Romano, edición semanal en lengua española, 31 de marzo de 1995, 23.
[54] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 44; Discurso en la audiencia general (26 de octubre de 1994), 5: L'Osservatore
Romano, edición semanal en lengua española, 28 de octubre de 1994, 3.
[56] Cf. Ritual Romano, Rito de la profesión religiosa:
Solemne bendición o consagración de los profesos, n. 67, y de las profesas, n.
72; Pontifical Romano, Rito de la consagración de las Vírgenes, n.
38: Solemne oración de consagración; Eucologion sive Rituale Graecorum, Officium
parvi habitum id est Mandiae, 384-385; Pontificale iuxta ritum Ecclesiae
Syrorum Occidentalium id est antiochiae, Ordo rituum monasticorum,
Typis Polyglottis Vaticanis 1942, 307-309.
[57] Cf. S. Pedro Damián Liber qui appellatur «Dominis
vobiscum» ad Leonem eremitan: PL 145, 231-252.
[58] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 32; Código de derecho canónico, c. 208; Código de los cánones
de las Iglesias orientales, c. 11.
[59] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm. Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 4; Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 4; 12; 13; Const.
past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
32; Decr. Apostolicam Actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 3;
Exhort. ap. postsinodal Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988), 20-21:
AAS 81 (1989), 425-428; Congregación para la doctrina de la fe, Carta Communionis Notio, a los obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión (28 de mayo de
1992), 15: AAS 85 (1993), 847.
[61] Cf. ib., Exhort. ap. postsinodal Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988) ,
20-21: AAS 81 (1989), 425-428.
[63] Cf. Concilio de Trento, ses. XXXIV, c. 10: DS 1810; Pio XII, Carta
enc. Sacra Virginitas (25 de marzo de 1954), AAS 46
(1954), 176.
[69] Código de derecho canónico, c. 713 § 1; cf. Código de los
cánones de las Iglesias orientales, c. 563 § 2.
[70] Código de derecho canónico, c. 713 § 2. En este mismo c. 713 § 3
se habla específicamente de los «miembros clérigos».
[72] S. Teresa del Niño Jesús, Manuscrits autobiographiques,
B, 2 v: «Ser tu esposa, oh Jesús... ser en mi unión contigo, madre de las
almas».
[73] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 8; 10; 12.
[74] Sínodo de los Obispos, II Asamblea general extraordinaria,
Relación final Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro
salute mundi (7 de diciembre de 1985), II A, 4: Ench. Vat. 9,
1753.
[75] Sínodo de los Obispos, IX Asamblea ordinaria, Mensaje del
Sínodo (27 de octubre de 1994), IX: L'Osservatore Romano,
edición semanal en lengua española, 4 de noviembre de 1994, 6.
[76] Cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q.
184, a, 5, ad 2; II-II, q. 186, a. 2, ad 1.
[77] Cf. Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum. Acta
Canonizationis Sancti Dominici: Monumenta Ordinis Praedicatorum historica 16
(1935), 30.
[79] Congregación para los religiosos e institutos seculares y Congregación
para los Obispos, Criterios pastorales sobre relaciones entre obispos y
religiosos en la Iglesia Mutuae Relationes (14 de mayo de 1978), 51: AAS 70
(1978), 500.
[82] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 2.
[86] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 15; S. Agustín, Regula ad servos Dei, 1, 1: PL 32,
1372.
[87] S. Cipriano, De Oratione Dominica, 23: PL 4, 553; cf.
Conc. ecum. Vat. II, Const .dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 4.
[91] Cf. Congregación para los religiosos y los institutos seculares,
Instr. Essential elements in the Church's teaching on religious life as
applied to institutes dedicated to works of the apostolate (31 de mayo
de 1983), 51: Ench. Vat. 9, 235-237; Código de derecho canónico, c.631 § 1; Código los cánones
de las Iglesias Orientales, c. 512 § 1.
[92] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994, 47-53: Ciudad del Vaticano 1994,
43-47; Código de derecho canónico, 618; Propositio 19.
[93] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994), 68: Ciudad del Vaticano 1994, 63-64;
Propositio 21.
[95] Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Doc. Vida y misión de los religiosos en la
Iglesia, I. Religiosos y promoción humana (12 de agosto de 1980), II, 24: Ench.
Vat. 7, 455.
[96] Exhort. ap. postsinodal Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988),
31-32: AAS 81 (1989), 451-452.
[99] Cf. Ejercicios espirituales, Reglas para el sentido
verdadero que en la Iglesia militante debemos tener, en particular la Regla 13.
[105] Cf. Congregación para la doctrina de la fe, Carta Communionis Notio, a los obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28 de mayo de
1992), 16: AAS 85 (1993), 847-848.
[108] Congregación para los religiosos y los institutos seculares y
Congregación para los obispos, Criterios pastorales sobre las relaciones entre
obispos y religiosos en la Iglesia Mutuae Relationes (14 de mayo de 1978), 11: AAS 70
(1978), 480.
[111] Cf. Código de derecho canónico, c. 586; Congregación para los
religiosos y los institutos seculares y Congregación para los obispos,
Criterios pastorales sobre las relaciones entre los obispos y religiosos en la
Iglesia Mutuae Relationes (14 de mayo de 1978), 13: AAS 70
(1978), 481-482.
[113] Cf. Código de derecho canónico, cc. 586 § 2; 591; Código de
los cánones de las Iglesias orientales, c. 412 § 2.
[117] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994), 56: Ciudad del Vaticano, 1994, 48-49.
[120] Congregación para los religiosos y los institutos seculares y
Congregación para los obispos, Criterios pastorales sobre las relaciones entre
obispos y religiosos en la Iglesia Mutuae Relationes (14 de mayo de 1978), 21,
61: AAS 70 (1978), 486; 503-504; Código de derecho canónico, cc. 708-709.
[121] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 1; Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 46.
[122] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
4.
[123] Mensaje a la XIV Asamblea general de Conferencia de religiosos de
Brasil (1 de julio de 1986), 4: L'Osservatore Romano, edición
semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1986, 9.
[124] Cf. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y
Congregación para los Obispos, Criterios pastorales sobre las relaciones en la
Iglesia Mutuae Relationes (14 de mayo de 1978), 63;
65: AAS 70 (1978), 504-505.
[129] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994), 62: Ciudad del Vaticano 1994, 55-56;
Instr. Potissimum institutioni (2 de febrero de 1990),
92-93: AAS 82 (1990), 123-124.
[133] Congregación para los religiosos y los Institutos Seculares,
Instr. Venite seorsum, acerca de la vida contemplativa y de la
clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), V: AAS 61
(1969), 685.
[139] Cf. Pablo VI, Motu proprio Ecclesiae Sanctae (8 de junio de 1966), II,
30-31; AAS 58 (1966), 780; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 7 y 16; Congregación para los Religiosos y los Institutos
Seculares, Instr. Venite seorsum, acerca de la vida contemplativa y
de la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), VI: AAS 61
(1969) 686.
[140] Cf. Pio XII, Const. ap. Sponsa Christi (21 de noviembre de 1950),
VII: AAS 43 (1951), 18-19; Conc. Ecum. Vat. II, Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 22.
[142] Cf. Conc. Ecum. Vat .II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 10.
[144] Cf. Código de derecho canónico, c. 588 § 3; Conc. Ecum. Vat. II
Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 10.
[147] Discurso en la audiencia general (22 de febrero de 1995), 6: L'Osservatore
Romano, edición semanal en lengua española, 24 de febrero de 1995, 3.
[148] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 10.
[150] Cf. Propositio 10; Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 15.
[151] Cf. Código de derecho canónico, c. 573; Código de los cánones
de las iglesias orientales, c. 410.
[154] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
48.
[159] Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las
Sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994), 67: Ciudad del Vaticano 1994, 62-63.
[164] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum Institutioni (2
de febrero de 1990), 29: AAS 82 (1990), 493.
[166] Cf. Congregación para los religiosos y los institutos seculares,
Instr. Essential elements in the Church's teaching on religious life as
applied to institutes dedicated to works of the apostolate (31 de mayo
de 1983), 45: Ench. Vat. 9, 229.
[169] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994), 32-33: Ciudad del Vaticano 1994, 30-32.
[171] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994), 43-45: Ciudad del Vaticano 1994, 39-42.
[172] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum Institutioni (2
de febrero de 1990), 70: AAS 82 (1990), 513-514.
[176] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
4.
[181] Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Doc. Nueva evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana,
Conclusión 178, CELAM 1992.
[182] Corréspondance, Entretiens, Documents. Conference «Sur
l'esprit de la Compagnie» (9 de febrero de 1653), Coste IX, París, 1923, 592.
[183] Cf. Congregación para los religiosos y los institutos seculares,
Instr. Essential elements in the Church's teaching on religious life as
applied to institutes dedicated to works of the apostolate (31 de mayo
de 1983), 23-24: Ench. Vat. 9, 202-204.
[184] Cf. B. Isabel de la Trinidad, O mon Dieu, Trinité que
j'adore, Oeuvres completes, París, 1991, 199-200.
[185] Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 69: AAS 68
(1976), 59.
[187] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 46; Pablo VI,
Exhort. ap. Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975),
69: AAS 68 (1976), 59.
[190] Carta a los compañeros residentes en Roma (Cochin, 15
de enero de 1544): Monumenta Historica Societatis Iesu 67
(1944), 166-167.
[192] Cf. Carta enc. Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990),
69: AAS 83 (1991), 317-318; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 927.
[195] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 18; cf. Carta enc. Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990),
69: AAS 83 (1991), 317-318.
[201] Cf. Carta enc. Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990),
55: AAS 83 (1991), 302; cf. Pontificio consejo para el dialogo
interreligioso y congregación para la evangelización de los pueblos,
Instr. Diálogo y anuncio. Reflexiones y orientaciones (19 de
mayo de 1991), 45-46: AAS 84 (1992), 429-430.
[203] Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 de septiembre de 1995),
62: L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 15 de
septiembre de 1995, 12.
[205] Sínodo de los Obispos, IX Asamblea general ordinaria, Relatio
ante disceptationem, 22: L’ Osservatore Romano, edición semanal
en lengua española, 14 de octubre de 1994, 7.
[206] Juan XXIII, Discurso de inauguración del Concilio
Vaticano II (11 de octubre de 1962): AAS 54 (1962), 789.
[210] Corréspondance, Entretiens, Documents. Conférence «Sur les Regles»
(30 de mayo de 1647), Coste IX, París, 1923, 319.
[213] Cf. ib., 18: l.c., 221-224; Exhort. ap.
postsinodal Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988),
52-53: AAS 81 (1989), 496-500.
[214] Cf. Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo Vobis (25 de marzo de 1992), 77: AAS 84
(1992), 794-795.
[218] Cf. Homilía durante la misa de clausura de la IX Asamblea general
ordinaria del Sínodo de los Obispos (29 de octubre de 1994, 3: AAS 87
(1995), 580.
[222] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 4; cf. Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el misterio y vida de los
presbíteros, 2.
[223] Cf. Propositio 53; Carta ap. Tertio Millennio Adveniente (10 de noviembre de 1994),
37: AAS 87 (1995), 29-30.
[224] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 12.
[226] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 13.
[228] Cf. Propositio 19, A;. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 14.
[230] Discurso en la audiencia general (8 de febrero de 1995), 2: L’Osservatore
Romano, edición semanal en lengua española, 10 de febrero de 1995, 3.
[231] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 21;
cf. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la
vida religiosa, 6.
[232] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 125; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 18.
[234] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 5.
[241] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
5.
[243] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad
«Congregavit nos in unum Christi amor» (2 de febrero de 1994), 34: Ciudad del Vaticano 1994, 32.
[244] Cf. Mensaje para la XXVIII Jornada de las
comunicaciones sociales (24 de enero de 1994): L’Osservatore Romano, edición
semanal de la legua española, 28 de enero de 1994, 12.
[249] Pontificio consejo para el dialogo interreligioso y congregación
para la evangelización de los pueblos, Instr. Dialogo y anuncio.
Reflexiones y orientaciones (19 de mayo de 1991), 42, a: AAS 84
(1992), 428.
[252] Pontificio consejo para el dialogo interreligioso y congregación
para la evangelización de los pueblos, Instr. Dialogo y anuncio.
Reflexiones y orientaciones (19 de mayo de 1991), 42: c: AAS 84
(1992), 428.
[259] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelica Testificatio (29 de junio de 1971), 53: AAS 63
(1971), 524; Exhort. ap. Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975),
69: AAS 68 (1976), 59.
[262] Cf. Congregación para los religiosos los institutos seculares,
Doc. Religiosos y promoción humana (12 de agosto de 1980),
13-21: Ench. Vat. 7, 445-453.