EXHORTACIÓN
APOSTÓLICA POSTSINODAL
SACRAMENTUM CARITATIS
DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
SACRAMENTUM CARITATIS
DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
ÍNDICE
Alimento de la verdad
Desarrollo del rito eucarístico
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
Objeto de la presente Exhortación
Desarrollo del rito eucarístico
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
Objeto de la presente Exhortación
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
El pan que baja del cielo
Don gratuito de la Santísima Trinidad
Don gratuito de la Santísima Trinidad
La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
Institución de la Eucaristía
Figura transit in veritatem
Institución de la Eucaristía
Figura transit in veritatem
Jesús y el Espíritu Santo
Espíritu Santo y Celebración eucarística
Espíritu Santo y Celebración eucarística
Eucaristía, principio causal de la Iglesia
Eucaristía y comunión eclesial
Eucaristía y comunión eclesial
Sacramentalidad de la Iglesia
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana
Orden de los sacramentos de la iniciación
Iniciación, comunidad eclesial y familia
Orden de los sacramentos de la iniciación
Iniciación, comunidad eclesial y familia
Su relación intrínseca
Algunas observaciones pastorales
Algunas observaciones pastorales
In persona Christi capitis
Eucaristía y celibato sacerdotal
Escasez de clero y pastoral vocacional
Gratitud y esperanza
Eucaristía y celibato sacerdotal
Escasez de clero y pastoral vocacional
Gratitud y esperanza
Eucaristía, sacramento esponsal
Eucaristía y unidad del matrimonio
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
Eucaristía y unidad del matrimonio
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
Eucaristía: don al hombre en camino
El banquete escatológico
Oración por los difuntos
El banquete escatológico
Oración por los difuntos
Lex orandi y lex credendi
Belleza y liturgia
Christus totus in capite et in corpore
Eucaristía y Cristo resucitado
Eucaristía y Cristo resucitado
El Obispo, liturgo por excelencia
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
El arte al servicio de la celebración
El canto litúrgico
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
El arte al servicio de la celebración
El canto litúrgico
Unidad intrínseca de la acción litúrgica
Liturgia de la Palabra
Homilía
Presentación de las ofrendas
Plegaria eucarística
Rito de la paz
Distribución y recepción de la eucaristía
Despedida: « Ite, missa est »
Liturgia de la Palabra
Homilía
Presentación de las ofrendas
Plegaria eucarística
Rito de la paz
Distribución y recepción de la eucaristía
Despedida: « Ite, missa est »
Auténtica participación
Participación y ministerio sacerdotal
Celebración eucarística e inculturación
Condiciones personales para una « actuosa participatio »
Participación de los cristianos no católicos
Participación a través de los medios de comunicación social
«Actuosa participatio» de los enfermos
Atención a los presos
Los emigrantes y su participación en la Eucaristía
Las grandes concelebraciones
Lengua latina
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
Participación y ministerio sacerdotal
Celebración eucarística e inculturación
Condiciones personales para una « actuosa participatio »
Participación de los cristianos no católicos
Participación a través de los medios de comunicación social
«Actuosa participatio» de los enfermos
Atención a los presos
Los emigrantes y su participación en la Eucaristía
Las grandes concelebraciones
Lengua latina
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
Catequesis mistagógica
Veneración de la Eucaristía
Veneración de la Eucaristía
Relación intrínseca entre celebración y adoración
Práctica de la adoración eucarística
Formas de devoción eucarística
Lugar del sagrario en la iglesia
Práctica de la adoración eucarística
Formas de devoción eucarística
Lugar del sagrario en la iglesia
TERCERA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)
Eficacia integradora del culto eucarístico
«Iuxta dominicam viventes» – Vivir según el domingo
Vivir el precepto dominical
Sentido del descanso y del trabajo
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote
Una forma eucarística de la existencia cristiana, la pertenencia eclesial
Espiritualidad y cultura eucarística
Eucaristía y evangelización de las culturas
Eucaristía y fieles laicos
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
Eucaristía y vida consagrada
Eucaristía y transformación moral
Coherencia eucarística
Eficacia integradora del culto eucarístico
«Iuxta dominicam viventes» – Vivir según el domingo
Vivir el precepto dominical
Sentido del descanso y del trabajo
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote
Una forma eucarística de la existencia cristiana, la pertenencia eclesial
Espiritualidad y cultura eucarística
Eucaristía y evangelización de las culturas
Eucaristía y fieles laicos
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
Eucaristía y vida consagrada
Eucaristía y transformación moral
Coherencia eucarística
Eucaristía y misión
Eucaristía y testimonio
Jesucristo, único Salvador
Libertad de culto
Eucaristía y testimonio
Jesucristo, único Salvador
Libertad de culto
Eucaristía: pan partido para la vida del mundo
Implicaciones sociales del Misterio eucarístico
El alimento de la verdad y la indigencia del hombre
Doctrina social de la Iglesia
Santificación del mundo y salvaguardia de la creación [
Utilidad de un Compendio eucarístico
Implicaciones sociales del Misterio eucarístico
El alimento de la verdad y la indigencia del hombre
Doctrina social de la Iglesia
Santificación del mundo y salvaguardia de la creación [
Utilidad de un Compendio eucarístico
1.Sacramento de la caridad,[1] la
Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el
amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se
manifiesta el amor « más grande », aquel que impulsa a « dar la vida por los
propios amigos » (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús « los amó
hasta el extremo » (Jn 13,1). Con esta expresión, el evangelista
presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en
la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo,
en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos « hasta el extremo », hasta
el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de
los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué
admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el Sacramento del altar, el Señor viene al encuentro del hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27),
acompañándole en su camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace
comida para el hombre hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la
verdad nos hace auténticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se
convierte para nosotros en alimento de la Verdad. San Agustín, con un
penetrante conocimiento de la realidad humana, puso de relieve cómo el hombre
se mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante algo que
lo atrae y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo que puede
mover al hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo obispo exclama:
« ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad? ».[2] En
efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo indeleble de la verdad última y
definitiva. Por eso, el Señor Jesús, « el camino, la verdad y la vida » (Jn 14,6),
se dirige al corazón anhelante del hombre, que se siente peregrino y sediento,
al corazón que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la
Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia
sí. « Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin él pierde su
orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se
desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con él, la libertad se
reencuentra ».[3] En
particular, Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad
del amor, que es la esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que
interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro
vital es la Eucaristía, se compromete constantemente a anunciar a todos, « a
tiempo y a destiempo » (2 Tm 4,2) que Dios es amor.[4] Precisamente
porque Cristo se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se
dirige al hombre, invitándolo a acoger libremente el don de Dios.
Desarrollo del rito eucarístico
3. Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por
la sabia acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han
desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que
conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas
modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las
antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del rito romano; desde las
indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san Pío V hasta la
renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de
la historia de la Iglesia, la celebración eucarística, como fuente y culmen de
su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza
multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada
del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha manifestado un profundo
agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo en ella la guía del
Espíritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado y reafirmado
el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la reforma
litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II.[5] El
Sínodo de los Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su
recepción después de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido muy
numerosos. Se han constatado también las dificultades y algunos abusos
cometidos, pero que no oscurecen el valor y la validez de la renovación
litúrgica, la cual tiene aún riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se
trata de leer los cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que
caracteriza el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas
artificiosas.[6]
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
4. Además, se ha de poner de relieve la relación del reciente Sínodo de
los Obispos sobre la Eucaristía con lo ocurrido en los últimos años en la vida
de la Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el
cual mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha introducido la
Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año Jubilar se ha caracterizado
indudablemente por un fuerte sentido eucarístico. No se puede olvidar que el
Sínodo de los Obispos ha estado precedido, y en cierto sentido también
preparado, por el Año de la Eucaristía, establecido con gran amplitud de miras
por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho Año, iniciado con el Congreso
Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), en octubre de 2004, se concluyó
el 23 de octubre de 2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la
canonización de cinco Beatos que se han distinguido especialmente por la piedad
eucarística: el Obispo Józef Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso,
Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino Félix
de Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta
apostólica Mane nobiscum Domine,[7] y
a las valiosas sugerencias de la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos,[8] las
diócesis y las diversas entidades eclesiales han emprendido numerosas
iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes la fe eucarística,
para mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la adoración
eucarística, así como para animar una solidaridad efectiva que, partiendo de la
Eucaristía, llegara a los pobres. Finalmente, es necesario mencionar la
importancia de la última Encíclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia,[9] con
la que nos ha dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina
eucarística y un último testimonio del lugar central que este divino Sacramento
tenía en su vida.
Objeto de la presente Exhortación
5. Esta Exhortación apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza
multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General
del Sínodo de los Obispos —desde los Lineamenta hasta
las Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris,
las Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones
de los Padres sinodales, de los auditores y de los hermanos
delegados—, con la intención de explicitar algunas líneas fundamentales de
acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la
Eucaristía. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y disciplinar acumulado a
través de los siglos sobre este Sacramento,[10] en
el presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto
de los Padres sinodales,[11]que
el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio
eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto
espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de
la caridad. En esta perspectiva, deseo relacionar la presente Exhortación
con mi primera Carta encíclica Deus caritas est, en la que he hablado varias veces del
sacramento de la Eucaristía para subrayar su relación con el amor cristiano,
tanto respecto a Dios como al prójimo: « el Dios encarnado nos atrae a todos
hacia sí. Se entiende, pues, que elagapé se haya convertido también
en un nombre de la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos
llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros ».[12]
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CREER
MISTERIO QUE SE HA DE CREER
«Éste es el trabajo que Dios
quiere:
que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29)
que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29)
6. « Este es el Misterio de la fe ». Con esta
expresión, pronunciada inmediatamente después de las palabras de la consagración,
el sacerdote proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la
conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor
Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En efecto, la
Eucaristía es « misterio de la fe » por excelencia: « es el compendio y la suma
de nuestra fe ».[13] La
fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo
particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos
aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de
la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor
resucitado que se produce en los sacramentos: « La fe se expresa en el rito y
el rito refuerza y fortalece la fe ».[14] Por
eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; «
gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo ».[15] Cuanto
más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, tanto más profunda es su
participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la
misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La historia misma de la Iglesia
es testigo de ello. Toda gran reforma está vinculada de algún modo al
redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio de su
pueblo.
El pan que baja del cielo
7. La primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de
Dios, el amor trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una
expresión iluminadora a este respecto: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a
su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que
tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al mundo para condenar al
mundo, sino para que el mundo se salve por él » (Jn 3,16-17). Estas
palabras muestran la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da
« algo », sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así
toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el
Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos
también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la
multiplicación de los panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo
habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: « Es mi Padre el que os da el
verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la
vida al mundo » (Jn 6,32-33); y llega a identificarse él mismo, la
propia carne y la propia sangre, con ese pan: « Yo soy el pan vivo que ha
bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo
daré es mi carne, para la vida del mundo » (Jn 6,51). Jesús se
manifiesta así como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.
Don gratuito de la Santísima Trinidad
8. En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la
historia de la salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus
Trinitas, que en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une
plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya
apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1
Co 11,23-26), nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros
en la forma del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la creación, el hombre fue llamado a
compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Gn 2,7).
Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo que
se nos da sin medida (cf. Jn 3,34), donde nos convertimos en
verdaderos partícipes de la intimidad divina.[16] Jesucristo,
pues, « que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como
sacrificio sin mancha » (Hb 9,14), nos comunica la misma vida
divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se
debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La
Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El « misterio de
la fe » es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia, estamos
llamados a participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar con san
Agustín: « Ves la Trinidad si ves el amor ».[17]
La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
9. La misión para la que Jesús vino a nosotros llega a su cumplimiento
en el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí
(cf. Jn 12,32), antes de « entregar el espíritu » dice: « Todo
está cumplido » (Jn 19,30). En el misterio de su obediencia hasta
la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), se ha cumplido
la nueva y eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han
encontrado definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble y
válido para siempre. También el pecado del hombre ha sido expiado una vez por
todas por el Hijo de Dios (cf. Hb 7,27; 1 Jn 2,2;
4,10). Como he tenido ya oportunidad de decir: « En su muerte en la cruz se
realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al
hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma más radical ».[18] En
el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del mal y
de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la «
nueva y eterna alianza », estipulada en su sangre derramada (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20).
Esta meta última de su misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida
pública. En efecto, cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús,
exclama: « Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo » (Jn 1,19). Es significativo que la misma expresión se
repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la invitación del sacerdote
para acercarse a comulgar: « Éste es el Cordero de Dios, que quita
el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor ». Jesús es
el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido
espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva
y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos
propone de nuevo en cada celebración.[19]
Institución de la Eucaristía
10. De este modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la
Eucaristía en la última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la
que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la
liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la
inmolación de los corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era conmemoración
del pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria profética, es decir, anuncio
de una liberación futura. En efecto, el pueblo había experimentado que aquella
liberación no había sido definitiva, puesto que su historia estaba todavía
demasiado marcada por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua
liberación se abría así a la súplica y a la esperanza de una salvación más
profunda, radical, universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús
introduce la novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah,
da gracias al Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la historia
pasada, sino también por la propia « exaltación ». Al instituir el sacramento
de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la
victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero
inmolado, previsto en el designio del Padre desde la creación del mundo, como
se lee en la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20).
Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su
muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la
historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía
muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en
Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la
humanidad.
Figura transit in veritatem
11. De este modo Jesús inserta su novum radical dentro
de la antigua cena sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario
repetir aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura
transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado
paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado
definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de
la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum.[20] Con
el mandato « Haced esto en conmemoración mía » (cf. Lc 22,19; 1
Co 11,25), nos pide corresponder a su don y representarlo
sacramentalmente. Por tanto, el Señor expresa con estas palabras, por decirlo
así, la esperanza de que su Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don,
desarrollando bajo la guía del Espíritu Santo la forma litúrgica del
Sacramento. En efecto, el memorial de su total entrega no consiste en la simple
repetición de la última Cena, sino propiamente en la Eucaristía, es decir, en
la novedad radical del culto cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea
de participar en su « hora ». « La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo
de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado,
sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega ».[21])
Él « nos atrae hacia sí ».[22] La
conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce
en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de « fisión
nuclear », por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce
en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de
transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del
mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1 Co 15,28).
Jesús y el Espíritu Santo
12. Con su palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha
ofrecido los elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está
llamada a celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya.
Introduce así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres
y lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio
se celebra en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada por el Espíritu
Santo, desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares.[23] A
este propósito es necesario despertar en nosotros la conciencia del papel
decisivo que desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo de la forma litúrgica
y en la profundización de los divinos misterios. El Paráclito, primer don para
los creyentes,[24] que
actúa ya en la creación (cf. Gn 1,2), está plenamente presente
en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo fue concebido por la
Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,18; Lc 1,35);
al comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán, lo ve bajar sobre sí en
forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este mismo Espíritu
actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por Él se
ofrece a sí mismo (cf. Hb 9,14). En los llamados « discursos
de despedida » recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación entre
el don de su vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a los suyos (cf. Jn 16,7).
Una vez resucitado, llevando en su carne las señales de la pasión, Él infunde
el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos partícipes de
su propia misión (cf. Jn20,21). Será el Espíritu quien enseñe
después a los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que Cristo ha
dicho (cf. Jn14,26), porque corresponde a Él, como Espíritu de la
verdad (cf. Jn 15,26), guiarlos hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13).
En el relato de los Hechos, el Espíritu desciende sobre los
Apóstoles reunidos en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y
los anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por
tanto, Cristo mismo, en virtud de la acción del Espíritu, está presente y
operante en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu Santo y Celebración eucarística
13. En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo
en la Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la
transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la Iglesia.
San Cirilo de Jerusalén, en susCatequesis, recuerda que nosotros «
invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Espíritu sobre las ofrendas
que están ante nosotros, para que Él convierta el pan en cuerpo de Cristo y el
vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu Santo es santificado y
transformado totalmente ».[25] También
san Juan Crisóstomo hace notar que el sacerdote invoca el Espíritu Santo cuando
celebra el Sacrificio[26]:
como Elías —dice—, el ministro invoca el Espíritu Santo para que, «
descendiendo la gracia sobre la víctima, se enciendan por ella las almas de todos
».[27] Es
muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen más clara
conciencia de la riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por
Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para
que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se
conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que « toda la
comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo ».[28] El
Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos
sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles « en un sólo cuerpo »,
haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre.[29]
Eucaristía, principio causal de la Iglesia
14. Por el Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su
propia « hora »; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer
entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en
el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su
cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relación entre el
origen de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn 2,21-23)
y de la nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el
sueño de la muerte: del costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua
(cf. Jn 19,34), símbolo de los sacramentos.[30]Contemplar
« al que atravesaron » (Jn 19,37) nos lleva a considerar la unión
causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia. En efecto, la
Iglesia « vive de la Eucaristía ».[31] Ya
que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que
reconocer ante todo que « hay un influjo causal de la Eucaristía en los
orígenes mismos de la Iglesia ».[32] La
Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su
cuerpo. Por tanto, en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica
la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía,[33] la
primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y
adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el
mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La
posibilidad que tiene la Iglesia de « hacer » la Eucaristía tiene su raíz en la
donación que Cristo le ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un
aspecto elocuente de la fórmula de san Juan: « Él nos ha amado primero » (1Jn 4,19).
Así, también nosotros confesamos en cada celebración la primacía del don de
Cristo. En definitiva, el influjo causal de la Eucaristía en el origen de la
Iglesia revela la precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del
habernos « amado primero ». Él es quien eternamente nos ama primero.
Eucaristía y comunión eclesial
15. La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la
Iglesia. Por eso la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus
Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el
Cuerpo eclesial de Cristo.[34] Este
dato, muy presente en la tradición, ayuda a aumentar en nosotros la conciencia
de que no se puede separar a Cristo de la Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose
a sí mismo en sacrificio por nosotros, anunció eficazmente en su donación el
misterio de la Iglesia. Es significativo que en la segunda plegaria eucarística,
al invocar al Paráclito, se formule de este modo la oración por la unidad de la
Iglesia: « que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos
participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo ». Este pasaje permite
comprender bien que la res del Sacramento eucarístico incluye
la unidad de los fieles en la comunión eclesial. La Eucaristía se muestra así
en las raíces de la Iglesia como misterio de comunión.[35]
Ya en su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, el siervo de Dios Juan Pablo II llamó
la atención sobre la relación entre Eucaristía ycommunio. Se refirió al
memorial de Cristo como la « suprema manifestación sacramental de la comunión
en la Iglesia ».[36] La
unidad de la comunión eclesial se revela concretamente en las comunidades
cristianas y se renueva en el acto eucarístico que las une y las diferencia en
Iglesias particulares, « in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia
catholica exsistit ».[37] Precisamente
la realidad de la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al
propio Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares
subsisten in y ex Ecclesia. En efecto, « la
unicidad e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad
de su Cuerpo místico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro
eucarístico surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante, de cada
Iglesia particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos del Señor se
sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso ».[38] Por
este motivo, en la celebración de la Eucaristía cada fiel se encuentra en su Iglesia,
es decir, en la Iglesia de Cristo. En esta perspectiva eucarística, comprendida
adecuadamente, la comunión eclesial se revela una realidad católica por su
propia naturaleza.[39] Subrayar
esta raíz eucarística de la comunión eclesial puede contribuir también
eficazmente al diálogo ecuménico con las Iglesias y con las Comunidades
eclesiales que no están en plena comunión con la Sede de Pedro. En efecto, la
Eucaristía establece objetivamente un fuerte vínculo de unidad entre la Iglesia
católica y las Iglesias ortodoxas que han conservado la auténtica e íntegra
naturaleza del misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo, el relieve dado al
carácter eclesial de la Eucaristía puede convertirse también en elemento
privilegiado en el diálogo con las Comunidades nacidas de la Reforma.[40]
Sacramentalidad de la Iglesia
16. El Concilio Vaticano II recordó que « los demás sacramentos, como
también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están
unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto,
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua y Pan vivo que, por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu
Santo, da vida a los hombres.. Así, los hombres son invitados y llevados a
ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo
».[41] Esta
relación íntima de la Eucaristía con los otros sacramentos y con la existencia
cristiana se comprende en su raíz cuando se contempla el misterio de la Iglesia
como sacramento.[42] A
este propósito, el Concilio Vaticano II afirma que « La Iglesia es en Cristo
como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano ».[43]Ella,
como dice san Cipriano, en cuanto « pueblo convocado por el unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo »,[44] es
sacramento de la comunión trinitaria.
El hecho de que la Iglesia sea « sacramento universal de salvación »[45] muestra
cómo la « economía » sacramental determina en último término el modo cómo
Cristo, único Salvador, mediante el Espíritu llega a nuestra existencia en sus
circunstancias específicas. La Iglesia se recibe y al mismo
tiempo se expresa en los siete sacramentos, mediante los
cuales la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su
vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios. En esta
perspectiva, deseo subrayar aquí algunos elementos, señalados por los Padres
sinodales, que pueden ayudar a comprender la relación de todos los sacramentos
con el misterio eucarístico.
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana
17. Puesto que la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen de la
vida y de la misión de la Iglesia, el camino de iniciación cristiana tiene como
punto de referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este
respecto, como han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos si en
nuestras comunidades cristianas se percibe de manera suficiente el estrecho
vínculo que hay entre el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.[46] En
efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la
Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una
comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana. El sacramento del
Bautismo, mediante el cual nos configuramos con Cristo,[47] nos
incorporamos a la Iglesia y nos convertimos en hijos de Dios, es la puerta para
todos los sacramentos. Con él se nos integra en el único Cuerpo de Cristo (cf. 1
Co 12,13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el
Sacrificio eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el
Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la edificación del Cuerpo
de Cristo (cf. 1 Co 12) y para un mayor testimonio evangélico
en el mundo.[48] Así
pues, la santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es
como el centro y el fin de toda la vida sacramental.[49]
Orden de los sacramentos de la iniciación
18. A este respeto es necesario prestar atención al tema del orden de los
Sacramentos de la iniciación. En la Iglesia hay tradiciones diferentes. Esta
diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de Oriente,[50] y
en la misma praxis occidental por lo que se refiere a la iniciación de los
adultos,[51] a
diferencia de la de los niños.[52] Sin
embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de
carácter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede
efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la
Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación. En estrecha
colaboración con los competentes Dicasterios de la Curia Romana, las
Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos
de iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano a madurar con la acción
educadora de nuestras comunidades, y a asumir en su vida una impronta
auténticamente eucarística, que le haga capaz de dar razón de su propia
esperanza de modo adecuado en nuestra época (cf. 1 P 3,15).
Iniciación, comunidad eclesial y familia
19. Se ha de tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es
un camino de conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en
constante referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo
quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera
evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los padres
los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo llamar la
atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación cristiana
y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia
cristiana al itinerario de iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y
acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no sólo para la
persona que los recibe sino también para toda la familia, la cual ha de ser
ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación
de sus diversos miembros.[53] Quisiera
subrayar aquí la importancia de la primera Comunión. Para muchos fieles este
día queda grabado en la memoria, con razón, como el primer momento en que,
aunque de modo todavía inicial, se percibe la importancia del encuentro
personal con Jesús. La pastoral parroquial debe valorar adecuadamente esta
ocasión tan significativa.
Su relación intrínseca
20. Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva
también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación.[54] Debido
a la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el
sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino
penitencial (cf. 1 Co 11,27-29). Efectivamente, como se
constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que
tiende a borrar el sentido del pecado,[55] favoreciendo
una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de
Dios para acercarse dignamente a la Comunión sacramental.[56] En
realidad, perder la conciencia de pecado comporta siempre también una cierta
superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a
los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa,
expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de
Dios.[57] Además,
la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el pecado
nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta también una herida
para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo. Por
esto la Reconciliación, como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus
quidam baptismus,[58] subrayando
de esta manera que el resultado del camino de conversión supone el
restablecimiento de la plena comunión eclesial, expresada al acercarse de nuevo
a la Eucaristía.[59]
Algunas observaciones pastorales
21. El Sínodo ha recordado que es cometido pastoral del Obispo promover
en su propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la conversión
que nace de la Eucaristía, y fomentar entre los fieles la confesión frecuente.
Todos los sacerdotes deben dedicarse con generosidad, empeño y competencia a la
administración del sacramento de la Reconciliación.[60] A
este propósito, se debe procurar que los confesionarios de nuestras iglesias
estén bien visibles y sean expresión del significado de este Sacramento. Pido a
los Pastores que vigilen atentamente sobre la celebración del sacramento de la
Reconciliación, limitando la praxis de la absolución general exclusivamente a
los casos previstos,[61] siendo
la celebración personal la única forma ordinaria.[62] Frente
a la necesidad de redescubrir el perdón sacramental, debe haber siempre un Penitenciario [63] en
todas las diócesis. En fin, una praxis equilibrada y profunda de la indulgencia,
obtenida para sí o para los difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva
toma de conciencia de la relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la
indulgencia se gana « la remisión ante Dios de la pena temporal por los
pecados, ya perdonados en lo referente a la culpa ».[64] El
recurso a las indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas
no podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda
la comunidad; por otra parte, la práctica de la indulgencia, que, además de la
doctrina de los méritos infinitos de Cristo, implica la de la comunión de los
santos, enseña « la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran
importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno ».[65] Esta
práctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el camino
de conversión y a descubrir el carácter central de la Eucaristía en la vida
cristiana, ya que las condiciones que prevé su misma forma incluye el acercarse
a la confesión y a la comunión sacramental.
22. Jesús no solamente envió a sus discípulos a curar a los enfermos
(cf. Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que
instituyó también para ellos un sacramento específico: la Unción de los
enfermos.[66] La Carta
de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en la
primera comunidad cristiana (cf. St 5,14-16). Si la Eucaristía
muestra cómo los sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en
amor, la Unción de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al
ofrecimiento que Cristo ha hecho de sí para la salvación de todos, de tal
manera que él también pueda, en el misterio de la comunión de los santos,
participar en la redención del mundo. La relación entre estos sacramentos se manifiesta,
además, en el momento en que se agrava la enfermedad: « A los que van a dejar
esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la
Eucaristía como viático ».[67] En
el momento de pasar al Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo
se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de resurrección: « El que
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el
último día » (Jn 6,54). Puesto que el santo Viático abre al enfermo
la plenitud del misterio pascual, es necesario asegurarle su recepción.[68])
La atención y el cuidado pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio
espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más
pequeño se lo hemos hecho a Jesús mismo (cf. Mt 25,40).
In persona Christi capitis
23. La relación intrínseca entre Eucaristía y sacramento del Orden se
desprende de las mismas palabras de Jesús en el Cenáculo: « haced esto en
conmemoración mía » (Lc 22,19). En efecto, la víspera de su muerte,
Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el sacerdocio de
la nueva Alianza. Él es sacerdote, víctima y altar: mediador entre Dios
Padre y el pueblo (cf. Hb 5,5-10), víctima de expiación (cf. 1
Jn 2,2; 4,10) que se ofrece a sí mismo en el altar de la cruz. Nadie
puede decir « esto es mi cuerpo » y « éste es el cáliz de mi sangre » si no es
en el nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y
eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El Sínodo de los Obispos en otras
asambleas trató ya el tema del sacerdocio ordenado, tanto por lo que se refiere
a la identidad del ministerio[69] como
a la formación de los candidatos.[70] Ahora,
a la luz del diálogo tenido en la última Asamblea sinodal, creo oportuno
recordar algunos valores sobre la relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante
todo, se ha de reafirmar que el vínculo entre el Orden sagrado y la Eucaristía
se hace visible precisamente en la Misa presidida por el Obispo o el
presbítero en la persona de Cristo como cabeza.
La doctrina de la Iglesia considera la ordenación sacerdotal condición
imprescindible para la celebración válida de la Eucaristía.[71]En
efecto, « en el servicio eclesial del ministerio ordenado es Cristo mismo quien
está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo
sacerdote del sacrificio redentor ».[72] Ciertamente,
el ministro ordenado « actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando
presenta a Dios la oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el
sacrificio eucarístico ».[73]Es
necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben
ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino
a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la
acción litúrgica contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el
sacerdote es servidor y tiene que esforzarse continuamente en ser signo que,
como dócil instrumento en sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa
particularmente en la humildad con la que el sacerdote dirige la acción
litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito,
evitando todo lo que pueda dar precisamente la sensación de un protagonismo
suyo inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero que profundice cada vez más en
la conciencia de su propio ministerio eucarístico como un humilde servicio a
Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris
officium,[74] es
el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10,14-15).
Eucaristía y celibato sacerdotal
24. Los Padres sinodales han querido subrayar que el sacerdocio
ministerial requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración con
Cristo. Respetando la praxis y las diferentes tradiciones orientales, es
necesario reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado
con razón como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de
elegir como obispos sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran
estima la opción por el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto,
esta opción del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo
configura con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de
Dios.[75] El
hecho de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el
sacrificio de la cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro
para entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto.
Así pues, no basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente
funcionales. En realidad, representa una especial configuración con el estilo
de vida del propio Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una
identificación con el corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa.
Junto con la gran tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II[76] y
con los Sumos Pontífices predecesores míos,[77] reafirmo
la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como
signo que expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al
Reino de Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para la tradición
latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y entrega, es una
grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma.
Escasez de clero y pastoral vocacional
25. A propósito del vínculo entre el sacramento del Orden y la
Eucaristía, el Sínodo reflexionó sobre la preocupación que ocasiona en muchas
diócesis la escasez de sacerdotes. Esto no sólo ocurre en algunas zonas de
primera evangelización, sino también en muchos países de larga tradición
cristiana. Ciertamente, una distribución del clero más equitativa favorecería
la solución del problema. Es preciso, además, hacer un trabajo de sensibilización
capilar. Los Obispos han de implicar a los Institutos de Vida consagrada y a
las nuevas realidades eclesiales en las necesidades pastorales, respetando su
carisma propio, y pedir a todos los miembros del clero una mayor disponibilidad
para servir a la Iglesia allí dónde sea necesario, aunque comporte sacrificio.[78] En
el Sínodo se ha discutido también sobre las iniciativas pastorales que se han
de emprender para favorecer, sobre todo en los jóvenes, la apertura interior a
la vocación sacerdotal. Esta situación no se puede solucionar con simples
medidas pragmáticas. Se ha de evitar que los Obispos, movidos por comprensibles
preocupaciones por la falta de clero, omitan un adecuado discernimiento
vocacional y admitan a la formación específica, y a la ordenación, candidatos
sin los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal.[79] Un
clero no suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el debido
discernimiento, difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado para suscitar
en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. La
pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad
cristiana en todos sus ámbitos.[80] Obviamente,
en este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de
sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso
a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se abran con generosidad al don
de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En
síntesis, hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la
radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.
Gratitud y esperanza
26. Es necesario tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina.
Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, nunca debe faltar la
confianza en que Cristo seguirá suscitando hombres que, dejando cualquier otra
ocupación, se dediquen totalmente a la celebración de los sagrados misterios, a
la predicación del Evangelio y al ministerio pastoral. Deseo aprovechar esta
ocasión para dar las gracias, en nombre de la Iglesia entera, a todos los
Obispos y presbíteros que desempeñan fielmente su propia misión con dedicación
y entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia se dirige también a
los diáconos, a los cuales se les imponen las manos « no para el sacerdocio
sino para el servicio ».[81] Como
ha recomendado la Asamblea del Sínodo, expreso un agradecimiento especial a los
presbíteros fidei donum, que con competencia y generosa dedicación,
sin escatimar energías en el servicio a la misión de la Iglesia, edifican la
comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida.[82] Por
último, hay que dar gracias a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta
el sacrificio de la propia vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera
elocuente lo que significa ser sacerdote hasta el fin. Se trata de testimonios
conmovedores que pueden impulsar a muchos jóvenes a seguir a Cristo y a dar su
vida por los demás, encontrando así la vida verdadera.
Eucaristía, sacramento esponsal
27. La Eucaristía, sacramento de la caridad, muestra una relación
particular con el amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio.
Profundizar en esta relación es una necesidad propia de nuestro tiempo.[83] El
Papa Juan Pablo II afirmó en numerosas ocasiones el carácter esponsal de la
Eucaristía y su relación peculiar con el sacramento del Matrimonio: « La
Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo,
de la Esposa ».[84] Por
otra parte, « toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de
Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, que introduce en el Pueblo de Dios, es
un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al
banquete de bodas, la Eucaristía ».[85] La
Eucaristía corrobora de manera inagotable la unidad y el amor indisolubles de
cada Matrimonio cristiano. En él, por medio del sacramento, el vínculo conyugal
se encuentra intrínsecamente ligado a la unidad eucarística entre Cristo esposo
y la Iglesia esposa (cf. Ef 5,31-32). El consentimiento
recíproco que marido y mujer se dan en Cristo, y que los constituye en
comunidad de vida y amor, tiene también una dimensión eucarística. En efecto,
en la teología paulina, el amor esponsal es signo sacramental del amor de
Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto culminante en la Cruz,
expresión de sus « nupcias » con la humanidad y, al mismo tiempo, origen y
centro de la Eucaristía. Por eso, la Iglesia manifiesta una cercanía espiritual
particular a todos los que han fundado sus familias en el sacramento del
Matrimonio.[86] La
familia —iglesia doméstica[87]—
es un ámbito primario de la vida de la Iglesia, especialmente por el papel
decisivo respecto a la educación cristiana de los hijos.[88] En
este contexto, el Sínodo ha recomendado también destacar la misión singular de
la mujer en la familia y en la sociedad, una misión que debe ser defendida,
salvaguardada y promovida.[89] Ser
esposa y madre es una realidad imprescindible que nunca debe ser menospreciada.
Eucaristía y unidad del matrimonio
28. Precisamente a la luz de esta relación intrínseca entre matrimonio,
familia y Eucaristía se pueden considerar algunos problemas pastorales. El
vínculo fiel, indisoluble y exclusivo que une a Cristo con la Iglesia, y que
tiene su expresión sacramental en la Eucaristía, se corresponde con el dato
antropológico originario según el cual el hombre debe estar unido de modo
definitivo a una sola mujer y viceversa (cf. Gn 2,24; Mt 19,5).
En este orden de ideas, el Sínodo de los Obispos ha afrontado el tema de la
praxis pastoral respecto a quien, proviniendo de culturas en que se practica la
poligamia, se encuentra con el anuncio del Evangelio. A quienes se hallan en
dicha situación, y se abren a la fe cristiana, se les debe ayudar a integrar su
proyecto humano en la novedad radical de Cristo. En el proceso del
catecumenado, Cristo los asiste en su condición específica y los llama a la
plena verdad del amor a través de las renuncias necesarias, con vistas a la
comunión eclesial perfecta. La Iglesia los acompaña con una pastoral llena de
comprensión y también de firmeza,[90] sobre
todo enseñándoles la luz de los misterios cristianos que se refleja en la
naturaleza y los afectos humanos.
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
29. Puesto que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en
Cristo por su Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el
sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero
amor.[91] Por
tanto, está más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha dedicado
a las situaciones dolorosas en que se encuentran no pocos fieles que, después
de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y contraído
nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo, una
verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente
incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están
obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar
espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.[92] El
Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la
Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los
sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición
de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia
que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados
vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia,
que los sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible,
cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa
Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración
eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo
con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de
caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos.
Donde existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio
sacramental contraído, se debe hacer todo lo necesario para averiguar su
fundamento. Es preciso también asegurar, con pleno respeto del derecho
canónico,[93] que
haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su carácter pastoral, así como
su correcta y pronta actuación.[94] En
cada diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para el
adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que « es una
obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los
tribunales sea cada vez más cercana a los fieles ».[95] Sin
embargo, se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una
contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el
amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el
derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que « se
integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ».[96] Por
esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las
condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la
Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las
exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán
acercarse a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la
praxis eclesial. Para que semejante camino sea posible y produzca frutos, debe
contar con la ayuda de los pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas,
evitando en todo caso la bendición de estas relaciones, para que no surjan
confusiones entre los fieles sobre del valor del matrimonio.[97]
Debido a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en
muchos países, el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la
formación de los novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre
los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio.
Un discernimiento serio sobre este punto podrá evitar que los dos jóvenes,
movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades
que luego no sabrían respetar.[98] El
bien que la Iglesia y toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la familia
fundada en él, es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de este ámbito
pastoral específico. Matrimonio y familia son instituciones que deben ser
promovidas y protegidas de cualquier equívoco posible sobre su auténtica
verdad, porque el daño que se les hace provoca de hecho una herida a la
convivencia humana como tal.
Eucaristía: don al hombre en camino
30. Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la
Iglesia peregrina en el tiempo[99] hacia
la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es
igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a
pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y
toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.). El hombre ha sido creado
para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios puede dar. Pero
nuestra libertad herida se perdería si no fuera posible experimentar, ya desde
ahora, algo del cumplimiento futuro. Por otra parte, todo hombre, para poder
caminar en la dirección correcta, necesita ser orientado hacia la meta final.
Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor del pecado y
la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la Celebración
eucarística. De este modo, aún siendo todavía como « extranjeros y forasteros »
(1 P 2,11) en este mundo, participamos ya por la fe de la plenitud
de la vida resucitada. El banquete eucarístico, revelando su dimensión
fuertemente escatológica, viene en ayuda de nuestra libertad en camino.
El banquete escatológico
31. Reflexionando sobre este misterio, podemos decir que, con su venida,
Jesús se puso en relación con la expectativa del pueblo de Israel, de toda la
humanidad y, en el fondo, de la creación misma. Con el don de sí mismo,
inauguró objetivamente el tiempo escatológico. Cristo vino para congregar al Pueblo
de Dios disperso (cf. Jn 11,52), manifestando claramente la
intención de reunir la comunidad de la alianza, para llevar a cumplimiento las
promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf. Jr 23,3; 31,10; Lc1,55.70).
En la llamada de los Doce, que tiene una clara relación con las doce tribus de
Israel, y en el mandato que les dio en la última Cena, antes de su Pasión
redentora, de celebrar su memorial, Jesús ha manifestado que quería trasladar a
toda la comunidad fundada por Él la tarea de ser, en la historia, signo e
instrumento de esa reunión escatológica, iniciada en Él. Así pues, en cada
Celebración eucarística se realiza sacramentalmente la reunión escatológica del
Pueblo de Dios. El banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del
banquete final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y
descrito en el Nuevo Testamento como « las bodas del cordero » (Ap 19,7-9),
que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos.[100]
Oración por los difuntos
32. La Celebración eucarística, en la que anunciamos la muerte del
Señor, proclamamos su resurrección, en la espera de su venida, es prenda de la
gloria futura en la que serán glorificados también nuestros cuerpos. La
esperanza de la resurrección de la carne y la posibilidad de encontrarnos de
nuevo, cara a cara, con quienes nos han precedido en el signo de la fe, se
fortalece en nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra
salvación. En esta perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera
recordar a todos los fieles la importancia de la oración de sufragio por los
difuntos, y en particular la celebración de santas Misas por ellos,[101] para
que, una vez purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. Al descubrir
la dimensión escatológica que tiene la Eucaristía, celebrada y adorada, se nos
ayuda en nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de la gloria
(cf. Rm 5,2; Tt2,13).
33. La relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado
escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la
vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí
misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía
en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que
se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado
encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre
nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de
esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta
escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde
ahora.
En María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo
sacramental con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la
criatura humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece
como la persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios.
Su Inmaculada Concepción se manifiesta claramente en la docilidad incondicional
a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada
instante ante la acción de Dios. La Virgen, siempre a la escucha, vive en plena
sintonía con la voluntad divina; conserva en su corazón las palabras que le
vienen de Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas
más a fondo (cf. Lc 2,19.51). María es la gran creyente que,
llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad.[102] Este
misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión
redentora de Jesús. Como afirmó el Concilio Vaticano II, « la Bienaventurada
Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su
Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25),
sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre
que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como
víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al
discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo ».[103] Desde
la Anunciación hasta la Cruz, María es aquélla que acoge la Palabra que se hizo
carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, ella es
quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya exánime, de Aquél que de
verdad ha amado a los suyos « hasta el extremo » (Jn 13,1).
Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al
Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose
plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los
Padres sinodales han afirmado que « María inaugura la participación de la
Iglesia en el sacrificio del Redentor ».[104] Ella
es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera,
se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia
naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el
don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía.
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
«Os aseguro que no fue Moisés quien os
dio el pan del cielo,
sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6,32)
sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6,32)
Lex orandi y lex credendi
34. El Sínodo de los Obispos ha reflexionado mucho sobre la relación
intrínseca entre fe eucarística y celebración, poniendo de relieve el nexo
entre lex orandi y lex credendi, y subrayando la
primacía de la acción litúrgica. Es necesario vivir la Eucaristía
como misterio de la fe celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de
que « el intellectus fidei está originariamente siempre en
relación con la acción litúrgica de la Iglesia ».[105] En
este ámbito, la reflexión teológica nunca puede prescindir del orden
sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra parte, la acción litúrgica
nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe.
En efecto, la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo
acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual.
Belleza y liturgia
35. La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de
modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la
liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente
con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece
el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos
llama a la comunión. En Jesús, como solía decir san Buenaventura, contemplamos
la belleza y el fulgor de los orígenes.[106] Este
atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos
llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos
salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación:
el amor.[107] Ya
en la creación, Dios se deja entrever en la belleza y la armonía del cosmos
(cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20). Encontramos
después en el Antiguo Testamento grandes signos del esplendor de la potencia de
Dios, que se manifiesta con su gloria a través de los prodigios obrados en el
pueblo elegido (cf. Ex 14; 16,10; 24,12-18; Nm 14,20-23).
En el Nuevo Testamento se llega definitivamente a esta epifanía de belleza en
la revelación de Dios en Jesucristo.[108] Él
es la plena manifestación de la gloria divina. En la glorificación del Hijo
resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1,14;
8,54; 12,28; 17,1). Sin embargo, esta belleza no es una simple armonía de
formas; « el más bello de los hombres » (Sal 45[44],33) es también,
misteriosamente, quien no tiene « aspecto atrayente, despreciado y evitado por
los hombres [...], ante el cual se ocultan los rostros » (Is 53,2).
Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar el
misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el
resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La verdadera
belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio
pascual.
La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión
eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre
la tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de
aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y
Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante
ellos (cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento
decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que
es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto,
hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su
propia naturaleza.
Christus totus in capite et in corpore
36. La belleza intrínseca de la liturgia tiene como sujeto propio a
Cristo resucitado y glorificado en el Espíritu Santo que, en su actuación,
incluye a la Iglesia.[109] En
esta perspectiva, es muy sugestivo recordar las palabras de san Agustín que
describen elocuentemente esta dinámica de fe propia de la Eucaristía. El gran
santo de Hipona, refiriéndose precisamente al Misterio eucarístico, pone de
relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí: « Este pan que vosotros veis sobre
el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo. Este
cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz, santificado por la palabra de
Dios, es sangre de Cristo. Por medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su
cuerpo y sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados. Si lo habéis
recibido dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis recibido ».[110] Por
lo tanto, « no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo mismo ».[111] Así
podemos contemplar la acción misteriosa de Dios que comporta la unidad profunda
entre nosotros y el Señor Jesús: « En efecto, no se ha de creer que Cristo esté
en la cabeza sin estar también en el cuerpo, sino que está enteramente en la
cabeza y en el cuerpo ».[112]
Eucaristía y Cristo resucitado
37. Puesto que la liturgia eucarística es esencialmente actio
Dei que nos une a Jesús a través del Espíritu, su fundamento no está
sometido a nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento.
En esto también es válida la afirmación indiscutible de san Pablo: « Nadie
puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo » (1 Co 3,11).
El Apóstol de los gentiles nos asegura además que, por lo que se refiere a la
Eucaristía, no nos transmite su doctrina personal, sino lo que él, a su vez,
recibió (cf. 1 Co 11,23). En efecto, la celebración de la
Eucaristía implica la Tradición viva. A partir de la experiencia del Resucitado
y de la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia celebra el Sacrificio
eucarístico obedeciendo el mandato de Cristo. Por este motivo, al inicio, la
comunidad cristiana se reúne el día del Señor para la fractio panis.
El día en que Cristo resucitó de entre los muertos, el domingo, es también el
primer día de la semana, el día que según la tradición veterotestamentaria
representaba el principio de la creación. Ahora, el día de la creación se ha
convertido en el día de la « nueva creación », el día de nuestra liberación en
el que conmemoramos a Cristo muerto y resucitado.[113]
38. En los trabajos sinodales se ha insistido varias veces en la
necesidad de superar cualquier posible separación entre el ars
celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la participación
plena, activa y fructuosa de todos los fieles. Efectivamente, el primer modo
con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado
es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es
la mejor premisa para la actuosa participatio.[114] El ars
celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en
su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde
hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están
llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación
santa (cf. 1 P 2,4-5.9).[115]
El Obispo, liturgo por excelencia
39. Si bien es cierto que todo el Pueblo de Dios participa en la
Liturgia eucarística, en el correcto ars celebrandi desempeñan
un papel imprescindible los que han recibido el sacramento del Orden. Obispos,
sacerdotes y diáconos, cada uno según su propio grado, han de considerar la
celebración como su deber principal.[116] En
primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él, como « primer dispensador de
los misterios de Dios en la Iglesia particular a él confiada, es el guía, el
promotor y custodio de toda la vida litúrgica ».[117] Todo
esto es decisivo para la vida de la Iglesia particular, no sólo porque la
comunión con el Obispo es la condición para que toda celebración en su
territorio sea legítima, sino también porque él mismo es por excelencia el
liturgo de su propia Iglesia.[118] A
él corresponde salvaguardar la unidad concorde de las celebraciones en su
diócesis. Por tanto, ha de ser un « compromiso del Obispo hacer que los
presbíteros, diáconos y los fieles comprendan cada vez mejor el sentido
auténtico de los ritos y los textos litúrgicos, y así se les guíe hacia una
celebración de la Eucaristía activa y fructuosa ».[119] En
particular, exhorto a cumplir todo lo necesario para que las celebraciones
litúrgicas oficiadas por el Obispo en la iglesia Catedral respeten plenamente
el ars celebrandi, de modo que puedan ser consideradas como modelo
para todas las iglesias de su territorio.[120]
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
40. Por consiguiente, al subrayar la importancia del ars
celebrandi, se pone de relieve el valor de las normas litúrgicas.[121] El ars
celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las
formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito,
los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Favorece la
celebración eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral
litúrgica se esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las
respectivas normas, resaltando las grandes riquezas de la Ordenación
General del Misal Romano y de la Ordenación de las Lecturas de
la Misa. En las comunidades eclesiales se da quizás por descontado que
se conocen y aprecian, pero a menudo no es así. En realidad, son textos que
contienen riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del
Pueblo de Dios a lo largo de dos milenios de historia. Para una adecuada ars
celebrandi es igualmente importante la atención a todas las formas de
lenguaje previstas por la liturgia: palabra y canto, gestos y silencios,
movimiento del cuerpo, colores litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la
liturgia tiene por su naturaleza una variedad de formas de comunicación que
abarcan todo el ser humano. La sencillez de los gestos y la sobriedad de los
signos, realizados en el orden y en los tiempos previstos, comunican y atraen
más que la artificiosidad de añadiduras inoportunas. La atención y la
obediencia de la estructura propia del ritual, a la vez que manifiestan el
reconocimiento del carácter de la Eucaristía como don, expresan la disposición
del ministro para acoger con dócil gratitud dicho don inefable.
El arte al servicio de la celebración
41. La relación profunda entre la belleza y la liturgia nos lleva a
considerar con atención todas las expresiones artísticas que se ponen al
servicio de la celebración.[122] Un
elemento importante del arte sacro es ciertamente la arquitectura de
las iglesias,[123]en
las que debe resaltar la unidad entre los elementos propios del presbiterio:
altar, crucifijo, tabernáculo, ambón, sede. A este respecto, se ha de tener
presente que el objetivo de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que
celebra los misterios de la fe, en particular la Eucaristía, el espacio más
apto para el desarrollo adecuado de su acción litúrgica.[124] En
efecto, la naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica
misma, que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son
las piedras vivas del templo (cf. 1 P 2,5).
El mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la
pintura y la escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a
la mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte
sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los
que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras
relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la
formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del
arte como materia importante, con especial referencia a los edificios de culto,
según las normas litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la
Eucaristía haya gusto por la belleza. También hay respetar y cuidar los
ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo
orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios,
manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción.[125]
El canto litúrgico
42. En el ars celebrandi desempeña un papel importante
el canto litúrgico.[126] Con
razón afirma san Agustín en un famoso sermón: « El hombre nuevo conoce el
cántico nuevo. El cantar es expresión de alegría y, si lo consideramos
atentamente, expresión de amor ».[127] El
Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La
Iglesia, en su historia bimilenaria, ha compuesto y sigue componiendo música y
cantos que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder.
Ciertamente, no podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este
respecto, se ha de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros
musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico,
el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración.[128] Por
consiguiente, todo —el texto, la melodía, la ejecución— ha de corresponder al
sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos
litúrgicos.[129] Finalmente,
si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones muy
loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore
adecuadamente el canto gregoriano[130] como
canto propio de la liturgia romana.[131]
43. Después de haber recordado los elementos básicos del ars
celebrandi puestos de relieve en los trabajos sinodales, quisiera
llamar la atención de modo más concreto sobre algunas partes de la estructura
de la celebración eucarística que requieren un cuidado especial en nuestro
tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica
deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición
eclesial.
Unidad intrínseca de la acción litúrgica
44. Ante todo, hay que considerar la unidad intrínseca del rito de la
santa Misa. Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la
celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito.
La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística —además de los ritos de
introducción y conclusión— « están estrechamente unidas entre sí y forman un
único acto de culto ».[132] En
efecto, la Palabra de Dios y la Eucaristía están intrínsecamente unidas.
Escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe (cf. Rm 10,17);
en la Eucaristía, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual.[133] Así
pues, « la Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas
de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo ».[134] Por
tanto, se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que la
Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin
connatural.
Liturgia de la Palabra
45. Junto con el Sínodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare y
se viva siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la
liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por
parte de lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que « cuando se leen en la
Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo,
presente en su palabra, anuncia el Evangelio ».[135] Si
las circunstancias lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que
ayuden a los fieles a una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra
de Dios ha de ser escuchada y acogida con espíritu eclesial y siendo
conscientes de su unidad con el Sacramento eucarístico. En efecto, la Palabra
que anunciamos y escuchamos es el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14),
y hace referencia intrínseca a la persona de Cristo y a su permanencia de
manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino en nuestro presente, ya
que Él mismo está presente en la acción litúrgica. En esta perspectiva
sacramental de la revelación cristiana,[136] el
conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar, celebrar
y vivir mejor la Eucaristía. A este respecto, se aprecia también en toda su
verdad la afirmación, según la cual « desconocer la Escritura es desconocer a
Cristo ».[137]
Para lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los
tesoros de la Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas
pastorales, celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina).
Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la
tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y
también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas
bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una
experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la
salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en
la celebración eucarística.[138]
Homilía
46. La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación
con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta « es parte de la
acción litúrgica »; [139] tiene
como finalidad favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios
en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han de « preparar la
homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada
Escritura ».[140] Han
de evitarse homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los
ministros un esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada
en estrecha relación con la celebración sacramental[141] y
con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente
sustento y vigor de la Iglesia.[142] Se
ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la
homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a
los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los
grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los
cuatro « pilares » del Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración
del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana.[143]
Presentación de las ofrendas
47. Los Padres sinodales han puesto también su atención en la
presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un « intervalo » entre la
liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría
perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En
realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan
y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor
para ser transformada y presentada al Padre.[144] En
este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del
mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para
ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras
superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre
para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano,
que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de
Cristo.
Plegaria eucarística
48. La Plegaria eucarística es « el centro y la cumbre de toda la
celebración ».[145] Su
importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias
eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición
viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual
inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación
General del Misal Romano nos ayuda en esto, recordándonos los
elementos fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción de gracias,
aclamación, epíclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis,
oblación, intercesión y doxología conclusiva.[146]En
particular, la espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se iluminan
al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del
Espíritu Santo y el relato de la institución,[147] en
la que « se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última
Cena ».[148] En
efecto, « la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza
del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres queden
consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para
que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la
salvación de quienes la reciben ».[149]
Rito de la paz
49. La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión
del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera
específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran
valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de
conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la
sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más
como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y
para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo indeleble en el
corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y
reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad,
dirigiéndola a Aquel que « es nuestra paz » (Ef 2,14), y que puede
pacificar a los pueblos y personas aun cuando fracasen las iniciativas humanas.
Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de
la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el
Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que
puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la
asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto
valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un
clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz
a los más cercanos.[150]
Distribución y recepción de la Eucaristía
50. Otro momento de la celebración, al que es necesario hacer
referencia, es la distribución y recepción de la santa Comunión. Pido a todos,
en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados,
están autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de
necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez,
corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el
Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me remito a
los documentos emanados recientemente.[151] Todas
las comunidades cristianas han de atenerse fielmente a las normas vigentes,
viendo en ellas la expresión de la fe y el amor que todos han de tener respecto
a este sublime Sacramento. Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de
gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser también
muy útil permanecer recogidos en silencio.[152]
A este propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral
con el que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al
hecho de que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas
celebradas con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además
de fieles practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no
se acercan al altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida
que no les permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están
presentes personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones.
Situaciones similares se producen también en iglesias que son meta de
visitantes, sobre todo en las grandes ciudades de en las que abunda el arte. En
estos casos, se ve la necesidad de usar expresiones breves y eficaces para
hacer presente a todos el sentido de la Comunión sacramental y las condiciones
para recibirla. Donde se den situaciones en las que no sea posible garantizar
la debida claridad sobre el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la
conveniencia de sustituir la Eucaristía con una celebración de la Palabra de
Dios.[153]
Despedida: « Ite, missa est »
51. Quisiera detenerme ahora en lo que los Padres sinodales han dicho
sobre el saludo de despedida al final de la Celebración eucarística. Después de
la bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las
palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar la relación
entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, «
missa » significaba simplemente « terminada ». Sin embargo, en el uso
cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión « missa »
se transforma, en realidad, en « misión ». Este saludo expresa sintéticamente
la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de
Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión
constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, sería útil disponer de
textos debidamente aprobados para la oración sobre el pueblo y la bendición
final que expresen dicha relación.[154]
Auténtica participación
52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la
participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la
celebración eucarística.[155] Ciertamente,
la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables progresos en
la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar el
hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el
sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta
palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la
celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha
de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de
conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana.
Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución
conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir
a la liturgia eucarística « como espectadores mudos o extraños », sino a
participar « consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada ».[156] El
Concilio prosigue la reflexión: los fieles, « instruidos por la Palabra de
Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a
Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo
por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día
a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí ».[157]
Participación y ministerio sacerdotal
53. La belleza y armonía de la acción litúrgica se manifiestan de manera
significativa en el orden con el cual cada uno está llamado a participar
activamente. Eso comporta el reconocimiento de las diversas funciones
jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil recordar que, de por
sí, la participación activa no es lo mismo que desempeñar un ministerio
particular. Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los fieles una
confusión ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas funciones
que corresponden a cada uno en la comunión eclesial.[158] En
particular, es preciso que haya claridad sobre las tareas específicas del
sacerdote. Éste es, como atestigua la tradición de la Iglesia, quien preside de
modo insustituible toda la celebración eucarística, desde el saludo inicial a
la bendición final. En virtud del Orden sagrado que ha recibido, él representa
a Jesucristo, Cabeza de la Iglesia y, de la manera que le es propia, también a
la Iglesia misma.[159] En
efecto, toda celebración de la Eucaristía está dirigida por el Obispo, « ya sea
personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores ».[160] Es
ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones específicas en la
celebración: preparar el altar y prestar servicio al sacerdote, proclamar el
Evangelio, predicar eventualmente la homilía, enunciar las intenciones en la
oración universal, distribuir la Eucaristía a los fieles.[161] En
relación con estos ministerios vinculados al sacramento del Orden, hay también
otros ministerios para el servicio litúrgico, que desempeñan religiosos y
laicos preparados, lo que es de alabar.[162]
Celebración eucarística e inculturación
54. A partir de las afirmaciones fundamentales del Concilio Vaticano II,
se ha subrayado varias veces la importancia de la participación activa de los
fieles en el Sacrificio eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir
algunas adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas.[163] El
hecho de que haya habido algunos abusos no disminuye la claridad de este
principio, que se debe mantener de acuerdo con las necesidades reales de la
Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones
culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio
de la Encarnación, naciendo de mujer como hombre perfecto (cf. Ga 4,4),
no sólo está en relación directa con las expectativas expresadas en el Antiguo
Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha
manifestado que Dios quiere encontrarse con nosotros en nuestro contexto vital.
Por tanto, para una participación más eficaz de los fieles en los santos
Misterios, es útil proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la
celebración eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que
ofrece la Ordenación General del Misal Romano,[164] interpretadas
a la luz de los criterios fijados por la IV Instrucción de la Congregación para
el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates
legitimae, del 25 de enero de 1994,[165] y
de las directrices dadas por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones
apostólicas postsinodales Ecclesia in Africa, Ecclesia in America, Ecclesia in Asia, Ecclesia in Oceania, Ecclesia in Europa.[166] Para
lograr este objetivo, recomiendo a las Conferencias Episcopales que favorezcan
el adecuado equilibrio entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas
adaptaciones,[167] siempre
de acuerdo con la Sede Apostólica.
Condiciones personales para una « actuosa participatio »
55. Al considerar el tema de la actuosa participatio de
los fieles en el rito sagrado, los Padres sinodales han resaltado también las
condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación.[168] Una
de ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de
caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa
en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes
examinar la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el
recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la
liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un
corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación. En
particular, es preciso persuadir a los fieles de que no puede haber una actuosa
participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo
parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el
compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad.
Sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos
acercamos también personalmente al altar para recibir la Comunión.[169] No
obstante, se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no induzca
a un cierto automatismo entre los fieles, como si por el solo hecho de
encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás
incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible
acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue
siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias,
es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por
ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II[170] y
recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual.[171]
Participación de los cristianos no católicos
56. Al tratar el tema de la participación nos encontramos
inevitablemente con el de los cristianos pertenecientes a Iglesias o
Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica.
A este respecto, se ha de decir que la unión intrínseca que se da entre
Eucaristía y unidad de la Iglesia nos lleva a desear ardientemente, por un
lado, el día en que podamos celebrar junto con todos los creyentes en Cristo la
divina Eucaristía y expresar así visiblemente la plenitud de la unidad que
Cristo ha querido para sus discípulos (cf. Jn 17,21). Por otro
lado, el respeto que debemos al sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo nos
impide hacer de él un simple « medio » que se usa indiscriminadamente para
alcanzar esta misma unidad.[172] En
efecto, la Eucaristía no sólo manifiesta nuestra comunión personal con
Jesucristo, sino que también implica la plena communio con la
Iglesia. Este es, pues, el motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza,
pedimos a los cristianos no católicos que comprendan y respeten nuestra
convicción, basada en la Biblia y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la
Comunión eucarística y la comunión eclesial están tan íntimamente unidas que
por lo general resulta imposible que los cristianos no católicos participen en
una sin tener la otra. Menos sentido tendría aún una verdadera concelebración
con ministros de Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena
comunión con la Iglesia Católica. No obstante, es verdad que, de cara a la
salvación, existe la posibilidad de admitir individualmente a cristianos no
católicos a la Eucaristía, al sacramento de la Penitencia y a la Unción de los
enfermos. Pero eso sólo en situaciones determinadas y excepcionales,
caracterizadas por condiciones bien precisas.[173] Éstas
están indicadas claramente en el Catecismo de la Iglesia Católica [174] y
en su Compendio.[175] Todos
tienen el deber de atenerse fielmente a ellas.
Participación a través de los medios de comunicación social
57. Debido al gran desarrollo de los medios de comunicación social, la
palabra « participación » ha adquirido en las últimas décadas un sentido más
amplio que en el pasado. Todos reconocemos con satisfacción que estos
instrumentos ofrecen también nuevas posibilidades en lo que se refiere a la
Celebración eucarística.[176] Eso
exige a los agentes pastorales del sector una preparación específica y un
acentuado sentido de responsabilidad. En efecto, la santa Misa que se transmite
por televisión adquiere inevitablemente una cierta ejemplaridad. Por tanto, se
ha de poner una especial atención en que la celebración, además de hacerse en
lugares dignos y bien preparados, respete las normas litúrgicas.
Por lo que se refiere al valor de la participación en la santa Misa que
los medios de comunicación hacen posible, quien ve y oye dichas transmisiones
ha de saber que, en condiciones normales, no cumple con el precepto dominical.
En efecto, el lenguaje de la imagen representa la realidad, pero no la
reproduce en sí misma.[177] Si
es loable que ancianos y enfermos participen en la santa Misa festiva a través
de las transmisiones radiotelevisivas, no puede decirse lo mismo de quien,
mediante tales transmisiones, quisiera dispensarse de ir al templo para la
celebración eucarística en la asamblea de la Iglesia viva.
« Actuosa participatio » de los enfermos
58. Teniendo presente la condición de los que no pueden ir a los lugares
de culto por motivos de salud o edad, quisiera llamar la atención de toda la
comunidad eclesial sobre la necesidad pastoral de asegurar la asistencia
espiritual a los enfermos, tanto a los que están en su casa como a los que
están hospitalizados. En el Sínodo de los Obispos se ha hecho referencia a
ellos varias veces. Se ha de procurar que estos hermanos y hermanas nuestros
puedan recibir con frecuencia la Comunión sacramental. Al reforzar así la
relación con Cristo crucificado y resucitado, podrán sentir su propia vida
integrada plenamente en la vida y la misión de la Iglesia mediante la ofrenda
del propio sufrimiento en unión con el sacrificio de nuestro Señor. Se ha de
reservar una atención particular a los discapacitados; si lo permite su
condición, la comunidad cristiana ha de favorecer su participación en la
celebración en un lugar de culto. A este respecto, se ha de procurar que los
edificios sagrados no tengan obstáculos arquitectónicos que impidan el acceso
de los minusválidos. Se ha de dar también la Comunión eucarística, cuando sea
posible, a los discapacitados mentales, bautizados y confirmados: ellos reciben
la Eucaristía también en la fe de la familia o de la comunidad que los
acompaña.[178]
Atención pastoral a los presos
59. La tradición espiritual de la Iglesia, siguiendo una indicación
específica de Cristo (cf. Mt 25,36), ha reconocido en la
visita a los presos una de las obras de misericordia corporal. Los que se
encuentran en esta situación tienen una necesidad especial de ser visitados por
el Señor mismo en el sacramento de la Eucaristía. Sentir la cercanía de la
comunidad eclesial, participar en la Eucaristía y recibir la sagrada Comunión
en un período de la vida tan particular y doloroso puede ayudar sin duda en el
propio camino de fe y favorecer la plena reinserción social de la persona.
Interpretando los deseos manifestados en la asamblea sinodal pido a las
diócesis que, en la medida de lo posible, pongan los medios adecuados para una
actividad pastoral que se ocupe de atender espiritualmente a los presos.[179]
Los emigrantes y su participación en la Eucaristía
60. Al plantearse el problema de los que se ven obligados a dejar la
propia tierra por diversos motivos, el Sínodo ha expresado particular gratitud
a los que se dedican a la atención pastoral de los emigrantes. En este
contexto, se ha de prestar una atención especial a los emigrantes que
pertenecen a las Iglesias católicas orientales y a los que, lejos de su propia
casa, tienen dificultades para participar en la liturgia eucarística según su
propio rito de pertenencia. Por eso, donde sea posible, concédaseles que puedan
ser asistidos por sacerdotes de su rito. En todo caso, pido a los Obispos que acojan
en la caridad de Cristo a estos hermanos. El encuentro entre los fieles de
diversos ritos puede convertirse también en ocasión de enriquecimiento
recíproco. Pienso particularmente en el beneficio que puede aportar, sobre todo
para el clero, el conocimiento de las diversas tradiciones.[180]
Las grandes concelebraciones
61. La asamblea sinodal ha considerado la calidad de la participación en
las grandes celebraciones que tienen lugar en circunstancias particulares, en
las que, además de un gran número de fieles, concelebran muchos sacerdotes.[181] Por
un lado, es fácil reconocer el valor de estos momentos, especialmente cuando el
Obispo preside rodeado de su presbiterio y de los diáconos. Por otro, en estas
circunstancias se pueden producir problemas por lo que se refiere a la
expresión sensible de la unidad del presbiterio, especialmente en la Plegaria
eucarística y en la distribución de la santa Comunión. Se ha de evitar que
estas grandes concelebraciones produzcan dispersión. Para ello, se han de
prever modos adecuados de coordinación y disponer el lugar de culto de manera
que permita a los presbíteros y a los fieles una participación plena y real. En
todo caso, se ha de tener presente que se trata de concelebraciones de carácter
excepcional y limitadas a situaciones extraordinarias.
Lengua latina
62. Lo dicho anteriormente, sin embargo, no debe ofuscar el valor de
estas grandes liturgias. En particular, pienso en las celebraciones que tienen
lugar durante encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Se las
debe valorar debidamente. Para expresar mejor la unidad y universalidad de la
Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en
sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: [182] exceptuadas
las lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas
celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones
más conocidas[183] de
la tradición de la Iglesia y, eventualmente, cantar algunas partes en canto
gregoriano. Más en general, pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo
del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa Misa en latín,
además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; y se ha de procurar
que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten
en gregoriano algunas partes de la liturgia.[184]
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
63. Una situación muy distinta es la que se da en algunas circunstancias
pastorales en las que, precisamente para lograr una participación más
consciente, activa y fructuosa, se favorecen las celebraciones en pequeños
grupos. Aun reconociendo el valor formativo que tienen estas iniciativas,
conviene precisar que han de estar en armonía con el conjunto del proyecto
pastoral de la diócesis. En efecto, dichas experiencias perderían su carácter
pedagógico si se las considerara como antagonistas o paralelas con respecto a
la vida de la Iglesia particular. A este propósito, el Sínodo ha subrayado
algunos criterios a los que es preciso atenerse: los grupos pequeños han de
servir para unificar la comunidad parroquial, no para fragmentarla; esto se
debe evaluar en la praxis concreta; estos grupos tienen que favorecer la
participación fructuosa de toda la asamblea y preservar en lo posible la unidad
de la vida litúrgica de cada familia.[185]
Catequesis mistagógica
64. La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una
participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente
al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida,
en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero. Por
este motivo, el Sínodo de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una
actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las
palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas que fueren,
correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se ha de promover una
educación en la fe eucarística que disponga a los fieles a vivir personalmente
lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio personal
y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos? A este
respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de
carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los
misterios celebrados.[186] En
particular, por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi y
la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que « la mejor
catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada ».[187] En
efecto, por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para
introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente
por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de
la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de
la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el
encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En
este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho
encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la
celebración de la Eucaristía. De esta estructura fundamental de la experiencia
cristiana nace la exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de
tener siempre presentes tres elementos:
a) Ante todo, la interpretación
de los ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos, según la tradición
viva de la Iglesia. Efectivamente, la celebración de la Eucaristía contiene en
su infinita riqueza continuas referencias a la historia de la salvación. En
Cristo crucificado y resucitado podemos celebrar verdaderamente el centro que
recapitula toda la realidad (cf. Ef 1,10). Desde el principio,
la comunidad cristiana ha leído los acontecimientos de la vida de Jesús, y en
particular el misterio pascual, en relación con todo el itinerario
veterotestamentario.
b) Además, la
catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los signos
contenidos en los ritos. Este cometido es particularmente urgente en una
época como la actual, tan imbuida por la tecnología, en la cual se corre el
riesgo de perder la capacidad perceptiva de los signos y símbolos. Más que
informar, la catequesis mistagógica debe despertar y educar la sensibilidad de
los fieles ante el lenguaje de los signos y gestos que, unidos a la palabra,
constituyen el rito.
c) Finalmente, la
catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los ritos en
relación con la vida cristiana en todas sus facetas, como el trabajo y
los compromisos, el pensamiento y el afecto, la actividad y el descanso. Forma
parte del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los misterios
celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles. En este
sentido, el resultado final de la mistagogía es tomar conciencia de que la
propia vida se transforma progresivamente por los santos misterios que se
celebran. Por otra parte, toda la educación cristiana tiene como objetivo
formar al fiel como « hombre nuevo », con una fe adulta, que lo haga capaz de
testimoniar en su propio ambiente la esperanza cristiana que lo anima.
Para realizar en nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa,
hay que contar con formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de
Dios ha de sentirse comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana
está llamada a ser ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se
celebran en la fe. A este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado
la conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida
consagrada, de los movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas,
pueden aportar un renovado impulso a la formación cristiana.[188] También
en nuestro tiempo el Espíritu Santo prodiga la efusión de sus dones para
sostener la misión apostólica de la Iglesia, a la cual corresponde difundir la
fe y educarla hasta su madurez.[189]
Veneración de la Eucaristía
65. Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística
tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio
de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de
manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el
itinerario mistagógico debe introducir a los fieles.[190] Pienso,
en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse
durante los momentos principales de la Plegaria eucarística. Para adecuarse a
la legítima diversidad de los signos que se usan en el contexto de las
diferentes culturas, cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de
encontrarse en toda celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a
nosotros de manera humilde en los signos sacramentales.
Relación intrínseca entre celebración y adoración
66. Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue cuando, junto con
muchos fieles, nos desplazamos a la Basílica de San Pedro para la adoración
eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar
la atención, no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación
intrínseca entre celebración eucarística y adoración. En este aspecto
significativo de la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos
decisivos del camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida
por el Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a
veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca
entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción
difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan
eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En
realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha
contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín:
« nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus
non adorando – Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la
adoráramos ».[191] En
efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea
unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de
la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de
adoración de la Iglesia.[192] Recibir
la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así,
nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente
la belleza de la liturgia celestial. La adoración fuera de la santa Misa
prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En
efecto, « sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera.
Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego
también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las
barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las
barreras que nos separan a los unos de los otros ».[193]
Práctica de la adoración eucarística
67. Por tanto, juntamente con la asamblea sinodal, recomiendo
ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de
la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria.[194] A
este respecto, será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique
a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente
y con mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre
todo en los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u
oratorios que se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que
en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la
Primera Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar
con Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía.
Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida
consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la
adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que
se dejan plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar
a las asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta
práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación para
toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los
individuos y de las comunidades.
Formas de devoción eucarística
68. La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en
la Eucaristía, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial,
haciendo que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso,
además de invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en
oración ante el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos
eclesiales que promuevan momentos de adoración comunitaria. Obviamente,
conservan todo su valor las formas de devoción eucarística ya existentes.
Pienso, por ejemplo, en las procesiones eucarísticas, sobre todo la procesión
tradicional en la solemnidad del Corpus Christi, en la práctica
piadosa de las Cuarenta Horas, en los Congresos eucarísticos locales, nacionales
e internacionales, y en otras iniciativas análogas. Estas formas de devoción,
debidamente actualizadas y adaptadas a las diversas circunstancias, merecen ser
cultivadas también hoy.[195]
Lugar del sagrario en la iglesia
69. Sobre la importancia de la reserva eucarística y de la adoración y
veneración del sacramento del sacrificio de Cristo, el Sínodo de los Obispos ha
reflexionado sobre la adecuada colocación del sagrario en nuestras iglesias.[196] En
efecto, esto ayuda a reconocer la presencia real de Cristo en el Santísimo
Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se conservan las
especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en
la iglesia, también gracias a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de
tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las
iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el sagrario está en
el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y
adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante. En
las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté cerca del
presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el sagrario en el
presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro
punto donde resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al
sagrario, cuyo aspecto artístico también debe cuidarse. Obviamente, se ha tener
en cuenta lo que dice a este respecto la Ordenación General del Misal
Romano.[197] En
todo caso, el juicio último en esta materia corresponde al Obispo diocesano.
TERCERA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
«El Padre que vive me ha enviado y yo
vivo por el Padre;
del mismo modo, el que come, vivirá por mí» (Jn 6,57)
del mismo modo, el que come, vivirá por mí» (Jn 6,57)
El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)
70. El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de
amor, hablando del don de su vida nos asegura que « quien coma de este pan
vivirá para siempre » (Jn 6,51). Pero esta « vida eterna » se
inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico
realiza en nosotros: « El que me come vivirá por mí » (Jn 6,57).
Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio « creído » y «
celebrado » contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida
nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el
Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un
modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice
en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma,
poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que se le
dice: « Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme
en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí ».[198] En
efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino
que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados
misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; « nos atrae hacia sí ».[199]
La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y
culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el
inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké
latreía.[200] A
este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más
sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto
espiritual agradable a Dios: « Os exhorto, por la misericordia de Dios, a
presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es
vuestro culto razonable » (Rm 12,1). En esta exhortación se ve la
imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con
toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros
cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada
desencarnado. A este propósito, el santo de Hipona nos sigue recordando que «
éste es el sacrificio de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un
solo cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del
altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que
en lo que se ofrece ella misma es ofrecida ».[201] En
efecto, la doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de
Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles.[202] La
insistencia sobre el sacrificio —« hacer sagrado »— expresa aquí toda la
densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra
realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12).
Eficacia integradora del culto eucarístico
71. El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida,
transfigurándola: « Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa,
hacedlo todo para gloria de Dios » (1 Co 10,31). El cristiano está
llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí
toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía,
al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día,
la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del
Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de
auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en
el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud.
Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por
Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar
relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende
a impregnar todos los aspectos de la realidad del individuo. El culto agradable
a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de
la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la
relación con Cristo y como ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre
viviente (cf. 1 Co10,31). Y la vida del hombre es la visión de
Dios.[203]
« Iuxta dominicam viventes » – Vivir según el domingo
72. Esta novedad radical que la Eucaristía introduce en la vida del
hombre ha estado presente en la conciencia cristiana desde el principio. Los
fieles percibieron en seguida el influjo profundo que la Celebración
eucarística ejercía sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba
esta verdad definiendo a los cristianos como « los que han llegado a la nueva
esperanza », y los presentaba como los que viven « según el domingo » (iuxta
dominicam viventes).[204] Esta
fórmula del gran mártir antioqueno pone claramente de relieve la relación entre
la realidad eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad. La costumbre
característica de los cristianos de reunirse el primer día después del sábado
para celebrar la resurrección de Cristo —según el relato de san Justino mártir[205]—
es el hecho que define también la forma de la existencia renovada por el
encuentro con Cristo. La fórmula de san Ignacio —« vivir según el domingo »—
subraya también el valor paradigmático que este día santo posee con respecto a
cualquier otro día de la semana. En efecto, su diferencia no está simplemente
en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del
ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día como el
primero de la semana, porque en él se hace memoria de la radical novedad traída
por Cristo. Así pues, el domingo es el día en que el cristiano encuentra
aquella forma eucarística de su existencia que está llamado a vivir
constantemente. « Vivir según el domingo » quiere decir vivir conscientes de la
liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí
mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los
hombres a través de una conducta renovada íntimamente.
Vivir el precepto dominical
73. Los Padres sinodales, conscientes de este nuevo principio de vida
que la Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado la importancia del
precepto dominical para todos los fieles, como fuente de libertad auténtica,
para poder vivir cada día según lo que han celebrado en el « día del Señor ».
En efecto, la vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar
en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual.
Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y
hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la
conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido
del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del
sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios.[206] A
este respecto, son hermosas las observaciones de mi venerado predecesor Juan
Pablo II en la Carta apostólica Dies Domini.[207] a
propósito de las diversas dimensiones del domingo para los cristianos: es dies
Domini, con referencia a la obra de la creación; dies Christi como
día de la nueva creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor
Resucitado; dies Ecclesiae como día en que la comunidad
cristiana se congrega para la celebración; dies hominis como
día de alegría, descanso y caridad fraterna.
Por tanto, este día se manifiesta como fiesta primordial en la que cada
fiel, en el ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del sentido
del tiempo. En efecto, de este día brota el sentido cristiano de la existencia
y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la
muerte. Por eso, convienes que en el día del Señor los grupos eclesiales
organicen en torno a la Celebración eucarística dominical manifestaciones
propias de la comunidad cristiana: encuentros de amistad, iniciativas para
formar la fe de niños, jóvenes y adultos, peregrinaciones, obras de caridad y
diversos momentos de oración. Ante estos valores tan importantes —aun cuando el
sábado por la tarde, desde las primeras Vísperas, ya pertenezca al domingo y
esté permitido cumplir el precepto dominical— es preciso recordar que el
domingo merece ser santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día «
vacío de Dios ».[208]
Sentido del descanso y del trabajo
74. Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar que el día del
Señor es también el día de descanso del trabajo. Esperamos con gran interés que
la sociedad civil lo reconozca también así, a fin de que sea posible liberarse
de las actividades laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno. En efecto,
los cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la tradición
judía, han considerado el día del Señor también como el día del descanso del
trabajo cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser una relativización
del trabajo, que debe estar orientado al hombre: el trabajo es para el
hombre y no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al
hombre en cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he
afirmado, « el trabajo reviste una importancia primaria para la realización del
hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y
desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del
bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar
por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último
y definitivo de la vida ».[209] En
el día consagrado a Dios es donde el hombre comprende el sentido de su vida y
también de la actividad laboral.[210]
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote
75. Al profundizar en el sentido de la Celebración dominical para la
vida del cristiano, se plantea espontáneamente el problema de las comunidades
cristianas en las que falta el sacerdote y donde, por consiguiente, no es
posible celebrar la santa Misa en el día del Señor. A este respecto, se ha de
reconocer que nos encontramos ante situaciones bastante diferentes entre sí. El
Sínodo, ante todo, ha recomendado a los fieles acercarse a una de las iglesias
de la diócesis en que esté garantizada la presencia del sacerdote, aun cuando
eso requiera un cierto sacrificio.[211] En
cambio, allí donde las grandes distancias hacen prácticamente imposible la
participación en la Eucaristía dominical, es importante que las comunidades
cristianas se reúnan igualmente para alabar al Señor y hacer memoria del día
dedicado a Él. Sin embargo, esto debe realizarse en el contexto de una adecuada
instrucción acerca de la diferencia entre la santa Misa y las asambleas
dominicales en ausencia de sacerdote. La atención pastoral de la Iglesia se
expresa en este caso vigilando para que la liturgia de la Palabra, organizada
bajo la dirección de un diácono o de un responsable de la comunidad, al que le
haya sido confiado debidamente este ministerio por la autoridad competente, se
cumpla según un ritual específico elaborado por las Conferencias episcopales y
aprobado por ellas para este fin.[212] Recuerdo
que corresponde a los Ordinarios conceder la facultad de distribuir la comunión
en dichas liturgias, valorando cuidadosamente la conveniencia de la opción.
Además, se ha de evitar que dichas asambleas provoquen confusión sobre el papel
central del sacerdote y la dimensión sacramental en la vida de la Iglesia. La
importancia del papel de los laicos, a los que se ha de agradecer su
generosidad al servicio de las comunidades cristianas, nunca ha de ocultar el
ministerio insustituible de los sacerdotes para la vida de la Iglesia.[213] Así
pues, se ha de vigilar atentamente para que las asambleas en ausencia de
sacerdote no den lugar a puntos de vista eclesiológicos en contraste con la
verdad del Evangelio y la tradición de la Iglesia. Es más, deberían ser
ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que mande sacerdotes santos según su
corazón. A este respecto, es conmovedor lo que escribía el Papa Juan Pablo II
en la Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 1979,
recordando aquellos lugares en los que la gente, privada del sacerdote por
parte del régimen dictatorial, se reunía en una iglesia o santuario, ponía
sobre el altar la estola que conservaba todavía y recitaba las oraciones de la
liturgia eucarística, haciendo silencio « en el momento que corresponde a la
transustanciación », dando así testimonio del ardor con que « desean escuchar
las palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente
».[214] Precisamente
en esta perspectiva, teniendo en cuenta el bien incomparable que se deriva de
la celebración del Sacrificio eucarístico, pido a todos los sacerdotes una
activa y concreta disponibilidad para visitar lo más a menudo posible las
comunidades confiadas a su atención pastoral, para que no permanezcan demasiado
tiempo sin el Sacramento de la caridad.
Una forma eucarística de la vida cristiana,
la pertenencia eclesial
la pertenencia eclesial
76. La importancia del domingo como dies Ecclesiae nos
remite a la relación intrínseca entre la victoria de Jesús sobre el mal y sobre
la muerte y nuestra pertenencia a su Cuerpo eclesial. En efecto, en el Día del
Señor todo cristiano descubre también la dimensión comunitaria de su propia existencia
redimida. Participar en la acción litúrgica, comulgar el Cuerpo y la Sangre de
Cristo quiere decir, al mismo tiempo, hacer cada vez más íntima y profunda la
propia pertenencia a Él, que murió por nosotros (cf. 1 Co6,19 s.;
7,23). Verdaderamente, quién se alimenta de Cristo vive por Él. El sentido
profundo de la communio sanctorum se entiende en relación con
el Misterio eucarístico. La comunión tiene siempre y de modo inseparable una
connotación vertical y una horizontal: comunión con Dios y comunión con los
hermanos y hermanas. Las dos dimensiones se encuentran misteriosamente en el
don eucarístico. « Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con
el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el
manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre
nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario ».[215] Así
pues, llamados a ser miembros de Cristo y, por tanto, miembros los unos de los
otros (cf. 1 Co 12,27), formamos una realidad fundada
ontológicamente en el Bautismo y alimentada por la Eucaristía, una realidad que
requiere una respuesta sensible en la vida de nuestras comunidades.
La forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial
y comunitaria. El modo concreto en que cada fiel puede experimentar su
pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la diócesis y las
parroquias, como estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio
particular. Las asociaciones, los movimientos eclesiales y las nuevas
comunidades —con la vitalidad de sus carismas concedidos por el Espíritu Santo
para nuestro tiempo—, así como también los Institutos de vida consagrada,
tienen el deber de dar su contribución específica para favorecer en los fieles
la percepción de pertenecer al Señor (cf. Rm 14,8).
El fenómeno de la secularización, que comporta aspectos marcadamente
individualistas, ocasiona sus efectos deletéreos sobre todo en las personas que
se aíslan, y por el escaso sentido de pertenencia. El cristianismo, desde sus
comienzos, supone siempre una compañía, una red de relaciones vivificadas
continuamente por la escucha de la Palabra, la Celebración eucarística y
animadas por el Espíritu Santo.
Espiritualidad y cultura eucarística
77. Es significativo que los Padres sinodales hayan afirmado que « los
fieles cristianos necesitan comprender más profundamente las relaciones entre
la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no es
solamente participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca
la vida entera ».[216] Esta
consideración tiene hoy un significado particular para todos nosotros. Se
ha de reconocer que uno de los efectos más graves de la secularización,
mencionada antes, consiste en haber relegado la fe cristiana al margen de la
existencia, como si fuera algo inútil con respecto al desarrollo concreto de la
vida de los hombres. El fracaso de este modo de vivir « como si Dios no
existiera » está ahora a la vista de todos. Hoy se necesita redescubrir que
Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino
una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de
todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de
la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida « según el
Espíritu » (cf. Rm 8,4 s.; Ga 5,16.25).
Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en
que invita a vivir el nuevo culto espiritual, mencione al mismo tiempo la
necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar: « Y no os ajustéis a
este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis
discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto »
(12,2). De esta manera, el Apóstol de los gentiles subraya la relación entre el
verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida
y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma
eucarística de la vida cristiana, « para que ya no seamos niños sacudidos por
las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina » (Ef 4,14).
Eucaristía y evangelización de las culturas
78. De todo lo expuesto se desprende que el Misterio eucarístico nos
hace entrar en diálogo con las diferentes culturas, aunque en
cierto sentido también las desafía.[217] Se
ha de reconocer el carácter intercultural de este nuevo culto, de esta logiké
latreía. La presencia de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo son
acontecimientos que pueden confrontarse siempre con cada realidad cultural,
para fermentarla evangélicamente. Por consiguiente, esto comporta el compromiso
de promover con convicción la evangelización de las culturas, con la conciencia
de que el mismo Cristo es la verdad de todo hombre y de toda la historia
humana. La Eucaristía se convierte en criterio de valorización de todo lo que
el cristiano encuentra en las diferentes expresiones culturales. En este
importante proceso podemos escuchar las muy significativas palabras de san
Pablo que, en su primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta: « examinadlo
todo, quedándoos con lo bueno » (5,21).
Eucaristía y fieles laicos
79. En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo, todos los
cristianos forman « una raza elegida, un sacerdocio real, una nación
consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos
llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa » (1 P 2,9).
La Eucaristía, como misterio que se ha de vivir, se ofrece a cada persona en la
condición en que se encuentra, haciendo que viva diariamente la novedad
cristiana en su situación existencial. Puesto que el Sacrificio eucarístico
alimenta y acrecienta en nosotros lo que ya se nos ha dado en el Bautismo, por
el cual todos estamos llamados a la santidad,[218]esto
debería aflorar y manifestarse también en las situaciones o estados de vida en
que se encuentra cada cristiano. Este, viviendo la propia vida como vocación,
se convierte día tras día en culto agradable a Dios. Ya desde la reunión
litúrgica, el Sacramento de la Eucaristía nos compromete en la realidad
cotidiana para que todo se haga para gloria de Dios.
Puesto que el mundo es « el campo » (Mt 13,38) en el que
Dios pone a sus hijos como buena semilla, los laicos cristianos, en virtud del
Bautismo y de la Confirmación, y fortalecidos por la Eucaristía, están llamados
a vivir la novedad radical traída por Cristo precisamente en las condiciones
comunes de la vida.[219] Han
de cultivar el deseo de que la Eucaristía influya cada vez más profundamente en
su vida cotidiana, convirtiéndolos en testigos visibles en su propio ambiente
de trabajo y en toda la sociedad.[220] Animo
en especial a las familias para que este Sacramento sea fuente de fuerza e
inspiración. El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la
tarea educativa son ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede
mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido.[221] Los
Pastores siempre han de apoyar, educar y animar a los fieles laicos a vivir
plenamente su propia vocación a la santidad en el mundo, al que Dios ha amado
tanto que le ha entregado a su Hijo para que se salve por Él (cf. Jn 3,16).
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
80. Indudablemente, la forma eucarística de la existencia cristiana se
manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal. La
espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística. La semilla de esta
espiritualidad ya se encuentra en las palabras que el Obispo pronuncia en
la liturgia de la Ordenación: « Recibe la ofrenda del pueblo santo para
presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y
conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor ».[222] El
sacerdote, para dar a su vida una forma eucarística cada vez más plena, ya en
el período de formación y luego en los años sucesivos, ha de dedicar tiempo a
la vida espiritual.[223] Está
llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios, permaneciendo al mismo
tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. Una vida espiritual intensa
le permitirá entrar más profundamente en comunión con el Señor y le ayudará a
dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en todas las
circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías. Por esto, junto con los
Padres del Sínodo, recomiendo a los sacerdotes « la celebración diaria de la
santa Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles ».[224] Esta
recomendación está en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito
de cada Celebración eucarística; y, además, está motivado por su singular
eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con atención y con fe, es
formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la
configuración con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación.
Eucaristía y vida consagrada
81. En el contexto de la relación entre la Eucaristía y las diversas
vocaciones eclesiales resplandece de modo particular « el testimonio profético
de las consagradas y de los consagrados, que encuentran en la Celebración
eucarística y en la adoración la fuerza para el seguimiento radical de Cristo
obediente, pobre y casto ».[225] Los
consagrados y las consagradas, incluso desempeñando muchos servicios en el
campo de la formación humana y en la atención a los pobres, en la enseñanza o
en la asistencia a los enfermos, saben que el objetivo principal de su vida es
« la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios ».[226] La
contribución esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada es más en el
orden del ser que en el del hacer. En este contexto, quisiera subrayar la
importancia del testimonio virginal precisamente en relación con el misterio de
la Eucaristía. En efecto, además de la relación con el celibato sacerdotal, el
Misterio eucarístico manifiesta una relación intrínseca con la virginidad
consagrada, ya que es expresión de la consagración exclusiva de la Iglesia a
Cristo, que ella con fidelidad radical y fecunda acoge como a su Esposo.[227] La
virginidad consagrada encuentra en la Eucaristía inspiración y alimento para su
entrega total a Cristo. Además, en la Eucaristía obtiene consuelo e impulso
para ser, también en nuestro tiempo, signo del amor gratuito y fecundo de Dios
a la humanidad. A través de su testimonio específico, la vida consagrada se convierte
objetivamente en referencia y anticipación de las « bodas del Cordero » (Ap 19,7-9),
meta de toda la historia de la salvación. En este sentido, es una llamada
eficaz al horizonte escatológico que todo hombre necesita para poder orientar
sus propias opciones y decisiones de vida.
Eucaristía y transformación moral
82. Descubrir la belleza de la forma eucarística de la vida cristiana
nos lleva a reflexionar también sobre la fuerza moral que dicha forma produce
para defender la auténtica libertad de los hijos de Dios. Con esto deseo
recordar una temática surgida en el Sínodo sobre la relación entre forma
eucarística de la vida y transformación moral. El Papa Juan Pablo II
afirmaba que la vida moral « posee el valor de un ‘‘culto espiritual'' (Rm 12,1;
cf. Flp 3,3) que nace y se alimenta de aquella inagotable
fuente de santidad y glorificación de Dios que son los sacramentos,
especialmente la Eucaristía; en efecto, participando en el sacrificio de la
Cruz, el cristiano comulga con el amor de donación de Cristo y se capacita y
compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos
de vida ».[228] En
definitiva, « en el ‘‘culto'' mismo, en la comunión eucarística, está incluido
a la vez el ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un
ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma ».[229]
Esta referencia al valor moral del culto espiritual no se ha de
interpretar en clave moralista. Es ante todo el gozoso descubrimiento del
dinamismo del amor en el corazón que acoge el don del Señor, se abandona a Él y
encuentra la verdadera libertad. La transformación moral que comporta el nuevo
culto instituido por Cristo, es una tensión y un deseo cordial de corresponder
al amor del Señor con todo el propio ser, a pesar de la conciencia de la propia
fragilidad. Todo esto está bien reflejado en el relato evangélico de Zaqueo
(cf. Lc 19,1-10). Después de haber hospedado a Jesús en su
casa, el publicano se ve completamente transformado: decide dar la mitad de sus
bienes a los pobres y devuelve cuatro veces más a quienes había robado. El
impulso moral, que nace de acoger a Jesús en nuestra vida, brota de la gratitud
por haber experimentado la inmerecida cercanía del Señor.
Coherencia eucarística
83. Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia
eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto,
el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias
en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de
la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una
importancia particular para quienes, por la posición social o política que
ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y
la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la
familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación
de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas.[230]Estos
valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores
católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse
particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para
presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza
humana.[231] Esto
tiene además una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29).
Los Obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello
es parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado.[232]
Eucaristía y misión
84. En la homilía durante la Celebración
eucarística con la que he iniciado solemnemente mi ministerio en la Cátedra de
Pedro, decía: « Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos,
por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los
otros la amistad con él ».[233] Esta
afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico.
En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el
Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el
mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la
Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también
de su misión: « Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera
».[234] También
nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: « Lo que hemos visto
y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros » (1 Jn 1,3).
Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a
todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el
centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del
mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última
Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio
que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos
nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por
ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a
llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte
constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana.
Eucaristía y testimonio
85. La misión primera y fundamental que recibimos de los santos
Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro
por el don que Dios nos ha hecho en Cristo infunde en nuestra vida un dinamismo
nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos
cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se
comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del
amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente
esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo
de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5;
3,14); vino para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37).
Con estas reflexiones deseo recordar un concepto muy querido por los primeros
cristianos, pero que también nos afecta a nosotros, cristianos de hoy: el
testimonio hasta el don de sí mismos, hasta el martirio, ha sido considerado
siempre en la historia de la Iglesia como la cumbre del nuevo culto espiritual:
« Ofreced vuestros cuerpos » (Rm 12,1). Se puede recordar, por
ejemplo, el relato del martirio de san Policarpo de Esmirna, discípulo de san
Juan: todo el acontecimiento dramático es descrito como una liturgia, más aún
como si el mártir mismo se convirtiera en Eucaristía.[235] Pensemos
también en la conciencia eucarística que san Ignacio de Antioquía expresa ante
su martirio: él se considera « trigo de Dios » y desea llegar a ser en el
martirio « pan puro de Cristo ».[236] El
cristiano que ofrece su vida en el martirio entra en plena comunión con la
Pascua de Jesucristo y así se convierte con Él en Eucaristía. Tampoco faltan
hoy en la Iglesia mártires en los que se manifiesta de modo supremo el amor de
Dios. Sin embargo, aun cuando no se requiera la prueba del martirio, sabemos
que el culto agradable a Dios implica también interiormente esta
disponibilidad,[237] y
se manifiesta en el testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida
cristiana coherente allí donde el Señor nos llama a anunciarlo.
Jesucristo, único Salvador
86. Subrayar la relación intrínseca entre Eucaristía y misión nos ayuda
a redescubrir también el contenido último de nuestro anuncio. Cuanto más vivo
sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más
clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una
idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no
comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante. La
Eucaristía, como sacramento de nuestra salvación, nos lleva a considerar de
modo ineludible la unicidad de Cristo y de la salvación realizada por Él a
precio de su sangre. Por tanto, la exigencia de educar constantemente a todos
al trabajo misionero, cuyo centro es el anuncio de Jesús, único Salvador, surge
del Misterio eucarístico, creído y celebrado.[238] Así
se evitará que se reduzca a una interpretación meramente sociológica la
decisiva obra de promoción humana que comporta siempre todo auténtico proceso
de evangelización.
Libertad de culto
87. En este contexto, deseo hablar de lo que los Padres han afirmado
durante la asamblea sinodal sobre las graves dificultades que afectan a la
misión de aquellas comunidades cristianas que viven en condiciones de minoría o
incluso privadas de la libertad religiosa.[239] Realmente
debemos dar gracias al Señor por todos los Obispos, sacerdotes, personas
consagradas y laicos, que se dedican a anunciar el Evangelio y viven su fe
arriesgando la propia vida. En muchas regiones del mundo el mero hecho de ir a
la Iglesia es un testimonio heroico que expone a las personas a la marginación
y a la violencia. En esta ocasión, deseo confirmar también la solidaridad de
toda la Iglesia con los que sufren por la falta de libertad de culto. Como
sabemos, donde falta la libertad religiosa, falta en definitiva la libertad más
significativa, ya que en la fe el hombre expresa su íntima convicción sobre el
sentido último de su vida. Pidamos, pues, que aumenten los espacios de libertad
religiosa en todos los Estados, para que los cristianos, así como también los
miembros de otras religiones, puedan vivir personal y comunitariamente sus
convicciones libremente.
Eucaristía: pan partido para la vida del mundo
88. « El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo » (Jn 6,51).
Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de su propia
vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él
tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los
sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y
los pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc 9,41).
Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora
de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada
celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de su propia vida que
Jesús hizo en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en
la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano
y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la
caridad para con el prójimo, que « consiste precisamente en que, en Dios y con
Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto
sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro
que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el
sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis
ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo ».[240] De
ese modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los
que el Señor ha dado su vida amándolos « hasta el extremo » (Jn 13,1).
Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de
ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y
que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse « pan
partido » para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y
fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de
reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a
comprometerse en primera persona: « dadles vosotros de comer » (Mt 14,16).
En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con
Jesús, pan partido para la vida del mundo.
Implicaciones sociales del Misterio eucarístico
89. La unión con Cristo que se realiza en el Sacramento nos capacita
también para nuevos tipos de relaciones sociales: « la "mística'' del
Sacramento tiene un carácter social ». En efecto, « la unión con Cristo es al
mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega. No puedo tener
a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que
son suyos o lo serán »[241] A
este respecto, hay que explicitar la relación entre Misterio eucarístico y
compromiso social. La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y
hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo, el cual ha hecho de judíos y
paganos un pueblo solo, derribando el muro de enemistad que los separaba
(cf. Ef 2,14). Sólo esta constante tensión hacia la
reconciliación permite comulgar dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo
(cf. Mt 5,23- 24).[242] Cristo,
por el memorial de su sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de
modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su
reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No cabe
duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la
restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón.[243] De
esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras
injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen
y semejanza de Dios. La Eucaristía, a través de la puesta en práctica de este
compromiso, transforma en vida lo que ella significa en la celebración. Como he
afirmado, la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla política
para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo, tampoco puede ni debe
quedarse al margen de la lucha por la justicia. La Iglesia « debe insertarse en
ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas
espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias,
no puede afirmarse ni prosperar ».[244]
En la perspectiva de la responsabilidad social de todos los cristianos,
los Padres sinodales han recordado que el sacrificio de Cristo es misterio de
liberación que nos interpela y provoca continuamente. Dirijo por tanto una
llamada a todos los fieles para que sean realmente operadores de paz y de
justicia: « En efecto, quien participa en la Eucaristía ha de comprometerse en
construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de
modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la
explotación sexual ».[245] Todos
estos problemas, que a su vez engendran otros fenómenos degradantes, son los
que despiertan viva preocupación. Sabemos que estas situaciones no se pueden
afrontar de un manera superficial. Precisamente, gracias al Misterio que
celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del
hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el alto valor
de cada persona.
El alimento de la verdad y la indigencia del hombre
90. No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de globalización
que con frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo la diferencia
entre ricos y pobres. Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la
tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5,4).
Por ejemplo, es imposible permanecer callados ante « las imágenes
sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de refugiados —en muchas
partes del mundo— concentrados en precarias condiciones para librarse de una
suerte peor, pero necesitados de todo. Estos seres humanos, ¿no son nuestros
hermanos y hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas
esperanzas legítimas de felicidad que los demás? ».[246] El
Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las
situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son
situaciones cuya causa implica a menudo un clara e inquietante responsabilidad
por parte de los hombres. En efecto, « sobre la base de datos estadísticos
disponibles, se puede afirmar que menos de la mitad de las ingentes sumas
destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de
manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. Esto
interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la verdad puede
y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo el umbral de
la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las relaciones
internacionales políticas, comerciales y culturales, que a causa de
circunstancias incontroladas ».[247]
El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones
indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se
muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin
descanso en la construcción de la civilización del amor. Los cristianos han
procurado desde el principio compartir sus bienes (cf. Hch 4,32)
y ayudar a los pobres (cf. Rm 15,26). La colecta en las
asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda expresamente, sino que es también
una necesidad muy actual. Las instituciones eclesiales de beneficencia, en
particular Caritas en sus diversos ámbitos, prestan el
precioso servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a los más
pobres. Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía, que es el
sacramento de la caridad, se convierten en su expresión concreta; por ello
merecen todo encomio y estímulo por su compromiso solidario en el mundo.
Doctrina social de la Iglesia
91. El misterio de la Eucaristía nos capacita e impulsa a un trabajo
audaz en las estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones
nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de Dios. La oración que
repetimos en cada santa Misa: « Danos hoy nuestro pan de cada día », nos obliga
a hacer todo lo posible, en colaboración con las instituciones internacionales,
estatales o privadas, para que cese o al menos disminuya en el mundo el
escándalo del hambre y de la desnutrición que sufren tantos millones de
personas, especialmente en los países en vías de desarrollo. El cristiano laico
en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir
directamente su propia responsabilidad política y social. Para que pueda
desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una
educación concreta para la caridad y la justicia. Por eso, como ha pedido el
Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a
conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas.[248] En
este precioso patrimonio, procedente de la más antigua tradición eclesial, encontramos
los elementos que orientan con profunda sabiduría el comportamiento de los
cristianos ante las cuestiones sociales candentes. Esta doctrina, madurada
durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el
equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias.
Santificación del mundo y salvaguardia de la creación
92. Para desarrollar una profunda espiritualidad eucarística que pueda
influir también de manera significativa en el campo social, se requiere que el
pueblo cristiano tenga conciencia de que, al dar gracias por medio de la
Eucaristía, lo hace en nombre de toda la creación, aspirando así a la
santificación del mundo y trabajando intensamente para tal fin.[249] La
Eucaristía misma proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo
el cosmos. En esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo
acontecimiento eclesial tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se
comunica a sí mismo y nos interpela. De esta manera, la forma eucarística de la
vida puede favorecer verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el modo
de ver la historia y el mundo. La liturgia misma nos educa para todo esto
cuando, durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una
oración de bendición y de petición sobre el pan y el vino, « fruto de la tierra
», « de la vid » y del « trabajo del hombre ». Con estas palabras, además de
incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito
nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo
necesario para nuestro sustento. La creación no es una realidad neutral, mera
materia que se puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano.
Más bien forma parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros
estamos llamados a ser hijos e hijas en el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo
(cf. Ef 1,4-12). La fundada preocupación por las condiciones
ecológicas en que se halla la creación en muchas partes del mundo encuentra
motivos de consuelo en la perspectiva de la esperanza cristiana, que nos
compromete a actuar responsablemente en defensa de la creación.[250] En
efecto, en la relación entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad
del plan de Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la
creación y la « nueva creación », inaugurada con la resurrección de Cristo,
nuevo Adán. En ella participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col 2,12
s.), y así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía,
la perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la
nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios, « ataviada como una novia que se
adorna para su esposo » (Ap 21,2).
Utilidad de un Compendio eucarístico
93. Al final de estas reflexiones, en las que he querido fijarme en las
orientaciones surgidas en el Sínodo, deseo acoger también una petición que
hicieron los Padres para ayudar al pueblo cristiano a creer, celebrar y vivir
cada vez mejor el Misterio eucarístico. Preparado por los Dicasterios
competentes se publicará un Compendio que recogerá textos del
Catecismo de la Iglesia Católica, oraciones y explicaciones de las Plegarias
Eucarísticas del Misal, así como todo lo que pueda ser útil para la correcta
comprensión, celebración y adoración del Sacramento del altar.[251] Espero
que este instrumento ayude a que el memorial de la Pascua del Señor se
convierta cada vez más en fuente y culmen de la vida y de la misión de la
Iglesia. Esto impulsará a cada fiel a hacer de su propia vida un verdadero
culto espiritual.
94. Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es el origen de toda
forma de santidad, y todos nosotros estamos llamados a la plenitud de vida en
el Espíritu Santo. ¡Cuántos santos han hecho auténtica su propia vida gracias a
su piedad eucarística! De san Ignacio de Antioquía a san Agustín, de san
Antonio abad a san Benito, de san Francisco de Asís a santo Tomás de Aquino, de
santa Clara de Asís a santa Catalina de Siena, de san Pascual Bailón a san
Pedro Julián Eymard, de san Alfonso María de Ligorio al beato Carlos de
Foucauld, de san Juan María Vianney a santa Teresa de Lisieux, de san Pío de
Pietrelcina a la beata Teresa de Calcuta, del beato Piergiorgio Frassati al
beato Iván Merz, sólo por citar algunos de los numerosos nombres, la santidad
ha tenido siempre su centro en el sacramento de la Eucaristía.
Por eso, es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre
con devoción y se viva intensamente este santo Misterio. El don de sí mismo que
Jesús hace en el Sacramento memorial de su pasión, nos asegura que el culmen de
nuestra vida está en la participación en la vida trinitaria, que en él se nos
ofrece de manera definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la
Eucaristía nos permiten acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a
él hasta unirnos con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la
comunión con toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada
hombre, son aspectos imprescindibles de la logiké latreía, del
culto espiritual, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1), en
el que toda nuestra realidad humana concreta se transforma para su gloria.
Invito, pues, a todos los pastores a poner la máxima atención en la promoción
de una espiritualidad cristiana auténticamente eucarística. Que los presbíteros,
los diáconos y todos los que desempeñan un ministerio eucarístico, reciban
siempre de estos mismos servicios, realizados con esmero y preparación
constante, fuerza y estímulo para el propio camino personal y comunitario de
santificación. Exhorto a todos los laicos, en particular a las familias, a
encontrar continuamente en el Sacramento del amor de Cristo la fuerza para
transformar la propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor
resucitado. Pido a todos los consagrados y consagradas que manifiesten con su
propia vida eucarística el esplendor y la belleza de pertenecer totalmente al
Señor.
95. A principios del siglo IV, el culto cristiano estaba todavía
prohibido por las autoridades imperiales. Algunos cristianos del Norte de
África, que se sentían en la obligación de celebrar el día del Señor,
desafiaron la prohibición. Fueron martirizados mientras declaraban que no les
era posible vivir sin la Eucaristía, alimento del Señor: sine dominico
non possumus.[252] Que
estos mártires de Abitinia, junto con muchos santos y beatos que han hecho de
la Eucaristía el centro de su vida, intercedan por nosotros y nos enseñen la
fidelidad al encuentro con Cristo resucitado. Nosotros tampoco podemos vivir
sin participar en el Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta
dominicam viventes, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el día
del Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva. ¿Qué
tiene de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad introducida por
Cristo con el misterio de la Eucaristía?
96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca de la nueva y eterna
alianza, nos acompañe en este camino al encuentro del Señor que viene. En Ella
encontramos la esencia de la Iglesia realizada del modo más perfecto. La
Iglesia ve en María, « Mujer eucarística » —como la llamó el Siervo de Dios
Juan Pablo II [253]—,
su icono más logrado, y la contempla como modelo insustituible de vida
eucarística. Por eso, disponiéndose a acoger sobre el altar el « verum
Corpus natum de Maria Virgine », el sacerdote, en nombre de la
asamblea litúrgica, afirma con las palabras del canon: « Veneramos la memoria,
ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro
Dios y Señor ».[254] Su
santo nombre se invoca y venera también en los cánones de las tradiciones
cristianas orientales. Los fieles, por su parte, « encomiendan a María, Madre
de la Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por tener los mismos
sentimientos de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como ofrenda viva,
agradable al Padre ».[255] Ella
es la Tota pulchra, Toda hermosa, ya que en Ella brilla el
resplandor de la gloria de Dios. La belleza de la liturgia celestial, que debe
reflejarse también en nuestras asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella
hemos de aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para
poder presentarnos también nosotros, según la expresión de san Pablo, «
inmaculados » ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).[256]
97. Que el Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen María,
encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35),
y renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza
que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia
del misterio santo de Dios. Aquellos discípulos se levantaron y volvieron de
prisa a Jerusalén para compartir la alegría con los hermanos y hermanas en la
fe. En efecto, la verdadera alegría está en reconocer que el Señor se queda
entre nosotros, compañero fiel de nuestro camino. La Eucaristía nos hace
descubrir que Cristo muerto y resucitado, se hace contemporáneo nuestro en el
misterio de la Iglesia, su Cuerpo. Hemos sido hechos testigos de este misterio
de amor. Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la santa
Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad de la palabra
con la que Jesús se despidió de sus discípulos: « Yo estoy con vosotros todos
los días, hasta al fin del mundo » (Mt 28,20).
En Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del
Apóstol san Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.
Notas
[3] A los participantes en la Asamblea
Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (10 febrero 2006): AAS 98
(2006), 255.
[4] Discurso a los participantes en la III
reunión del XI Consejo Ordinario del Sínodo de los Obispos (1 junio 2006): L'Osservatore
Romano, ed. en lengua española (9 junio 2006), p. 18.
[6] Me refiero a la necesidad de una hermenéutica de la continuidad
con referencia también a una correcta lectura del desarrollo litúrgico después
del Concilio Vaticano II: cf. Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98
(2006), 44-45.
[8] Cf. Año de la Eucaristía. Sugerencias y
propuestas (14 octubre 2004): L'Osservatore Romano (15
octubre 2004), Suplemento.
[9] Cf. AAS 95(2003), 433-475. Recuérdese también la
Instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004): AAS 96
(2004), 549-601, querida expresamente por Juan Pablo II.
[10] Por recordar sólo los principales: Conc. Ecum. de Trento, Doctrina
et canones de ss. Missae sacrificio, DS 1738-1759; León
XIII, Carta enc. Mirae Caritatis (28 mayo 1902): ASS (1903),
115- 136, 115-136; Pío XII, Carta enc. Mediator Dei (20
noviembre 1947): AAS 39 (1947), 521-595; Pablo VI, Carta enc. Mysterium
Fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965), 753-774;
Juan Pablo II, Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003): AAS 95(2003),
433-475; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967): AAS 59
(1967), 539-573; Instr. Liturgiam authenticam (28 marzo 2001): AAS 93
(2001), 685-726.
[15] Homilía en la Misa de toma de posesión
de la Cátedra de Roma (7 mayo 2005): AAS 97 (2005), 752.
[20] Breviario Romano, Himno en el Oficio de lectura de la
solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
[29] Cf. Propositio 42: « Este encuentro eucarístico
se realiza en el Espíritu Santo que nos transforma y santifica. Él despierta en
el discípulo la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que se
ha escuchado y vivido, para acompañarlos al mismo encuentro con Cristo. De este
modo, el discípulo, enviado por la Iglesia, se abre a una misión sin fronteras
».
[30] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 3; véase, por
ejemplo, S. Juan Crisóstomo, Catequesis 3,13-19: SC 50,174-177.
[33] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 20: AAS 71
(1979), 309-316; Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 4: AAS 72
(1980), 119-121.
[38] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, sobre algunos aspectos de la Iglesia
como comunión (28 mayo 1992), 11: AAS 85 (1993), 844-845.
[39] Propositio 5: « El término “católico” expresa la universalidad que proviene de la
unidad que la Eucaristía, que se celebra en cada Iglesia, favorece y edifica.
En la Eucaristía, las Iglesias particulares tienen el papel de hacer visible en
la Iglesia universal su propia unidad y su diversidad. Esta relación de amor
fraterno deja entrever la comunión trinitaria. Los concilios y los sínodos
expresan en la historia este aspecto fraterno de la Iglesia ».
[48] Cf. ibíd., 11; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 9.13.
[49] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 7: AAS 72
(1980), 124-127; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 5.
[54] Cf. Propositio 7. Juan Pablo II, Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 36: AAS 95
(2003), 457-458.
[55] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 18: AAS 77
(1985), 224-228.
[57] A este respecto, se puede pensar en el Confiteor o
en las palabras del sacerdote y de la asamblea antes de acercarse al altar:
« Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya
bastará para sanarme ». La liturgia prevé justamente algunas oraciones
muy bellas para el sacerdote, transmitidas por la tradición y que le recuerdan
la necesidad de ser perdonado, como, por ejemplo, las que se pronuncian en voz
baja antes de invitar a los fieles a la comunión sacramental: « líbrame,
por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo
mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe
de ti ».
[58] Cf. S. Juan Damasceno, Sobre la recta fe, IV, 9: PG 94,
1124C; S. Gregorio Nacianceno, Discurso 39, 17: PG 36,
356A; Conc. Ecum. de Trento, Doctrina de sacramento paenitentiae,
cap. 2: DS 1672.
[59] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11; Juan Pablo II, Exhort.
ap. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 30: AAS 77
(1985), 256-257.
[62] Junto con los Padres sinodales, recuerdo que las celebraciones
penitenciales no sacramentales, mencionadas en el ritual del sacramento de la
Reconciliación, pueden ser útiles para aumentar el espíritu de conversión y de
comunión en las comunidades cristianas, preparando así los corazones a la
celebración del sacramento: cf. Propositio 7.
[69] Cf. Sínodo de los Obispos, II Asamblea General, Documento sobre el
sacerdocio ministerial Ultimis temporibus (30 noviembre 1971): AAS 63
(1971), 898-942.
[70] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 42-69: AAS 84
(1992), 729-778.
[71] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10; Congregación
para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunas cuestiones concernientes al
ministro de la Eucaristía Sacerdotium ministeriale (6 agosto
1983): AAS 75 (1983), 1001-1009.
[77] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Sacerdotii nostri primordia (1
agosto 1959): AAS 51 (1959), 545-579; Pablo VI, Carta enc.Sacerdotalis
coelibatus (24 junio 1967): AAS 59 (1967), 657-697;
Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 29: AAS 84
(1992), 703-705; Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana ( 22 diciembre 2006): L'Osservatore
Romano, ed. en lengua española (29 diciembre 2006), p. 7.
[79] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Optatam totius, sobre la formación sacerdotal, 6; Código
de Derecho Canónico, can. 241, § 1 y can. 1029; Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, can. 342, § 1 y can. 758; Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodalPastores dabo vobis (25 marzo 1992) 11.34.50: AAS 84
(1992), 673-675; 712-714; 746-748; Congregación para el Clero, Directorio para
el ministerio y la vida de los presbíteros Dives Ecclesiae (31 marzo 1994), 58: LEV,
1994, pp. 56-58; Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de
discernimiento vocacional sobre las personas con tendencias homosexuales con
vistas a su admisión al Seminario y a las Órdenes sagradas (4 noviembre 2005): AAS 97
(2005), 1007-1013.
[80] Cf. Propositio 12; Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992) 41: AAS 84
(1992), 726-729.
[83] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 57: AAS 74
(1982), 149-150.
[89] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988): AAS 80
(1988), 1653-1729; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia
Católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el
mundo (31 mayo
2004): AAS 96 (2004), 671-687.
[92] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 84: AAS 74
(1982), 184-186; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia
Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles
divorciados y vueltos a casar Annus Internationalis Familiae (14 septiembre 1994): AAS 86
(1994), 974-979.
[93] Cf. Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Instrucción
sobre las normas que han de observarse en los tribunales eclesiásticos en las
causas matrimoniales Dignitas connubii (25 enero 2005), Ciudad del Vaticano,
2005.
[95] Discurso al Tribunal de la Rota Romana
con ocasión de la inauguración del año judicial (28 enero 2006): AAS 98
(2006), 138.
[101] A este propósito, quisiera recordar las palabras llenas de
esperanza y de consuelo de la Plegaria eucarística II: « Acuérdate
también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección,
y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz
de tu rostro ».
[106] Cf. Serm. 1, 7; 11, 10; 22, 7; 29, 76: Sermones
dominicales ad fidem codicum nunc denuo editi, Grottaferrata, 1977,
pp.135, 209 s., 292 s., 337; Benedicto XVI, Mensaje a los Movimientos Eclesiales y
a las Nuevas Comunidades (22 mayo 2006): AAS 98 (2006), 463.
[107] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
22.
[113] Cf. Propositio 30. La santa Misa que la Iglesia
celebra durante la semana, y a la que se invita a los fieles a participar,
tiene también su paradigma en el día del Señor, el día de la resurrección de
Cristo; Propositio 43.
[116] Cf. Propositio 19. La Propositio 25
especifica: « Una auténtica acción litúrgica expresa la sacralidad del Misterio
eucarístico. Ésta debería reflejarse en las palabras y las acciones del
sacerdote celebrante mientras intercede ante Dios, tanto con los fieles como
por ellos ».
[117] Ordenación General del Misal Romano, 22; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 41;
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 19-25: AAS 96
(2004), 555-557.
[118] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, sobre la función pastoral de los
obispos, 14; Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 41.
[125] Con referencia a estos aspectos, es necesario atenerse fielmente a
lo establecido en la Ordenación General del Misal Romano, 319-351.
[126] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 39-41; Conc.
Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 112-118.
[128] Cf. Propositio 25: « Como todas las expresiones
artísticas, también el canto debe armonizarse íntimamente con la liturgia y
contribuir eficazmente a su finalidad, es decir, ha de expresar la fe, la
oración, la admiración y el amor a Jesús presente en la Eucaristía ».
[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 116; Ordenación
General del Misal Romano, 41.
[132] Ordenación General del Misal Romano, 28; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 56;
Sagrada Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium (25
mayo 1967), 3: AAS 57 (1967), 540-543.
[137] S. Jerónimo, Comm. in Is., Prol.: PL 24,
17; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 25.
[139] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 29; Conc.
Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7.33.52.
[143] Para este fin, el Sínodo ha exhortado a elaborar elementos
pastorales basados en el leccionario trienal, que ayuden a unir intrínsecamente
la proclamación de las lecturas previstas con la doctrina de la fe: cf. Propositio 19.
[150] Teniendo en cuenta costumbres antiguas y venerables, así como los
deseos manifestados por los Padres sinodales, he pedido a los Dicasterios
competentes que estudien la posibilidad de colocar el rito de la paz en otro
momento, por ejemplo, antes de la presentación de las ofrendas en el altar. Por
lo demás, dicha opción recordaría de manera significativa la amonestación del
Señor sobre la necesidad de reconciliarse antes de presentar cualquier ofrenda
a Dios (cf. Mt 5,23 s.): cf. Propositio 23.
[151] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 80-96: AAS 96
(2004), 574-577.
[155] Cf. Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 14-20; 30
s.; 48 s.; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 36-42: AAS 96
(2004), 561-564.
[158] Cf. Congregación para el Clero y otros Dicasterios de la Curia
Romana, Instr. Sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles
laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de
mysterio (15 agosto 1997): AAS 89 (1997), 852-877.
[162] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 24; Ordenación
General del Misal Romano, nn. 95-111; Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 43-47: AAS 96
(2004), 564-566; Propositio 33: « Se han de introducir estos
ministerios de acuerdo con un mandato específico y las exigencias reales de la
comunidad que celebra. Las personas encargadas de estos servicios litúrgicos
laicales han de ser elegidas con mucha atención, bien preparadas y acompañadas
con una formación permanente. Su nombramiento ha de ser temporal. Dichas
personas deben ser conocidas por la comunidad y recibir de ella el debido
reconocimiento ».
[166] Cf. Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14
septiembre 1995), 55-71; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22
enero 1999), 16.40.64.70-72: AAS 91 (1999), 752-753; 775-776;
799; 805-809; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6
noviembre 1999), 21s.: AAS 92 (2000), 482-487; Exhort. ap.
postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 16: AAS 94
(2002), 382- 384; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Europa (28
junio 2003), 58- 60: AAS 95 (2003), 685-686.
[168] Cf. Propositio 35; Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 11.
[169] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1388; Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 55.
[171] Así, por ejemplo, Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae,
III, q. 80, a. 1,2; Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección,
cap. 35. La doctrina ha sido confirmada con autoridad por el Concilio de
Trento, sess. XIII, c. VIII.
[173] Cf. Propositio 41; Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 8,15; Juan Pablo
II, Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 46: AAS 87
(1995), 948; Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 45-46: AAS 95
(2003), 463- 464; Código de Derecho Canónico, can. 844 §§ 3-4; Código de
los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671 §§ 3-4; Consejo Pontificio
para la Unidad de los Cristianos, Directoire pour l'application des
principes et des normes sur l'œcuménisme (25 marzo 1993), 125,
129-131: AAS 85 (1993), 1087, 1088-1089.
[176]Cf. Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, Instr. past.
sobre las Comunicaciones Sociales en el 20º aniversario de la « Communio et
progressio », Aetatis novae (22 febrero 1992): AAS 84
(1992), 447-468.
[180] Este conocimiento se puede adquirir también en los años de
formación de los candidatos al sacerdocio en el seminario mediante iniciativas
apropiadas: cf. Propositio 45.
[191] Enarrationes in Psalmos 98,9 CCL XXXIX 1385; cf. Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98
(2006), 44-45.
[194] Cf. Propositio 6; Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y
liturgia (17 diciembre
2001), nn. 164-165, Ciudad del Vaticano 2002; Sagrada Congregación de Ritos,
Instr. Eucharisticum Mysterium (25 mayo 1967): AAS 57
(1967), 539-573.
[199] Homilía en la Explanada de Marienfeld, (21 agosto 2005): AAS 97
(2005), 892; cf. Homilía en la Vigilia de Pentecostés (3 junio 2006): AAS 98
(2006), 505.
[200] Cf. Relatio post disceptationem, 6,47: L'Osservatore
Romano (14 octubre 2005), pp. 5. 6; Propositio 43.
[210] Señala a este respecto el Compendio de la doctrina social de la
Iglesia, 258: « El descanso
abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una
libertad más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb 4,9-10). El
descanso permite a los hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la
Creación hasta la Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef2,10),
y dar gracias por su vida y su subsistencia a Él, que de ellas es el Autor ».
[213] Cf. Discurso a los obispos de la
conferencia episcopal de Canadá – Quebec en visita ad limina Apostolorum (11 mayo 2006):L'Osservatore
Romano (12 mayo 2006), p. 5.
[215] Audiencia general del 29 marzo 2006: L'Osservatore Romano, ed. en
lengua española (31 marzo 2006), p. 16.
[219] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 14.16: AAS 81
(1989), 409-413; 416-418.
[222] Pontifical Romano. Ordenación del Obispo, de Presbíteros y de Diáconos, Rito
de la ordenación del presbítero, n. 150.
[223] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992),19-33; 70-81: AAS 84
(1992), 686-712; 778-800.
[225] Propositio 39. Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), 95: AAS 88
(1996), 470-471.
[227] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), 34: AAS 88
(1996), 407-408.
[230] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995): AAS 87
(1995), 401-522; Benedicto XVI, Discurso a un congreso organizado por
la Academia Pontificia para la vida (27 febrero 2006): AAS 98
(2006), 264-265.
[231] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunas
cuestiones con respecto al comportamiento de los católicos en la vida política (24 noviembre 2002): AAS 95
(2004), 359-370.
[238] Cf. Propositio 42; Congregación para la Doctrina
de la Fe, Decl. sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y
de la Iglesia Dominus Iesus (6 agosto 2000), 13-15: AAS 92
(2000), 754-755.
[242] Durante la asamblea sinodal hemos escuchado conmovidos testimonios
muy significativos acerca de la eficacia del sacramento en la obra de
pacificación. Se afirma al respecto en la Propositio 49: «
Gracias a las celebraciones eucarísticas, pueblos en conflicto se han podido
reunir alrededor de la Palabra de Dios, escuchar su anuncio profético de
reconciliación a través del perdón gratuito, recibir la gracia de la conversión
que permite la comunión en el mismo pan y en el mismo cáliz ».
[246] Discurso al Cuerpo diplomático
acreditado ante la Santa Sede (9 enero 2006), 28: AAS 98 (2006), 127.
[248] Cf. Propositio 48. A este respecto es muy útil
el Compendio de la doctrina social de la
Iglesia.
[252] Acta SS. Saturnini, Dativi et aliorum plurimorum martyrum in
Africa, 7. 9. 10: PL 8,
707.709-710.
© Copyright 2007 -
Libreria Editrice Vaticana
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