EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POST-SINODAL
RECONCILIATIO ET PAENITENTIA
DE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA RECONCILIACIÓN
Y LA PENITENCIA
EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA HOY
POST-SINODAL
RECONCILIATIO ET PAENITENTIA
DE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA RECONCILIACIÓN
Y LA PENITENCIA
EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA HOY
PROEMIO
ORIGEN Y SIGNIFICADO DEL DOCUMENTO
1. Hablar de reconciliación y penitencia es, para los hombres y mujeres
de nuestro tiempo, una invitación a volver a encontrar —traducidas al propio
lenguaje— las mismas palabras con las que Nuestro Salvador y Maestro Jesucristo
quiso inaugurar su predicación: «Convertíos y creed en el Evangelio»[1] esto
es, acoged la Buena Nueva del amor, de la adopción como hijos de Dios y, en
consecuencia, de la fraternidad.
¿Por qué la Iglesia propone de nuevo este tema, y esta invitación?
El ansia por conocer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo
contemporáneo, por descifrar su enigma y por desvelar su misterio; el deseo de
poder discernir los fermentos de bien o de mal que se agitan ya desde hace
bastante tiempo; todo esto, lleva a muchos a dirigir a este hombre y a este
mundo una mirada interrogante. Es la mirada del historiador y del sociólogo,
del filósofo y del teólogo, del psicólogo y del humanista, del poeta y del
místico; es sobre todo la mirada preocupada —y a pesar de todo cargada de
esperanza— del pastor.
Dicha mirada se refleja de una manera ejemplar en cada página de la
importante Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo
contemporáneo y, de modo particular, en su amplia y penetrante introducción. Se
refleja igualmente en algunos Documentos emanados de la sabiduría y de la
caridad pastoral de mis venerados Predecesores, cuyos luminosos pontificados
estuvieron marcados por el acontecimiento histórico y profético de tal Concilio
Ecuménico.
Al igual que las otras miradas, también la del pastor vislumbra, por
desgracia, entre otras características del mundo y de la humanidad de nuestro
tiempo, la existencia de numerosas, profundas y dolorosas divisiones.
Un mundo en pedazos
2. Estas divisiones se manifiestan en las relaciones entre las personas
y los grupos, pero también a nivel de colectividades más amplias: Naciones
contra Naciones y bloques de Países enfrentados en una afanosa búsqueda de
hegemonía. En la raíz de las rupturas no es difícil individuar conflictos que
en lugar de resolverse a través del diálogo, se agudizan en la confrontación y
el contraste.
Indagando sobre los elementos generadores de división, observadores
atentos detectan los más variados: desde la creciente desigualdad entre grupos,
clases sociales y Países, a los antagonismos ideológicos todavía no apagados;
desde la contraposición de intereses económicos, a las polarizaciones
políticas; desde las divergencias tribales a las discriminaciones por motivos
socio religiosos.
Por lo demás, algunas realidades que están ante los ojos de todos,
vienen a ser como el rostro lamentable de la división de la que son fruto, a la
vez que ponen de manifiesto su gravedad con irrefutable concreción. Entre
tantos otros dolorosos fenómenos sociales de nuestro tiempo podemos traer a la
memoria:
- la conculcación de los
derechos fundamentales de la persona humana; en primer lugar el derecho a
la vida y a una calidad de vida digna; esto es tanto más escandaloso en
cuanto coexiste con una retórica hasta ahora desconocida sobre los mismos
derechos;
- las asechanzas y presiones
contra la libertad de los individuos y las colectividades, sin excluir la
tantas veces ofendida y amenazada libertad de abrazar, profesar y
practicar la propia fe;
- las varias formas de
discriminación: racial, cultural, religiosa, etc.;
- la violencia y el
terrorismo;
- el uso de la tortura y de
formas injustas e ilegítimas de represión; — la acumulación de armas
convencionales o atómicas; la carrera de armamentos, que implica gastos
bélicos que podrían servir para aliviar la pobreza inmerecida de pueblos
social y económicamente deprimidos;
- la distribución inicua de
las riquezas del mundo y de los bienes de la civilización que llega a su
punto culminante en un tipo de organización social en la que la distancia
en las condiciones humanas entre ricos y pobres aumenta cada vez más[2].
La potencia arrolladora de esta división hace del mundo en que vivimos un
mundo desgarrado[3] hasta
en sus mismos cimientos.
Por otra parte, puesto que la Iglesia —aun sin identificarse con el
mundo ni ser del mundo— está inserta en el mundo
y se encuentra en diálogo con él[4],
no ha de causar extrañeza si se detectan en el mismo conjunto eclesial
repercusiones y signos de esa división que afecta a la sociedad humana. Además
de las escisiones ya existentes entre las Comunidades cristianas que la afligen
desde hace siglos, en algunos lugares la Iglesia de nuestro tiempo experimenta
en su propio seno divisiones entre sus mismos componentes, causadas por la
diversidad de puntos de vista y de opciones en campo doctrinal y pastoral[5].
También estas divisiones pueden a veces parecer incurables.
Sin embargo, por muy impresionantes que a primera vista puedan aparecer
tales laceraciones, sólo observando en profundidad se logra individuar su raíz:
ésta se halla en una herida en lo más íntimo del hombre.
Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado
original que cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia
recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de
su propia libertad.
Nostalgia de reconciliación
3. Sin embargo, la misma mirada inquisitiva, si es suficientemente
aguda, capta en lo más vivo de la división un inconfundible deseo, por parte de
los hombres de buena voluntad y de los verdaderos cristianos, de recomponer las
fracturas, de cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los niveles una
unidad esencial. Tal deseo comporta en muchos una verdadera nostalgia de
reconciliación, aun cuando no usen esta palabra.
Para algunos se trata casi de una utopía que podría convertirse en la
palanca ideal para un verdadero cambio de la sociedad; para otros, por el
contrario, es objeto de una ardua conquista y, por tanto, la meta a conseguir a
través de un serio esfuerzo de reflexión y de acción. En cualquier caso, la
aspiración a una reconciliación sincera y durable es, sin duda alguna, un móvil
fundamental de nuestra sociedad como reflejo de una incoercible voluntad de
paz; y —por paradójico que pueda parecer— lo es tan fuerte cuanto son
peligrosos los factores mismos de división.
Mas la reconciliación no puede ser menos profunda de cuanto es la
división. La nostalgia de la reconciliación y la reconciliación misma serán
plenas y eficaces en la medida en que lleguen —para así sanarla— a aquella
laceración primigenia que es la raíz de todas las otras, la cual consiste en el
pecado.
La mirada del Sínodo
4. Por lo tanto, toda institución u organización dedicada a servir al
hombre e interesada en salvarlo en sus dimensiones fundamentales, debe dirigir
una mirada penetrante a la reconciliación, para así profundizar su significado
y alcance pleno, sacando las consecuencias necesarias en orden a la acción.
A esta mirada no podía renunciar la Iglesia de Jesucristo. Con
dedicación de Madre e inteligencia de Maestra, ella se aplica solícita y
atentamente, a recoger de la sociedad, junto con los signos de la división,
también aquellos no menos elocuentes y significativos de la búsqueda de una
reconciliación.
Ella, en efecto, sabe que le ha sido dada, de modo especial, la posibilidad
y le ha sido asignada la misión de hacer conocer el verdadero sentido
—profundamente religioso— y las dimensiones integrales de la reconciliación,
contribuyendo así, aunque sólo fuera con esto, a aclarar los términos
esenciales de la cuestión de la unidad y de la paz.
Mis Predecesores no han cesado de predicar la reconciliación, de invitar
hacia ella a la humanidad entera, así como a todo grupo o porción de la
comunidad humana que veían lacerada y dividida[6].
Y yo mismo, por un impulso interior que —estoy seguro— obedecía a la vez a la
inspiración de lo alto y a las llamadas de la humanidad, he querido —en dos
modos diversos, pero ambos solemnes y exigentes— someter a serio examen el tema
de la reconciliación: en primer lugar convocando la VI Asamblea General del
Sínodo de los Obispos; en segundo lugar , haciendo de la reconciliación el centro
del Año jubilar convocado para celebrar el 1950 aniversario de la Redención[7].
A la hora de señalar un tema al Sínodo, me he encontrado plenamente de acuerdo
con el sugerido por numerosos Hermanos míos en el episcopado, esto es, el tema
tan fecundo de la reconciliación en relación estrecha con el
de la penitencia[8].
El término y el concepto mismo de penitencia son muy
complejos. Si la relacionamos con metánoia, al que se refieren los
sinópticos, entonces penitencia significa el cambio
profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios
y en la perspectiva del Reino[9].
Pero penitencia quiere también decir cambiar la vida en
coherencia con el cambio de corazón, y en este sentido el hacer
penitencia se completa con el de dar frutos dignos de
penitencia[10];
toda la existencia se hace penitencia orientándose a un continuo caminar hacia
lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es algo auténtico y
eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de penitencia. En este
sentido, penitencia significa, en el vocabulario cristiano
teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo
concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para
perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla[11];
para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo;[12] para
superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo
que es espiritual[13];
para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de
arriba donde está Cristo[14].
La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a las
obras y, consiguientemente, a la vida entera del
cristiano.
En cada uno de estos significados penitencia está
estrechamente unida a reconciliación, puesto que reconciliarse con
Dios, consigo mismo y con los demás presupone superar la ruptura radical que es
el pecado, lo cual se realiza solamente a través de la transformación interior
o conversión que fructifica en la vida mediante los actos de
penitencia.
El documento-base del Sínodo (también llamado Lineamenta), que
fue preparado con el único objetivo de presentar el tema acentuando algunos de
sus aspectos fundamentales, ha permitido a las Comunidades eclesiales
existentes en todo el mundo reflexionar durante casi dos años sobre estos
aspectos de una cuestión —la de la conversión y reconciliación— que a todos
interesa, y de sacar al mismo tiempo un renovado impulso para la vida y el
apostolado cristiano. La reflexión ha sido ulteriormente profundizada como
preparación inmediata a los trabajos sinodales, gracias al Instrumentum
laboris enviado en su día a los Obispos y sus colaboradores. Por
último, durante todo un mes, los Padres sinodales, asistidos por cuantos fueron
llamados a la reunión propiamente dicha, han tratado con gran sentido de
responsabilidad dicho tema junto con las numerosas y variadas cuestiones
relacionadas con él. La discusión, el estudio en común, la asidua y minuciosa
investigación, han dado como resultado un amplio y valioso tesoro que han
recogido en su esencia las Propositiones finales.
La mirada del Sínodo no ignora los actos de reconciliación (algunos de
los cuales pasan casi inobservados a fuer de cotidianos) que en diversas
medidas sirven para resolver tantas tensiones, superar tantos conflictos y
vencer pequeñas y grandes divisiones reconstruyendo la unidad. Mas la
preocupación principal del Sínodo era la de encontrar en lo profundo de estos
actos aislados su raíz escondida, o sea, una reconciliación, por así decir
fontal, que obra en el corazón y en la conciencia del hombre.
El carisma y, al mismo tiempo, la originalidad de la Iglesia en lo que a
la reconciliación se refiere, en cualquier nivel haya de actuarse, residen en
el hecho de que ella apela siempre a aquella reconciliación fontal. En efecto,
en virtud de su misión esencial, la Iglesia siente el deber de llegar hasta las
raíces de la laceración primigenia del pecado, para lograr su curación y
restablecer, por así decirlo, una reconciliación también primigenia que sea
principio eficaz de toda verdadera reconciliación. Esto es lo que la Iglesia ha
tenido ante los ojos y ha propuesto mediante el Sínodo.
De esta reconciliación habla la Sagrada Escritura, invitándonos a hacer
por ella toda clase de esfuerzos[15];
pero al mismo tiempo nos dice que es ante todo un don misericordioso de Dios al
hombre[16].
La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada
hombre de cualquier época— es la historia admirable de la reconciliación:
aquella por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre
y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva
familia de reconciliados.
La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura —la del
pecado— de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más
íntimo del hombre y en su entorno.
Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente la
liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por
lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión y reconciliación; es
imposible disociar las dos realidades o hablar de una silenciando la otra.
El Sínodo ha hablado, al mismo tiempo, de la reconciliación de toda la
familia humana y de la conversión del corazón de cada persona, de su retorno a
Dios, queriendo con ello reconocer y proclamar que la unión de los hombres no
puede darse sin un cambio interno de cada uno. La corversión personal es
la vía necesaria para la concordia entre las personas[17].
Cuando la Iglesia proclama la Buena Nueva de la reconciliación, o propone
llevarla a cabo a través de los Sacramentos, realiza una verdadera función
profética, denunciando los males del hombre en la misma fuente contaminada,
señalando la raíz de las divisiones e infundiendo la esperanza de poder superar
las tensiones y los conflictos para llegar a la fraternidad, a la concordia y a
la paz a todos los niveles y en todos los sectores de la sociedad humana. Ella
cambia una condición histórica de odio y de violencia en una civilización del
amor; está ofreciendo a todos el principio evangélico y sacramental de aquella
reconciliación fontal, de la que brotan todos los demás gestos y actos de
reconciliación, incluso a nivel social.
De tal reconciliación, fruto de la conversión, deseo tratar en esta
Exhortación. De hecho, una vez más —como ya había sucedido al concluir las tres
Asambleas precedentes del Sínodo— los mismos Padres han querido hacer entrega
al Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal y Cabeza del Colegio
Episcopal, en su calidad de Presidente del Sínodo, las conclusiones de su
trabajo. Por mi parte he aceptado, cual grave y grato deber de mi ministerio,
la tarea de extraer de la ingente riqueza del Sínodo un mensaje doctrinal y
pastoral sobre el tema de reconciliación y penitencia para ofrecerlo al Pueblo
de Dios como fruto del Sínodo mismo.
En la primera parte me propongo tratar de la Iglesia en el cumplimiento
de su misión reconciliadora, en la obra de conversión de los corazones en orden
a un renovado abrazo entre el hombre y Dios, entre el hombre y su hermano,
entre el hombre y todo lo creado. En la segunda parte se indicará la causa
radical de toda laceración o división entre los hombres y, ante todo, con
respecto a Dios: el pecado. Por último señalaré aquellos medios que permiten a
la Iglesia promover y suscitar la reconciliación plena de los hombres con Dios
y, por consiguiente, de los hombres entre sí.
El Documento que ahora entrego a los hijos de la Iglesia, —mas también a
todos aquellos que, creyentes o no, miran hacia ella con interés y ánimo
sincero— desea ser una respuesta obligada a todo aquello que el Sínodo me ha
pedido. Pero es también —quiero aclararlo en honor a la verdad y la justicia—
obra del mismo Sínodo. De hecho, el contenido de estas páginas proviene del
Sínodo mismo: de su preparación próxima y remota, del Instrumentum laboris,
de las intervenciones en el aula sinodal y en los circuli minores y,
sobre todo, de las sesenta y tres Propositiones. Encontramos aquí
el fruto del trabajo conjunto de los Padres, entre los cuales no faltaban los
representantes de las Iglesias Orientales, cuyo patrimonio teológico,
espiritual y litúrgico, es tan rico y digno de veneración también en la materia
que aquí interesa. Además ha sido el Consejo de la Secretaría del Sínodo el que
ha examinado en dos importantes sesiones los resultados y las orientaciones de
la reunión sinodal apenas concluida, el que ha puesto en evidencia la dinámica
de las susodichas Propositiones y, finalmente, ha trazado las
líneas consideradas más idóneas para la redacción del presente documento.
Expreso mi agradecimiento a todos los que han realizado este trabajo, mientras
fiel a mi misión, deseo transmitir aquí lo que del tesoro doctrinal y pastoral
del Sínodo me parece providencial para la vida de tantos hombres en esta hora
magnífica y difícil de la historia.
Conviene hacerlo —y resulta altamente significativo— mientras todavía
está vivo el recuerdo del Año Santo, totalmente vivido bajo el signo de la
penitencia, conversión y reconciliación.
Ojalá que esta Exhortación que confío a mis Hermanos en el Episcopado y
a sus colaboradores, los Presbíteros y Diáconos, los Religiosos y Religiosas, a
todos los fieles y a todos los hombres y mujeres de conciencia recta, sea no
solamente un instrumento de purificación, de enriquecimiento y afianzamiento de
la propia fe personal, sino también levadura capaz de hacer crecer en el
corazón del mundo la paz y la fraternidad, la esperanza y la alegría, valores
que brotan del Evangelio escuchado, meditado y vivido día a día a ejemplo de
María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual Dios se ha
complacido en reconciliar consigo todas las cosas[18].
PRIMERA PARTE
CONVERSIÓN Y RECONCILIACIÓN
TAREA Y EMPEÑO DE LA IGLESIA
TAREA Y EMPEÑO DE LA IGLESIA
CAPÍTULO PRIMERO
UNA PARÁBOLA DE LA RECONCILIACIÓN
5. Al comienzo de esta Exhortación Apostólica se presenta a mi espíritu
la página extraordinaria de S. Lucas, que ya he tratado de ilustrar en un Documento
mío anterior[19].
Me refiero a la parábola del hijo pródigo[20].
Del hermano que estaba perdido...
«Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre,
dame la parte de herencia que me corresponde", dice Jesús poniendo al vivo
la dramática vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el
despilfarro de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos
días de la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad perdida, de la
humillación y la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la
valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado
al hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre lo había
esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por el regreso
de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido
encontrado».
El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación
de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia;
caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había
fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo
todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el
deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios
anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el
banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.
Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del
padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto
a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un don
del Padre celestial.
...al hermano que se quedó en casa
6. Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor que rechaza
su puesto en el banquete. Este reprocha al hermano más joven sus descarríos y
al padre la acogida dispensada al hijo pródigo mientras que a él, sobrio y
trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido —dice— celebrar
una fiesta con los amigos. Señal de que no ha entendido la bondad del padre.
Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos,
celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se
reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud
la fiesta del encuentro y del hallazgo.
El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo lo
hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los
demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo
enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo[21].
También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse.
La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del
gran amor de un padre —Dios— que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la
reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano
mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la
historia de la familia humana: señala nuestra situación e indica la vía a
seguir. El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los brazos del
padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en el fondo de su
propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin
reservas, que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente es posible
si brota de una primera y fundamental reconciliación, la que lleva al hombre de
la lejanía a la amistad filial con Dios, en quien reconoce su infinita
misericordia. Sin embargo, si se lee la parábola desde la perspectiva del otro
hijo, en ella se describe la situación de la familia humana dividida por los
egoísmos, arroja luz sobre las dificultades para secundar el deseo y la
nostalgia de una misma familia reconciliada y unida; reclama por tanto la
necesidad de una profunda transformación de los corazones y el descubrimiento
de la misericordia del Padre y de la victoria sobre la incomprensión y las
hostilidades entre hermanos.
A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que borra el
pecado, la Iglesia, haciendo suya la llamada allí contenida, comprende,
siguiendo las huellas del Señor, su misión de trabajar por la conversión de los
corazones y por la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, dos
realidades íntimamente unidas.
CAPÍTULO SEGUNDO
A LAS FUENTES DE LA RECONCILIACIÓN
En la luz de Cristo reconciliador
7. Como se deduce de la parábola del hijo pródigo, la reconciliación es
un don de Dios, una iniciativa suya. Mas nuestra
fe nos enseña que esta iniciativa se concreta en el misterio de Cristo
redentor, reconciliador, que libera al hombre del pecado en todas sus formas.
El mismo S. Pablo no duda en resumir en dicha tarea y función la misión
incomparable de Jesús de Nazaret, Verbo e Hijo de Dios hecho hombre.
También nosotros podemos partir de este misterio central de la
economía de la salvación, punto clave de la cristología del Apóstol.
«Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo —escribe a los Romanos— mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su
vida. Y no solo reconciliados, sino que nos gloriamos en Dios Nuestro Señor
Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación»[22].
Puesto que «Dios nos ha reconciliado con sí por medio de Cristo», Pablo se siente
inspirado a exhortar a los cristianos de Corinto: «Reconciliaos con Dios»[23].
De esta misión reconciliadora mediante la muerte en la cruz hablaba, en
otros términos, el evangelista Juan al observar que Cristo debía morir «para
reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos»[24].
Pero S. Pablo nos permite ampliar más aún nuestra visión de la obra de
Cristo a dimensiones cósmicas, cuando escribe que en Él, el Padre ha reconciliado
consigo todas las criaturas, las del cielo y las de la tierra[25].
Con razón se puede decir de Cristo redentor que «en el tiempo de la ira ha sido
hecho reconciliación»[26] y
que, si Él es «nuestra paz»[27] es
también nuestra reconciliación.
Con toda razón, por tanto, su pasión y muerte, renovadas
sacramentalmente en la Eucaristía, son llamadas por la liturgia «Sacrificio de
reconciliación»[28]:
reconciliación con Dios, y también con los hermanos, puesto que Jesús mismo nos
enseña que la reconciliación fraterna ha de hacerse antes del sacrificio[29].
Por consiguiente, partiendo de estos y de otros autorizados y
significativos lugares neotestamentarios, es legítimo hacer converger las
reflexiones acerca de todo el misterio de Cristo en torno a su misión de
reconciliador.
Una vez más se ha de proclamar la fe de la Iglesia en el acto redentor
de Cristo, en el misterio pascual de su muerte y resurrección, como causa de la
reconciliación del hombre en su doble aspecto de liberación del pecado y de
comunión de gracia con Dios.
Y precisamente ante el doloroso cuadro de las divisiones y de las
dificultades de la reconciliación entre los hombres, invito a mirar
hacia el mysterium Crucis como al drama más alto en el que
Cristo percibe y sufre hasta el fondo el drama de la división del hombre con
respecto a Dios, hasta el punto de gritar con las palabras del Salmista: «Dios
mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?»[30],
llevando a cabo, al mismo tiempo, nuestra propia reconciliación.
La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos recordar siempre
aquella dimensión «vertical» de la división y de la
reconciliación en lo que respecta a la relación hombre-Dios, que para la mirada
de la fe prevalece siempre sobre la dimensión «horizontal»,
esto es, sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la
reconciliación entre los hombres. Nosotros sabemos, en efecto, que tal
reconciliación entre los mismos no es y no puede ser sino el fruto del acto
redentor de Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado,
restablecer la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación[31] que
el pecado había levantado entre los hombres.
La Iglesia reconciliadora
8. Pero como decía San León Magno hablando de la pasión de Cristo, «todo
lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo
conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo
sentimos también en la eficacia de lo que él realiza en el presente»[32].
Experimentamos la reconciliación realizada en su humanidad mediante la
eficacia de los sagrados misterios celebrados por su Iglesia, por la que Él se
entregó a sí mismo y la ha constituido signo y, al mismo tiempo, instrumento de
salvación.
Así lo afirma San Pablo cuando escribe que Dios ha dado a los apóstoles
de Cristo una participación en su obra reconciliadora. «Dios —nos dice— ha
confiado el misterio de la reconciliación ... y la palabra de reconciliación»[33].
En las manos y labios de los apóstoles, sus mensajeros, el Padre ha
puesto misericordiosamente un ministerio de reconciliación que
ellos llevan a cabo de manera singular, en virtud del poder de actuar «in
persona Christi». Mas también a toda la comunidad de los creyentes, a todo
el conjunto de la Iglesia, le ha sido confiada la palabra de
reconciliación, esto es, la tarea de hacer todo lo posible para dar
testimonio de la reconciliación y llevarla a cabo en el mundo.
Se puede decir que también el Concilio Vaticano II, al definir la
Iglesia como un «sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima unión con
Dios y de la unidad de todo el género humano», —y al señalar como función suya
la de lograr la «plena unidad en Cristo» para «todos los hombres, unidos hoy
más íntimamente por toda clase de relaciones»[34]—
reconocía que la Iglesia debe buscar ante todo llevar a los hombres a la
reconciliación plena.
En conexión íntima con la misión de Cristo se puede, pues, condensar la
misión —rica y compleja— de la Iglesia en la tarea —central para ella— de la
reconciliación del hombre: con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo
lo creado; y esto de modo permanente, porque —como he dicho en otra ocasión—
«la Iglesia es por su misma naturaleza siempre reconciliadora»[35].
La Iglesia es reconciliadora en cuanto proclama el mensaje de la
reconciliación, como ha hecho siempre en su historia desde el Concilio
apostólico de Jerusalén[36] hasta
el último Sínodo y el reciente Jubileo de la Redención. La originalidad de esta
proclamación estriba en el hecho de que para la Iglesia la reconciliación está
estrechamente relacionada con la conversión del corazón; éste es el camino
obligado para el entendimiento entre los seres humanos.
La Iglesia es reconciliadora también en cuanto muestra al hombre las
vías y le ofrece los medios para la antedicha cuádruple reconciliación. Las
vías son, en concreto, las de la conversión del corazón y de la victoria sobre
el pecado, ya sea éste el egoísmo o la injusticia, la prepotencia o la
explotación de los demás, el apego a los bienes materiales o la búsqueda
desenfrenada del placer. Los medios son: el escuchar fiel y amorosamente la
Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria y, sobre todo, los
sacramentos, verdaderos signos e instrumentos de reconciliación entre los que
destaca —precisamente bajo este aspecto— el que con toda razón llamamos
Sacramento de reconciliación o de la Penitencia, sobre el cual volveremos más
adelante.
La Iglesia reconciliada
9. Mi venerado Predecesor Pablo VI ha tenido el mérito de poner en claro
que, para ser evangelizadora, la Iglesia debe comenzar mostrándose ella misma
evangelizada, esto es, abierta al anuncio pleno e íntegro de la Buena Nueva de
Jesucristo, escuchándola y poniéndola en práctica[37].
También yo, al recoger en un documento orgánico las reflexiones de la IV
Asamblea General del Sínodo, he hablado de una Iglesia que se catequiza en la
medida en que lleva a cabo la catequesis[38].
Dado que también se aplica al tema que estoy tratando, no dudo ahora en
volver a tomar la comparación para reafirmar que la Iglesia, para ser reconciliadora,
ha de comenzar por ser una Iglesia reconciliada. En esta expresión
simple y clara subyace la convicción de que la Iglesia, para anunciar y
promover de modo más eficaz al mundo la reconciliación, debe convertirse cada
vez más en una comunidad (aunque se trate de la «pequeña grey» de los primeros
tiempos) de discípulos de Cristo, unidos en el empeño de convertirse
continuamente al Señor y de vivir como hombres nuevos en el espíritu y práctica
de la reconciliación.
Frente a nuestros contemporáneos —tan sensibles a la prueba del
testimonio concreto de vida— la Iglesia está llamada a dar ejemplo de
reconciliación ante todo hacia dentro; por esta razón, todos debemos
esforzarnos en pacificar los ánimos, moderar las tensiones, superar las
divisiones, sanar las heridas que se hayan podido abrir entre hermanos, cuando
se agudiza el contraste de las opciones en el campo de lo opinable, buscando
por el contrario, estar unidos en lo que es esencial para la fe y para la vida
cristiana, según la antigua máxima: In dubiis libertas, in necessariis
unitas, in omnibus caritas.
Según este mismo criterio, la Iglesia debe poner en acto también su
dimensión ecuménica. En efecto, para ser enteramente reconciliada, ella sabe
que ha de proseguir en la búsqueda de la unidad entre aquellos que se honran en
llamarse cristianos, pero que están separados entre sí —incluso en cuanto
Iglesias o Comuniones— y de la Iglesia de Roma. Esta busca una unidad que, para
ser fruto y expresión de reconciliación verdadera, no trata de fundarse ni
sobre el disimulo de los puntos que dividen, ni en compromisos tan fáciles
cuanto superficiales y frágiles. La unidad debe ser el resultado de una
verdadera conversión de todos, del perdón recíproco, del diálogo teológico y de
las relaciones fraternas, de la oración, de la plena docilidad a la acción del
Espíritu Santo, que es también Espíritu de reconciliación.
Por último, la Iglesia para que pueda decirse plenamente reconciliada,
siente que ha de empeñarse cada vez más en llevar el Evangelio a todas las
gentes, promoviendo el «diálogo de la salvación»[39],
a aquellos amplios sectores de la humanidad en el mundo contemporáneo que no
condividen su fe y que, debido a un creciente secularismo, incluso toman sus
distancias respecto de ella o le oponen una fría indiferencia, si no la
obstaculizan y la persiguen. La Iglesia siente el deber de repetir a todos con
San Pablo: «Reconciliaos con Dios»[40].
En cualquier caso, la Iglesia promueve una reconciliación en la
verdad, sabiendo bien que no son posibles ni la reconciliación ni la unidad
contra o fuera de la verdad.
CAPÍTULO TERCERO
LA INICIATIVA DE DIOS Y EL MINISTERIO
DE LA IGLESIA
10. Por ser una comunidad reconciliada y reconciliadora, la Iglesia no
puede olvidar que en el origen mismo de su don y de su misión reconciliadora se
halla la iniciativa llena de amor compasivo y misericordioso del Dios que es
amor[41] y
que por amor ha creado a los hombres[42];
los ha creado para que vivan en amistad con Él y en mutua comunión.
La reconciliación viene de Dios
Dios es fiel a su designio eterno incluso cuando el hombre, empujado por
el Maligno[43] y
arrastrado por su orgullo, abusa de la libertad que le fue dada para amar y
buscar el bien generosamente, negándose a obedecer a su Señor y Padre; continúa
siéndolo incluso cuando el hombre, en lugar de responder con amor al amor de
Dios, se le enfrenta como a un rival, haciéndose ilusiones y presumiendo de sus
propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquel que lo
creó. A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios permanece fiel al
amor. Ciertamente, la narración del paraíso del Edén nos hace meditar sobre
las funestas consecuencias del rechazo del Padre, lo cual se traduce en un desorden
en el interior del hombre y en la ruptura de la armonía entre hombre y mujer,
entre hermano y hermano[44].
También la parábola evangélica de los dos hijos —que de formas diversas se
alejan del padre, abriendo un abismo entre ellos— es significativa. El rechazo
del amor paterno de Dios y de sus dones de amor está siempre en la raíz de las
divisiones de la humanidad.
Pero nosotros sabemos que Dios «rico en misericordia»[45] a
semejanza del padre de la parábola, no cierra el corazón a ninguno de sus
hijos. Él los espera, los busca, los encuentra donde el rechazo de la comunión
los hace prisioneros del aislamiento y de la división, los llama a reunirse en
torno a su mesa en la alegría de la fiesta del perdón y de la reconciliación.
Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta en el acto redentor de
Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio de la Iglesia.
En efecto, según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo hombre y ha venido
a habitar la tierra de los hombres; ha entrado en la historia del mundo,
asumiéndola y recapitulándola en sí[46].
Él nos ha revelado que Dios es amor y que nos ha dado el «mandamiento nuevo»[47] del
amor, comunicándonos al mismo tiempo la certeza de que la vía del amor se abre
a todos los hombres, de tal manera que el esfuerzo por instaurar la fraternidad
universal no es vano[48].
Venciendo con la muerte en la cruz el mal y el poder del pecado con su total
obediencia de amor, Él ha traído a todos la salvación y se ha hecho
«reconciliación» para todos. En Él Dios ha reconciliado al hombre consigo
mismo.
La Iglesia, continuando el anuncio de reconciliación que Cristo hizo
resonar por las aldeas de Galilea y de toda Palestina[49],
no cesa de invitar a la humanidad entera a convertirse y a creer en la Buena
Nueva. Ella habla en nombre de Cristo, haciendo suya la apelación del apóstol
Pablo que ya hemos mencionado: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si
Dios os exhortase por medio de nosotros. Por eso os rogamos: reconciliaos con
Dios»[50].
Quien acepta esta llamada entra en la economía de la reconciliación y
experimenta la verdad contenida en aquel otro anuncio de San Pablo, según el
cual Cristo «es nuestra paz; él hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro
de separación, la enemistad... estableciendo la paz, y reconciliándolos a ambos
en un solo cuerpo con Dios por la cruz»[51].
Aunque este texto se refiere directamente a la superación de la división
religiosa dentro de Israel en cuanto pueblo elegido del Antiguo Testamento y a
los otros pueblos llamados todos ellos a formar parte de la Nueva Alianza, en
él encontramos, sin embargo, la afirmación de la nueva universalidad
espiritual, querida por Dios y por Él realizada mediante el sacrificio de su
Hijo, el Verbo hecho hombre, en favor de todos aquellos que se convierten y
creen en Cristo, sin exclusiones ni limitaciones de ninguna clase. Por tanto,
todos —cada hombre, cada pueblo— hemos sido llamados a gozar de los frutos de
esta reconciliación querida por Dios.
La Iglesia, gran sacramento de reconciliación
11. La Iglesia tiene la misión de anunciar esta reconciliación y de ser
el sacramento de la misma en el mundo. Sacramento, o sea, signo e
instrumento de reconciliación es la Iglesia por diferentes títulos de diverso
valor, pero todos ellos orientados a obtener lo que la iniciativa divina de
misericordia quiere conceder a los hombres.
Lo es, sobre todo, por su existencia misma de comunidad reconciliada,
que testimonia y representa en el mundo la obra de Cristo.
Además, lo es por su servicio como guardiana e intérprete de la Sagrada
Escritura, qu es gozosa nueva de reconciliación en cuanto que, generación tras
generación, hace conocer el designio amoroso de Dios e indica a cada una de
ellas los caminos de la reconciliación universal en Cristo.
Por último, lo es también por los siete sacramentos que, cada uno de
ellos en modo peculiar «edifican la Iglesia»[52].
De hecho, puesto que conmemoran y renuevan el misterio de la Pascua de Cristo,
todos los sacramentos son fuente de vida para la Iglesia y, en sus manos,
instrumentos de conversión a Dios y de reconciliación de los hombres.
Otras vías de reconciliación
12. La misión reconciliadora es propia de toda la Iglesia, y en modo
particular de aquella que ya ha sido admitida a la participación plena de la
gloria divina con la Virgen María, con los Ángeles y los Santos, que contemplan
y adoran al Dios tres veces santo. Iglesia del cielo, Iglesia de la tierra e
Iglesia del purgatorio están misteriosamente unidas en esta cooperación con
Cristo en reconciliar el mundo con Dios.
La primera vía de esta acción salvífica es la oración. Sin duda la
Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia[53],
y los Santos, que llegaron ya al final del camino terreno y gozan de la gloria
de Dios, sostienen con su intercesión a sus hermanos peregrinos en el mundo, en
un esfuerzo de conversión, de fe, de levantarse tras cada caída, de acción para
hacer crecer la comunión y la paz en la Iglesia y en el mundo. En el misterio
de la comunión de los Santos la reconciliación universal se actúa en su forma
más profunda y más fructífera para la salvación común.
Existe además otra vía: la de la predicación. Siendo discípula del único
Maestro Jesucristo, la Iglesia, a su vez, como Madre y Maestra, no se cansa de
proponer a los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la malicia del
pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los
hombres «reconciliarse con Dios». En realidad esta es su misión profética en el
mundo de hoy como en el de ayer; es la misma misión de su Maestro y Cabeza,
Jesús. Como Él, la Iglesia realizará siempre tal misión con sentimientos de
amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón y la invitación a la
esperanza que viene de la cruz.
Existe también la vía, frecuentemente difícil y áspera, de la acción
pastoral para devolver a cada hombre —sea quien sea y dondequiera se halle— al
camino, a veces largo, del retorno al Padre en comunión con todos los hermanos.
Existe, finalmente, la vía, casi siempre silenciosa, del testimonio, la
cual nace de una doble convicción de la Iglesia: la de ser en sí misma
«indefectiblemente santa»[54],
pero a la vez necesitada de ir «purificándose día a día hasta que Cristo la
haga comparecer ante sí gloriosa, sin manchas ni arrugas» pues, a causa de
nuestros pecados a veces «su rostro resplandece menos» a los ojos de quien la
mira[55].
Este testimonio no puede menos de asumir dos aspectos fundamentales: ser signo
de aquella caridad universal que Jesucristo ha dejado como herencia a sus
seguidores cual prueba de pertenecer a su reino, y traducirse en obras siempre
nuevas de conversión y de reconciliación dentro y fuera de la Iglesia, con la
superación de las tensiones, el perdón recíproco, y con el crecimiento del
espíritu de fraternidad y de paz que ha de propagar en el mundo entero. A lo
largo de esta vía la Iglesia podrá actuar eficazmente para que pueda surgir la
que mi Predecesor Pablo VI llamó la «civilización del amor».
SEGUNDA PARTE
EL AMOR MÁS GRANDE QUE EL PECADO
El drama del hombre
13.
Como escribe el apóstol San Juan: «Si decimos que estamos sin pecado, nos
engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros. Si reconocemos
nuestros pecados, Él que es fiel y justo nos perdonará los pecados»[56].
Estas palabras inspiradas, escritas en los albores de la Iglesia, nos
introducen mejor que cualquier otra expresión humana en el tema del pecado, que
está íntimamente relacionado con el de la reconciliación. Tales palabras
enfocan el problema del pecado en su perspectiva antropológica como parte
integrante de la verdad sobre el hombre, mas lo encuadran inmediatamente en el
horizonte divino, en el que el pecado se confronta con la verdad del amor
divino, justo, generoso y fiel, que se manifiesta sobre todo con el perdón y la
redención. Por ello, el mismo San Juan escribe un poco más adelante que «si
nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón»[57].
Reconocer
el propio pecado, es más, —yendo aún más a fondo en la
consideración de la propia personalidad— reconocerse pecador, capaz
de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a
Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien «tras haber cometido el mal a
los ojos del Señor», al ser reprendido por el profeta Natán[58] exclama:
«Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti sólo
pequé, cometí la maldad que aborreces»[59].
El mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo pródigo aquellas
significativas palabras: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»[60].
En
realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y
determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por
consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del
término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de
arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta
es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que
se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión
solamente en términos abstractos.
En
la condición concreta del hombre pecador, donde no puede existir conversión sin
el reconocimiento del propio pecado, el ministerio de reconciliación de la
Iglesia interviene en cada caso con una finalidad claramente penitencial, esto
es, la de conducir al hombre al «conocimiento de sí mismo» según la expresión
de Santa Catalina de Siena[61];
a apartarse del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la reforma
interior, a la nueva conversión eclesial. Podría incluso decirse que más allá
del ámbito de la Iglesia y de los creyentes, el mensaje y el ministerio de la penitencia
son dirigidos a todos los hombres, porque todos tienen necesidad de conversión
y reconciliación[62].
Para
llevar a cabo de modo adecuado dicho ministerio penitencial, es necesario,
además, superar con los «ojos iluminados»[63] de
la fe, las consecuencias del pecado, que son motivo de división y de ruptura,
no sólo en el interior de cada hombre, sino también en los diversos círculos en
que él vive: familiar, ambiental, profesional, social, como tantas veces se
puede constatar experimentalmente, y como confirma la página bíblica sobre la
ciudad de Babel y su torre[64].
Afanados en la construcción de lo que debería ser a la vez símbolo y centro de
unidad, aquellos hombres vienen a encontrarse más dispersos que antes,
confundidos en el lenguaje, divididos entre sí, e incapaces de ponerse de
acuerdo.
¿Por
qué falló aquel ambicioso proyecto? ¿Por qué «se cansaron en vano los
constructores»?[65] Porque
los hombres habían puesto como señal y garantía de la deseada unidad solamente
una obra de sus manos olvidando la acción del Señor. Habían optado por la sola
dimensión horizontal del trabajo y de la vida social, no prestando atención a
aquella vertical con la que se hubieran encontrado enraizados en Dios, su
Creador y Señor, y orientados hacia Él como fin último de su camino.
Ahora
bien, se puede decir que el drama del hombre de hoy —como el del hombre de
todos los tiempos— consiste precisamente en su carácter babélico.
CAPÍTULO PRIMERO
EL MISTERIO DEL PECADO
14. Si leemos la página bíblica de la ciudad y de la torre de Babel a la
nueva luz del Evangelio, y la comparamos con aquella otra página sobre la caída
de nuestros primeros padres, podemos sacar valiosos elementos para una toma de
conciencia del misterio del pecado. Esta expresión, en la que
resuena el eco de lo que escribe San Pablo sobre el misterio de la
iniquidad[66],
se orienta a hacernos percibir lo que de oscuro e inaprensible se oculta en el
pecado. Este es sin duda, obra de la libertad del hombre; mas dentro de su
mismo peso humano obran factores por razón de los cuales el pecado se sitúa mas
allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia, la voluntad y la
sensibilidad del hombre están en contacto con las oscuras fuerzas que, según
San Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse de él[67].
La desobediencia a Dios
De la narración bíblica referente a la construcción de la torre de Babel
emerge un primer elemento que nos ayuda a comprender el pecado: los hombres han
pretendido edificar una ciudad, reunirse en un conjunto social, ser fuertes y
poderosos sin Dios, o incluso contra Dios[68].
En este sentido, la narración del primer pecado en el Edén y la narración de
Babel, a pesar de las notables diferencias de contenido y de forma entre ellas,
tienen un punto de convergencia: en ambas nos encontramos ante una exclusión
de Dios, por la oposición frontal a un mandamiento suyo, por un gesto de
rivalidad hacia él, por la engañosa pretensión de ser «como él»[69].
En la narración de Babel la exclusión de Dios no aparece en
clave de contraste con él, sino como olvido e indiferencia ante él; como si
Dios no mereciese ningún interés en el ámbito del proyecto operativo y
asociativo del hombre. Pero en ambos casos la relación con Dios es rota con
violencia. En el caso del Edén aparece en toda su gravedad y dramaticidad lo
que constituye la esencia más íntima y más oscura del pecado: la desobediencia
a Dios, a su ley, a la norma moral que él dio al hombre, escribiéndola en el
corazón y confirmándola y perfeccionándola con la revelación.
Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo de toda la historia humana
esto ha sido y es bajo formas diversas el pecado, que puede llegar hasta
la negación de Dios y de su existencia; es el fenómeno llamado
ateísmo. Desobediencia del hombre que no reconoce mediante un acto de su
libertad el dominio de Dios sobre la vida, al menos en aquel determinado
momento en que viola su ley.
La división entre hermanos
15. En las narraciones bíblicas antes recordadas, la ruptura con Dios
desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos.
En la descripción del «primer pecado», la ruptura con Yavé rompe al
mismo tiempo el hilo de la amistad que unía a la familia humana, de tal manera
que las páginas siguientes del Génesis nos muestran al hombre
y a la mujer como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro[70];
y más adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina quitándole la vida[71].
Según la narración de los hechos de Babel la consecuencia del pecado es
la desunión de la familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega
ahora al extremo en su forma social.
Quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar de considerar
esta concatenación de causa y efecto. En cuanto ruptura con Dios el pecado es
el acto de desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza
a aquel de quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto
suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios,
también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí
contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi
inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el
mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos
momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así como en la
realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden observarse repercusiones
y señales del desorden interior.
El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador
abre en su propio costado y en relación con el prójimo. Por consiguiente, se
puede hablar de pecado personal y social. Todo
pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo
pecado es social, en cuanto y debido a que tiene también
consecuencias sociales.
Pecado personal y pecado social
16. El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la
persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de
un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar condicionado, apremiado,
empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto
también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no
pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o
menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad.
Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que
la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de
descargar en realidades externas —las estructuras, los sistemas, los demás— el
pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad
y la libertad de la persona, que se revelan —aunque sea de modo tan negativo y
desastroso— también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en
cada hombre no existe nada tan personal e intrasferible como el mérito de la
virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más
importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la
relación de éste con Dios —que es el fundamento mismo de la vida humana— y en
su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia.
Llegados a este punto hemos de preguntarnos a qué realidad se referían
los que, en la preparación del Sínodo y durante los trabajos sinodales,
mencionaron con cierta frecuencia el pecado social.
La expresión y el concepto que a ella está unido, tienen, en verdad,
diversos significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo,
reconocer que, en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e
imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta
manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel
religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión
de los santos, merced a la cual se ha podido decir que «toda alma que se
eleva, eleva al mundo»[72].
A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la
ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del
pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la
Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado
alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que
afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o
menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda
la familia humana. Según esta primera acepción, se puede atribuir
indiscutiblemente a cada pecado el carácter de pecado social.
Algunos pecados, sin embargo, constituyen, por su mismo objeto, una
agresión directa contra el prójimo y —más exactamente según el lenguaje
evangélico— contra el hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al
prójimo. A estos pecados se suele dar el nombre de sociales, y ésta
es la segunda acepción de la palabra. En este sentido es social el
pecado contra el amor del prójimo, que viene a ser mucho más grave en la ley de
Cristo porque está en juego el segundo mandamiento que es «semejante al
primero»[73].
Es igualmente social todo pecado cometido contra la justicia
en las relaciones tanto interpersonales como en las de la persona con la
sociedad, y aun de la comunidad con la persona. Es social todo
pecado cometido contra los derechos de la persona humana, comenzando por el
derecho a la vida, sin excluir la del que está por nacer, o contra la
integridad física de alguno; todo pecado contra la libertad ajena,
especialmente contra la suprema libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo
pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo
pecado contra el bien común y sus exigencias, dentro del amplio panorama de los
derechos y deberes de los ciudadanos. Puede ser social el
pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos, económicos y
sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan con sabiduría en el mejoramiento
o en la transformación de la sociedad según las exigencias y las posibilidades
del momento histórico; así como por parte de trabajadores que no cumplen con
sus deberes de presencia y colaboración, para que las fábricas puedan seguir
dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la sociedad.
La tercera acepción de pecado social se refiere a las
relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones no están
siempre en sintonía con el designio de Dios, que quiere en el mundo justicia,
libertad y paz entre los individuos, los grupos y los pueblos. Así la lucha de
clases, cualquiera que sea su responsable y, a veces, quien la erige en
sistema, es un mal social. Así la contraposición obstinada de los
bloques de Naciones y de una Nación contra la otra, de unos grupos contra otros
dentro de la misma Nación, es también un mal social. En ambos
casos, puede uno preguntarse si se puede atribuir a alguien la responsabilidad
moral de estos males y, por lo tanto, el pecado. Ahora bien, se debe pues
admitir que realidades y situaciones, como las señaladas, en su modo de
generalizarse y hasta agigantarse como hechos sociales, se convierten casi
siempre en anónimas, así como son complejas y no siempre identificables sus
causas. Por consiguiente, si se habla de pecado social, aquí la
expresión tiene un significado evidentemente analógico.
En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en
sentido analógico, no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de
los individuos, sino que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para
que cada uno tome su responsabilidad, con el fin de cambiar seria y
valientemente esas nefastas realidades y situaciones intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco hay que
añadir inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un significado de pecado
social, —por muy usual que sea hoy en algunos ambientes[74],—
que al oponer, no sin ambigüedad, pecado social y pecado
personal, lleva más o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar
lo personal, para admitir únicamente culpas y
responsabilidades sociales. Según este significado, que revela
fácilmente su derivación de ideologías y sistemas no cristianos —tal vez
abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus paladines—, prácticamente
todo pecado sería social, en el sentido de ser imputable no tanto a la
conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga entidad y colectividad
anónima, que podría ser la situación, el sistema, la sociedad, las estructuras,
la institución.
Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de
pecado o denuncia como pecados sociales determinadas
situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos
amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que
estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la
concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy
personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien,
pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados
males sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por
complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta
imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga
y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto,
las verdaderas responsabilidades son de las personas.
Una situación —como una institución, una estructura, una sociedad— no
es, de suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala
en sí misma.
En el fondo de toda situación de pecado hallamos
siempre personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación puede
cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales por la fuerza de la ley
o —como por desgracia sucede muy a menudo,— por la ley de la fuerza, en
realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca duración y, en definitiva,
vano e ineficaz, por no decir contraproducente, si no se convierten las
personas directa o indirectamente responsables de tal situación.
Mortal y venial
17. Pero he aquí, en el misterio del pecado, una nueva dimensión sobre
la que la mente del hombre jamás ha dejado de meditar: la de su gravedad. Es
una cuestión inevitable, a la que la conciencia cristiana nunca ha renunciado a
dar una respuesta: ¿por qué y en qué medida el pecado es grave
en la ofensa que hace a Dios y en su repercusión sobre el hombre? La Iglesia
tiene su doctrina al respecto, y la reafirma en sus elementos esenciales, aun
sabiendo que no es siempre fácil, en las situaciones concretas, deslindar
netamente los confines.
Ya en el Antiguo Testamento, para no pocos pecados —los cometidos con
deliberación[75],
las diversas formas de impudicicia[76],
idolatría[77],
culto a los falsos dioses[78] —
se declaraba que el reo debía ser «eliminado de su pueblo», lo que podía
también significar ser condenado a muerte[79].
A estos pecados se contraponían otros, sobre todo los cometidos por ignorancia,
que eran perdonados mediante un sacrificio[80].
Refiriéndose también a estos textos, la Iglesia, desde hace siglos,
constantemente habla de pecado mortal y de pecado venial.
Pero esta distinción y estos términos se esclarecen sobre todo en el Nuevo
Testamento, donde se encuentran muchos textos que enumeran y reprueban con
expresiones duras los pecados particularmente merecedores de condena[81],
además de la ratificación del Decálogo hecha por el mismo Jesús[82].
Quiero referirme aqui de modo especial a dos páginas significativas e
impresionantes.
San Juan, en un texto de su primera Carta, habla de un pecado
que conduce a la muerte (pròs thánaton) en contraposición a un
pecado que no conduce a la muerte (mè pròs thánaton)[83].(83)
Obviamente, aquí el concepto de muerte es espiritual: se trata
de la pérdida de la verdadera vida o «vida eterna», que para Juan es el
conocimiento del Padre y del Hijo[84],
la comunión y la intimidad entre ellos. El pecado que conduce a la
muerte parece ser en este texto la negación del Hijo[85],
o el culto a las falsas divinidades[86].
De cualquier modo con esta distinción de conceptos, Juan parece querer acentuar
la incalculable gravedad de lo que es la esencia del pecado, el rechazo de
Dios, que se realiza sobre todo en la apostasía y en la idolatría,
o sea en repudiar la fe en la verdad revelada y en equiparar con Dios ciertas
realidades creadas, elevándolas al nivel de ídolos o falsos dioses[87].
Pero el Apóstol en esa página intenta también poner en claro la certeza que
recibe el cristiano por el hecho de ser «nacido de Dios» y por la venida del
Hijo: existe en él una fuerza que lo preserva de la caída del pecado; Dios lo
custodia, «el Maligno no lo toca». Porque si peca por debilidad o ignorancia,
existe en él la esperanza de la remisión, gracias también a la ayuda que le
proviene de la oración común de los hermanos.
En otro texto del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Mateo[88],
el mismo Jesús habla de una «blasfemia contra el Espíritu Santo», la cual es
«irremisible», ya que ella es, en sus manifestaciones, un rechazo obstinado de
conversión al amor del Padre de las misericordias.
Es claro que se trata de expresiones extremas y radicales del rechazo de
Dios y de su gracia y, por consiguiente, de la oposición al principio mismo de
la salvación[89],
por las que el hombre parece cerrarse voluntariamente la vía de la remisión. Es
de esperar que pocos quieran obstinarse hasta el final en esta actitud de
rebelión o, incluso, de desafío contra Dios, el cual, por otro lado, en su amor
misericordioso es más fuerte que nuestro corazón —como nos enseña también San
Juan[90] —
y puede vencer todas nuestras resistencias psicológicas y espirituales, de
manera que —como escribe Santo Tomás de Aquino— «no hay que desesperar de la
salvación de nadie en esta vida, considerada la omnipotencia y la misericordia
de Dios»[91].
Pero ante el problema del encuentro de una voluntad rebelde con Dios,
infinitamente justo, no se puede dejar de abrigar saludables sentimientos de
«temor y temblor», como sugiere San Pablo[92];
mientras la advertencia de Jesús sobre el pecado que no es «remisible» confirma
la existencia de culpas, que pueden ocasionar al pecador «la muerte eterna»
como pena.
A la luz de estos y otros textos de la Sagrada Escritura, los doctores y
los teólogos, los maestros de la vida espiritual y los pastores han distinguido
los pecados en mortales y veniales. San Agustín,
entre otros, habla de letalia o mortifera crimina,
oponiéndolos a venialia, levia o quotidiana[93] El
significado que él atribuye a estos calificativos influirá en el Magisterio
posterior de la Iglesia. Después de él, será Santo Tomás de Aquino el que
formulará en los términos más claros posibles la doctrina que se ha hecho
constante en la Iglesia.
Al definir y distinguir los pecados mortales y veniales,
no podría ser ajena a Santo Tomás y a la teología sobre el pecado, que se basa en
su enseñanza, la referencia bíblica y, por consiguiente, el concepto de muerte
espiritual. Según el Doctor Angélico, para vivir espiritualmente, el hombre
debe permanecer en comunión con el supremo principio de la vida, que es Dios,
en cuanto es el fin último de todo su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es un
desorden perpetrado por el hombre contra ese principio vital. Y cuando «por
medio del pecado, el alma comete una acción desordenada que llega hasta la
separación del fin último —Dios— al que está unida por la caridad, entonces se
da el pecado mortal; por el contrario, cada vez que la acción desordenada
permanece en los límites de la separación de Dios, entonces el pecado es
venial»[94].
Por esta razón, el pecado venial no priva de la gracia santificante, de la
amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo tanto, de la bienaventuranza
eterna, mientras que tal privación es precisamente consecuencia del pecado
mortal.
Considerando además el pecado bajo el aspecto de la pena que
incluye, Santo Tomás con otros doctores llama mortal al pecado
que, si no ha sido perdonado, conlleva una pena eterna; es venial el
pecado que merece una simple pena temporal (o sea parcial y expiable en la
tierra o en el purgatorio).
Si se mira además a la materia del pecado, entonces las
ideas de muerte, de ruptura radical con Dios, sumo bien, de desviación del
camino que lleva a Dios o de interrupción del camino hacia Él (modos todos
ellos de definir el pecado mortal) se unen con la idea de gravedad del
contenido objetivo; por esto, el pecado grave se identifica
prácticamente, en la doctrina y en la acción pastoral de la Iglesia, con el
pecado mortal.
Recogemos aquí el núcleo de la enseñanza tradicional de la Iglesia,
reafirmada con frecuencia y con vigor durante el reciente Sínodo. En efecto,
éste no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el Concilio de Trento
sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales[95],
sino que ha querido recordar que es pecado mortal lo que tiene
como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento
y deliberado consentimiento. Es un deber añadir —como se ha hecho también en el
Sínodo— que algunos pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente graves
y mortales. Es decir, existen actos que, por sí y en sí mismos,
independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por
razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento
y libertad, son siempre culpa grave[96].
Esta doctrina basada en el Decálogo y en la predicación del Antiguo
Testamento, recogida en el Kérigma de los Apóstoles y
perteneciente a la más antigua enseñanza de la Iglesia que la repite hasta hoy,
tiene una precisa confirmación en la experiencia humana de todos los tiempos.
El hombre sabe bien, por experiencia, que en el camino de fe y justicia que lo
lleva al conocimiento y al amor de Dios en esta vida y hacia la perfecta unión
con él en la eternidad, puede detenerse o distanciarse, sin por ello abandonar
la vida de Dios; en este caso se da el pecado venial, que, sin
embargo, no deberá ser atenuado como si automáticamente se convirtiera en algo
secundario o en un «pecado de poca importancia».
Pero el hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que mediante
un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el
sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él (aversio a Deo),
rechazando la comunión de amor con Él, separándose del principio de vida que es
Él, y eligiendo, por lo tanto, la muerte.
Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al
acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios,
su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí
mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina
(conversio ad creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal,
como en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente,
como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia
grave. El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su
principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende
gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura
y poderosa fuerza de destrucción.
Durante la asamblea sinodal algunos Padres propusieron una triple
distinción de los pecados, que podrían clasificarse en veniales, graves y mortales.
Esta triple distinción podría poner de relieve el hecho de que existe una
gradación en los pecados graves. Pero queda siempre firme el principio de que
la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad
y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no
existe una vía intermedia.
Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de «opción
fundamental» —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un
desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un
pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por
cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está
ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia
la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la
caridad. La orientación fundamental puede pues ser radicalmente modificada por
actos particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras
bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del
pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a
la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción
fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en
duda la concepción tradicional de pecado mortal.
Si bien es de apreciar todo intento sincero y prudente de clarificar el
misterio psicológico y teológico del pecado, la Iglesia, sin embargo, tiene el
deber de recordar a todos los estudiosos de esta materia, por un lado, la
necesidad de ser fieles a la Palabra de Dios que nos instruye también sobre el
pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a atenuar más aún,
en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado.
Pérdida del sentido del pecado
18. A través del Evangelio leído en la comunión eclesial, la conciencia
cristiana ha adquirido, a lo largo de las generaciones, una fina sensibilidad y
una aguda percepción de los fermentos de muerte, que están
contenidos en el pecado. Sensibilidad y capacidad de percepción también para
individuar estos fermentos en las múltiples formas asumidas por el pecado, en
los tantos aspectos bajo los cuales se presenta. Es lo que se llama el sentido
del pecado.
Este sentido tiene su raíz en la conciencia moral del hombre y es como
su termómetro. Está unido al sentido de Dios, ya que deriva de la
relación consciente que el hombre tiene con Dios como su Creador, Señor y
Padre. Por consiguiente, así como no se puede eliminar completamente el sentido
de Dios ni apagar la conciencia, tampoco se borra jamás completamente el
sentido del pecado.
Sin embargo, sucede frecuentemente en la historia, durante períodos de
tiempo más o menos largos y bajo la influencia de múltiples factores, que se
oscurece gravemente la conciencia moral en muchos hombres. «¿Tenemos una idea
justa de la conciencia?» —preguntaba yo hace dos años en un coloquio con los
fieles— . «¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la
conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una
"anestesia" de la conciencia?»[97].
Muchas señales indican que en nuestro tiempo existe este eclipse, que es tanto
más inquietante, en cuanto esta conciencia, definida por el Concilio como «el
núdeo más secreto y el sagrario del hombre»[98],
está «íntimamente unida a la libertad del hombre (...). Por
esto la conciencia, de modo principal, se encuentra en la base de la dignidad
interior del hombre y, a la vez, de su relación con Dios»[99].
Por lo tanto, es inevitable que en esta situación quede oscurecido
también el sentido del pecado, que está íntimamente
unido a la conciencia moral, a la búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer
un uso responsable de la libertad. Junto a la conciencia queda también
oscurecido el sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo
punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué
mi Predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo
declarar en una ocasión que «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del
pecado»[100].
¿Por qué este fenómeno en nuestra época? Una mirada a determinados
elementos de la cultura actual puede ayudarnos a entender la progresiva
atenuación del sentido del pecado, debido precisamente a la crisis de la
conciencia y del sentido de Dios antes indicada.
El «secularismo» que por su misma naturaleza y definición es un
movimiento de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total
abstracción de Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del
producir, a la vez que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse
por el peligro de «perder la propia alma», no puede menos de minar el sentido
del pecado. Este último se reducirá a lo sumo a aquello que ofende al hombre.
Pero precisamente aquí se impone la amarga experiencia a la que hacía yo
referencia en mi primera Encíclica, o sea que el hombre puede construir un
mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre[101].
En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un
germen divino[102].
Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del
hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del
pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la
ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado.
Se diluye este sentido del pecado en la sociedad contemporánea también a
causa de los equívocos en los que se cae al aceptar ciertos resultados de la
ciencia humana. Así, en base a determinadas afirmaciones de la psicología, la
preocupación por no culpar o por no poner frenos a la libertad, lleva a no
reconocer jamás una falta. Por una indebida extrapolación de los criterios de
la ciencia sociológica se termina —como ya he indicado— con cargar sobre la
sociedad todas las culpas de las que el individuo es declarado inocente. A su
vez, también una cierta antropología cultural, a fuerza de agrandar los
innegables condicionamientos e influjos ambientales e históricos que actúan en
el hombre, limita tanto su responsabilidad que no le reconoce la capacidad de
ejecutar verdaderos actos humanos y, por lo tanto, la posibilidad de pecar.
Disminuye fácilmente el sentido del pecado también a causa de una ética
que deriva de un determinado relativismo historicista. Puede ser la ética que
relativiza la norma moral, negando su valor absoluto e incondicional, y
negando, consiguientemente, que puedan existir actos intrínsecamente ilícitos,
independientemente de las circunstancias en que son realizados por el sujeto.
Se trata de un verdadero «vuelco o de una caída de valores morales» y
«el problema no es sólo de ignorancia de la ética cristiana», sino «más bien
del sentido de los fundamentos y los criterios de la actitud moral»[103].
El efecto de este vuelco ético es también el de amortiguar la noción de pecado
hasta tal punto que se termina casi afirmando que el pecado existe, pero no se
sabe quién lo comete.
Se diluye finalmente el sentido del pecado, cuando éste —como puede
suceder en la enseñanza a los jóvenes, en las comunicaciones de masa y en la
misma vida familiar— se identifica erróneamente con el sentimiento morboso de
la culpa o con la simple transgresión de normas y preceptos legales.
La pérdida del sentido del pecado es, por lo tanto, una forma o fruto de
la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la
secularista. Si el pecado es la interrupción de la relación filial con Dios
para vivir la propia existencia fuera de la obediencia a Él, entonces pecar no
es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es
borrarlo de la propia existencia diaria. Un modelo de sociedad mutilado o
desequilibrado en uno u otro sentido, como es sostenido a menudo por los medios
de comunicación, favorece no poco la pérdida progresiva del sentido del pecado.
En tal situación el ofuscamiento o debilitamiento del sentido del pecado deriva
ya sea del rechazo de toda referencia a lo trascendente en nombre de la
aspiración a la autonomía personal, ya sea del someterse a modelos éticos
impuestos por el consenso y la costumbre general, aunque estén condenados por
la conciencia individual, ya sea de las dramáticas condiciones socio-económicas
que oprimen a gran parte de la humanidad, creando la tendencia a ver errores y
culpas sólo en el ámbito de lo social; ya sea, finalmente y sobre todo, del
oscurecimiento de la idea de la paternidad de Dios y de su dominio sobre la
vida del hombre.
Incluso en el terreno del pensamiento y de la vida eclesial algunas
tendencias favorecen inevitablemente la decadencia del sentido del pecado.
Algunos, por ejemplo, tienden a sustituir actitudes exageradas del pasado con
otras exageraciones; pasan de ver pecado en todo, a no verlo en ninguna parte;
de acentuar demasiado el temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios
que excluiría toda pena merecida por el pecado; de la severidad en el esfuerzo
por corregir las conciencias erróneas, a un supuesto respeto de la conciencia,
que suprime el deber de decir la verdad. Y ¿por qué no añadir que la confusión,
creada en la conciencia de numerosos fieles por la divergencia de opiniones y
enseñanzas en la teología, en la predicación, en la catequesis, en la dirección
espiritual, sobre cuestiones graves y delicadas de la moral cristiana,
termina por hacer disminuir, hasta casi borrarlo, el verdadero sentido del
pecado? Ni tampoco han de ser silenciados algunos defectos en la praxis de la
Penitencia sacramental: tal es la tendencia a ofuscar el significado eclesial
del pecado y de la conversión, reduciéndolos a hechos meramente individuales, o
por el contrario, a anular la validez personal del bien y del mal por
considerar exclusivamente su dimensión comunitaria; tal es también el peligro,
nunca totalmente eliminado, del ritualismo de costumbre que quita al Sacramento
su significado pleno y su eficacia formativa.
Restablecer el sentido justo del pecado es la primera
manera de afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro
tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara
llamada a los principios inderogables de razón y de fe que la doctrina
moral de la Iglesia ha sostenido siempre.
Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial,
florezca de nuevo un sentido saludable del pecado. Ayudarán a ello una buena
catequesis, iluminada por la teología bíblica de la Alianza, una escucha atenta
y una acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las
conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia.
CAPÍTULO SEGUNDO
«MYSTERIUM PIETATIS»
19. Para conocer el pecado era necesario fijar la mirada en su
naturaleza, que se nos ha dado a conocer por la revelación de la economía de la
salvación: el pecado es el mysterium iniquitatis. Pero en esta
economía el pecado no es protagonista, ni mucho menos vencedor. Contrasta como
antagonista con otro principio operante, que —empleando una bella y sugestiva
expresión de San Pablo— podemos llamar mysterium o sacramentum
pietatis. El pecado del hombre resultaría vencedor y, al final, destructor;
el designio salvífico de Dios permanecería incompleto o, incluso, derrotado, si
este mysterium pietatis no se hubiera inserido en la dinámica
de la historia para vencer el pecado del hombre.
Encontramos esta expresión en una de las Cartas Pastorales de
San Pablo, en la primera a Timoteo. Esta aparece al improviso como una
inspiración que irrumpe. En efecto, el Apóstol ha dedicado precedentemente
largos párrafos de su mensaje al discípulo predilecto con el fin de explicar el
significado del ordenamiento de la comunidad (el litúrgico y, unido a él, el
jerárquico); habla después del cometido de los jefes de la comunidad, para
referirse finalmente al comportamiento del mismo Timoteo «en la casa de Dios,
que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad». Luego, al
final del fragmento, evoca casi ex abrupto, pero con un propósito
profundo, lo que da significado a todo lo que ha escrito: «Y sin duda
... es grande el misterio de la piedad ...».[104]
Sin traicionar mínimamente el sentido literal del texto, podemos ampliar
esta magnífica intuición teológica del Apóstol a una visión más completa del
papel que la verdad anunciada por él tiene en la economía de la salvación. «Es
grande en verdad —repetimos con él— el misterio de la piedad», porque vence al
pecado.
Pero, ¿qué es esta piedad en la concepción paulina?
Es el mismo Cristo
20. Es muy significativo que, para presentar este «mysterium pietatis»,
Pablo, sin establecer una relación gramatical con el texto precedente[105],
transcriba simplemente tres líneas de un Himno cristológico, que
—según la opinión de estudiosos acreditados— era empleado en las comunidades
helénico-cristianas.
Con las palabras de ese Himno, densas de contenido teológico y de gran
belleza, los creyentes del primer siglo profesaban su fe en el misterio de
Cristo:
- que Él se ha manifestado en
la realidad de la carne humana y ha sido constituido por el Espíritu Santo
como el justo, que se ofrece por los injustos;
- que Él ha aparecido ante los
ángeles como más grande que ellos, y ha sido predicado a las gentes como
portador de salvación;
- que Él ha sido creído en el
mundo como enviado del Padre, y que el mismo Padre lo ha elevado al cielo,
como Señor[106].
Por lo tanto, el misterio o sacramento de la piedad es el mismo misterio
de Cristo. Es en una síntesis completa: el misterio de la Encarnación y de la
Redención, de la Pascua plena de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; misterio
de su pasión y muerte, de su resurrección y glorificación. Lo que san Pablo,
recogiendo las frases del himno, ha querido recalcar es que este
misterio es el principio secreto vital que hace de la Iglesia la casa
de Dios, la columna y el fundamento de la verdad. Siguiendo la enseñanza
paulina, podemos afirmar que este mismo misterio de la infinita piedad
de Dios hacia nosotros es capaz de penetrar hasta las raíces más
escondidas de nuestra iniquidad, para suscitar en el alma un movimiento de
conversión, redimirla e impulsarla hacia la reconciliación.
Refiriéndose sin duda a este misterio, también San Juan, con su lenguaje
característico diferente del de San Pablo, pudo escribir que «todo el nacido de
Dios no peca, sino que el nacido de Dios le guarda, y el maligno no le toca»[107].
En esta afirmación de San Juan hay una indicación de esperanza, basada en las
promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía y las fuerzas necesarias
para no pecar. No se trata, por consiguiente, de una impecabilidad adquirida
por virtud propia o incluso connatural al hombre, como pensaban los gnósticos.
Es un resultado de la acción de Dios. Para no pecar el cristiano dispone del
conocimiento de Dios, recuerda San Juan en este mismo texto. Pero poco antes
escribía: «Quien ha nacido de Dios no comete pecado, porque la simiente de Dios
permanece en él»[108].
Si por esta «simiente de Dios» nos referimos —como proponen algunos
comentaristas— a Jesús, el Hijo de Dios, entonces podemos decir que para no
pecar —o para liberarse del pecado— el cristiano dispone de la presencia en su
interior del mismo Cristo y del misterio de Cristo, que es misterio de piedad.
El esfuerzo del cristiano
21. Pero existe en el mysterium pietatis otro aspecto;
a la piedad de Dios hacia el cristiano debe corresponder
la piedad del cristiano hacia Dios. En esta segunda acepción,
la piedad (eusébeia) significa precisamente el comportamiento del
cristiano, que a la piedad paternal de Dios responde con su piedad filial.
Al respecto podemos afirmar también con San Pablo que «es grande el
misterio de la piedad». También en este sentido la piedad, como
fuerza de conversión y reconciliación, afronta la iniquidad y el pecado. Además
en este caso los aspectos esenciales del misterio de Cristo son objeto de
la piedad en el sentido de que el cristiano acoge el misterio,
lo contempla y saca de él la fuerza espiritual necesaria para vivir según el
Evangelio. También se debe decir aquí que «el que ha nacido de Dios, no comete
pecado»; pero la expresión tiene un sentido imperativo: sostenido por el
misterio de Cristo, como manantial interior de energía espiritual, el cristiano
es invitado a no pecar; más aún, recibe el mandato de no pecar , y de comportarse
dignamente «en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente»[109],
siendo un «hijo de Dios».
Hacia una vida reconciliada
22. Así la Palabra de la Escritura, al manifestarnos el misterio
de la piedad, abre la inteligencia humana a la conversión y reconciliación,
entendidas no como meras abstracciones, sino como valores cristianos concretos
a conquistar en nuestra vida diaria.
Insidiados por la pérdida del sentido del pecado, a veces tentados por
alguna ilusión poco cristiana de impecabilidad, los hombres de hoy tienen
necesidad de volver a escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la
advertencia de San Juan: «Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos
a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros»[110];
más aún, «el mundo todo está bajo el maligno»[111].
Cada uno, por lo tanto, está invitado por la voz de la Verdad divina a leer con
realismo en el interior de su conciencia y a confesar que ha sido engendrado en
la iniquidad, como decimos en el Salmo Miserere[112].
Sin embargo, amenazados por el miedo y la desesperación, los hombres de
hoy pueden sentirse aliviados por la promesa divina que los abre a la esperanza
de la plena reconciliación.
El misterio de la piedad, por parte de Dios, es aquella misericordia de
la que el Señor y Padre nuestro —lo repito una vez más— es infinitamente rico[113].
Como he dicho en la Encíclica dedicada al tema de la misericordia divina[114],
es un amor más poderoso que el pecado, más fuerte que la muerte.
Cuando nos damos cuenta de que el amor que Dios tiene por nosotros no se para
ante nuestro pecado, no se echa atrás ante nuestras ofensas, sino que se hace
más solícito y generoso; cuando somos conscientes de que este amor ha llegado
incluso a causar la pasión y la muerte del Verbo hecho carne, que ha aceptado
redimirnos pagando con su Sangre, entonces prorrumpimos en un acto de
reconocimiento: «Sí, el Señor es rico en misericordia» y decimos asimismo: «El
Señor es misericordia».
El misterio de la piedad es el camino abierto por la misericordia divina
a la vida reconciliada.
TERCERA PARTE
LA PASTORAL DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN
Promover la penitencia y la reconciliación
23.
Suscitar en el corazón del hombre la conversión y la penitencia y ofrecerle el
don de la reconciliación es la misión connatural de la Iglesia, continuadora de
la obra redentora de su divino Fundador. Esta es una misión que no acaba en
meras afirmaciones teóricas o en la propuesta de un ideal ético que no esté
acompañado de energías operativas, sino que tiende a expresarse en precisas funciones
ministeriales en orden a una práctica concreta de la penitencia y la
reconciliación.
A
este ministerio, basado e iluminado por los principios de la fe, más arriba
ilustrados, orientado hacia objetivos precisos y sostenido por medios
adecuados, podemos dar el nombre de pastoral de la penitencia y de la
reconciliación. Su punto de partida es la convicción de la Iglesia de que
el hombre, al que se dirige toda forma de pastoral, pero principalmente la
pastoral de la penitencia y la reconciliación, es el hombre marcado por el
pecado, cuya imagen más significativa se puede encontrar en el rey David.
Reprendido por el profeta Natán, acepta enfrentarse con sus propias infamias y
confiesa: «He pecado contra Yavé»[115] y
proclama: «Reconozco mi transgresión, y mi pecado está siempre delante de mí»[116];
pero reza a la vez: «Rocíame con hisopo, y seré puro; lávame, y seré más blanco
que la nieve»[117],
recibiendo la respuesta de la misericordia divina: «Yavé ha perdonado tu
pecado. No morirás»[118].
La
Iglesia se encuentra, por tanto, frente al hombre —a toda la humanidad— herido
por el pecado y tocado en lo más íntimo de su ser, pero, a la vez movido hacia
un incoercible deseo de liberación del pecado y, especialmente si es cristiano,
consciente de que el misterio de piedad, Cristo Señor, obra ya en
él y en el mundo con la fuerza de la Redención.
La
función reconciliadora de la Iglesia debe desarrollarse así según aquel íntimo
nexo que une profundamente el perdón y la remisión del pecado de cada hombre a
la reconciliación plena y fundamental de la humanidad, realizada mediante la
Redención. Este nexo nos hace comprender que, siendo el pecado el principio
activo de la división —división entre el hombre y el Creador, división en el
corazón y en el ser del hombre, división entre los hombres y los grupos
humanos, división entre el hombre y la naturaleza creada por Dios— , sólo la
conversión ante el pecado es capaz de obrar una reconciliación profunda y
duradera, donde quiera que haya penetrado la división.
No
es necesario repetir lo que he dicho sobre la importancia de este «ministerio
de la reconciliación»[119] y
de la relativa pastoral que lo realiza en la conciencia y en la vida de la
Iglesia. Esta erraría en un aspecto esencial de su ser y faltaría a una función
suya indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a
destiempo, la «palabra de reconciliación»[120] y
no ofreciera al mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir aquí que la
importancia del servicio eclesial de reconciliación se extiende, más allá de
los confines de la Iglesia, a todo el mundo.
Por
tanto, hablar de pastoral de la penitencia y reconciliación quiere
decir referirse al conjunto de las tareas que incumben a la Iglesia, a todos
los niveles, para la promoción de ellas. Más en concreto, hablar de esta
pastoral quiere decir evocar todas las actividades, mediante las cuales la
Iglesia, a través de todos y cada uno de sus componentes —Pastores y fieles, a
todos los niveles y en todos los ambientes— y con todos los medios a su
disposición —palabra y acción, enseñanza y oración— conduce a los hombres,
individualmente o en grupo, a la verdadera penitencia y los introduce así en el
camino de la plena reconciliación.
Los
Padres del Sínodo, como representantes de sus hermanos en el Episcopado y como
guías del pueblo a ellos encomendado, se han ocupado de esta pastoral en sus
elementos más prácticos y concretos. Yo me alegro de hacerles eco, asociándome
a sus inquietudes y esperanzas, acogiendo los frutos de sus búsquedas y
experiencias, animándoles en sus proyectos y realizaciones. Ojalá puedan
encontrar en esta parte de la Exhortación Apostólica la aportación que ellos
mismos han ofrecido al Sínodo, aportación cuya utilidad quiero ofrecer,
mediante estas páginas, a toda la Iglesia.
Estoy
pues convencido de destacar lo esencial de la pastoral de la penitencia
y reconciliación, poniendo de relieve, con la Asamblea del Sínodo, los dos
puntos siguientes:
- Los medios
usados y los caminos seguidos por la Iglesia para promover la penitencia y
la reconciliación.
- El
Sacramento por excelencia de la penitencia y la reconciliación.
CAPÍTULO PRIMERO
MEDIOS Y VÍAS
PARA LA PROMOCIÓN DE LA PENITENCIA
Y DE LA RECONCILIACIÓN
PARA LA PROMOCIÓN DE LA PENITENCIA
Y DE LA RECONCILIACIÓN
24. Para promover la penitencia y la reconciliación la Iglesia tiene a
su disposición principalmente dos medios, que le han sido confiados por su
mismo Fundador: la catequesis y los Sacramentos. Su empleo, considerado siempre
por la Iglesia como plenamente conforme con las exigencias de su misión
salvífica y correspondiente, al mismo tiempo, a las exigencias y necesidades
espirituales de los hombres de todos los tiempos, puede realizarse de formas y
modos antiguos y nuevos, entre los que será bueno recordar particularmente lo
que, siguiendo a mi predecesor Pablo VI, podemos llamar el método del
diálogo.
El diálogo
25. El diálogo es para la Iglesia, en cierto sentido, un medio y, sobre
todo, un modo de desarrollar su acción en el mundo contemporáneo.
En efecto, el Concilio Vaticano II, después de haber proclamado que «la
Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el
mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres (...),
se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo
sincero», añade que la misma Iglesia debe ser capaz de «abrir, con fecundidad
siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único Pueblo de
Dios»[121],
así como también de «mantener un diálogo con la sociedad humana»[122].
Mi predecesor Pablo VI ha dedicado al diálogo una parte importante de su
primera Encíclica «Ecclesiam suam», donde lo describe y caracteriza
significativamente como diálogo de la salvación[123].
En efecto, la Iglesia emplea el método del diálogo para llevar mejor a
los hombres —los que por el bautismo y la profesión de fe se consideran
miembros de la comunidad cristiana y los que son ajenos a ella— a la conversión
y a la penitencia por el camino de una renovación profunda de la propia
conciencia y vida, a la luz del misterio de la redención y la salvación
realizada por Cristo y confiada al ministerio de su Iglesia. El diálogo
auténtico, por consiguiente, está encaminado ante todo a la regeneración de
cada uno a través de la conversión interior y la penitencia, y debe hacerse con
un profundo respeto a las conciencias y con la paciencia y la gradualidad
indispensables en las condiciones de los hombres de nuestra época.
El diálogo pastoral en vista de la reconciliación sigue siendo hoy una
obligación fundamental de la Iglesia en los diversos ambientes y niveles.
La misma Iglesia promueve, ante todo, un diálogo ecuménico, esto es,
entre las Iglesias y Comunidades eclesiales que comparten la fe en Cristo, Hijo
de Dios y único Salvador; es un diálogo con las otras comunidades de hombres
que, al igual que los cristianos, buscan a Dios y quieren tener una relación de
comunión con Él.
En la base de este diálogo con las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales y con las otras religiones —y como condición de su credibilidad y
eficacia— debe darse un esfuerzo sincero de diálogo permanente y renovado
dentro de la misma Iglesia católica. Ella es consciente de ser por su
naturaleza, sacramento de la comunión universal de caridad[124];
y es también consciente de las tensiones que existen en su interior, que corren
el riesgo de convertirse en factores de división.
La invitación apremiante y firme dirigida por mi Predecesor Pablo VI con
ocasión del Año Santo de 1975[125],
sirve también en el momento presente. Para conseguir la superación de los
conflictos y hacer que las normales tensiones no resulten perjudiciales para la
unidad de la Iglesia, es menester que todos nos dejemos interpelar por la
Palabra de Dios y, abandonando los propios puntos de vista subjetivos, busquemos
la verdad donde quiera que se encuentre, o sea, en la misma Palabra divina y en
la interpretación auténtica que da de ella el Magisterio de la Iglesia. Bajo
esta luz, la escucha recíproca, el respeto y la abstención de todo juicio
apresurado, la paciencia, la capacidad de evitar que la fe que une esté
subordinada a las opiniones, modas, opciones ideológicas que dividen, son
cualidades de un diálogo que dentro de la Iglesia debe ser constante, decidido
y sincero. Es evidente que no sería tal y no se convertiría en un factor de
reconciliación, sin prestar atención al Magisterio y su aceptación.
De este modo, la Iglesia católica, empeñada concretamente en la búsqueda
de la propia comunión interna, puede dirigir la llamada a la reconciliación
—como lo está haciendo ya desde hace tiempo— a las otras Iglesias con la cuales
no hay plena comunión, así como a las otras religiones e incluso al que busca a
Dios con corazón sincero.
A la luz del Concilio y del Magisterio de mis Predecesores, cuya
herencia preciosa he recibido y me esfuerzo por conservar y poner en práctica,
puedo afirmar que la Iglesia católica se empeña a todos los niveles en el
diálogo ecuménico con lealtad, sin fáciles optimismos, pero también sin
desconfianzas, dudas o retrasos. Las leyes fundamentales que intenta seguir en
este diálogo son, por una parte, la persuasión de que sólo un ecumenismo
espiritual —o sea basado en la oración común y en la docilidad común al único
Señor— permite responder sincera y seriamente a las demás exigencias de la acción
ecuménica[126];
por otra parte, la convicción de que un cierto fácil «irenismo»en materia
doctrinal y, sobre todo, dogmática podría conducir tal vez a una forma de
convivencia superficial y no durable, pero no a aquella comunión profunda y
estable que todos deseamos. Se llegará a esta comunión en el instante querido
por la divina Providencia; pero para alcanzarla, la Iglesia católica, en cuanto
le concierne, sabe que debe estar abierta y ser sensible a todos «los valores
verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común que se encuentra
entre nuestros hermanos separados»[127],
pero que debe a la vez poner en la base de un diálogo leal y constructivo la
claridad de las posiciones, la fidelidad y la coherencia con la fe transmitida
y definida por su Magisterio siguiendo la tradición cristiana. Además, no
obstante la amenaza de un determinado «derrotismo», y a pesar de la lentitud
inevitable que la ligereza nunca podría corregir, la Iglesia católica sigue
buscando con todos los demás hermanos cristianos separados el camino de la
unidad, y con los seguidores de las otras religiones un diálogo sincero. Ojalá
este diálogo interreligioso pueda conducir a la superación de toda actitud
hostil, desconfiada, de condena mutua y hasta de invectiva mutua como condición
preliminar al encuentro, al menos, en la fe en un único Dios y en la seguridad
de la vida eterna para el alma inmortal. Quiera el Señor que especialmente el
diálogo ecuménico lleve a una reconciliación sincera en torno a aquello que
podamos tener ya en común con las Iglesias cristianas: la fe en Jesucristo,
Hijo de Dios hecho hombre, como Salvador y Señor, escuchar la Palabra, el
estudio de la Revelación y el Sacramento del Bautismo.
En la medida en que la Iglesia es capaz de crear concordia activa —la
unidad en la variedad— dentro de sí misma, y de presentarse como testigo y
operadora humilde de reconciliación respecto a las otras religiones cristianas
y no cristianas, se convierte, según la expresiva definición de San Agustín, en
«un mundo reconciliado»[128].
Sólo así podrá ser signo de reconciliación en el mundo y para el mundo.
Consciente de la suma gravedad de la situación creada por las fuerzas de
la división y la guerra, que constituye hoy una fuerte amenaza no sólo para el
equilibrio y la armonía de las Naciones sino para la misma supervivencia de la
humanidad, la Iglesia siente la obligación de ofrecer y proponer su
colaboración específica para la superación de los conflictos y el
restablecimiento de la concordia.
Es un diálogo complejo y delicado de reconciliación, en el que la
Iglesia se empeña, ante todo, mediante la actividad de la Santa Sede y
de sus diversos Organismos. La Santa Sede se esfuerza por
intervenir ya sea ante los gobernantes de las Naciones y los responsables de
las distintas instancias internacionales, ya sea para asociarse con ellos,
dialogando con ellos o estimulándoles a dialogar entre sí, en favor de la
reconciliación en medio de los numerosos conflictos. La Iglesia realiza esto no
por segundas causas o intereses ocultos —porque no los tiene—, sino «por una
preocupación humanitaria»[129],
poniendo su estructura institucional y su autoridad moral, del todo singulares,
al servicio de la concordia y la paz. Hace esto convencida de que como «en la
guerra dos partes se levantan una contra la otra», así «en la cuestión de la
paz también existen siempre y necesariamente dos partes que deben saber
empeñarse», y en esto «consiste el verdadero sentido del diálogo en favor de la
paz»[130].
En el diálogo en favor de la reconciliación la Iglesia se empeña también
mediante los Obispos, con la competencia y responsabilidad que les es propia,
tanto individualmente en la dirección de sus respectivas Iglesias particulares,
como reunidos en las Conferencias Episcopales, con la colaboración de los
Presbíteros y de todos los miembros de las Comunidades cristianas. Cumplen
puntualmente su deber cuando promueven el diálogo indispensable y proclaman las
exigencias humanas y cristianas de reconciliación y paz. En comunión con sus
Pastores, los seglares que tienen como «campo propio de su actividad
evangelizadora el mundo vasto y complejo de la política, de la realidad social,
de la economía ... de la vida internacional»[131],
son llamados a comprometerse directamente en el diálogo o en favor del diálogo
para la reconciliación. A través de ellos, la Iglesia sigue desarrollando su
acción reconciliadora. En la regeneración de los corazones mediante la
conversión y la penitencia radica, por tanto, el presupuesto fundamental y una
base firme para cualquier renovación social duradera y para la paz entre las
naciones.
Hay que reafirmar que, por parte de la Iglesia y sus miembros, el
diálogo, de cualquier forma se desarrolle —y son y pueden ser muy diversas,
dado que el mismo concepto de diálogo tiene un valor analógico— , no podrá
jamás partir de una actitud de indiferencia hacia la verdad, sino que debe ser
más bien una presentación de la misma realizada de modo sereno y respetando la
inteligencia y conciencia ajena. El diálogo de la reconciliación jamás podrá
sustituir o atenuar el anuncio de la verdad evangélica, que tiene como
finalidad concreta la conversión ante el pecado y la comunión con Cristo y la
Iglesia, sino que deberá servir para su transmisión y puesta en práctica a
través de los medios dejados por Cristo a la Iglesia para la pastoral de la
reconciliación: la catequesis y la penitencia.
La Catequesis
26. En la vasta área en la que la Iglesia tiene la misión de actuar por
medio del diálogo, la pastoral de la penitencia y de la reconciliación se
dirige a los miembros del cuerpo de la Iglesia, ante todo, con una
adecuada catequesis sobre las dos realidades distintas y
complementarias a las que los Padres Sinodales han dado una importancia
particular, y que han puesto de relieve en algunas de las Propositiones conclusivas:
precisamente la penitencia y la reconciliación. La catequesis, pues, es el
primer medio que hay que emplear.
En la base de la exhortación del Sínodo, tan oportuna, se encuentra un
presupuesto fundamental: lo que es pastoral no se opone a
lo doctrinal, ni la acción pastoral puede prescindir del contenido
doctrinal del que, más bien, saca su esencia y su validez real. Ahora bien, si
la Iglesia es «columna y fundamento de la verdad»[132] y
ha sido puesta en el mundo como Madre y Maestra, ¿cómo podría olvidar el
cometido de enseñar la verdad que constituye un camino de vida?
De los Pastores de la Iglesia se espera, ante todo, una catequesis
sobre la reconciliación. Esta debe fundamentarse sobre la enseñanza
bíblica, especialmente la neotestamentaria, sobre la necesidad de restablecer
la alianza con Dios en Cristo redentor y reconciliador y, a la luz y como
expansión de esta nueva comunión y amistad, sobre la necesidad de reconciliarse
con el hermano, aun a costa de tener que interrumpir la ofrenda del sacrificio[133].
Sobre este tema de la reconciliación fraterna Jesús insiste mucho: por ejemplo,
cuando invita a poner la otra mejilla a quien nos ha golpeado y a dejar también
el manto a quien nos ha quitado la túnica[134],
o cuando inculca la ley del perdón que cada uno recibe en la medida en la que
sabe perdonar[135];
perdón que hay que ofrecer también a los enemigos[136];
perdón que hay que conceder setenta veces siete[137],
es decir, prácticamente sin limitación alguna. Con estas condiciones,
realizables sólo en un clima genuinamente evangélico, es posible una verdadera
reconciliación tanto entre los individuos, como entre las familias, las
comunidades, las naciones y los pueblos. De estos datos bíblicos sobre la
reconciliación derivará naturalmente una catequesis teológica, la
cual integrará en síntesis también los elementos de la psicología, de la
sociología y de las otras ciencias humanas, que pueden servir para aclarar las
situaciones, plantear bien los problemas, persuadir a los oyentes o a los
lectores a tomar resoluciones concretas.
De los Pastores de la Iglesia se espera también una catequesis
sobre la penitencia. También aquí la riqueza del mensaje bíblico debe ser
su fuente. Este mensaje subraya en la penitencia ante todo su valor de conversión,
término con el que se trata de traducir la palabra del texto griego metánoia[138],
que literalmente significa cambiar radicalmente la actitud del
espíritu para hacerlo volver a Dios. Son éstos, por lo demás, los dos elementos
fundamentales sobresalientes en la parábola del hijo pródigo: el «volver en sí»[139] y
la decisión de regresar al padre. No puede haber reconciliación sin estas
actitudes primordiales de la conversión; y la catequesis debe explicarlos con
conceptos y términos adecuados a las diversas edades, a las distintas
condiciones culturales, morales y sociales.
Es un primer valor de la penitencia que se prolonga en el segundo.
Penitencia significa también arrepentimiento. Los dos sentidos de
la metánoia aparecen en la consigna significativa dada por Jesús: «Si tu
hermano se arrepiente ( = vuelve a ti), perdónale. Si siete veces al día peca
contra ti y siete veces se vuelve a ti diciéndote: "Me arrepiento",
le perdonarás»[140].
Una buena catequesis enseñará cómo el arrepentimiento, al igual que la
conversión, lejos de ser un sentimiento superficial, es un verdadero cambio
radical del alma.
Un tercer valor contenido en la penitencia es el movimiento por el que
las actitudes precedentes de conversión y de arrepentimiento se manifiestan al
exterior: es el hacer penitencia. Este significado es bien
perceptible en el término metánoia, como lo usa el Precursor,
según el texto de los Sinópticos[141]. Hacer
penitencia quiere decir, sobre todo, restablecer el equilibrio y la
armonía rotos por el pecado, cambiar dirección incluso a costa de sacrificio.
En fin, una catequesis sobre la penitencia, la más completa y adecuada
posible, es imprescindible en un tiempo como el nuestro, en el que las
actitudes dominantes en la psicología y en el comportamiento social están tan
en contraste con el triple valor ya ilustrado. Al hombre contemporáneo parece
que le cuesta más que nunca reconocer los propios errores y decidir volver
sobre sus pasos para reemprender el camino después de haber rectificado la
marcha; parece muy reacio a decir «me arrepiento» o «lo siento»; parece
rechazar instintivamente, y con frecuencia irresistiblemente, todo lo que es
penitencia en el sentido del sacrificio aceptado y practicado para la
corrección del pecado. A este respecto, quisiera subrayar que, aunque mitigada
desde hace algún tiempo, la disciplina penitencial de la Iglesia no
puede ser abandonada sin grave daño, tanto para la vida interior de los
cristianos y de la comunidad eclesial como para su capacidad de irradiación
misionera. No es raro que los no cristianos se sorprendan por el escaso
testimonio de verdadera penitencia por parte de los discípulos de Cristo. Está
claro, por lo demás, que la penitencia cristiana será auténtica si está
inspirada por el amor, y no sólo por el temor; si consiste en un verdadero
esfuerzo por crucificar al «hombre viejo» para que pueda renacer el «nuevo»,
por obra de Cristo; si sigue como modelo a Cristo que, aun siendo inocente,
escogió el camino de la pobreza, de la paciencia, de la austeridad y, podría
decirse, de la vida penitencial.
De los Pastores de la Iglesia se espera asimismo —como ha recordado el
Sínodo— una catequesis sobre la conciencia y su formación. También
éste es un tema de gran actualidad dado que en los sobresaltos a los que está
sujeta la cultura de nuestro tiempo, el santuario interior, es decir lo más
íntimo del hombre, su conciencia, es muy a menudo agredido, probado, turbado y
obscurecido. Para una sabia catequesis sobre la conciencia se pueden encontrar
preciosas indicaciones tanto en los Doctores de la Iglesia, como en la teología
del Concilio Vaticano II, especialmente en los Documentos sobre la Iglesia en
el mundo actual[142] y
sobre la libertad religiosa[143].
En esta misma línea el Pontífice Pablo VI intervino a menudo para recordar la
naturaleza y el papel de la conciencia en nuestra vida[144].
Yo mismo, siguiendo sus huellas, no dejo ninguna ocasión para hacer luz sobre
esta elevada condición de la grandeza y dignidad del hombre[145],
sobre esta «especie de sentido moral que nos lleva a discernir
lo que está bien de lo que está mal... es como un
ojo interior, una capacidad visual del espíritu en condiciones de guiar
nuestros pasos por el camino del bien», recalcando la necesidad de formar
cristianamente la propia conciencia, a fin de que ella no se convierta en «una
fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez de un lugar santo donde
Dios le revela su bien verdadero»[146].
Asimismo, sobre otros puntos de no menor importancia para la
reconciliación se espera la catequesis de los Pastores de la Iglesia.
- Sobre el sentido del
pecado, que —como he dicho— se ha atenuado no poco en nuestro mundo.
- Sobre la tentación y
las tentaciones el mismo Señor Jesús, Hijo de Dios,
«probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado»[147],
quiso ser tentado por el Maligno[148],
para indicar que, como Él, también los suyos serían sometidos a la
tentación, así como para mostrar cómo conviene comportarse en la
tentación. Para quien pide al Padre no ser tentado por encima de sus
propias fuerzas[149] y
no sucumbir a la tentación[150],
para quien no se expone a las ocasiones, el ser sometido a tentación no
significa haber pecado, sino que es más bien ocasión para crecer en la
fidelidad y en la coherencia mediante la humildad y la vigilancia.
- Sobre el ayuno que
puede practicarse en formas antiguas y nuevas, como signo de conversión,
de arrepentimiento y de mortificación personal y, al mismo tiempo, de
unión con Cristo Crucificado, y de solidaridad con los que padecen hambre
y los que sufren.
- Sobre la limosna que
es un medio para hacer concreta la caridad, compartiendo lo que se tiene
con quien sufre las consecuencias de la pobreza.
- Sobre el vínculo íntimo que
une la superación de las divisiones en el mundo con la comunión plena con
Dios y entre los hombres, objetivo escatológico de la Iglesia.
- Sobre las circunstancias
concretas en las que se debe realizar la reconciliación (en la
familia, en la comunidad civil, en las estructuras sociales) y,
particularmente, sobre la cuádruple reconciliación que
repara las cuatro fracturas fundamentales: reconciliación del hombre con
Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado.
- La Iglesia tampoco puede
omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante
catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los
cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y
universal), infierno y gloria. En una cultura, que tiende a encerrar al
hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los Pastores
de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el
más allá de la vida presente; más allá de las misteriosas puertas de la
muerte se perfila una eternidad de gozo en la comunión con Dios o de pena
lejos de Él. Solamente en esta visión escatológica se puede tener la
medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente a la
penitencia y a la reconciliación.
A los Pastores diligentes y capaces de creatividad no faltan jamás
ocasiones para impartir esta catequesis amplia y multiforme, teniendo en cuenta
la diversidad de cultura y formación religiosa de aquellos a quienes se
dirigen. Las brindan a menudo las lecturas biblicas y los ritos de la Santa
Misa y de los Sacramentos, así como las mismas circunstancias en que éstos se
celebran. Para el mismo fin pueden tomarse muchas iniciativas, como
predicaciones, lecciones, debates, encuentros y cursos de cultura religiosa,
etc., como se hace en mucho lugares. Deseo señalar aquí, en particular, la
importancia y eficacia que, para los fines de una catequesis, tienen las
tradicionales misiones populares. Si se adaptan a las exigencias
peculiares, de nuestro tiempo, ellas pueden ser, hoy como ayer, un instrumento
válido de educación en la fe incluso en el sector de la penitencia y de la
reconciliación.
Por la gran importancia que tiene la reconciliación, fundamentada sobre
la conversión, en el delicado campo de las relaciones humanas y de la
convivencia social a todos los niveles, incluido el internacional, no puede
faltar a la catequesis la preciosa aportación de la doctrina social de
la Iglesia. La enseñanza puntual y precisa de mis Predecesores, a
partir del Papa León XIII, a la que se ha añadido la rica aportación de la
Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II y la de
los distintos Episcopados urgidos por diversas circunstancias en los
respectivos Países, constituye un amplio y sólido cuerpo de doctrina sobre las
múltiples exigencias inherentes a la vida de la comunidad humana, a las
relaciones entre individuos, familias, grupos en sus diferentes ámbitos, y a la
misma constitución de una sociedad que quiera ser coherente con la ley moral,
fundamento de la civilización.
En la base de esta enseñanza social de la Iglesia se encuentra,
obviamente, la visión que ella saca de la Palabra de Dios sobre los derechos y
deberes de los individuos, de la familia y de la comunidad; sobre el valor de
la libertad y las dimensiones de la justicia; sobre la primacía de la caridad;
sobre la dignidad de la persona humana y las exigencias del bien común, al que
deben mirar la política y la misma economía. Sobre estos principios
fundamentales del Magisterio social, que confirman y proponen de nuevo los
dictámenes universales de la razón y de la conciencia de los pueblos, se apoya
en gran parte la esperanza de una solución pacífica de tantos conflictos
sociales y, en definitiva, de la reconciliación universal.
Los Sacramentos
27. El segundo medio de institución divina que la Iglesia ofrece a la
pastoral de la penitencia y de la reconciliación, lo constituyen los Sacramentos.
En el misterioso dinamismo de los Sacramentos, tan rico de simbolismos y
de contenidos, es posible entrever un aspecto no siempre aclarado: cada uno de ellos,
además de su gracia propia, es signo también de penitencia y reconciliación y,
por tanto, en cada uno de ellos es posible revivir estas dimensiones del
espíritu.
El Bautismo es, ciertamente, un baño salvífico cuyo valor —como dice San
Pedro— está «no quitando la suciedad de la carne, sino demandando a Dios una
buena conciencia»[151].
Es muerte, sepultura y resurrección con Cristo muerto, sepultado y resucitado[152].
Es don del Espíritu Santo por mediación de Cristo[153].
Pero este elemento esencial y original del Bautismo cristiano, lejos de
eliminar, enriquece el aspecto penitencial ya presente en el bautismo, que
Jesús mismo recibió de Juan, para cumplir toda justicia[154]:
es decir, un hecho de conversión y de reintegración en el justo orden de las
relaciones con Dios, de reconciliación con Él, con la cancelación de la mancha
original y la consiguiente inserción en la gran familia de los reconciliados.
Igualmente la Confirmación, también como ratificación del Bautismo —y
con él sacramento de iniciación— al conferir la plenitud del Espíritu Santo y
al llevar a su madurez la vida cristiana, significa y realiza por eso mismo una
mayor conversión del corazón y una pertenencia más íntima y efectiva a la misma
asamblea de los reconciliados, que es la Iglesia de Cristo.
La definición que San Agustín da de la Eucaristía como sacramentum
pietatis, signum unitatis, vinculum caritatis[155],
ilumina claramente los efectos de santificación personal (pietas) y de
reconciliación comunitaria (unitas y caritas), que
derivan de la esencia misma del misterio eucarístico, como renovación incruenta
del sacrificio de la Cruz, fuente de salvación y de reconciliación para todos
los hombres. Es necesario sin embargo recordar que la Iglesia, guiada por la fe
en este augusto Sacramento, enseña que ningún cristiano, consciente de pecado
grave, puede recibir la Eucaristía antes de haber obtenido el perdón de Dios.
Como se lee en la Instrucción Eucharisticum mysterium, la cual,
debidamente aprobada por Pablo VI, confirma plenamente la enseñanza del
Concilio Tridentino: «La Eucaristía sea propuesta a los fieles también
"como antídoto, que nos libera de las culpas cotidianas y nos preserva de
los pecados mortales", y les sea indicado el modo conveniente de servirse
de las partes penitenciales de la liturgia de la Misa. "A quien desea
comulgar debe recordársele... el precepto: Examínese, pues, el hombre a
sí mismo (1 Cor 11, 28). Y la costumbre de la Iglesia
muestra que tal prueba es necesaria, para que nadie, consciente de estar en
pecado mortal, aunque se considere arrepentido, se acerque a la santa
Eucaristía sin hacer previamente la confesión sacramental". Que, si se
encuentra en caso de necesidad y no tiene manera de confesarse, debe antes
hacer un acto de contrición perfecta»[156].
El sacramento del Orden está destinado a dar a la Iglesia los Pastores
que, además de ser maestros y guías, están llamados a ser testigos y operadores
de unidad, constructores de la familia de Dios, defensores y preservadores de
la comunión de esta familia contra los fermentos de división y dispersión.
El sacramento del Matrimonio, elevación del amor humano bajo la acción
de la gracia, es signo del amor de Cristo a la Iglesia y también de la victoria
que Él concede a los esposos de alcanzar sobre las fuerzas que deforman y
destruyen el amor, de modo que la familia, nacida de tal Sacramento, se hace
signo también de la Iglesia reconciliada y reconciliadora para un mundo
reconciliado en todas sus estructuras e instituciones.
La Unción de los Enfermos, finalmente, en la prueba de la enfermedad y
de la ancianidad, y especialmente en la hora final del cristiano, es signo de
la conversión definitiva al Señor, así como de la aceptación total del dolor y
de la muerte como penitencia por los pecados. Y en esto se realiza la suprema
reconciliación con el Padre.
Sin embargo, entre los Sacramentos hay uno que, aunque a menudo ha sido
llamado de la confesión a causa de la acusación de los pecados
que en él se hace, más propiamente puede considerarse el sacramento de
la Penitencia por antonomasia, como de hecho se le llama, y por tanto
es el sacramento de la conversión y de la reconciliación. De ese
sacramento se ha ocupado particularmente la reciente Asamblea del Sínodo por la
importancia que tiene de cara a la reconciliación.
CAPÍTULO SEGUNDO
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE
LA RECONCILIACIÓN
28. El Sínodo, en todas sus fases y a todos los niveles de su
desarrollo, ha considerado con la máxima atención aquel signo sacramental que
representa y a la vez realiza la penitencia y la reconciliación. Este Sacramento
ciertamente no agota en sí mismo los conceptos de conversión y de
reconciliación. En efecto, la Iglesia desde sus orígenes conoce y valora
numerosas y variadas formas de penitencia: algunas litúrgicas o paralitúrgicas,
que van desde el acto penitencial de la Misa a las funciones propiciatorias y a
las peregrinaciones; otras de carácter ascético, como el ayuno. Sin embargo, de
todos los actos ninguno es más significativo, ni divinamente más eficaz, ni más
elevado y al mismo tiempo accesible en su mismo rito, que el sacramento de la
Penitencia.
El Sínodo, ya desde su preparación y luego en las numerosas
intervenciones habidas durante su desarrollo, en los trabajos de los grupos y
en las Propositiones finales, ha tenido en cuenta la
afirmación pronunciada muchas veces, con tonos y contenido diversos: el Sacramento
de la Penitencia está en crisis. Y el Sínodo ha tomado nota de tal crisis.
Ha recomendado una catequesis profunda, pero también un análisis no menos
profundo de carácter teológico, histórico, psicológico, sociológico y jurídico
sobre la penitencia en general y el Sacramento de la Penitencia en particular.
Con todo esto ha querido aclarar los motivos de la crisis y abrir el camino
para una solución positiva, en beneficio de la humanidad. Entre tanto, la
Iglesia ha recibido del Sínodo mismo una clara confirmación de su fe respecto
al Sacramento por el que todo cristiano y toda la comunidad de los creyentes
recibe la certeza del perdón mediante la sangre redentora de Cristo.
Conviene renovar y reafirmar esta fe en el momento en
que ella podría debilitarse, perder algo de su integridad o entrar en una zona
de sombra y de silencio, amenazada como está por la ya mencionada crisis en lo
que ésta tiene de negativo. Insidian de hecho al Sacramento de la Confesión,
por un lado el obscurecimiento de la conciencia moral y religiosa, la
atenuación del sentido del pecado, la desfiguración del concepto de
arrepentimiento, la escasa tensión hacia una vida auténticamente cristiana; por
otro, la mentalidad, a veces difundida, de que se puede obtener el perdón
directamente de Dios incluso de modo ordinario, sin acercarse al Sacramento de
la reconciliación, y la rutina de una práctica sacramental acaso sin fervor ni
verdadera espiritualidad, originada quizás por una consideración equivocada y
desorientadora sobre los efectos del Sacramento.
Por tanto, conviene recordar las principales dimensiones de este gran
Sacramento.
«A quien perdonareis»
29. El primer dato fundamental se nos ofrece en los Libros Santos del
Antiguo y del Nuevo Testamento sobre la misericordia del Señor y su perdón. En
los Salmos y en la predicación de los profetas el término misericordioso es
quizás el que más veces se atribuye al Señor, contrariamente al
persistente cliché, según el cual el Dios del Antiguo Testamento es
presentado sobre todo como severo y punitivo. Así, en un Salmo, un largo
discurso sapiencial, siguiendo la tradición del Éxodo, se evoca de nuevo la
acción benigna de Dios en medio de su pueblo. Tal acción, aun en su
representación antropomórfica, es quizás una de las más elocuentes
proclamaciones veterotestamentarias de la misericordia divina. Baste citar aquí
el versículo: «Pero es misericordioso y perdonaba la iniquidad, y no los
exterminó, refrenando muchas veces su ira para que no se desfogara su cólera.
Se acordó de que eran carne, un soplo que pasa y no vuelve»[157].
En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, viniendo como el Cordero
que quita y carga sobre sí el pecado del mundo[158],
aparece como el que tiene el poder tanto de juzgar[159] como
el de perdonar los pecados[160],
y que ha venido no para condenar, sino para perdonar y salvar[161].
Ahora bien, este poder de perdonar los pecados Jesús lo confiere,
mediante el Espíritu Santo, a simples hombres, sujetos ellos mismos a la
insidia del pecado, es decir a sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a
quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los
retuviereis, les serán retenidos»[162].
Es ésta una de las novedades evangélicas más notables. Jesús confirió tal poder
a los Apóstoles incluso como transmisible —así lo ha en tendido la Iglesia
desde sus comienzos— a sus sucesores, investidos por los mismos Apóstoles de la
misión y responsabilidad de continuar su obra de anunciadores del Evangelio y
de ministros de la obra redentora de Cristo.
Aquí se revela en toda su grandeza la figura del ministro del Sacramento
de la Penitencia, llamado, por costumbre antiquísima, el confesor.
Como en el altar donde celebra la Eucaristía y como en cada uno de los
Sacramentos, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa «in persona
Christi». Cristo, a quien él hace presente, y por su medio realiza el misterio
de la remisión de los pecados, es el que aparece como hermano del
hombre[163],
pontífice misericordioso, fiel y compasivo[164],
pastor decidido a buscar la oveja perdida[165],
médico que cura y conforta[166],
maestro único que enseña la verdad e indica los caminos de Dios[167],
juez de los vivos y de los muertos[168],
que juzga según la verdad y no según las apariencias[169].
Este es, sin duda, el más difícil y delicado, el más fatigoso y
exigente, pero también uno de los más hermosos y consoladores ministerios del
Sacerdote; y precisamente por esto, atento también a la fuerte llamada del
Sínodo, no me cansaré nunca de invitar a mis Hermanos Obispos y Presbíteros a
su fiel y diligente cumplimiento[170].
Ante la conciencia del fiel, que se abre al confesor con una mezcla de miedo y
de confianza, éste está llamado a una alta tarea que es servicio a la
penitencia y a la reconciliación humana: conocer las debilidades y caídas de
aquel fiel, valorar su deseo de recuperación y los esfuerzos para obtenerla,
discernir la acción del Espíritu santificador en su corazón, comunicarle un
perdón que sólo Dios puede conceder, «celebrar» su reconciliación con el Padre
representada en la parábola del hijo pródigo, reintegrar a aquel pecador
rescatado en la comunión eclesial con los hermanos, amonestar paternalmente a
aquel penitente con un firme, alentador y amigable «vete y no peques más»[171].
Para un cumplimiento eficaz de tal ministerio, el confesor debe tener
necesariamente cualidades humanas de prudencia, discreción,
discernimiento, firmeza moderada por la mansedumbre y la bondad. Él debe tener,
también, una preparación seria y cuidada, no fragmentaria sino integral y
armónica, en las diversas ramas de la teología, en la pedagogía y en la
psicología, en la metodología del diálogo y, sobre todo, en el conocimiento
vivo y comunicativo de la Palabra de Dios. Pero todavía es más necesario que él
viva una vida espiritual intensa y genuina. Para guiar a los demás por el
camino de la perfección cristiana, el ministro de la Penitencia debe recorrer
en primer lugar él mismo este camino y, más con los hechos que con largos
discursos dar prueba de experiencia real de la oración vivida, de práctica de
las virtudes evangélicas teologales y morales, de fiel obediencia a la voluntad
de Dios, de amor a la Iglesia y de docilidad a su Magisterio.
Todo este conjunto de dotes humanas, de virtudes cristianas y de
capacidades pastorales no se improvisa ni se adquiere sin esfuerzo. Para el
ministerio de la Penitencia sacramental cada sacerdote debe ser preparado ya
desde los años del Seminario junto con el estudio de la teología dogmática,
moral, espiritual y pastoral (que son siempre una sola teología), las ciencias
del hombre, la metodología del diálogo y, especialmente, del coloquio pastoral.
Después deberá ser iniciado y ayudado en las primeras experiencias. Siempre
deberá cuidar la propia perfección y la puesta al día con el estudio
permanente. ¡Qué tesoro de gracia, de vida verdadera e irradiación espiritual
no tendría la Iglesia si cada Sacerdote se mostrase solícito en no faltar
nunca, por negligencia o pretextos varios, a la cita con los fieles en el
confesionario, y fuera todavía más solícito en no ir sin preparación o sin las
indispensables cualidades humanas y las condiciones espirituales y pastorales!
A este propósito debo recordar con devota admiración las figuras de
extraordinarios apóstoles del confesionario, como San Juan Nepomuceno, San Juan
María Vianney, San José Cafasso y San Leopoldo de Castelnuovo, citando a los
más conocidos que la Iglesia ha inscrito en el catálogo de sus Santos. Pero yo
deseo rendir homenaje también a la innumerable multitud de confesores santos y
casi siempre anónimos, a los que se debe la salvación de tantas almas ayudadas
por ellos en su conversión, en la lucha contra el pecado y las tentaciones, en
el progreso espiritual y, en definitiva, en la santificación. No dudo en decir
que incluso los grandes Santos canonizados han salido generalmente de aquellos
confesionarios; y con los Santos, el patrimonio espiritual de la Iglesia y el
mismo florecimiento de una civilización impregnada de espíritu cristiano.
Honor, pues, a este silencioso ejército de hermanos nuestros que han servido
bien y sirven cada día a la causa de la reconciliación mediante el ministerio
de la Penitencia sacramental.
El Sacramento del perdón
30. De la revelación del valor de este ministerio y del poder de
perdonar los pecados, conferido por Cristo a los Apóstoles y a sus sucesores, se
ha desarrollado en la Iglesia la conciencia del signo del perdón,
otorgado por medio del Sacramento de la Penitencia. Este da la certeza de que
el mismo Señor Jesús instituyó y confió a la Iglesia —como don de su benignidad
y de su «filantropía»[172] ofrecida
a todos— un Sacramento especial para el perdón de los pecados cometidos después
del Bautismo.
La práctica de este Sacramento, por lo que se refiere a su celebración y
forma, ha conocido un largo proceso de desarrollo, como atestiguan los
sacramentarios más antiguos, las actas de Concilios y de Sínodos episcopales,
la predicación de los Padres y la enseñanza de los Doctores de la Iglesia.
Pero sobre la esencia del Sacramento ha quedado siempre sólida
e inmutable en la conciencia de la Iglesia la certeza de que,
por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por medio de la
absolución sacramental, dada por los ministros de la Penitencia; es una certeza
reafirmada con particular vigor tanto por el Concilio de Trento[173],
como por el Concilio Vaticano II: «Quienes se acercan al sacramento de la
penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a
Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando,
y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones»[174].
Y como dato esencial de fe sobre el valor y la finalidad de la
Penitencia se debe reafirmar que Nuestro Salvador Jesucristo instituyó en su
Iglesia el Sacramento de la Penitencia, para que los fieles caídos en pecado
después del Bautismo recibieran la gracia y se reconciliaran con Dios[175].
La fe de la Iglesia en este Sacramento comporta otras verdades
fundamentales, que son ineludibles. El rito sacramental de la Penitencia, en su
evolución y variación de formas prácticas, ha conservado siempre y puesto de
relieve estas verdades. El Concilio Vaticano II, al prescribir la reforma de
tal rito, deseaba que éste expresara aún más claramente tales verdades[176],
y esto ha tenido lugar con el nuevo Rito de la Penitencia[177].
En efecto, éste ha tomado en su integridad la doctrina de la tradición recogida
por el Concilio Tridentino, transfiriéndola de su particular contexto histórico
(el de un decidido esfuerzo de esclarecimiento doctrinal ante las graves
desviaciones de la enseñanza genuina de la Iglesia) para traducirla fielmente
en términos más ajustados al contexto de nuestro tiempo.
Algunas convicciones fundamentales
31. Las mencionadas verdades, reafirmadas con fuerza y claridad por el
Sínodo, y presentes en las Propositiones, pueden resumirse en las
siguientes convicciones de fe, en torno a las que se reúnen las demás
afirmaciones de la doctrina católica sobre el Sacramento de la Penitencia.
I. La primera convicción es que, para un cristiano, el
Sacramento de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el
perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo.
Ciertamente, el Salvador y su acción salvífica no están ligados a un signo
sacramental, de tal manera que no puedan en cualquier tiempo y sector de la
historia de la salvación actuar fuera y por encima de los Sacramentos. Pero en
la escuela de la fe nosotros aprendemos que el mismo Salvador ha querido y
dispuesto que los humildes y preciosos Sacramentos de la fe sean ordinariamente
los medios eficaces por los que pasa y actúa su fuerza redentora. Sería pues
insensato, además de presuntuoso, querer prescindir arbitrariamente de los
instrumentos de gracia y de salvación que el Señor ha dispuesto y, en su caso
específico, pretender recibir el perdón prescindiendo del Sacramento instituido
por Cristo precisamente para el perdón. La renovación de los ritos, realizada
después del Concilio, no autoriza ninguna ilusión ni alteración en esta
dirección. Esta debía y debe servir, según la intención de la Iglesia, para
suscitar en cada uno de nosotros un nuevo impulso de
renovación de nuestra actitud interior, esto es, hacia una comprensión más
profunda de la naturaleza del Sacramento de la Penitencia; hacia una aceptación
del mismo más llena de fe, no ansiosa sino confiada; hacia una mayor frecuencia
del Sacramento, que se percibe como lleno del amor misericordioso del Señor.
II. La segunda convicción se refiere a la función del Sacramento
de la Penitencia para quien acude a él. Este es, según la concepción
tradicional más antigua, una especie de acto judicial; pero dicho
acto se desarrolla ante un tribunal de misericordia, más que de estrecha y
rigurosa justicia, de modo que no es comparable sino por analogía a los
tribunales humanos[178],
es decir, en cuanto que el pecador descubre allí sus pecados y su misma
condición de criatura sujeta al pecado; se compromete a renunciar y a combatir
el pecado; acepta la pena (penitencia sacramental) que el confesor le
impone, y recibe la absolución.
Pero reflexionando sobre la función de este Sacramento, la conciencia de
la Iglesia descubre en él, además del carácter de juicio en el sentido
indicado, un carácter terapéutico o medicinal. Y esto se relaciona
con el hecho de que es frecuente en el Evangelio la presentación de Cristo como
médico[179],
mientras su obra redentora es llamada a menudo, desde la antigüedad cristiana,
«medicina salutis». «Yo quiero curar, no acusar», decía san Agustín
refiriéndose a la práctica de la pastoral penitencial[180],
y es gracias a la medicina de la confesión que la experiencia del pecado no
degenera en desesperación[181].
El Rito de la Penitencia alude a este aspecto medicinal del
Sacramento[182],
al que el hombre contemporáneo es quizás más sensible, viendo en el pecado,
ciertamente, lo que comporta de error, pero todavía más lo que demuestra en
orden a la debilidad y enfermedad humana.
Tribunal de misericordia o lugar de curación espiritual; bajo ambos
aspectos el Sacramento exige un conocimiento de lo íntimo del pecador para
poder juzgarlo y absolver, para asistirlo y curarlo. Y precisamente por esto el
Sacramento implica, por parte del penitente, la acusación sincera y completa de
los pecados, que tiene por tanto una razón de ser inspirada no sólo por objetivos
ascéticos (como el ejercicio de la humildad y de la mortificación), sino
inherente a la naturaleza misma del Sacramento.
III. La tercera convicción, que quiero acentuar se refiere a las
realidades o partes que componen el signo sacramental del perdón y de
la reconciliación. Algunas de estas realidades son actos del penitente,
de diversa importancia, pero indispensable cada uno o para la validez e
integridad del signo, o para que éste sea fructuoso.
Una condición indispensable es, ante todo, la rectitud y la
transparencia de la conciencia del penitente. Un hombre no se pone
en el camino de la penitencia verdadera y genuina, hasta que no descubre que el
pecado contrasta con la norma ética, inscrita en la intimidad del propio ser[183];
hasta que no reconoce haber hecho la experiencia personal y responsable de tal
contraste; hasta que no dice no solamente «existe el pecado», sino «yo he
pecado»; hasta que no admite que el pecado ha introducido en su conciencia una
división que invade todo su ser y lo separa de Dios y de los hermanos. El signo
sacramental de esta transparencia de la conciencia es el acto tradicionalmente
llamado examen de conciencia, acto que debe ser siempre no una
ansiosa introspección psicológica, sino la confrontación sincera y serena con
la ley moral interior, con las normas evangélicas propuestas por la Iglesia,
con el mismo Cristo Jesús, que es para nosotros maestro y modelo de vida, y con
el Padre celestial, que nos llama al bien y a la perfección[184].
Pero el acto esencial de la Penitencia, por parte del penitente, es
la contrición, o sea, un rechazo claro y decidido del pecado
cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo[185],
por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. La
contrición, entendida así, es, pues, el principio y el alma de la conversión,
de la metánoia evangélica que devuelve el hombre a Dios, como
el hijo pródigo que vuelve al padre, y que tiene en el Sacramento de la
Penitencia su signo visible, perfeccionador de la misma atrición. Por ello, «de
esta contrición del corazón depende la verdad de la penitencia»[186].
Remitiendo a cuanto la Iglesia, inspirada por la Palabra de Dios, enseña
sobre la contrición, me urge subrayar aquí un aspecto de tal
doctrina, que debe conocerse mejor y tenerse presente. A menudo se considera
la conversión y la contrición bajo el aspecto
de las innegables exigencias que ellas comportan, y de la mortificación que
imponen en vista de un cambio radical de vida. Pero es bueno recordar y
destacar que contrición y conversión son aún
más un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia
verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más
profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la
alegría de ser salvados[187],
que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar.
Se comprende, pues, que desde los primeros tiempos cristianos, siguiendo
a los Apóstoles y a Cristo, la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de
la Penitencia la acusación de los pecados. Esta aparece tan
importante que, desde hace siglos, el nombre usual del Sacramento ha sido y es
todavia el de confesión. Acusar los pecados propios es exigido
ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquel que en el
Sacramento ejerce el papel de juez —el cual debe valorar tanto
la gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente— y a la vez
hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo
para ayudarlo y curarlo. Pero la confesión individual tiene también el valor
de signo; signo del encuentro del pecador con la mediación eclesial
en la persona del ministro; signo del propio reconocerse ante Dios y ante la
Iglesia como pecador, del comprenderse a sí mismo bajo la mirada de Dios. La
acusación de los pecados, pues, no se puede reducir a cualquier intento de
autoliberación psicológica, aunque corresponde a la necesidad legítima y
natural de abrirse a alguno, la cual es connatural al corazón humano; es un
gesto litúrgico, solemne en su dramaticidad, humilde y sobrio en la grandeza de
su significado. Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido
por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega
de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona[188].
Se comprende entonces por qué la acusación de los pecados debe
ser ordinariamente individual y no colectiva, ya que el pecado es un hecho
profundamente personal. Pero, al mismo tiempo, esta acusación arranca en cierto
modo el pecado del secreto del corazón y, por tanto, del ámbito de la pura
individualidad, poniendo de relieve también su carácter social, porque mediante
el ministro de la Penitencia es la Comunidad eclesial, dañada por el pecado, la
que acoge de nuevo al pecador arrepentido y perdonado.
Otro momento esencial del Sacramento de la Penitencia compete ahora al
confesor juez y médico, imagen de Dios Padre que acoge y perdona a aquél que
vuelve: es la absolución. Las palabras que la expresan y los gestos
que la acompañan en el antiguo y en el nuevo Rito de la Penitencia revisten
una sencillez significativa en su grandeza. La fórmula sacramental: «Yo te
absuelvo ...», y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre
el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador
contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios.
Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se
hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza
salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo
penitente como «misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa», según la
definí en la Encíclica Dives in misericordia. Dios es siempre el principal ofendido
por el pecado —«tibi soli peccavi»— , y sólo Dios puede perdonar. Por esto la
absolución que el Sacerdote, ministro del perdón —aunque él mismo sea pecador—
concede al penitente, es el signo eficaz de la intervención del Padre en cada
absolución y de la «resurrección» tras la «muerte espiritual», que se renueva
cada vez que se celebra el Sacramento de la Penitencia. Solamente la fe puede
asegurar que en aquel momento todo pecado es perdonado y
borrado por la misteriosa intervención del Salvador.
La satisfacción es el acto final, que corona el signo
sacramental de la Penitencia. En algunos Países lo que el penitente perdonado y
absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la absolución, se llama
precisamente penitencia. ¿Cuál es el significado de esta
satisfacción que se hace, o de esta penitencia que se cumple? No es ciertamente
el precio que se paga por el pecado absuelto y por el perdón recibido; porque
ningún precio humano puede equivaler a lo que se ha obtenido, fruto de la
preciosísima Sangre de Cristo. Las obras de satisfacción —que, aun conservando
un carácter de sencillez y humildad, deberían ser más expresivas de lo que
significan— «quieren decir cosas importantes: son el signo del
compromiso personal que el cristiano ha asumido ante Dios, en el
Sacramento, de comenzar una existencia nueva (y por ello no deberían reducirse
solamente a algunas fórmulas a recitar, sino que deben consistir en acciones de
culto, caridad, misericordia y reparación); incluyen la idea de que el pecador
perdonado es capaz de unir su propia mortificación física y espiritual, buscada
o al menos aceptada, a la Pasión de Jesús que le ha obtenido el perdón;
recuerdan que también después de la absolución queda en el cristiano una zona
de sombra, debida a las heridas del pecado, a la imperfección del amor en el
arrepentimiento, a la debilitación de las facultades espirituales en las que
obra un foco infeccioso de pecado, que siempre es necesario combatir con la
mortificación y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero
sincera, satisfacción[189].
IV. Queda por hacer una breve alusión a otras importantes
convicciones sobre el Sacramento de la Penitencia.
Ante todo, hay que afirmar que nada es más personal e intimo que este
Sacramento en el que el pecador se encuentra ante Dios solo con su culpa, su
arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en su lugar ni puede
pedir perdón en su nombre. Hay una cierta soledad del pecador en su culpa, que
se puede ver dramáticamente representada en Caín con el pecado «como fiera
acurrucada a su puerta», como dice tan expresivamente el Libro del
Génesis, y con aquel signo particular de maldición, marcado en su frente[190];
o en David, reprendido por el profeta Natán[191];
o en el hijo pródigo, cuando toma conciencia de la condición a la que se ha
reducido por el alejamiento del padre y decide volver a él[192]:
todo tiene lugar solamente entre el hombre y Dios. Pero al mismo tiempo es
innegable la dimensión social de este Sacramento, en el que es la Iglesia
entera —la militante, la purgante y la gloriosa del Cielo— la que interviene
para socorrer al penitente y lo acoge de nuevo en su regazo, tanto más que toda
la Iglesia había sido ofendida y herida por su pecado. El Sacerdote, ministro
de la penitencia, aparece en virtud de su ministerio sagrado como testigo y
representante de esa dimensión eclesial. Son dos aspectos complementarios del
Sacramento: la individualidad y la eclesialidad, que la reforma progresiva del
rito de la Penitencia, especialmente la del Ordo Paenitentiae promulgada
por Pablo VI, ha tratado de poner de relieve y de hacer más significativos en
su celebración.
V. Hay que subrayar también que el fruto más precioso del perdón
obtenido en el Sacramento de la Penitencia consiste en la reconciliación con
Dios, la cual tiene lugar en la intimidad del corazón del hijo pródigo, que es
cada penitente. Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como
consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas
causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en
el fondo más intimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad
interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de
algún modo; se reconcilia con la Iglesia; se reconcilia con toda la creación.
De tal convencimiento, al terminar la celebración —y siguiendo la invitación de
la Iglesia— surge en el penitente el sentimiento de agradecimiento a Dios por
el don de la misericordia recibida.
Cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual,
canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado,
un mundo reconciliado.
VI. Finalmente, tengo particular interés en hacer una última
consideración, que se dirige a todos nosotros Sacerdotes que somos los ministros
del Sacramento de la Penitencia, pero que somos también —y debemos serlo— sus
beneficiarios. La vida espiritual y pastoral del Sacerdote, como la de sus
hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y
consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia[193].
La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el
celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la
colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra toda la
existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por
negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una
auténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no
se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su
ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la
Comunidad de la que es pastor.
Pero añado también que el Sacerdote —incluso para ser un ministro bueno
y eficaz de la Penitencia— necesita recurrir a la fuente de gracia y santidad
presente en este Sacramento. Nosotros Sacerdotes basándonos en nuestra
experiencia personal, podemos decir con toda razón que, en la medida en la que
recurrimos atentamente al Sacramento de la Penitencia y nos acercamos al mismo
con frecuencia y con buenas disposiciones, cumplimos mejor nuestro ministerio
de confesores y aseguramos el beneficio del mismo a los penitentes. En cambio,
este ministerio perdería mucho de su eficacia, si de algún modo dejáramos de
ser buenos penitentes. Tal es la lógica interna de este gran
Sacramento. Él nos invita a todos nosotros, Sacerdotes de Cristo, a una
renovada atención en nuestra confesión personal.
A su vez, la experiencia personal es, y debe ser hoy, un
estímulo para el ejercicio diligente, regular, paciente y fervoroso del sagrado
ministerio de la Penitencia, en que estamos comprometidos en virtud de nuestro
sacerdocio, de nuestra vocación a ser pastores y servidores de nuestros
hermanos. También con la presente Exhortación dirijo, pues, una insistente
invitación a todos los Sacerdotes del mundo, especialmente a mis Hermanos en el
episcopado y a los Párrocos, a que faciliten con todas sus fuerzas la
frecuencia de los fieles a este Sacramento, y pongan en acción todos los medios
posibles y convenientes, busquen todos los caminos para hacer llegar al mayor
número de nuestros hermanos la «gracia que nos ha sido dada» mediante la
Penitencia para la reconciliación de cada alma y de todo el mundo con Dios en
Cristo.
Las formas de la celebración
32. Siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, el Ordo
Paenitentiae ha autorizado tres formas que, salvando siempre los
elementos esenciales, permiten adaptar la celebración del Sacramento de la
Penitencia a determinadas circunstancias pastorales.
La primera forma —reconciliación de cada penitente— constituye
el único modo normal y ordinario de la celebración sacramental, y no puede ni
debe dejar de ser usada o descuidada. La segunda —reconciliación de
varios penitentes con confesión y absolución individual—, aunque con los
actos preparatorios permite subrayar más los aspectos comunitarios del
Sacramento, se asemeja a la primera forma en el acto sacramental culminante,
que es la confesión y la absolución individual de los pecados, y por eso puede
equipararse a la primera forma en lo referente a la normalidad del rito. En cambio,
la tercera —reconciliación de varios penitentes con confesión y
absolución general— reviste un carácter de excepción y por tanto no
queda a la libre elección, sino que está regulada por la disciplina fijada para
el caso.
La primera forma permite la valorización de los aspectos más propiamente
personales —y esenciales— que están comprendidos en el itinerario penitencial.
El diálogo entre penitente y confesor, el conjunto mismo de los elementos
utilizados (los textos bíblicos, la elección de la forma de «satisfacción»,
etc.) son elementos que hacen la celebración sacramental más adecuada a la
situación concreta del penitente. Se descubre el valor de tales elementos
cuando se piensa en las diversas razones que llevan al cristiano a la
penitencia sacramental: una necesidad de reconciliación personal y de
readmisión a la amistad con Dios, obteniendo la gracia perdida a causa del
pecado; una necesidad de verificación del camino espiritual y, a veces, de un
discernimiento vocacional más preciso; otras muchas veces una necesidad y deseo
de salir de un estado de apatía espiritual y de crisis religiosa. Gracias
también a su índole individual la primera forma de celebración permite asociar
el Sacramento de la Penitencia a algo distinto, pero conciliable con ello: me refiero
a la dirección espiritual. Es pues cierto que la decisión y el
empeño personal están claramente significados y promovidos en esta primera
forma.
La segunda forma de celebración, precisamente por su carácter
comunitario y por la modalidad que la distingue, pone de relieve algunos
aspectos de gran importancia: la Palabra de Dios escuchada en común tiene un
efecto singular respecto a su lectura individual, y subraya mejor el carácter
eclesial de la conversión y de la reconciliación. Esta resulta particularmente
significativa en los diversos tiempos del año litúrgico y en conexión con
acontecimientos de especial importancia pastoral. Baste indicar aquí que para
su celebración es oportuna la presencia de un número suficiente de confesores.
Es natural, por tanto, que los criterios para establecer a cual de las
dos formas de celebración se deba recurrir estén dictados no por motivaciones
coyunturales y subjetivas, sino por el deseo de obtener el verdadero bien
espiritual de los fieles, obedeciendo a la disciplina penitencial de la
Iglesia.
Será bueno también recordar que, para una equilibrada orientación
espiritual y pastoral al respecto, es necesario seguir atribuyendo gran valor y
educar a los fieles a recurrir al Sacramento de la Penitencia incluso sólo para
los pecados veniales, como lo atestiguan una tradición doctrinal y una praxis
ya seculares.
Aun sabiendo y enseñando que los pecados veniales son perdonados también
de otros modos —piénsese en los actos de dolor, en las obras de caridad, en la
oración, en los ritos penitenciales— , la Iglesia no cesa de recordar a todos
la riqueza singular del momento sacramental también con referencia a tales
pecados. El recurso frecuente al Sacramento —al que están obligadas algunas
categorías de fieles— refuerza la conciencia de que también los pecados menores
ofenden a Dios y dañan a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y su celebración es para
ellos «la ocasión y el estímulo para conformarse más íntimamente a Cristo y a
hacerse más dóciles a la voz del Espíritu»[194].
Sobre todo hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración
sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces
mismas del pecado.
El cuidado del aspecto celebrativo[195],
con particular referencia a la importancia de la Palabra de Dios, leída,
recordada y explicada, cuando sea posible y oportuno, a los fieles y con los
fieles, contribuirá a vivificar la práctica del Sacramento y a impedir que caiga
en una formalidad o rutina. El penitente habrá de ser más bien ayudado a
descubrir que está viviendo un acontecimiento de salvación, capaz de infundir
un nuevo impulso de vida y una verdadera paz en el corazón. Este cuidado por la
celebración llevará también a fijar en cada Iglesia los tiempos
apropiados para la celebración del Sacramento, y a educar a los fieles,
especialmente los niños y jóvenes, a atenerse a ellos en vía ordinaria, excepto
en casos de necesidad en los que el pastor de almas deberá mostrarse siempre
dispuesto a acoger de buena gana a quien recurra a él.
La celebración del Sacramento con absolución general
33. En el nuevo ordenamiento litúrgico y, más recientemente, en el
nuevo Código de Derecho Canónico[196],
se precisan las condiciones que legitiman el recurso al «rito de la
reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución general». Las
normas y las disposiciones dadas sobre este punto, fruto de madura y
equilibrada consideración, deben ser acogidas y aplicadas, evitando todo tipo
de interpretación arbitraria.
Es oportuno reflexionar de manera más profunda sobre los motivos que
imponen la celebración de la Penitencia en una de las dos primeras formas y que
permiten el recurso a la tercera forma. Ante todo hay una motivación de fidelidad a
la voluntad del Señor Jesús, transmitida por la doctrina de la Iglesia, y de
obediencia, además, a las leyes de la Iglesia. El Sínodo ha ratificado en
una de sus Propositiones la enseñanza inalterada que la
Iglesia ha recibido de la más antigua Tradición, y la ley con la que ella ha
codificado la antigua praxis penitencial: la confesión individual e íntegra de
los pecados con la absolución igualmente individual constituye el único
modo ordinario, con el que el fiel, consciente de pecado grave, es
reconciliado con Dios y con la Iglesia. De esta ratificación de la enseñanza de
la Iglesia, resulta claramente que cada pecado grave debe ser siempre
declarado, con sus circunstancias determinantes, en una confesión
individual.
Hay también una motivación de orden pastoral. Si es verdad
que, recurriendo a las condiciones exigidas por la disciplina canónica, se
puede hacer uso de la tercera forma de celebración, no se debe olvidar sin
embargo que ésta no puede convertirse en forma ordinaria, y que no
puede ni debe usarse —lo ha repetido el Sínodo— si no es «en casos de grave
necesidad», quedando firme la obligación de confesar individualmente los
pecados graves antes de recurrir de nuevo a otra absolución general. El Obispo,
por tanto, al cual únicamente toca, en el ámbito de su diócesis, valorar si
existen en concreto las condiciones que la ley canónica establece para el uso
de la tercera forma, dará este juicio sintiendo la grave carga que pesa
sobre su conciencia en el pleno respeto de la ley y de la praxis de la
Iglesia, y teniendo en cuenta, además, los criterios y orientaciones concordados
—sobre la base de las consideraciones doctrinales y pastorales antes expuestas—
con los otros miembros de la Conferencia Episcopal. Igualmente, será siempre
una auténtica preocupación pastoral poner y garantizar las condiciones que
hacen que el recurso a la tercera forma sea capaz de dar los frutos
espirituales para los que está prevista. Ni el uso excepcional de la tercera
forma de celebración deberá llevar jamás a una menor consideración, y menos al
abandono, de las formas ordinarias, ni a considerar esta forma como alternativa
a las otras dos; no se deja en efecto a la libertad de los pastores y de los
fieles el escoger entre las mencionadas formas de celebración aquella
considerada más oportuna. A los pastores queda la obligación de facilitar a los
fieles la práctica de la confesión íntegra e individual de los pecados, lo cual
constituye para ellos no sólo un deber, sino también un derecho inviolable e
inalienable, además de una necesidad del alma. Para los fieles el uso de la
tercera forma de celebración comporta la obligación de atenerse a todas las
normas que regulan su práctica, comprendida la de no recurrir de nuevo a la
absolución general antes de una regular confesión íntegra e individual de los
pecados, que debe hacerse lo antes posible. Sobre esta norma y la obligación de
observarla, los fieles deben ser advertidos e instruídos por el Sacerdote antes
de la absolución.
Con este llamamiento a la doctrina y a la ley de la Iglesia deseo
inculcar en todos el vivo sentido de responsabilidad , que debe guiarnos al
tratar las cosas sagradas, que no son propriedad nuestra, como es el caso de
los Sacramentos, o que tienen derecho a no ser dejadas en la incertidumbre y en
la confusión, como es el caso de las conciencias. Cosas sagradas —repito— son
unas y otras —los Sacramentos y las conciencias— , y exigen por parte nuestra
ser servidas en la verdad.
Esta es la razón de la ley de la Iglesia.
Algunos casos más delicados
34. Creo que debo hacer en este momento una alusión, aunque brevísima, a
un caso pastoral que el Sínodo ha querido tratar —en cuanto le era posible
hacerlo— , y que contempla también una de las Propositiones. Me
refiero a ciertas situaciones, hoy no raras, en las que se encuentran algunos
cristianos, deseosos de continuar la práctica religiosa sacramental, pero que
se ven impedidos por su situación personal, que está en oposición a las
obligaciones asumidas libremente ante Dios y la Iglesia. Son situaciones que se
presentan como particularmente delicadas y casi insolubles.
Durante el Sínodo, no pocas intervenciones que expresaban el parecer
general de los Padres, han puesto de relieve la coexistencia y la mutua
influencia de dos principios, igualmente importantes, ante estos casos. El
primero es el principio de la compasión y de la misericordia, por el que la
Iglesia, continuadora de la presencia y de la obra de Cristo en la historia, no
queriendo la muerte del pecador sino que se convierta y viva[197],
atenta a no romper la caña rajada y a no apagar la mecha que humea todavía[198],
trata siempre de ofrecer, en la medida en que le es posible, el camino del
retorno a Dios y de la reconciliación con Él. El otro es el principio de la
verdad y de la coherencia, por el cual la Iglesia no acepta llamar bien al mal
y mal al bien. Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia
desea invitar a sus hijos, que se encuentran en estas situaciones dolorosas, a
acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los
Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, hasta que no hayan alcanzado
las disposiciones requeridas.
Sobre esta materia, que aflige profundamente también nuestro corazón de
pastores, he creído deber mío decir palabras claras en la Exhortación
Apostólica Familiaris consortio, por lo que se refiere al caso de
divorciados casados de nuevo[199],
o en cualquier caso al de cristianos que conviven irregularmente.
Asimismo siento el vivo deber de exhortar, en unión con el Sínodo, a las
comunidades eclesiales y sobre todo a los Obispos, para que presten toda ayuda
posible a aquellos Sacerdotes que, faltando a los graves compromisos asumidos
en la Ordenación, se encuentran en situaciones irregulares. Ninguno de estos
hermanos debe sentirse abandonado por la Iglesia.
Para todos aquellos que no se encuentran actualmente en las condiciones
objetivas requeridas por el Sacramento de la Penitencia, las muestras de bondad
maternal por parte de la Iglesia, el apoyo de actos de piedad fuera de los
Sacramentos, el esfuerzo sincero por mantenerse en contacto con el Señor, la
participación a la Misa, la repetición frecuente de actos de fe, de esperanza y
de caridad, de dolor lo más perfecto posible, podrán preparar el camino hacia
una reconciliación plena en la hora que sólo la Providencia conoce.
DESEO CONCLUSIVO
35. Al final de este Documento, se hace eco en mí y deseo repetir a
todos vosotros la exhortación que el primer Obispo de Roma, en una hora crítica
al principio de la Iglesia, dirigió «a los elegidos extranjeros en la diáspora
... elegidos según la presciencia de Dios Padre». «Todos tengan un mismo
sentir, sean compasivos, fraternales, misericordiosos, humildes»[200].
El Apóstol recomendaba: «Tengan todos un mismo sentir...»; pero en seguida
proseguía señalando los pecados contra la concordia y la paz, que es necesario
evitar: «No devolviendo mal por mal ni ultraje por ultraje; al contrario,
bendiciendo, que para esto hemos sido llamados, para ser herederos de la
bendición». Y concluía con una palabra de aliento y de esperanza: «¿Y quién os
hará mal si fuereis celosos promovedores del bien?»[201].
Me atrevo a relacionar mi Exhortación, en una hora no menos crítica de
la historia, con la del Príncipe de los Apóstoles, que se sentó el primero en
esta Cátedra romana, como testigo de Cristo y pastor de la Iglesia, y aquí
«presidió en la caridad» ante el mundo entero. También yo, en comunión con los
Obispos sucesores de los Apóstoles, y confortado por la reflexión colegial que
muchos de ellos, reunidos en el Sínodo, han dedicado a los temas y problemas de
la reconciliación, he querido comunicaros con el mismo espíritu del pescador de
Galilea todo lo que él decía a nuestros hermanos en la fe, lejanos en el tiempo
pero muy unidos en el corazón: «Tengan todos un mismo sentir..., no devolviendo
mal por mal ..., sean promovedores del bien»[202].
Y añadía: «Que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de
Dios, que padecer haciendo el mal»[203].
Esta consigna está impregnada por las palabras que Pedro había escuchado
del mismo Jesús, y por conceptos que eran parte de su «gozosa nueva»: el nuevo
mandamiento del amor mutuo; el deseo y el compromiso de unidad; las
bienaventuranzas de la misericordia y de la paciencia en la persecución por la
justicia; el devolver bien por mal; el perdón de las ofensas; el amor a los enemigos.
En estas palabras y conceptos está la síntesis original y transcendente de la
ética cristiana o, mejor y más profundamente, de la espiritualidad de la Nueva
Alianza en Jesucristo.
Confío al Padre, rico en misericordia; confío al Hijo
de Dios, hecho hombre como nuestro redentor y reconciliador; confío al Espíritu
Santo, fuente de unidad y de paz, esta llamada mía de padre y pastor a la
penitencia y a la reconciliación. Que la Trinidad Santísima y adorable haga
germinar en la Iglesia y en el mundo la pequeña semilla que en esta hora
deposito en la tierra generosa de tantos corazones humanos.
Para que en un día no lejano produzca copiosos frutos, os invito a
volver conmigo los ojos al corazón de Cristo, signo elocuente de la divina
misericordia, «propiciación por nuestros pecados», «nuestra paz y
reconciliación»[204] para
recibir el empuje interior a fin de detestar el pecado y convertirse a Dios, y
encuentren en ella la benignidad divina que responde amorosamente al
arrepentimiento humano.
Os invito al mismo tiempo a dirigiros conmigo al Corazón Inmaculado de
María, Madre de Jesús, en la que «se realizó la reconciliación de Dios con la
humanidad..., se realizó verdaderamente la obra de la reconciliación, porque
recibió de Dios la plenitud de la gracia en virtud del sacrificio redentor de
Cristo»[205].
Verdaderamente, María se ha convertido en la «aliada de Dios» en virtud de su
maternidad divina, en la obra de la reconciliación[206].
En las manos de esta Madre, cuyo «Fiat» marcó el comienzo de la
«plenitud de los tiempos», en quien fue realizada por Cristo la reconciliación
del hombre con Dios y en su Corazón Inmaculado —al cual he confiado
repetidamente toda la humanidad, turbada por el pecado y maltrecha por tantas
tensiones y conflictos— pongo ahora de modo especial esta intención: que por su
intercesión la humanidad misma descubra y recorra el camino de la penitencia,
el único que podrá conducirlo a la plena reconciliación.
A todos vosotros, que con espíritu de comunión eclesial en la obediencia
y en la fe[207] acogeréis
las indicaciones, sugerencias y directrices contenidas en este Documento,
tratando de convertirlas con una vital praxis pastoral, imparto gustosamente la
confortadora Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de diciembre, Primer Domingo
de Adviento, del año 1984, séptimo de mi Pontificado.
JOHANNES PAULUS II
NOTAS
[2] Cf. Juan Pablo II, Discurso inaugural de
la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, III, 1-7: AAS 71
(1979), 198-204.
[3] La visión de un mundo «desgarrado» aparece en
la obra de no pocos escritores contemporáneos, cristianos y no cristianos
testigos de la condición del hombre en nuestra atormentada época.
[4] Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 43-44; Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio
y vida de los presbíteros, 12; Pablo VI, Encíc. Ecclesiam
suam: AAS 56
(1964), 609-659.
[5] Sobre la división en el cuerpo de la Iglesia
escribía con palabras de fuego, en los albores de la misma Iglesia, el Apóstol
Pablo en la famosa página de 1 Cor 1, 10-16. A los mismos
cristianos de Corinto se dirigirá algunos años más tarde S. Clemente Romano
para denunciar los desgarrones existentes en aquella comunidad: cf. Carta
a los Corintios, III-VI; LVII: Patres Apostolici, ed. Funk, I,
103-109; 171-173. Sabemos que desde los Padres más antiguos, la túnica
inconsútil de Cristo, no rasgada por los soldados ha venido a ser la imagen de
la unidad de la Iglesia: cf. S. Cipriano, De Ecclesiae catholicae
unitate, 7: CCL 3/1, 254s.; S. Agustín, In Ioannis
Evangelium tractatus, 118, 4: CCL 36, 656 s.; S. Beda El
Venerable, In Marci Evangelium expositio, IV, 15: CCL 120,
630; In Lucae Evangelium expositio, VI, 23: CCL 120,
403; In S. Ioannis Evangelium expositio, 19: PL 92,
911 s.
[6] La Encíclica Pacem in terris, testamento
espiritual de Juan XXIII (cf. AAS 55 [1963], 257-304), es
considerada con frecuencia un «documento social» o también un «mensaje
político» y en verdad lo es, si se toman dichas expresiones en toda su
amplitud. El discurso pontificio —así aparece tras más de veinte años de su
publicación— es, en efecto, más que una estrategia en vista de la convivencia
de los pueblos y naciones, una urgente llamada a los valores supremos, sin los
cuales la paz sobre la tierra se convierte en una quimera. Uno de estos valores
es justamente la reconciliación entre los hombres y a este tema Juan XXIII se
ha referido en muchas ocasiones. De Pablo VI bastará recordar que, al convocar
a toda la Iglesia y a todo el mundo a celebrar el Año Santo de 1975, quiso que
«renovación y reconciliación» fueran la idea central de aquel importante
acontecimiento. Y no pueden olvidarse tampoco las catequesis que a tal
idea-maestra consagró él para ilustrar dicho Jubileo.
[7] «Este tiempo fuerte, durante el cual todo
cristiano está llamado a realizar más en profundidad su vocación a la
reconciliación con el Padre en el Hijo —escribía en la Bula de convocación del
Año jubilar de la Redención— conseguirá plenamente su objetivo únicamente
cuando desemboque en un nuevo compromiso por parte de cada uno y de todos al
servicio de la reconciliación no sólo entre los discípulos de Cristo sino
también entre todos los hombres»: Bula Aperite Portas
Redemptori, 3: AAS 75 (1983), 93.
[16] «Nos gloriamos en Dios por Nuestro Señor
Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación»: Rom 5,
11; cf. Col 1, 20.
[17] El Concilio Vaticano II ha hecho notar: «En
realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están
conectados con este otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el
corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior
del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones;
se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior.
Atraído por muchas solicitaciones tiene que elegir y que renunciar. Mas aún,
como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo
que querría llevar a cabo (cf. Rom 7, 14 ss.). Por ello siente
en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la
sociedad»: Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 10.
[21] El Libro de Jonás es, en el
Antiguo Testamento, una admirable anticipación y figura de este aspecto de la
parábola. El pecado de Jonás es el de «probar gran disgusto y sentirse
despechado» porque Dios es «misericordioso y clemente, indulgente, de gran amor
y que se apiada»; es el de «entristecerse por una planta de ricino (...) que en
una noche se marchita», es no entender que el Señor «pueda tener compasión de
Nínive» (cf. Jon 4).
[35] «La Iglesia es por su misma naturaleza
siempre reconciliadora, ya que transmite a los demás el don que ella ha
recibido, el don de ser perdonada y hecha una misma cosa con Dios»: Juan Pablo
II, Discurso en Liverpool (30 de mayo 1982), 3: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 6 de junio de 1982, p. 13.
[52] Cf. San Agustín, De Civitate Dei,
XXII, 17: CCL48, 835 s.; S. Tomás de Aquino, Summa
Theologiae, pars III, q. 64, a. 2, ad tertium.
[53] Cf. Pablo VI, Alocución en la
clausura de la Tercera Sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II (21
de noviembre de 1964): AAS 56 (1964), 1015-1018.
[57] 1 Jn 3, 20; cf. la referencia que
he hecho a este fragmento en el discurso durante la Audiencia general del 14 de marzo
de 1984: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española 18 de. marzo, 1984, p. 3.
[68] Es significativa la terminología usada en la
traducción griega de los LXX y en el Nuevo Testamento sobre el
pecado. La designación más común es la de hamartía y vocablos
de la misma raíz. Esta expresa el concepto de faltar más o menos gravemente a
una norma o ley, a una persona o incluso a una divinidad. Pero el pecado es
también designado adikía y su significación aquí es practicar
la injusticia. Se hablará también de parábasis o transgresión,
de asébeia, impiedad, y de otros conceptos. Todos juntos ofrecen la
imagen del pecado.
[72] La expresión es de una escritora francesa,
Elisabeth Leseur,Journal et pensées de chaque jour, Paris 1918, p. 31.
[74] Cf. S. Congregación para la Doctrina de la
Fe, Instrucción sobre algunos aspectos de la «Teología de la liberación » Libertatis nuntius (6 de agosto de
1984), IV, 14-15: AAS 76 (1984), 885 s.
[93] Cf. S. Agustín, De Spiritu et littera,
XXVIII: CSEL 60, 202 s.; CCL 38, 441; Enarrat.
in ps. 39, 22: Enchiridion ad Laurentium, de fide et spe et
caritate, XIX, 71: CCL 46, 88; In Ioannis
Evangelium tractatus, 12, 3, 14: CCL 36, 129.
[95] Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión VI, De
iustificatione cap. 2 y cann. 23, 25, 27: Conciliorum
Oecumenicorum Decreta, Bologna 1973³, pp. 671. 680 S. (DS 1573.
1575. 1577).
[96] Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión VI De
iustificatione cap. XV: Conciliorum Oecumenicorum Decreta,
ed. cit. 677 (DS 1544).
[97] Juan Pablo II, Angelus del
14 de marzo de 1982: L'Osservatore Romano, edic. en lengua
española, 21 de marzo, 1982.
[99] Juan Pablo II, Angelus del 14 de marzo de
1982: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 21 de marzo, 1982.
[100] Pío XII, Radiomensaje al Congreso
Catequístico Nacional de los Estados Unidos en Boston (26 de octubre de
1946): Discursos y Radiomensajes, VIII (1946), 288.
[102] Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia
en el mundo actual, 3; cf. 1 Jn 3, 9.
[103] Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la
Región Este de Francia (1 de abril de 1982), 2: L'Osservatore Romano,
edic. en lengua española, 25 de abril, 1982.
[105] El texto ofrece una cierta dificultad, ya que
el pronombre relativo, que abre la citación literal, no concuerda con el neutro
« mysterium ». Algunos manuscritos tardíos han retocado el texto para
corregirlo gramaticalmente. Pablo sólo ha intentado yuxtaponer al suyo un texto
venerable, para él plenamente clarificador.
[106] La comunidad cristiana primitiva expresa su
fe en el Crucificado glorificado, al que los ángeles adoran y que es el Señor.
Pero el elemento impresionante de este mensaje sigue siendo el «manifestado en
la carne»: que el Hijo Eterno de Dios se haya hecho hombre es el «gran
misterio».
[122] Decreto Christus Dominus sobre el oficio
pastoral de los Obispos, 13; cf. Declar. Gravissimum
educationis sobre la educación cristiana, 8; Decr. Ad gentes sobre la
actividad misionera, 11-12.
[129] Cf. Juan Pablo II, Discurso a los miembros
del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (15 de enero de 1983) 4.
6. 11: AAS 75 (1983), 376. 378s. 381.
[130] Juan Pablo II, Homilía en la misa con ocasión
de la XVI Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 1983), 6: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 9 de enero, 1983.
[144] Cf. entre otros muchos, los discursos en las
Audiencias Generales del 28 marzo 1973: Enseñanzas al Pueblo de Dios (1973),
41 ss., 8 agosto 1973:Ibidem, 105 ss.; 7 noviembre 1973: Ibidem,
150 ss.; 13 marzo 1974: Ibidem, 34 ss.; 8 mayo 1974: Ibidem (1974),
57 ss.; 12 febrero 1975: Ibidem (1975), 20 ss., 9 abril
1975: Ibidem(1975), 38 ss.; 13 julio 1977: Ibidem (1977),
74 ss.
[145] Cf. Juan Pablo II, Ángelus del 14 marzo
1982: L'
Osservatore Romano, edic. en lengua española, 21 de marzo, 1982.
[146] Cf. Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia
General del 17 agosto 1983, 1-3: L'Osservatore Romano, edic. en
lengua española, 21 de agosto, 1983.
[156] S. Congregación de Ritos, Instruc. Euraristicum
mysterium sobre el culto del Misterio Eucarístico (25 mayo 1967),
35: AAS 59 (1967), 560 s.
[157] Sal 78 [77], 38s., cf. también
referencias a Dios misericordioso en los Salmos 86 [85], 15;
103 [102], 8; 111 [110], 4; 112 [111], 4; 115 [114], 5; 145 [144], 8.
[162] Jn 20, 22; Mt 18,
18; cf. también, por lo que se refiere a Pedro, Mt 16, 19. El
B. Isaac de la Estrella subraya en un discurso la plena comunión de Cristo con
su Iglesia en la remisión de los pecados: « Nada puede perdonar la Iglesia sin
Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin la Iglesia. Nada puede perdonar la
Iglesia sino a quien es penitente, es decir a quien Cristo ha tocado con su
gracia; Cristo nada quiere considerar como perdonado a quien desprecia a la
Iglesia »: Sermo 11 (In dominica III post Epiphaniam,
I): PL 194, 1729.
[163] Cf. Mt 12, 49 s.; Mc 3,
33 s.; Lc 8, 20 s.; Rom 8, 29: «...
primogénito entre muchos hermanos».
[170] Lo he hecho ya en numerosos encuentros con
Obispos y Sacerdotes, y especialmente en el reciente Año Santo; cf. el Discurso
a los Penitenciarios de las Basílicas Patriarcales de Roma y a los Sacerdotes
confesores al final del Jubileo de la Redención (9 julio 1984): L'Osservatore
Romano edic. en lengua española, 8 de octubre, 1984.
[173] Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión XIV, De
sacramento Paenitentiae, cap. I y can. 1: Conciliorum Oecumenicorum
Decreta, ed. cit., 703s., 711 (DS 1668-1670. 1701).
[175] Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión XIV, De
sacramento Paenitentiae, cap. I y can. 1: Conciliorum Oecumenicorum
Decreta, ed. cit., 703s., 711 (DS 1668-1670. 1701).
[177] Cf. Rituale Romanum ex Decreto
Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II instauratum, auctoritate Pauli VI
promulgatum. Ordo Paenitentiae, Typis Polyglottis Vaticanis, 1974.
[178] El Concilio de Trento usa la expresión
atenuada «ad instar actus iudicialis» (Sesión XIV, De sacramento
Paenitentiae, cap. 6: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed.
cit., 707 (DS 1685), para subrayar la diferencia con los tribunales
humanos. El nuevo Rito de la Penitencia alude a esta función, nn. 6 b y 10 a.
[179] Cf. Lc 5, 31 s.: «No tienen
necesidad de médico los sanos, sino los enfermos», con la conclusión: «...he
venido yo a llamar ... a los pecadores a penitencia»; Lc 9, 2:
«Les envió a predicar el reino de Dios y a hacer curaciones». La imagen de
Cristo médico adquiere un aspecto nuevo e impresionante si la confrontamos con
la figura del «Siervo de Yavé» del que el Libro de Isaías
profetizaba que «fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos / y
cargó con nuestros dolores» y que «en sus llagas hemos sido curados» (Is53,
4s.).
[183] Ya los paganos —como Sófocles (Antígona,
vv.. 450-460) y Aristóteles (Rhetor., lib. I, cap. 15, 1375 a-b)—
reconocían la existencia de normas morales «divinas» existentes «desde
siempre», marcadas profundamente en el corazón del hombre.
[184] Sobre esta función de la conciencia, cf. lo
que dije durante la Audiencia General del 14 de marzo
de 1984,
3: L'Osservatore Romano, edic en lengua española, 18 de marzo de
1984.
[185] Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión XIV De
sacramento Paenitentiae, cap. IV: De contritione: Conciliorum
Oecumenicorum Decreta, ed. cit., 705 (DS 1676-1677). Como se
sabe, para acercarse al sacramento de la Penitencia es suficiente la atrición,
o sea, un arrepentimiento imperfecto, debido más al temor que al amor; pero en
el ámbito del Sacramento, bajo la acción de la gracia que recibe, el penitente
« ex attrito fit contritus », de modo que la Penitencia actúa realmente en
quien está dispuesto a la conversión en el amor: cfr. Conc. Ecum.
Tridentino, ibidem, ed. cit., 705 (DS 1678).
[188] De estos aspectos, todos fundamentales, de la
penitencia, he hablado en las Audiencias Generales del 19 de mayo de 1982: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 23 de mayo, 1982; del 28 de febrero de 1979: Enseñanzas
al Pueblo de Dios (1979), 176 ss.; del 21 de marzo de 1984: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 25 de marzo: 1984. Se recuerdan además
las normas del Código de Derecho Canónico concernientes al lugar para la
administración del Sacramento y los confesonarios (can. 964, 2-3).
[189] He tratado sucintamente del tema en la Audiencia General del 7 de marzo
de 1984: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 11 de marzo, 1984.
[193] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum
Ordinis,
sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 18.
[205] Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia
General del 7 de diciembre de 1983, n. 2: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 9 de diciembre, 1983.
[206] Cf. Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia
General del 4 de enero de 1984: L'Osservatore Romano,
edic. en lengua española, 8 de enero, 1984.